viernes, 26 de agosto de 2022

Programa doble: El deseo en mí - Wild Rose, sigue tu propia canción



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El deseo en mí – Wild Rose, sigue tu propia canción

 

En El deseo en mí (Bo we mnie jest seks en el original, Autumn Girl en su título en inglés, dirección de Katarzyna Klimkiewicz, 2021), la actriz y cantante polaca, Kalina Jedrusic (Maria Debksa) anda por la vida guiada primordial y exclusivamente por su sensualidad. Tiene si no un matrimonio abierto con Stanislaw (Leszek Lichota), uno con menos restricciones que el del resto de los mortales, lo que permite que incluya un vínculo estrecho con un cantante de moda, Lucek (Krzysztof Zalewski). Kalina, considerada la Marilyn Monroe polaca, es un sex-symbol que brilla fulgurante sobre todo en la televisión, hasta que se cruza con el nuevo director de la emisora, Ryszard (Bartlomiej Kotschedoff) que se aprovecha de quejas sobre exhibición obscena (un escote pronunciado con un crucifijo, imperdonable para parte de la sociedad mojigata de la Polonia de principios de los sesenta) y la destierra de ese medio. Entonces…

 

En Wild Rose (o Wild Rose, sigue tu propia canción según título de Argentina, Tom Harper, 2018) la joven escocesa Rose-Lynn (Jessie Buckley) ha venido viviendo a los tumbos, con la única contención de su madre, Marion (Julie Walters). Anda por la veintena pero ya carga dos hijos, un pasado de drogadicta y una estadía en la cárcel. Y a pesar de que Glasgow es un lugar poco propicio para la música que le gusta (el country estadounidense), desde los catorce canta canciones de esa corriente con singular talento. Su ambición es visitar y cantar en la Meca del country o sea Nashville, Tennessee. Recién salida de la cárcel va a trabajar de sirvienta a casa de la rica e influyente Susannah (Sophie Okonedo) que puede ayudarla a cruzar el Atlántico, pero a la que nuestra Rose le oculta, al principio casi de casualidad, después a propósito, su presente maternal y su pasado de errores. Entonces…

 

Estas son dos películas protagonizadas por mujeres que cantan para vivir (y a veces sobrevivir) a las que el entorno busca doblegar. A Kalina para que se amolde a una sociedad reprimida y agobiante, a Rose para que deje de ser un torbellino de irresponsabilidades y se haga cargo de lo que sus elecciones de vida le han deparado. Podríamos decir, sin caer en spoilers que Kalina se sale con la suya, pero que Rose es doblegada (no hay spoiler, insisto, porque lo que importa es lo que no cuento o sea el cómo).

 

Los que tendemos a vivir más por la razón nos cuesta aceptar y entender a los que como Kalina viven según la sensualidad, la intuición, la sensación. Los sensuales siempre nos parecen individualistas, arrogantes, narcisistas. No siempre lo son, pero así nos parecen. Y aunque no es mi caso, comprendo que muchos como la madre de Rose consideren que los que viven a los tumbos son unos irresponsables autodestructivos incapaces de asentarse o echar raíces. Como hay hijos de por medio, uno tiende a darle la razón a la mamá de Rose, aunque hay mucha belleza en vivir como si no hubiera un mañana y fuéramos a quedarnos por siempre jóvenes. No todo es blanco o negro. Y nunca sabremos cómo debe haber sido vivir de otro modo al que nos tocó o elegimos vivir, sin embargo para eso están las películas, para darnos una idea y no andar levantando tanto el dedo como si la única verdad nos perteneciera.

Gustavo Monteros

El deseo en mí puede verse en Netflix y Wild Rose en Prime Video 

viernes, 19 de agosto de 2022

Programa doble: Combate en la isla - Con gusto a rabia


 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Combate en la isla - Con gusto a rabia

En Le combat dans l'île (Combate en la isla, Alain Cavalier, 1962) Anne (Romy Schneider) no anda haciendo buenas elecciones de vida. Dejó una promisoria carrera de actriz teatral para centrar toda su atención en Clément (Jean-Louis Trintignant) el que, si mis tenues nociones psicoanalíticas no me fallan, es un psicópata de aquellos. Y cuando no le pega ni tortura a Anne, canaliza su violencia entrenando en la célula terrorista de ultraderecha a la que pertenece con orgullo. Clément, que no tiene nada de clemente, participa en un atentado que tiene curiosas consecuencias. Debe por ello alejarse de una brumosa París en blanco y negro y refugiarse en el campo. Anne se empeña en acompañarlo, es una chica muy abnegada para decirlo con amabilidad. Los acoge un amigo de Clément, Paul (Henri Serre) que nada sabe de las oscuras conexiones políticas de Clément, y cuando se entera, lo echa. A Clément no le queda otra que salir del país y recala en, adivinen dónde, sí, en la Argentina, no comments, please. Anne se queda unos días más en el campo y así llega a conocer mejor a Paul, que es más bueno que Lassie atada and, of course, se enamora de él. Paul la impulsa a volver al teatro, donde triunfa en una obra escrita por la esposa muerta de Paul. Y cuando están por comer perdices, cha, cha, cha, chán, aparece el loquito de Clément, más inclemente que nunca, entonces…

 

En Con gusto a rabia (Fernando Ayala, 1965) Ana (Mirtha Legrand) es una alta burguesa sin ninguna otra ocupación que gastar la plata de un marido ricachón al que no quiere mucho, o sea Ramón, al que hace Jorge Barreiro. De puro aburrida se enreda con Diego (Alfredo Alcón) un provinciano venido a menos que compensa frustraciones participando en las andanzas de una célula extremista de ultraderecha de afiliación nazi-fascista. Diego, en realidad, es novio de Teresa (Marcela López Rey), pero Ana no anda como para fijarse en lealtades, además Diego como que lo hace Alcón, no solo es de buen ver sino que es muy complejo (para decirlo con amabilidad) lo que lo hace más atractivo. El tortuoso Diego alterna tardes apasionadas con Ana con robos a mano armada a hospitales, raides a festivales judíos y trifulcas con manifestantes gremiales. Después de un asalto de consecuencias trágicas, debe huir con Ana al campo que perteneció a la familia hasta que fue absorbido por deudas a los bienes de Ramón. Entonces…

 

Estas dos películas, además de contar con dos protagonistas femeninas con el nombre de Ana, exhiben en la trama lateral grupos extremistas de derechas filonazis. El clímax de la película argentina se inspira en el Asalto al Policlínico Bancario. Recurro a Wikipedia y cito: “El asalto al Policlínico Bancario sucedió en Buenos Aires, Argentina el 29 de agosto de 1963. Una banda mató a dos empleados, causó heridas a otros tres y huyó con un importe que equivalía aproximadamente a 100 000 dólares estadounidenses. Parte del dinero obtenido financió actividades del Movimiento Nacionalista Tacuara, la primera guerrilla urbana de Argentina, a la que pertenecían los promotores del grupo. (…) El hecho, que causó gran conmoción en el país por la violencia y precisión con la que fue ejecutado, fue atribuido por la policía a delincuentes comunes y se estimó esclarecido; sin embargo, meses más tarde la información proveniente de la Sureté, la repartición policial francesa de que billetes provenientes del robo habían sido gastados por argentinos en un cabaret de París hizo que se reabriera la investigación y permitió individualizar a sus verdaderos autores. (…) Casi todos los participantes fueron detenidos y enjuiciados, otros permanecieron prófugos y algunos estuvieron incorporados más adelante en otras organizaciones guerrilleras.” Respecto al Grupo Tacuara, dice Wikipedia: “El grupo Tacuara fue una organización que nació formalmente en Argentina a fines de 1957, con el nombre de «Grupo Tacuara de la Juventud Nacionalista» creada por jóvenes simpatizantes del franquismo y del nacionalismo católico que en su mayoría habían militado en la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES). Tenía como antecedentes tanto en el aspecto ideológico como en su aceptación de métodos violentos de acción, a la Liga Patriótica que actuó en el país en la década de 1930 y a la Alianza Restauradora Nacionalista que tenía actividad desde comienzos de la década de 1940.” Por lo expuesto, se deduce también que a estas películas las une una evidente conexión Argentina-Francia en simpatías por ideologías filonazis extremas.

 

Como puede verse en los sesenta no solo se cocían las habas de la revolución sexual y el impulso de los movimientos feministas y de derechos civiles, sino también las de movimientos de derecha y ultraderecha que provocarían cruentos golpes de estado genocidas y de sometimiento económico a las grandes potencias que derivarían en pobreza, impedimento de crecimiento industrial y científico. Como quien dice, dar un paso para retroceder dos.

Gustavo Monteros

viernes, 12 de agosto de 2022

Programa doble: Todo en todas partes al mismo tiempo - El peso del talento



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Todo en todas partes al mismo tiempo – El peso del talento

En Everything Everywhere All at Once (Dan Kwan, Daniel Sheinert, 2022) Evelyn Wang (Michelle Yeoh) tiene un día para el olvido que por los motivos equivocados se volverá inolvidable. En la lavandería, que dirige con su marido Waymond (Ke Huy Quan) que anda buscando la manera de pedirle el divorcio, festejarán el Año Nuevo Chico, con familiares, clientes y amigos. Su hija Joy (Stephanie Hsu) quiere que presente a su novia Becky (Tallie Medel) al abuelo Gong (James Hong) no como una amiga sino como lo que es, su pareja, algo a lo que Evelyn se resiste, un poco por negación y otro poco para evitarse explicaciones y reproches. Antes de los festejos nocturnos, ese mismísimo día, Evelyn, Waymond y Gong deben presentar la liquidación anual de impuestos ante una sádica agente, Deirdre Beaubeirdre (Jamie Lee Curtis). En un momento del trámite, un Waymond alternativo le explicará a una más que confundida Evelyn que existen realidades simultáneas en la que ella vive versiones paralelas de su vida, y que por esas cosas del universo, es la única que puede salvar nada menos que al Mundo de la destrucción que pretende una villana maldita que no es sino…

 

En The Unbearable Weight of Massive Talent (Tom Gormican), un Nicolas Cage, narcisista insoportable, que puede o no ser el Nicolas verdadero, pero sí uno bastante cercano al que todos imaginamos o sospechamos que es, está desesperado por obtener el rol en una película en preproducción que finalmente no conseguirá. Su representante Richard (Neil Patrick Harris) le mostrará que su situación económica es desesperada y le pedirá que acepte la oferta de “solo” aparecer en la fiesta de un fanático ricachón, Javi Gutiérrez (Pedro Pascal). Pero lo que Javi se trae bajo el poncho no es fotografiarse con él para lucirse en redes sociales ni arrastrarlo a una orgía, ni sumarlo a una colección de logros, no, lo que pretende es que Nicolas Cage lea un guión que ha escrito con la esperanza de que lo protagonice. Pero la CIA cree que Javi es el responsable del secuestro de la hija de un candidato a presidente del país innominado donde transcurre esta parte de la acción, de ahí que la CIA pretenda usar a Nicolas Cage como Caballo de Troya en la mansión de Javi, pero nada es lo que parece, ni Cage puede salir “actuando” del embrollo, entonces…

 

Estas dos películas se atreven a ser originales sin perder sus ambiciones de obtener la mayor popularidad posible. Algo que han logrado porque el espectador contemporáneo ya está ducho con los mulitiversos, las realidades paralelas, los juegos posmodernos de ficción dentro de una ficción dentro de otra ficción que remite quizá a una realidad que puede ser ¿por qué no? otra ficción. De metalenguajes está lleno el universo actual. Algo muy bueno para descifrar ficciones y algo muy malo para la realidad. Hay personas que van por la vida creyendo que la realidad no es aquello objetivo que es, independientemente de nosotros, sino lo que estas personas creen que es. Sus “subjetividades” se contraponen o anteponen a lo que es, pasa o deviene. ¿Una locura? No, una modernidad vigente. Comenzó con lo político, pero ya se extiende o otros órdenes de la vida. Confiemos que una nueva santa inquisición no esté a la vuelta de la esquina. Cruzo los dedos.

Gustavo Monteros

viernes, 5 de agosto de 2022

Programa doble: La cascada - Refugiado



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La cascada - Refugiado

 

En Pu bu (The Falls, La cascada, Mong-Hong Chung, 2021) Xiao Jing (Gingle Wang) parece al principio de la película la típica adolescente en crisis, le hace la vida imposible a su mamá, Lo Pin-wen (Alyssa Chia), la maltrata y destrata todo lo que puede. Pero estamos en Taiwán en plena cuarentena por la COVID y el encierro hace que a mamá la mente le juegue una mala pasada y deba depender de la hija, que se ve en la obligación de madurar a la máxima celeridad posible. La pobre mamá Lo Pin-wen tenía motivos de sobra para que le lloviera el techo: no había terminado de asimilar un divorcio con un conyugue que hasta ya tenía un hijo con la otra antes de separarse, la echaron del trabajo, está acuciada de deudas porque lleva años viviendo más allá de sus posibilidades y siente que la hija la culpa hasta del aire que respira. Pero como no todo es maldad y es posible hallar remedio si uno identifica el problema y puede expresarlo, de a poco irá saliendo. La razón de por qué el film se titula como se titula, le agrega un elemento fantástico al desencadenamiento de la psicosis que la llevó a perder la razón.

 

En Refugiado (Diego Lerman, 2014) Matías (Sebastián Molinaro) espera en vano en un pelotero que su mamá Laura (Julieta Díaz) lo venga a buscar al término de una fiesta de cumpleaños. La mamá de la cumpleañera lo llevará a su casa y al llegar descubrirán a Laura en el piso de la cocina, inconsciente y golpeada, tras una paliza propinada por su pareja Fabián (Agustín Rittano). Laura y Matías empiezan, entonces, un accidentado peregrinaje para apartarse de la violencia incontenida de Fabián. Laura intuye, y todos concordamos, que no habrá una próxima vez en que ella pueda contar el cuento. Si la hay, ella saldrá muerta. Pero los malos amores como los peores hábitos son difíciles de dejar. ¿Podrá?

 

La cascada y Refugiado se centran en dos mujeres desvalidas. Por suerte en ambas historias (más en La cascada, a decir verdad) hay gente buena, generosa, amable, dispuesta a ayudar. La corroboración, aunque sea en la ficción, devuelve la fe en lo humano. Por un rato.

Gustavo Monteros

La cascada y Refugiado pueden verse actualmente en Netflix


viernes, 29 de julio de 2022

Programa doble: Foxtrot - Antonieta



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Foxtrot – Antonieta

 

En Foxtrot (Arturo Ripstein, 1976) cuando la Segunda Guerra Mundial se cierne inminente, Liviu (Peter O’Toole) un conde polaco, con su mujer Julia (Charlotte Rampling) más un sirviente personal, Eusebio (Jorge Luke) se alejan de la guerra y de su pasado retirándose a una isla tropical deshabitada y casi desconocida. En la isla los espera Larsen (Max von Sydow) un exmilitar con conocimientos de ingeniería que se ocupará del armado de las casas cuando lleguen los materiales. Mientras tanto viven en lujosas carpas que despertarían las envidias de un jeque árabe. La llegada de un yate con numerosos no invitados inesperados diezmarán las provisiones y destruirán la fauna del lugar con cacerías a mansalva. Otra vez solos, los cuatro habitantes de la isla tendrán que enfrentar el racionamiento de lo poco que queda para comer, beber y fumar, lo que provocará la disrupción de las categorías sociales de amos y criados. Sin condicionamientos sociales en los que recostarse, más la amenaza de una pronta inanición y con la incertidumbre de un futuro satisfactorio, los cuatro protagonistas se despeñarán en una sinrazón destructiva.

 

En Antonieta (Carlos Saura, 1982) Anna (Hanna Schygulla) una psicóloga francesa investiga las causas del suicidio femenino. Se topa con el caso de Antonieta Rivas Mercado (Isabelle Adjani) una escritora mexicana que se suicidó en Notre Dame en 1931. La investigación la llevará a México donde circunscribirá la vida de Antonieta, la hija de un escultor con estrechos vínculos con la alta burguesía y el poder, a los convulsionados vaivenes políticos de los tiempos en que le tocó devenir.

 

Son películas atípicas en las carreras de estos dos maestros. Si bien no se alejan de las obsesiones temáticas y estéticas que definieron sus mundos creativos, esta vez temas y estilos están como atemperados para un público más masivo. Son también dos coproducciones internacionales con estrellas que no forman parte de su canon actoral habitual. Las unen asimismo los preciosismos de un vestuario deslumbrante y una dirección de arte particularmente bella. Uno querría mudarse a las carpas con todas las comodidades que aparecen en Foxtrot o a las casas solariegas con galerías con arcadas y con patios o jardines frondosos de Antonieta. Adjani y Rampling lucen bellísimas en sus trajes de época y Schygulla nos recuerda cómo era la moda Prêt-à-porter de comienzo de los ochenta (hoy tan de época como las de Adjani y Rampling). En un abrir y cerrar de ojos ya todo es pasado.

Gustavo Monteros

viernes, 22 de julio de 2022

Programa doble: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto - La hija de un soldado nunca llora



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto – La hija de un soldado nunca llora

 

En Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (Agustín Díaz Yanes, 1995) a la pobre Gloria (Victoria Abril) no le puede ir peor. Su marido torero está en estado vegetativo tras una corrida fatal. Ella se fue a México a ver si podía reunir un poco de dinero y terminó de prostituta. Una noche en que le practicaba fellatio a unos matones vio como una operación de la DEA salió mal y ahora la persiguen los narcos para que entregue un cuaderno con información sensible con el que se quedó. La deportan a Madrid y se reencuentra con su suegra, Doña Julia (Pilar Bardem) que cuida al torero postrado y paga la hipoteca sobre el departamento dando clases a los chicos del barrio. La señora es una ex republicana, más roja que el gorro frigio, que es su tiempo padeció cárcel y tortura, pero que sabe que la educación saca de aprietos al más desprotegido mejor que el tentador delito. Eduardo (Federico Luppi) es el matón encomendado por la líder de los narcos, Doña Esperanza, para perseguir a Gloria, recuperar el cuaderno y devolverla a México para que la interroguen y la escarmienten. Cosa que se le dificulta a Eduardo porque el hombre anda en problemas nada más ni nada menos que con Dios. Entonces…

 

En La hija de un soldado nunca llora (A Soldier’s Daughter Never Cries, James Ivory, 1998) si bien hay una trama dominante que se despliega a lo largo de toda la película, está estructurada en tres bloques que semejan episodios de una película de mediometrajes independientes. El primero se centra en Billy, un niño de unos 10 años que en París es adoptado por una pareja norteamericana compuesta por un autor de éxito, exmilitar heroico, Bill Willis (Kris Kristofferson) (personaje ficcional que oculta al novelista James Jones, célebre por su De aquí a la eternidad) y su esposa Marcella (Barbara Hershey). El chico también tendrá que adaptarse a su hermana Channe, fusión de los rimbombantes nombres de la chica, Charlotte Anne. El segundo bloque es sobre Francis (Anthony Roth Costanzo) un compañero de escuela de Channe (ahora interpretada por Leelee Sobieski porque los chicos ya están en la preadolescencia). Francis es hijo de madre soltera, la Sra. Fortescue (Jane Birkin) y un precursor (estamos en los cincuenta) de las identidades no binarias y de los géneros líquidos de tan fluidos. Channe tendrá su menarca y Billy, integrado en la escuela y en la familia, verán su realidad disruptiva por la decisión del padre famoso de volver a su Norteamérica natal dado que su salud declina. La tercera y última parte es sobre Bill Willis, cuyo frágil corazón lo está llevando a la muerte. Lo vemos enfrentarla con valor y sabiduría. Tampoco son tiempos fáciles para Marcella que pelea por vivir el día a día sin ceder al duelo que ya la abarca. Channe ha despertado al sexo, lo vive sin prejuicios y es despreciada por los remilgos de una sociedad hipócritamente puritana. Billy niega su pasado y se resiste a leer el diario que su madre le legó para que conozca las razones por las que lo abandonó y no la juzgue con excesiva dureza.

 

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto como algunos platos que gustan al paladar español está muy condimentado. Por momentos son tantos los ingredientes en juego que los sabores se anulan entre sí. Pero así como uno no se queja de que el jamón crudo sea salado, es inútil pretender que lo español no sea saleroso, a sus historias hay que aceptarlas como son. Para platos más sosos o menos exuberantes, hay que recurrir a otras cinematografías.

 

James Ivory y su fiel guionista Ruth Prawer Jhabvala hicieron una carrera de llevar al cine novelas consideradas infilmables y difuminarse hasta fundirse en una manera de contar que los transparentaba, como si las novelas que exponían en pantalla se filmaran solas. Esta novela de Kaylie Jones no es una excepción y ellos hacen su habitual disappearing act. El mérito no es poco, cuánto más astuto el prestidigitador, mejor el truco.

 

Estas dos películas tienen en común títulos que son una oración completa. Poner buenos títulos es todo un arte que no se valora con justicia.

Gustavo Monteros

viernes, 15 de julio de 2022

Programa doble: Sombras en una batalla - La flaqueza del bolchevique



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Sombras en una batalla – La flaqueza del bolchevique


En Sombras en una batalla (Mario Camus, 1993) Ana (Carmen Maura) se esconde a plena luz. Es veterinaria en un pueblito cerca de la frontera de España y Portugal. Está asociada a otro veterinario, Darío (Tito Valverde) con él que se lleva más que bien y que la ayuda a criar a su hija de 13 años, Blanca (Sonia Martín). La casualidad la hace conocer a y relacionarse con José (Joaquim de Almeida) hasta que este revela pertenecer a la organización que mató a su esposo. Porque el secreto de Ana es haber pertenecido a la ETA (para los que no lo sepan, organización terrorista nacionalista vasca) y José anduvo mezclado con los GAL (para los que no lo sepan, agrupaciones parapoliciales financiadas por altos funcionarios del Ministerio del Interior español que practicaron terrorismo de estado contra la ETA) Y ya se sabe, los secretos expuestos desatan consecuencias inesperadas…


En La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003, según novela de Lorenzo Silva) Pablo (Luis Tosar) un ejecutivo treintañero en crisis con sus elecciones de vida se ve envuelto en un accidente de tránsito inconsecuente con Sonsoles (Mar Regueras) que de pura antipatía le inicia una querella. Pablo comienza a hostigarla y así conoce a la hermana menor de Sonsoles, María (María Valverde) una adolescente de 14 años con la que empieza una relación enriquecedora y movilizadora. Pero la obcecación de Sonsoles empuja el asunto a la tragedia.


Estas dos películas tienen bellos títulos evocadores y arman un buen programa doble para un domingo de frío. En mi opinión, el final de Sombras en una batalla es demasiado ecuménico-cristiano y suena falso, pero como siempre donde anda Carmen Maura, su sola presencia eleva el material y evita que se torne desdeñable. La flaqueza del bolchevique juega lícitamente con nuestras advertidas expectativas (¿es María una nueva Lolita?, ¿Pablo es una pedófilo en ciernes?) para desafiarlas y sorprendernos. Tosar es hipnótico como acostumbra y la Valverde no en vano se convirtió después de esta película en una gran estrella.


¿Hay elecciones inevitables? No, es una contradicción de términos. Elegir implica algún grado de libertad. Los condicionamientos son irremediables, uno no elige dónde nacer ni cuándo. Y las elecciones siempre dejan afuera las otras opciones que pudieron llevarnos por otros caminos. ¿Mejores? Quizá, ¡quién sabe! No me lleven el apunte. Son solo elucubraciones de domingo.

Gustavo Monteros

viernes, 8 de julio de 2022

Programa doble: La cita - Mi prima Raquel


Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La cita – Mi prima Raquel


En The Appointment / La cita (Sidney Lumet, 1969) el abogado Frederico Fendi (Omar Sharif) se cruza en un restaurant con un colega con el que estudió, Renzo (Fausto Tozzi) que le presenta a su novia, Carla (Anouk Aimée), una modelo profesional. Frederico queda prendado de la belleza y del misterio de Carla. Ella se comporta extrañamente, es demasiado dócil, dispersa, blanda. Pasa el tiempo y por un caso que los dos abogados tienen en común, Frederico se entera de que Renzo ha dejado a Carla, porque de buena fuente le han dicho que ella trabaja también como ocasional prostituta de lujo. Más tarde, Carla le pide a Frederico que interceda ante Renzo y lo convenza de que lo que le han dicho es mentira. Renzo se muestra renuente a escucharla. Frederico primero intenta averiguar sin éxito si lo que le han dicho a Renzo es verdad, y después, convenciéndose de que el rumor es falso, se casa con Carla. Pero la duda persiste y se transforma en una obsesión que empañará su mente.


En My Cousin Rachel / Mi prima Raquel (Henry Koster,1952) Philip Ashley (Richard Burton) ha sido criado por Ambrose (John Sutton) que al ver declinar su salud se muda a Florencia para reponerse. Por cartas, Philip se entera de que Ambrose se ha casado con una prima con la que se reencontró en Italia, Rachel (Olivia de Havilland). Luego la correspondencia se vuelve confusa, Ambrose aparentemente en raptos de delirio aduce que Rachel lo está envenenando con unas tisanas que ella le jura son para mejorarlo. Philip decide viajar a Florencia para ver en persona qué está pasando. Llega unos días después de la muerte de Ambrose. El casero le informa que ha muerto de un tumor cerebral, el mismo diagnóstico que le sugirió el abogado de la familia Nicholas Kendall (Ronald Squire). No es que Nicholas fuera vidente, supuso que podría tratarse de la misma enfermedad que mató al padre de Nicholas. Contra las sospechas de Philip, Ambrose no cambió el testamento, le deja todos los bienes a Philip y nada dispone para Rachel, que partió para Roma después del entierro. Philip regresa a Cornwall y un buen día Nicholas le informa que Rachel está en el pueblo de visita. Philip, con la intención de vengarse de la que él cree asesina de su primo, invita a Rachel a pasar unos días en la casa solariega que habita. Pero, claro, Rachel no es ni por asomo la mujer que él se había figurado y se enamora de ella. Primero hace que Nicholas le disponga de una generosa asignación monetaria mensual y después arregla para que le cedan todos los bienes de Ambrose. Él cree que no se despoja de nada porque está convencido de que Rachel se casará con él, pero…


Philip y Frederico son dos hombres profundamente equivocados respecto a sus objetos de amor. Frederico, maníacamente, Philip, neuróticamente, jamás confían en lo que sienten, prefieren dejarse llevar por lo que dicen otros y por lo que suponen erróneamente, porque en el fondo están más enamorados de su idea de amor que de las mujeres por las que se apasionan.

Es que no basta con amar, también hay que saber hacerlo.

Gustavo Monteros

 

viernes, 1 de julio de 2022

Programa doble: El búho y la gatita - El salvaje



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El búho y la gatita – El salvaje

 

Uno de los ejes de la comedia del siglo XX fue la guerra de los sexos, la confrontación de lo entendido como esencialmente femenino contra lo entendido como intrínsecamente masculino. Se hallan ejemplos ineludibles en las principales comedias de George Bernard Shaw: Candida, Pygmalion, César y Cleopatra, Las armas y el hombre, La conversión del capitán Brassbound, El hombre del destino, entre otras, por suerte, varias más.

 

La variable más deliciosa se centró en la irrupción de un huracán femenino en un apacible rincón masculino. En cine hay dos ejemplos supremos de Howard Hawks: Bringing Up Baby (1938) (conocida aquí como La adorable revoltosa) con los insuperables Katharine Hepburn y Cary Grant y Ball of Fire (1941) (conocida aquí con la traducción literal de su título: Bola de fuego) con los maravillosos Barbara Stanwyck y Gary Cooper.

 

Los dos títulos que revemos hoy pertenecen a esta variante.

 

En The Owl and the Pussycat / El búho y la gatita (Herbert Ross, 1970) en un edificio de departamentos tan diminutamente claustrofóbicos como imposibilitados de habilitar algún tipo de intimidad, el aspirante a novelista Félix (George Segal) ve su necesitado silencio permanentemente interrumpido por los ruidos que hace su vecina, Doris (Barbra Streisand) tanto cuando está con sus clientes (es prostituta part time, aunque se presente como una aspirante a actriz) como cuando está sola porque le gusta la televisión al volumen intolerable. La vociferante pelea en la que se enredan hace que los echen del edificio en plena noche y deambulen hasta recalar en el departamento de un amigo de él. La promiscuidad obligada los hará conocerse, apreciarse y enamorarse.

 

En Le Sauvage / El salvaje (Jean-Paul Rappeneau, 1975) Nelly (Catherine Deneuve) es una muchacha francesa que vino a Caracas para casarse, pero se arrepiente y huye de la inminente boda con un italianísimo Vittorio (Luigi Vannucchi) que no acepta un no como respuesta. Nelly termina por pedirle ayuda a un desconocido Martin (Yves Montand), que hará lo que esté a su alcance para sacársela de encima, algo que no logrará y terminará por albergarla, o más bien soportarla en la paradisíaca isla del Caribe en la que vivía apartado, recluso y tranquilo.

 

El búho y la gatita fue en su origen una obra de teatro de Bill Manhoff, de suerte inmerecida (se representó profusamente en todo el mundo) porque es pobre en la caracterización de sus personajes, escasa de ingenio y mecánica en el desarrollo de sus conflictos. La suerte le alcanzó también en la versión cinematográfica puesto que sus tres responsables principales, el director Herbert Ross y los actores Streisand y Segal ponen en juego su arte y oficio para disimular las cortedades de un producto vacío y medio tonto. Los años desnudan con impiedad las falencias y salvo algunas líneas, el compromiso actoral de Segal, Streisand que está en su mejor etapa de comediante y el baby-doll que se ve en el afiche, el resto es para el olvido.

 

El solitario, en cambio, a pesar de los años, exhibe jovialidad y lozanía. Jean-Paul Rappeneau es siempre recordado por su maravilloso Cyrano de Bergerac (1990) con el gran protagónico de Depardieu, pero su impar talento florece en la comedia. Tanto La vie de château / La vida en el castillo (1966), como Les mariés de l’an deux / (aquí) El aventurero del Año II (1971) como Bon voyage (2003) para mencionar mis favoritas ofrecen detalles magistrales. El salvaje con gran lucimiento de sus carismáticos protagonistas no le va a la zaga.

 

En definitiva, una tanto, la otra tan poco. Aunque un buen par de protagonistas en su salsa hacen digerible el bodrio más soso.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de junio de 2022

Programa doble: Amor al ocaso - Good luck to you, Leo Grande



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Suk suk y Good Luck to You, Leo Grande

 

En Suk suk (Ray Yeung, 2019) Pak (Tai-Bo) un taxista de setenta años levanta, frente a un baño público de un parque, a Hoy (Ben Yuen), un jubilado de 65 años. Son gays enclosetados, el taxista es jefe de una numerosa familia, el jubilado es padre separado de un hijo rígido, casado y con una hija. No habrá sexo en ese primer encuentro, pero el levante derivará en camaradería que forjará una amistad que no tarda en trocarse en amor. Se preguntarán lo que podría ser vivir juntos y disfrutar de su amor. Algo imposible hasta de fantasear, porque tanto la esposa del taxista como el hijo del jubilado vigilan de cerca, para que no se produzca ningún cambio en el devenir cotidiano, sostenido con dureza, a fuerza de sospechas y silencios, que pretenden jamás dilucidar ni quebrar. El jubilado participa de una organización, asesorada por jóvenes, que pelea por los derechos de los gays mayores de 60 años, para que puedan acceder a una vivienda digna o a cuidados óptimos de salud. Esto subraya el contraste que existe entre las libertades contemporáneas y la vida enclosetada, de amores secretos y furtivos, humillantes y avergonzados, que fue lo único que a lo que pudieron acceder los gays viejos.

 

En Good Luck to You, Leo Grande (Sophie Hyde, 2019) Nancy Stokes, (Emma Thompson) una viuda de 55 años, profesora de religión jubilada, contrata los servicios de un trabajador sexual, Leo Grande (Daryl McCormack) para experimentar lo que su limitada y frustrante vida sexual no le deparó. Conmueve con sus falencias, pero no tarda en revelarse como un personaje complejo, es resentida, cruel e inmisericorde en su opinión sobre sus hijos, mezquina y prejuiciosa respecto a sus exalumnos, entrometida e incapaz de manejar cualquier situación, si no es en sus términos, lo que la lleva a trasgredir el acuerdo entre trabajador sexual y cliente. Que no sea una víctima es lo mejor de la película, y hace natural que, entre tanto cruce y choque, termine por ampliar miras y superarse.

 

Las dos películas tiene escenas finales que interpelan y dan que hablar. Y ratifican que pasadas la menopausia y la andropausia, el sexo cumple a rajatabla la ley de Lavoiser: Nada se pierde, todo se transforma…

 

Suk suk con el nombre de Amor al ocaso puede verse en Netflix. Good luck to you, Leo Grande, acaba de darse a conocer en el Hemisferio Norte y quizá pronto se estrene en cines o recale en una plataforma de contenidos.

 

(Netflix no me domina mucho el español, ¿¡Amor al ocaso!? Supongo que tendría que ser más bien Amor en el ocaso, después de todo no es que los personajes estén enamorados de la puesta del sol (sentido literal) o de la declinación, o decadencia (sentido figurado), sino que, como vimos, se trata de dos adultos mayores enamorados uno del otro. No sé, digo, me parece…)

Gustavo Monteros

viernes, 17 de junio de 2022

Programa doble: Tuset Street - Varietés



 

Programa doble, sección en la que repasábamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Tuset Street y Varietés

 

Para 1968 Sara Montiel era una estrella establecida, gracias a una larga carrera cinematográfica, con películas de perfil definido que la tenían como protagonista: el melodrama sentimental no exento de notas picarescas y con una saludable abundancia de canciones. El público que decía “voy a ver una con Sarita Montiel” o “la última de la Montiel” sabía con conocimiento de causa y sin temor a equivocación alguna a qué se refería. Y los productores, directores, figurinistas, maquilladores, peinadores, compositores y guionistas sabían a qué atenerse cuando emprendían un proyecto Montiel. Ahora bien, ¿se podían participar en un film de Sarita sin traicionar la impronta personal?, ¿seguir teniendo los rasgos distintivos propios incluso en un armado tan rígido como lo es el de un vehículo de lucimiento para una estrella? Sí, al menos el guionista Rafael Azcona y el director Juan Antonio Bardem así lo demostraron.

 

Rafael Azcona firma el guión de la única película “psicodélica” de Sarita, Tuset Street, 1968, codirigida por Jorge Grau y Luis Marquina. Azcona era un maestro de amplio espectro como lo ratifica una larga carrera con títulos para todos los géneros y los más variados directores, pero su marca de fábrica era un realismo que podríamos llamar de pasmo, de estupefacción, porque se las ingeniaba para rarificar el realismo, agrietarlo y descubrirnos que eso que llamamos realidad, al acercarnos mucho, nos sorprende con extrañezas insospechadas y una buena dosis de elementos siniestros. Hablo, claro, del primer Azcona, el de El pisito (Marco Ferreri y Isidoro M. Ferry, 1958), el de El cochecito (Marco Ferreri, 1960), el de Plácido (Luis García Berlanga, 1961) y sobre todo el de El verdugo (Luis García Berlanga, 1963) con el genialmente inolvidable Nino Manfredi.

 

En Tuset Street, Azcona trabaja junto al director Jorge Grau y desarrolla una historia de Enrique Josa. Violeta Riscal (Sarita, of course) es una corista de un show de variedades, que tuvo intenciones de cantante seria, como lo demuestra un disco tan olvidado como sus ambiciones, que redondea el estipendio como prostituta de lujo. Debe suponerse que no es una chica cool, que es zafia, vulgar, estridente. Digo debe suponerse porque Sarita es Sarita y su divinidad puede ponerse en juego, pero no mucho. El grupo joven y moderno de Jorge Artigas (Patrick Bauchau) sí es cool, rico, y se pretende desvergonzado, audaz, libre y superior al resto. Jóvenes, bah. Los amigos de Jorge lo desafían a que “enamore” a Violeta. Cuando Jorge crea que lo ha logrado, pondrán micrófonos en el departamento y grabarán las conversaciones y los ruidos del amor como prueba. Si creen que espiar con adelantos técnicos y las técnicas de los reality shows son artilugios más o menos novedosos, les insisto que esta película es de ¡1968! Volviendo a lo que nos ocupa, no hay que ser muy perspicaz para anticipar que se trata de una reversión del cazador cazado o sea, ya que estamos entre dichos, ir por lana y volver trasquilado. Sarita hace su show y Azcona el suyo, pone aquí y allá detalles que enrarecen la atmósfera deliciosamente y que hacen que el paseo por la Tuset Street valga la pena. Con creces.

 

Con Varietés (1971) Juan Antonio Bardem reformula su película de 1954, Cómicos, que es en blanco y negro y muy dramática. Varietés es en colores y con mucho humor. En Cómicos, una actriz ve pasar la juventud en una compañía itinerante de teatro a la espera de que la actriz principal se retire y ella pase a hacer los papeles que por edad le corresponden y de los que, por supuesto, se ocupa la “veterana”, que funge lozanía aumentando las capas de maquillaje. En Varietés Sarita es Ana Marqués, una media vedette en una compañía de variedades en perpetua gira por provincias y como su tocaya Ana Ruíz de Cómicos espera y desespera a que la eterna vedette se retire. Mientras sabemos si logra encabezar por fin la compañía, hay amores encontrados, furtivos y correspondidos. Y Bardem “moderniza” su vieja obra a la vez que homenajea a una forma teatral en su ocaso, por 1971, el teatro de variedades estaba camino al geriátrico del que ya no emergería. Como la carrera de Sarita, esta sería su penúltima película, haría una más en el 74, Cinco almohadas para una noche de Pedro Lazaga y se retiraría a los 46 años, volvería brevemente al cine en 2012 con una participación especial como ella misma. Lo que es la vida, hoy nadie se retira a los cuarenta y pico. Y menos que menos es “viejo”.

Gustavo Monteros

viernes, 10 de junio de 2022

Programa doble: My dinner with André - My dinner with Hervé



 

Al momento de su estreno, My dinner with André (Louis Malle, 1981) fue una de las películas más malinterpretadas y vilipendiadas de la historia. El título era literal y abarcaba toda la película. Se abría con un narrador, el actor, autor y director Wallace Shawn (más conocido por su faceta de actor) que iba camino de su cena con otro actor, autor y director teatral, André Gregory (más conocido por su labor como director teatral) Se saludaban, hablaban, cenaban y eso era todo. Gregory monopolizaba la charla y contaba una crisis creativa que había tenido y como la había superado haciendo experimentos teatrales en Europa (principalmente en Polonia), las charlas que tuvo con su mentor, el maestro Jerzy Grotowski más consideraciones filosóficas sobre la existencia y la vida contemporánea. Superada la burla con que fue recibida inicialmente, la película no se olvidó y se instaló en el colectivo cultural como lo que en definitiva es: un registro histórico de una manera de ver el mundo, según la perspectiva de dos individuos que se formaron de una determinada manera, que se ganan la vida con la cultura, que pertenecen a lo que en el marxismo se designaría como la burguesía ilustrada. Son dos personas integradas, formadas, informadas, elocuentes, sensibles. Lo que charlan puede que no sea del interés de todos, del mismo modo que una charla sobre las matemáticas aplicadas o las técnicas pugilísticas no sean para todos los paladares. Es una película muy específica para quienes tengan interés o curiosidad sobre cómo se analizaba la vida y el hecho teatral a fines del siglo XX.


Mi cena con André no solo fue motivo de sketches satíricos, sino que se erigió como una influencia insoslayable para los documentalistas y quien sabe, quizás hasta lo que después se conoció como reality shows. Su importancia es tal que determinó el título de la segunda película de la que hablaremos. Si tenemos un nombre en francés con acento en la segunda vocal, llamémosla pues Mi cena con.


En Mi cena con Hervé (Sacha Gervasi, 2018), la cena no se ve, la interacción entre sus dos protagonistas, el periodista Danny Tate (Jamie Dornan) y la estrella televisiva de la serie Fantasy Island (La isla de la fantasía, 1977-1984) Hervé Villechaize (Peter Dinklage) comienza cuando la cena ha terminado, pero tiene muchos otros personajes, escenarios y vicisitudes. No es una charla sobre temas varios sino el recuento, a lo largo de toda una noche, por distintos derroteros, del fracaso de una carrera actoral que supo tener un éxito refulgente. Hervé vive a la sombra de su fama, ganada por la participación en una película de James Bond, encarnado por Roger Moore, y de la aceptación popular de su personaje icónico, el anfitrión Tattoo en la paradisíaca isla de la célebre serie. Si como dice el tango, la fama es puro cuento, no es menos cierto que la fama no es para todos o que no todos están preparados para enfrentarla y gozarla. El error más común de creerla compensación de lo que no tuvo y se considera debido es craso y fatal. Aquí el atractivo crece porque el personaje del periodista no es solo un receptor de confesiones inéditas, sino que arrastra un presente desafiante y doloroso. Por suerte My dinner with Hervé le escapa a la típica lamentación plañidera de mírenme-como-sufro-por-ser-artista y presenta experiencias con las que es posible identificarse, incluso aquellos a los que la fama nunca los desveló. Dinklage y Dornan dan actuaciones para la ovación.


Dos cenas como la fiesta aquella de Peter Sellers y Blake Edwards: inolvidables.

Gustavo Monteros


viernes, 3 de junio de 2022

Programa doble: Divina creatura - Por le antiche scale



 

Hacemos un paréntesis de nuestro viaje por las películas con una referencia geográfica como título y volvemos a nuestra sección de Programa doble en la que repasábamos dos películas con aspectos en común. Hoy vamos con Divina creatura y Per le antiche scale.

 

Una de las cosas más hermosas del cine de mi infancia es que casi todas las semanas daban películas italianas y en muchas estaba Marcello Mastroianni.

 

En 1975 estrenaron en Italia con apenas semanas de diferencia dos películas con Marcello. El 16 de octubre se conoció Divina creatura de Giuseppe Patroni Griffi y el 6 de noviembre, Per le antiche scale (literalmente Por las antiguas escaleras, rebautizada aquí como Locura erótica) de Mauro Bolognini.

 

En Divina criatura, en los Años Locos, Dany di Bagnasco (Terence Stamp) un joven noble y rico, se enamora de Manoela (Laura Antonelli en su esplendor). Sus amigos le advierten que no debe casarse con ella por un imperdonable pasado en el que mucho tuvo que ver el tío de él, Michele Barra (Marcello Mastroianni). Dany decide vengarse y estimula un triángulo amoroso de trágico desenlace.

 

En Locura erótica, a inicios de la década del treinta, en un apartado manicomio, el doctor Bonaccorsi (Marcello Mastroianni) reina sin disputa y tres mujeres le conceden favores sexuales, Francesca (Lucía Bosé) la esposa del director del nosocomio, Bianca (Marthe Keller) su devota enfermera y Carla (Barbara Bouchet) la libertina esposa de un colega. Lo obsesiona descubrir el gen de la locura. Su dominio se ve amenazado por la llegada de Anna (Françoise Fabian), psiquiatra que maneja otras ideas sobre la locura y que se niega a sumarse a su harem.

 

Hay elementos temáticos y estéticos en común en las dos películas. Las dos se basan en novelas, Divina Creatura en una de Luciano Zuccoli y Per le antiche scale en la de Mario Tobino. Las dos reflejan el fin de un ciclo y en ambas el personaje de Marcello se disuelve en el apogeo del fascismo. Las dos se regodean en la belleza del Art Nouveau (en Divina criatura obsesivamente, tanto que es una fiesta para los que amamos esa tendencia artística y en Per le antiche scale no es un dato menor que la dirección de arte y el vestuario sean de Piero Tosi, el colaborador habitual de Luchino Visconti). Los dos fueron musicalizadas por Ennio Morricone (en Divina criatura solo hace arreglos sobre música de Cesare A. Bixio, pero en Per le antiche scale es responsable de la partitura). Las dos películas son elegantemente sórdidas, con toques de perversión, más acentuados en Per le antiche scale por el ambiente en el que transcurre la historia.

 

En ambas hay actrices de belleza suprema, y está, claro, Marcello Mastroianni. Confieso que me dieron mi segundo nombre, Marcelo, por su culpa. Y cada vez que me lo cruzo en una película, sonrío y no puedo evitar que me sumerja una ola de orgullo, por eso a esta modesta crónica la firmaré con mi nombre completo: Gustavo Marcelo Monteros.