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viernes, 11 de noviembre de 2022

Programa doble: El sentido de un final - El mensajero



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El sentido de un final – El mensajero


En El sentido de un final (The Sense of An Ending, Ritesh Batra, 2017) si de emociones se trata, el viejo Tony Webster (Jim Broadbent) cree tener más pasado que futuro, se cree dueño de una vida vivida y aprendida de memoria de tanto como se la ha contado. Pero una carta lo contradecirá por completo. Una abogada le dice que la madre de una exnovia, Sarah Ford (Emily Mortimer) le ha dejado en el testamento un cheque y un adjunto. Como la carta ensobra el cheque aunque no el “adjunto”, concierta una cita para ver de qué se trata. La abogada recorre el testamento y le confía que el tal adjunto es un diario escrito por Adrian Finn (Joe Alwyn) un compañero de secundaria de Tony. Este diario en cuestión está en manos de la exnovia, Veronica Ford (Charlotte Rampling) que se niega a entregarlo. Tony desandará un camino insospechado, que repercutirá en la vida presente que lleva y modificará sus relaciones con la exmujer, Margaret (Harriet Walter) y con la hija de ambos, Susie (Michelle Dockery), una lesbiana en trance de convertirse en madre soltera, ya que arrastra un embarazo de casi nueve meses.

 

En El mensajero (The Go-Between, Pete Travis, 2015) si de emociones se trata, el viejo Leo Colston (Jim Broadbent) es un muerto en vida. No ha podido relacionarse sentimentalmente con nadie desde el verano de 1900, cuando tenía 13 años y fue manipulado para desempeñarse como un improvisado cartero entre la niña casadera de la mansión victoriana, Marian Maudsley (Joanna Verderham) y su amante, el modesto arrendatario de las tierras de labranza,  Ted Burgess (Ben Batt). Esta aventura romántica tuvo un desenlace que lo traumó drásticamente. Ahora en su madurez es llamado por la envejecida Marian (Vanessa Redgrave) para que entregue un último mensaje, algo que quizá, está por verse, lo destraumatice.

 

En estas dos películas el personaje de Jim Broadbent debe cerrar círculos. Ambas se basan en hermosas novelas homónimas. The Go-Between es L.P. Hartley y The Sense of An Ending es de Julian Barnes.

 

La de L.P.Hartley se abre con la famosa y muy citada frase: “El pasado es un país extranjero, allí las cosas se hacen de manera diferente”. Frase-llave que abre tantos viajes diferentes al pasado como personas existen.

Gustavo Monteros

De The Go-Between hay una versión anterior para cine de 1971 (la que referimos arriba fue para la televisión), que aquí se llamó El mensajero del amor. El niño era Dominic Guard, los amantes Julie Christie y Alan Bates, y el viejo Leo, Michael Redgrave. El guión era de Harold Pinter y la dirección de Joseph Losey, que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes por este trabajo. Con este film, Jim Broadbent debutó en el cine, fue un extra en el partido de cricket. Con esta nueva versión quizá haya hecho otro viaje al pasado, otro cierre, quién sabe. Porque después de todo, si de emociones se trata, por más viejo que se sea, nadie tiene la vida vivida del todo.

viernes, 29 de julio de 2022

Programa doble: Foxtrot - Antonieta



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Foxtrot – Antonieta

 

En Foxtrot (Arturo Ripstein, 1976) cuando la Segunda Guerra Mundial se cierne inminente, Liviu (Peter O’Toole) un conde polaco, con su mujer Julia (Charlotte Rampling) más un sirviente personal, Eusebio (Jorge Luke) se alejan de la guerra y de su pasado retirándose a una isla tropical deshabitada y casi desconocida. En la isla los espera Larsen (Max von Sydow) un exmilitar con conocimientos de ingeniería que se ocupará del armado de las casas cuando lleguen los materiales. Mientras tanto viven en lujosas carpas que despertarían las envidias de un jeque árabe. La llegada de un yate con numerosos no invitados inesperados diezmarán las provisiones y destruirán la fauna del lugar con cacerías a mansalva. Otra vez solos, los cuatro habitantes de la isla tendrán que enfrentar el racionamiento de lo poco que queda para comer, beber y fumar, lo que provocará la disrupción de las categorías sociales de amos y criados. Sin condicionamientos sociales en los que recostarse, más la amenaza de una pronta inanición y con la incertidumbre de un futuro satisfactorio, los cuatro protagonistas se despeñarán en una sinrazón destructiva.

 

En Antonieta (Carlos Saura, 1982) Anna (Hanna Schygulla) una psicóloga francesa investiga las causas del suicidio femenino. Se topa con el caso de Antonieta Rivas Mercado (Isabelle Adjani) una escritora mexicana que se suicidó en Notre Dame en 1931. La investigación la llevará a México donde circunscribirá la vida de Antonieta, la hija de un escultor con estrechos vínculos con la alta burguesía y el poder, a los convulsionados vaivenes políticos de los tiempos en que le tocó devenir.

 

Son películas atípicas en las carreras de estos dos maestros. Si bien no se alejan de las obsesiones temáticas y estéticas que definieron sus mundos creativos, esta vez temas y estilos están como atemperados para un público más masivo. Son también dos coproducciones internacionales con estrellas que no forman parte de su canon actoral habitual. Las unen asimismo los preciosismos de un vestuario deslumbrante y una dirección de arte particularmente bella. Uno querría mudarse a las carpas con todas las comodidades que aparecen en Foxtrot o a las casas solariegas con galerías con arcadas y con patios o jardines frondosos de Antonieta. Adjani y Rampling lucen bellísimas en sus trajes de época y Schygulla nos recuerda cómo era la moda Prêt-à-porter de comienzo de los ochenta (hoy tan de época como las de Adjani y Rampling). En un abrir y cerrar de ojos ya todo es pasado.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de mayo de 2016

45 años



Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) cumplen 45 años de casados y lo festejarán el sábado con una gran fiesta en un salón de la ciudad. Viven en las afueras de Norfolk, cerca de The Broads, la red acuática que une ríos y lagos de Norfolk y Suffolk, en el Reino Unido, of course. La historia comienza el lunes, con una hermosa toma panorámica en que se ve a Kate pasear a Sam, un imponente ovejero manto negro. De regreso a casa se topa con el cartero, a quien conoce de los tiempos en que fue primero docente y luego directora de una escuela de la región. Entra y ve a Geoff, que fue gerente administrativo de una empresa de ingeniería, que comenzó muy de abajo y que todavía resiente el daño que hizo la administración Thatcher (Santo Dios, ¿en nombre de qué benignidades puede alguien votar al conservadurismo de la derecha recalcitrante?) luchar con una carta en alemán. Le escriben desde Suiza para informarle que hallaron por el deshielo de un glaciar el cadáver intacto de Katya, está tal como lucía en el momento de la muerte. Katya fue un antiguo amor de Geoff, que se despeñó accidentalmente mientras hacían un tour turístico por las montañas suizas en procura de llegar a Italia. De a poco se instala en Kate la duda de si Katya fue “un” amor o “el” amor de Geoff.


Como en esos policiales insidiosos que transcurren en una semana, distintos cartelitos nos irán informando del paso de los días. En la superficie no parece que pasan demasiadas cosas, pero por poco que uno sepa mirar, comenzamos a percibir que arrecian los huracanes, se desatan los tsunamis y que se acumulan los terremotos en una relación que se presumía ya inconmovible en su estratificación. Conoceremos las rigideces de ella, las obstinaciones y desvaríos de él, y como en los viejos filmes de Bergman, nos preguntaremos si es posible, aunque se conviva con alguien de la mañana a la noche, durante años y años, conocerlo de verdad. Las tensiones que crecen lenta e inexorablemente nos recuerdan al Caché/Escondido (2005) de Michael Haneke, y esperamos la revelación que suponemos será una epifanía. Y sí, la revelación llega, y será dolorosa, porque resignifica otra vez todo lo pasado. Otra vez, porque la mera aparición del cadáver ya lo había resignificado. Entonces esperamos que la fiesta final sea catártica. Lo es, pero en un gesto final, muy Haneke también, abierto a la libre interpretación de cada espectador, Kate ¿nos suelta o se queda a carcomernos el poco cerebelo que nos queda?


El director y guionista Andrew Haigh, a quien conociéramos por Weekend (2011) es por sobre todo un atento y minucioso observador de conductas. En Weekend, un levante entre dos hombres, que se supone cosa de una noche deriva en un fin de semana compartido, que conllevará tomar unas cuantas decisiones. Aquí, como dice Geoff por ahí, las decisiones que pudieron tomarse ya se acabaron y no queda sino significarlas o vivir con sus consecuencias, no dice textualmente esto último, pero está muy implícito.


45 años como las indagaciones bergmanianas es tanto un film de director como de los actores. Las cámaras están puestas estratégicamente para que haya la menor cantidad de tomas posibles y las actuaciones fluyan y no se “construyan” desde la secuenciación. Rampling y Courtenay están sencillamente magníficos. Ella que sudó la camiseta en varios títulos icónicos de la cinematografía mundial recién recibió con este trabajo su primera nominación para un Óscar. Perdió ante la joven Brie Larson, que sabrá Dios qué carrera hará. La de Rampling ya es arquetípica y en ella un Óscar es un ornamento más, como un cisne de yeso para el jardín.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de marzo de 2015

Joven y bella




Joven y bella, 2013, de François Ozon, trata de una adolescente de 17 años de clase media alta que se prostituye.


Dice Ozon: “Me planteé la película como un misterio a desentrañar. Pero no a desentrañar por mí o por la película, sino por el espectador. En ningún momento me sentí en control del personaje, siempre me propuse seguir sus pasos, como un entomólogo que se fuera enamorando de la criatura que estudia.”


A confesión de pruebas… Eso estaría muy bien si se tratase de un documental, pero en una ficción, como lo es ésta, bordea el disparate. Se supone que Ozon es el autor y director de esta ficción, por lo tanto no puede renunciar a no saber, a plantear la idea central de su película como un “misterio”. Un creador puede no saber de dónde le vienen las ideas, pero no puede delegar alegremente al público el control de las mismas, una vez nacidas y criadas. Y, por supuesto, al no abrevar en una matriz psicológica (¿por qué Isabelle (la joven y linda Marine Vacth) hace lo que hace?), o social (¿lo hace por trasgredir su comodidad burguesa?),  o política (su apego al dinero que ganó prostituyéndose ¿la enaltece, ya que se constituyó ella solita en una empresa de autogestión libre de impuestos, o la degrada, ya que no lo necesita?), o algo, el resultado parece un babeante acto voyerista.


Al no plantearse ni menos contestarse ninguna pregunta, la película es un artificio cerrado en sí mismo sin contacto con ninguna realidad más o menos tangible (Isabelle en su comercio sexual con el único inconveniente que se topa es con un cliente que se niega a pagarle la tarifa completa, con tanto loco suelto que hay en ese submundo, la chica tiene una suerte “de película”), y en tanto artificio es elegante, un poquitín solemne, nada aburridor y parecidísimo a un film porno soft.


En resumen, una película joven, bella e irremediablemente tonta.


Ah, el afiche “dialoga” con el Belle de jour, (Luis Buñuel, 1967) film del que está a 14 galaxias de distancia.