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jueves, 9 de marzo de 2017

Jackie

Quizás yo no sea el mejor candidato para hablar de Jackie de Pablo Larraín, pero intentémoslo al menos.


Jackie se estructura a partir de la entrevista que le hizo el periodista Theodore White (Billy Crudup cubre este personaje, que sabrá Dios por qué, aquí se lo llama a secas El Periodista) el 29 de noviembre de 1963 para la revista Life. Jackie no es la típica película biográfica, no, es más bien un retrato artístico de una personalidad en un trance muy difícil y determinante de su vida. Este retrato se vertebrará también en la recreación del especial para televisión de 1962: Una visita a la Casa Blanca con la Sra Kennedy. Y es de capital importancia también el diálogo que tiene con un sacerdote (John Hurt). Todo girará acerca de los prolegómenos al atentado a John Fitzgerald Kennedy, la ejecución del mismo, sus consecuencias y los preparativos y realización de sus honras fúnebres.


No hay una linealidad, el guión va para adelante y para atrás en un acotado marco de tiempo, apenas un mes, como mucho, pero el juego es de una claridad meridiana, siempre sabemos en qué momento estamos. El modelo narrativo usado no es el de las cajas chinas, ni el de los espejos enfrentados, sino más bien, aquel que se llama el del espejo roto, cuyos fragmentos van reflejando aspectos distintos de la realidad  elegida. Y esta vez, es la partitura la que da cohesión al todo. No es una banda sonora intrusiva, no, introduce, acompaña, celebra. Tiene los instrumentos típicos, los infaltables violines, por ejemplo, pero es de una creatividad inusual. Sin ser tan rara como la de Jonny Greenwood para Petróleo Sangriento (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007) no se recuesta en el típico colchón de compases melifluos. Pertenece a la compositora Mica Levi, un nombre a tener en cuenta y seguir.


Larraín logra un film particularmente impecable en su elegancia, la dirección de arte, el maquillaje y vestuario son de una gran belleza. El tono elegíaco sumado a la luminosidad de los ambientes va creando de a poco una atmósfera onírica, no, más que onírica, sonambulesca. Comunica con contundencia ese estado de melancolía, extrañeza, sensibilidad y agudeza que da la pérdida de un ser querido. Nos mete en ese estado de tristeza irremediable y de tranquilizantes asimilados.


Y se vuelve atrapante cuando abreva en los detalles. Por ejemplo, el momento en que le toman juramento a Lyndon Johnson (John Carroll Lynch) y comprobamos como ella pierde el centro de la escena y cómo lo resiente. Y los vericuetos, las idas y vueltas de las pompas fúnebres, más la tozudez de Jackie de no cambiarse el traje ensangrentado hasta llegar a la Casa Blanca. Y sobre el final, la utilización de la última canción del musical Camelot de Loewe - Jay Lerner, cantada por Richard Burton que dio origen al mito.


Sí, se dice que Jackie fue una de las pioneras en comprender la importancia de la televisión y la imagen, que la presidencia de su esposo no tuvo el brillo que ella le adjudicó con sus gestos. Casi sobre el final vemos su máximo triunfo, el de las tiendas que se pueblan con maniquíes vestidos con modelos que copian su estilo. El famoso conjuntito de remerita manga corta y camperita de banlon completado con el collarcito cortón de perlas fue usado por las señoronas con pretensiones de distinción hasta bien entrados los setenta. Y por estas tierras de prosapia latina, desterró en el luto el llanto destemplado por el dolor estoico, con lágrimas para la intimidad y en público un rostro sufrido pero seco.


A pesar de su exposición mediática, Jackie fue siempre un misterio. Y Natalie Portman y Pablo Larraín parecen por momentos develar aspectos del misterio, pero esta operación tapa más de lo que revela. Cuánto más parece abrirse, más se cierra en realidad, más se afirma en los ropajes del ícono, el trajecito, el sombrerito, el peinadito, la carterita, los zapatitos.


Natalie Portman entrega una actuación deslumbrante, hipnótica. Por momentos muy vulnerable, en otros férrea, más todos los estados intermedios. Recrea también con exactitud la forma de hablar de Jackie, que era, claro, la de las mujeres neoyorquinas de clase alta. Confieso que esos susurritos modositos de gatita morronga me sacaron de quicio en un principio, pero después me fui acostumbrando y los acepté. Esta actuación notable de Portman me remitió a la Michelle Pfeiffer en Love Fields / Conflictos de amor donde era una rubia obsedida con Jackie al punto de la imitación maníaca. Comprendo ahora por qué Michelle hablaba como hablaba en esa película. Si existieran los dobles programas, deberían dar Jackie primero y después Love Fields, cubren las mismas fechas desde perspectivas opuestas, en una se vería las intimidades de esta primera dama irrepetible y en la otra cómo el público de la época, en especial algunas mujeres, se identificaban en Jackie hasta la veneración.


Aparte de los ya nombrados, se lucen Peter Sarsgaard como Bobby Kennedy, Greta Gerwig, como su secretaria privada, Richard E Grant, como el asesor en decoración, Beth Grant como la señora de Johnson y Max Casella como el jefe de prensa. El danés Caspar Philipson personifica a John Fitzgerald Kennedy, más una foto que un personaje, no es su demérito, es elección del guión y del director.


Creo que no me fue tan mal, que describí más o menos bien los muchos méritos de este film. Hago esta aclaración porque, como dije por ahí, antes, en algún otro escrito, las biopics (películas biográficas) me tienen harto y encima, confieso, que Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis nunca me importó un comino y me pareció, perdón, es sin intenciones de ofender ni discriminar, una pelotuda importante.


Habla maravillas del arte del director Pablo Larraín, del guionista Noah Oppenheim y de Natalie Portman que me interesara y compartiera el dolor de esta mujer que nunca me cayó bien.

Gustavo Monteros


jueves, 9 de febrero de 2017

Neruda



Neruda del director chileno Pablo Larraín, por suerte, gracias a los cielos, no es la típica biopic (película biográfica) de productor carroñero, o sea la vulgar exposición de personajes “históricos” o “existentes” sin construcción ni desarrollo, puestos en circunstancias ramplonas, que debemos aceptar sin chistar porque se suponen “reales”


Neruda es una obra de autor. Rica como suelen serlo. Y muy satisfactoria, también. Se focaliza en un par de años de la vida de Neruda. Comienza en 1948, cuando el gobierno de González Videla, a instancias de Estados Unidos (cuándo no) comienza la persecución de los adherentes al Partido Comunista. Sus miembros son internados en el campo de concentración de Pisagua, bajo la atenta mirada, nada más ni nada menos, de un tal Augusto Pinochet. Neruda, senador por los comunistas, tras ser destituido, debe pasar a la clandestinidad. Lo acompaña su segunda mujer, la pintora Delia del Carril, rica aristócrata argentina. Durante 13 meses, para ser exactos, deambularán por casas de amigos y partidarios.


No tardamos en saber que la voz en off que nos acompaña desde el principio de la película pertenece a Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal), el policía designado para perseguir, encontrar y encarcelar a Neruda. Habla como un poeta, resentido, porque de no pertenecer a categorías irreconciliables, quizá fuera el depositario directo de la poesía nerudiana. Dice el director: "'Neruda' es en el fondo una película sobre un policía que le da sentido a su vida al perseguir al poeta”


Desde el inicio hay un tono onírico que se manifiesta principalmente por dos herramientas. La alternancia de “transparencias” (técnica en la que un vehículo o un actor son puestos ante una pantalla donde se proyecta el fondo en el que transcurre la escena) y de los lugares reales de dichas transparencias. Y de la continuidad o discontinuidad de un mismo diálogo, a saber, la misma conversación se continúa en distintos ámbitos. Ese tono onírico se vuelve más surreal cerca del final, cuando Larraín nos hace dudar de la “existencia” independiente y auténtica de Peluchonneau.


Quizá porque habremos llegado al verdadero sentido de la película: la realidad intervenida por el artista, deja de ser realidad, pasa a ser su creación. Dice Peluchonneau, cuando el film  pasa del policial al western: “El poeta tiene la fiebre de los espíritus artísticos, que a veces piensan que el mundo es algo que se imaginaron”


Sí, las dos primeras partes son un homenaje al policial noir. La interacción perseguidor-fugitivo lo amerita. Confiesa García Bernal que para imbuirse del estilo que debía tener su personaje vio una y otra vez las películas de Jean Pierre Melville, no en vano el sombrero que usa remite al de Alain Delon en El samurái. Y la tercera y última parte, por ambiente, estilo y filosofía, remite al western.


Gael García Bernal tiene una cara ideal para el cine. De la nariz a la frente, sus rasgos son regulares y armónicos, con expresivos y curiosos ojos claros, esa armonía se interrumpe con dos líneas paralelas, la de los labios y la de la arruga que ostenta la quijada. Aquí esas dos líneas se subrayan con una tercera, la de un bigote, igual de rígido y derecho. A lo que voy es que puede hacernos pasar de la serenidad que infunde la belleza al temor que destila la fealdad resentida, según haga valer el relampagueo de los ojos o la tensión de sus labios. Ojo, además de los dones otorgados, el hombre tiene claridad de objetivos y talento para llegar a los mismos. Luis Gnecco (al que conociéramos en El bosque de Karadima, Matías Lira, 2015) es como Neruda, un hombre feo, su encanto y su seducción radican en la fuerza de su poesía, en el caso del poeta, y en la desinhibición para mostrar apetitos y caprichos, en el caso del actor. Gnecco y Larraín sacan rápido a Neruda del bronce y nos dan un personaje, admirable por momentos, aborrecible en otros. Mercedes Morán despliega su exquisito e infinito talento.


Pero hay otros actores que brillan tanto como los protagonistas, Pablo Derqui hace del español Víctor Pey, amigo de Neruda, que debe tomar distancia para saber si quiere seguir ayudándolo (Neruda, en el fondo una prima donna, es a veces difícil de aguantar). Michael Silva es Álvaro Jara, un hombre del pueblo, encargado de la seguridad de Neruda, que le pide modestia, porque mientras que Neruda se postula para “gigante popular”, son los de a pie a los que golpean, encarcelan, torturan y matan. Amparo Noguera es Silvia, la que en la fiesta pregunta cómo vivirían si triunfara el comunismo. Y por último, y ni por las tapas menos importante, Roberto Farías (a quien conociéramos como el boxeador gay enamorado de Mi último round, Julio Jorquera Arrigada, 2011, que puede verse en Nerflix) se despacha con otro personaje inolvidable: la cantante del burdel.


Neruda es una muy buena película que da mucha tela para cortar. Visualmente impecable, con una bellísima recreación de época y con una música expresiva y acariciadora que ratifica la admirable capacidad de Federico Jusid.


Pablo Larraín (Fuga, 2006, Tony Manero, 2008, Post Mortem, 2011, No, 2012, El club, 2015) reaparecerá en unas semanas con su primera película rodada en inglés, Jackie, sobre Jackie Kennedy, claro. Mientras tanto podemos descansar de tanta producción yanqui y disfrutar de su Neruda.


Gustavo Monteros