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viernes, 20 de junio de 2025

Historias dos veces contadas - Hoy: Bajo custodia - Bajo sospecha

 




Si el corazón tiene razones que la razón ignora, según Pascal dixit, la mente de un productor hollywoodense tiene motivos que la lógica ignora.

 

Nueve de cada diez veces que toman una película extranjera para hacer una remake hollywoodense, le dan tantas vueltas, cambian tanto las cosas, que terminan por hacer algo que, con mucha buena voluntad, se parece solo remotamente al original que les gustó como para intentar la remake.

 

Tomemos dos ejemplos argentinos. 9 reinas (Fabián Bielinsky, 2000) fue metamorfoseada en Criminal (Gregory Jacobs, 2004), ¿por qué? Dios, ¿por qué? La gracia de 9 reinas es que la relación que se da durante un día entre dos estafadores, uno mayor y avezado y el otro más joven y bisoño, termina sorpresivamente en un desquite planeado con genio. La remake hollywoodense, para decirlo con amabilidad, es torpe, enrevesada, y sabrá Dios a qué conclusiones llega el que desconoce el original. El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009, sobre novela de Eduardo Sacheri) fue transformada en Secret in Their Eyes  (Billy Ray, 2015), y retitulada como Secretos de una obsesión para el estreno local. Bue, esta vez, gracias a Julia Roberts sobre todo, verla fue un trámite menos vergonzoso. Se cambiaron conflictos, se modificaron circunstancias, varió el sexo de los personajes y las relaciones entre ellos. Les salió otra cosa, menos punzante y conmovedora que la original, pero con benevolencia se puede decir que la historia en gran medida quedó contada.

 

Me pongo a ver Roubaix, une lumière (en el original), ¡Oh Mercy! (según título en inglés) Roubaix, Misericordia (en español) (Arnaud Desplechin, 2019), sobre la investigación de un asesinato, de una desaparición y de un robo. O sea, lo que ahora se denomina una historia procedimental, subgénero del policial que se centra en cómo la policía lleva adelante un caso o varios.

 

Y por esas cosas de la memoria me dan ganas de rever Garde à vue / Bajo custodia (Claude Miller, 1981) una de las primeras procedimentales si se quiere, porque se centra en cómo la repetición de un interrogatorio puede llevar al reconocimiento de una verdad o culpabilidad, según el caso. O sea, años antes incluso de la serie inglesa Prime Suspect / El principal sospechoso (la primera es de 1991) que hacía de las variaciones de un interrogatorio su eje ficcional.

 

En una Nochebuena, un abogado prominente, Jerome Martinaud (Michel Serrault) es interrogado por el inspector Antoine Gallien (Lino Ventura) en un caso de abuso y asesinato de dos niñas. Jerome pasa de testigo a sospechoso y le aplican la garde à vue del título, lo que entre nosotros sería un arresto preventivo. El testimonio de la esposa de Jerome, Chantal (Romy Schneider) da un vuelco a la investigación y desnuda el amor que Jerome tiene por ella.

 

Se basa en una novela de John Wainwright y el diálogo creado por el propio Miller con Jean Herman es sencillamente magistral. La lógica procedimental del interrogatorio largo e ininterrumpido parte de la idea de que el sospechoso oculta algo que en realidad quiere decir. Se lo obliga a repetir su versión para pescar inconsistencias, contradicciones, pasos en falso. Se supone que si lo que se dice es verdad, puede repetirse sin muchos tropiezos, en cambio si lo que expone es una versión falseada, aunque más no sea por cansancio, más tarde que temprano, se le empezarán a ver los agujeros de la trama.

 

Este juego es todo un desafío para el guionista. En la vida real el procedimiento puede ser tedioso, agotador, interminable, pero en una ficción tiene que ser sustancioso, variado, atrapante. El truco más usado para lograr mantener el interés del espectador es el de la profundización. Se respeta o se acepta en apariencia la versión del sospechoso y se ahonda en la falta de detalles reveladores que sostendrían el relato si fuera de verdad y que cuando es inventado no aparecen.

 

Casi 20 años después, Hollywood hizo la remake, Under Suspicion / Bajo sospecha (Stephen Hopkins, 2000). Ya no es la Nochebuena parisina, sin que estamos en vísperas de carnaval, en San Juan, Puerto Rico. El abogado sospechoso ahora se llama Henry Hearst (Gene Hackman) y el interrogador es el capitán Víctor Benezet (Morgan Freeman). La esposa (Monica Bellucci) se sigue llamando Chantal y es un personaje más joven del que hacía Romy Schneider.

 

Abogado y policía aquí son compinches con un pasado en común, fueron compañeros en el secundario. Esto más que enriquecer el conflicto lo enturbia. La familiaridad termina por entorpecer el desarrollo de la indagación más que favorecerlo.

 

Y el que Chantal sea más joven y casi de la misma clase social del marido cambia la sustancia de la relación. Lo que en Schneider era resentimiento, por no haber tenido otra opción para salir de pobre que casarse, lo que la predispone al odio y a ver lo que espió como una monstruosidad, en Bellucci es celos y el temor a ser reemplazada.

 

Quizá por eso ahora el final no es trágico y la pareja queda como para iniciar una obra de August Strindberg con todo lo que el sueco opinaba de las dinámicas de pareja.

 

La francesa era aristotélica porque respetaba las unidades de acción, tiempo y lugar (tanto que el conflicto único se filmó en orden en un mismo set).

 

La versión hollywoodense recrea las versiones que da Hearst / Hackman, con Benezet / Freeman como un trasplantado testigo de lujo, que acepta sin comentario o modifica lo que ve, según cree que pudo haber pasado.

 

Tampoco es muy feliz el cambio en el personaje del policía que transcribe el interrogatorio. En la versión francesa lo hace Guy Marchand y en la hollywoodense, Thomas Jane.

 

Marchand es un policía celoso de su trabajo, que resiente que Ventura lo desautorice y que pierde los estribos con Serrault, porque advierte que no respeta lo que la policía está haciendo.

 

Thomas Jane va para el lado del gallito que hasta se quiere tirar un lance con Bellucci. Más colorido en un punto, pero menos armónico para lo que es la historia en sí.

 

El resultado no es vergonzante, sobre todo por la defensa de sus personajes que hacen Hackman y Freeman, pero, a juzgar por los foros de discusión en internet, es confuso.

 

De tanto hacer explícito, gritado y subrayado lo que en el original francés está implícito, aunque meridionalmente claro, se pasaron de rosca y el amor del personaje de Serrault / Hackman, central en la historia, deviene difuso y periférico.

 

Entre los sagrados mandamientos del teatro está el que dice: Si algo tiene éxito, ¡no lo cambies, alteres, o modifiques! Los productores cinematográficos que se creen más perspicaces no lo respetan. Así les va como les va. La soberbia puede que te dé poder, pero no crea nada bueno.

Gustavo Monteros

viernes, 14 de julio de 2023

Programa doble: Malos muchachos - La última estafa


 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: What Just Happened – The Comeback Trail

 

De tanto en tanto al cine le gusta mirarse el ombligo, ponerse autorreferencial. Y cuando se pone así, ha determinado que el villano más despreciable posible es el productor. Ahora bien, ¿un productor puede ser el héroe de una película? Sí, claro, sobre todo si escribe un guion basado en su propio libro de memorias, que fue lo que hizo Art Linson en What Just Happened, rebautizada Malos muchachos por estos pagos (Barry Levinson, 2008). Aunque en un impensado ataque de modestia, más que como héroe, se propone de antihéroe, lo que más que modestia es una soberbia mayor porque el antihéroe desata (o lo intenta) mayor conmiseración. Ben (Robert De Niro) nos comparte dos semanas de su vida. Lapso en el que por una confluencia de circunstancias pierde (momentáneamente se supone) un sitial de privilegio en la industria. Y todo porque el pobre ha producido la última película de Jeremy Brunell (Michael Wincott) un megalómano adicto que concibió un thriller pretencioso en el que mata en el último rollo al perro del protagonista volándole la cabeza de un escopetazo, el público en la exhibición de tanteo del film se enardece y es obvio que la escena debe atemperarse (eufemismo por eliminarse) de la copia final que se estrenará en unos días nada menos que en el festival de Cannes. El director Jeremy se resiste y hace pesar y pasar su creatividad en descerrajarle un tiro al inocente can. La directora del estudio, la cruel y taimada Lou Tarnow (Catherine Keener) no admite un no como respuesta. Pero este no es el único problema profesional del pobre Ben. Bruce Willis, sí, el vero Bruce interpretándose a sí mismo o a una variante de sí mismo, se niega a afeitarse una barba tupida que le tira encima una cantidad de años y que es impropia del héroe de acción que debe protagonizar. En realidad, del problema tendría que ocuparse el agente de Bruce, Dick Bell (John Turturro) que debería ver con urgencia un médico (o un psiquiatra) por los males estomacales que padece. En lo personal, Ben no admite que se está divorciando de Kelly (Robin Wright) algo muy comprensible porque quien en su sano juicio querría perder a Robin Wright. Ben también tiene con otra exmujer una hija adolescente, Zoe (Kristen Stewart) que anda de humores mezclados porque tuvo un amorío con un colega productor de Ben que acaba de suicidarse y a cuyo entierro acudirán todos los mencionados y algunos otros, como Scott Solomon (Stanley Tucci) guionista amigo de Ben que está ahora en una relación con Kelly. La subtrama de Zoe y el suicida es apenas esbozada porque implica un tema que en tiempos del me too nadie toca ni por asomo, el de la precocidad sexual vivida sin trauma. Y más allá de que Robert De Niro ofrece una de sus actuaciones con mucha pera, lo que denuncia que encara este proyecto con más profesionalismo que compromiso artístico es interesante de ver. A decir verdad, todos lucen un poco incómodos, como si esta participación en la versión oficial de esta vida de productor no terminara de convencerlos, sin embargo, sin que sea la obra maestra de Robert Altman The Player / Las reglas del juego (1992) es un film muy atendible.

 

 

En The Comeback Trail (La última estafa, George Gallo, 2020) Max Barber (Robert De Niro) maneja una productora de películas independientes con su sobrino Walter (Zack Braff). Estamos en los setenta, de modo que la productora no emite productos indies para el Sundance sino films de sexplotation. Su última película, no precisamente un éxito es Monjas asesinas, con chicas armadas que usan inquietante lingerie debajo de sus rígidos hábitos. La financiaron con dinero de un mafioso, Reggie Fontaine (Morgan Freeman) que exige le devuelvan el capital invertido. A raíz de una serie de incidentes que es mejor no revelar, a Max se le ocurre una estafa contra una aseguradora, que los hará millonarios. En Hollywood por ley, ninguna filmación se hace sin pólizas de seguros que garantizan que si la película se interrumpe o no se hace por algún motivo (reglado, claro) todos cobren por su trabajo. Max saca de su archivo un guion para un western y se pone a hacer castings en geriátricos. Contratará un actor con un pie en la tumba, al que solo haya que darle un empujoncito para que llegue a mejor vida. Y así da con el candidato soñado, Duke Montana (Tommy Lee Jones) que no solo fue una gran estrella, ahora olvidada, sino que es un suicida vocacional que juega a la ruleta rusa antes del desayuno. La filmación comienza y Max-De Niro se transforma en un delicioso pariente de Pierre Nodoyuna o del famoso Coyote némesis del no menos célebre Correcaminos. Duke Montana repele a la muerte, como la ignorancia al sentido común, para desesperación de Max-De Niro y Robbie-Morgan Freeman, pero para gloria del cine, porque Duke-Lee Jones reverdece sus laureles a modo superlativo. The Comeback Trail es una remake de una película de Harry Hurwitz de 1982. La película original es el colmo de la bizarro, entendido en el sentido anglosajón del término, no en el de la RAE, de modo que conviene aclarar que esta versión es prolija y sin ánimo de espantar al tío burgués. (El cine de Harry Hurwitz (1938-1995) está más cerca del de Ed Woods que el de John Huston y merecería ser redescubierto y analizado, no solo de excelsitudes vive el hombre). Filiaciones al margen, por el bordado en comedia que hacen De Niro, Lee Jones, Freeman, Braff y el resto de un elenco impecable, más la buena resolución de los gags, más un emociónate homenaje final al cine en general y al western en particular, se vuelve de visión imperdible, más en estos tiempos de comedias malas.

 

Gustavo Monteros

 

Estos dos films pueden verse en Prime Video.


jueves, 10 de octubre de 2019

London has fallen - Londres bajo fuego




A veces me gusta investigar qué tan malo es lo malo. London has fallen / Londres bajo fuego (Babak Najafi, 2016) película intermedia de la franquicia sobre el guardaespaldas Mike Banning (Gerald Butler) (antes viene Olympus has fallen / Ataque a la Casa Blanca (Antonio Fuqua, 2013) y hace poco se estrenó Angel has fallen / Presidente bajo fuego (Ric Roman Waugh, 2019)) ha recibido críticas que van de lo horrible a lo espantoso.


Como generalmente pasa cuando uno se prepara para ver algo que sabemos de antemano que es malo, por un mecanismo de contrariar lo que se dice o hemos leído…no nos resulta taaan malo.


Londres bajo fuego es de esas pochocleras en las que la psicología de los personajes, la lógica dramática, la progresión de la historia o el sentido común más elemental importan poco o  nada. Este tipo de película se rige por la instrumentación de secuenciar cada cuatro minutos una escena de violencia de algún tipo, explosiones, tiroteos, cuchilladas, patadas, peleas de puños o algún tipo de persecución, a pie, en moto, en auto, en bote o en avión. Y la efectividad se mide en si el interés se conserva hasta el final, algo que no siempre pasa ante la acumulación de efectos similares.


Aquí la excusa es el entierro de un primer ministro inglés que ha muerto de repente. Presidentes de las principales potencias se unirán en Londres a ofrecerle los respetos finales. El problema es que terminan siendo víctimas de un vengativo vendedor de armas, convenientemente islamista, que ha perdido a toda su familia en un ataque dirigido en su contra.


Ya de movida, como espectadores estamos en problemas porque no hay aquí bueno contra malo sino malo contra malo. Porque si el supuesto malo vende armas, el presidente yanqui, Benjamin Asher (Aaron Eckhart), también.


Los terroristas no se andan con remilgos y vuelan a casi toda la comitiva presidencial mundial, lo que más que conmoción emocional desata un anarquista placer culposo: ma’ sí, que los vuelen a todos. Pero como entendemos de qué va la franquicia, sabemos que no matarán al presidente yanqui (el ya mencionado bueno de Eckhart en su versión más WASP posible) o que lo harán al final de la película, solo nos resta esperar a que los tiros y las patadas nos espanten el aburrimiento.


En lo personal lo lograron hasta que llegan los 20 minutos finales, en los que estaba a punto de caerme dormido, a pesar del potente ruido de la banca sonora. Ojo, mi aguante no es el promedio, tanta bala sin suspenso suele aburrirme rápido. Y no es que sea un quisquilloso solo educado con cine de autor. Me gusta el cine industrial como el que más, pero me engancha que haya un mínimo de planteo dramático. Aquí la sorpresa pasa por saber quién es el traidor que está vendido a los terroristas, pero después del tiroteo 2.387.947 la identidad me interesaba menos que la vida privada de las hormigas venusinas.


En resumen, para un domingo a la tarde de lluvia, mucha lluvia.

Londres bajo fuego puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros


jueves, 13 de junio de 2019

Sueños de libertad


Después de ver un bodrio o una película no tan buena, me pregunto por qué no habré utilizado mejor mi tiempo y habré revisto algún clásico o alguna buena película reciente.


Netflix tiene clásicos, no muchos, pero algunos tiene. Reviso Mi lista y como las opciones seleccionadas no me resultan particularmente tentadoras, opto por un clásico más o menos reciente, The Shawshank Redemption o Sueños de libertad, como se la conoció por aquí. Se basa en una novela corta de Stephen King, (Rita Hayworth and Shawshank Redemption, algo así como en tu cara, Manuel Puig, no sos el único de incluir a la Hayworth en un título) y la dirigió Frank Darabont en 1994.


Y como sin duda recuerdan la protagonizan Tim Robbins y Morgan Freeman. Y en el centro, están una amistad entre hombres y las apetencias de alguna forma de justicia. Un par de temas de lo más matadores.


Cuando se revisita una película con la que uno tiene alguna historia después de un buen tiempo de no haberla visto, se siente un cosquilleo de temor, y ¿si ya no nos gusta tanto?, y ¿si se ha vuelto obsoleta?


Por suerte, Sueños de libertad sigue gustándome mucho y no ha envejecido para nada.


Los invito a que la revisiten ustedes también. Es mejor que clavarte ese bodrio casi asegurado que no te decidís a ver de una vez. Te entretendrá, te enojará y volverá a emocionarte. Además, como si fuera poco, está narrada por el mismísimo Morgan Freeman, que es como te la cuente el mismo Dios, porque si Dios se decidiera a hablar y eligiera una voz, seguro sería la de Morgan Freeman.


Sueños de libertad volvió a las opciones de la plataforma de contenidos, Netflix. Aprovechala antes de que se vaya de nuevo.

Gustavo Monteros

viernes, 2 de agosto de 2013

Red 2





El cine pochoclero será eficiente o no será. Y sí, me salió a consigna política. Al estar en tiempos electorales, el estilo se me pega. La cuestión es que esa eficiencia narrativa a menudo se confunde con calidad, si el producto nos atrapa, nos apasiona, nos deleita. Conste que no hago un juicio de valor sino la descripción de una tendencia. En estas vacaciones de invierno, mucha gente aprovechó para ir al cine, ahora a la vuelta me preguntan mi opinión sobre El llanero solitario, Guerra Mundial Z o Titanes del Pacífico, ninguna de la cuales vi todavía. Como disfruto el diálogo, devolví la pregunta y escuché sus opiniones. Recibí comentarios laudatorios y detractores por exactamente los mismos motivos. Deduzco, entonces, que el cine industrial yanqui es hoy un producto equiparable a las galletitas, elegimos ésta por sobre aquella, nada más que porque se aviene mejor a nuestros paladares. Lo cual no está mal, muerto el cine clásico y el cine de autor cada vez más relegado, es lógico que las fórmulas y las triquiñuelas del cine de productor se impongan como parámetros de excelencia, según nuestra disposición a comprar dichas fórmulas y triquiñuelas. Dadas así las cosas, la mediación crítica ya no tiene sentido, (por eso yo hago crónicas), nadie consumirá galletitas que no le gustan porque un crítico las recomiende, ni nadie dejará de hartarse con galletitas que le gustan porque un crítico las denueste. El cine contemporáneo hollywoodense se instaló como producto y es el consumidor quien tiene la última palabra, la razón, bah. De modo que si tal o cual película te gustó, es buena y punto. Y si tal o cual te disgustó, es un bodrio y punto. Una galletita, perdón una película, tiene una receta de tan similar casi idéntica a otra, con detalles menores que las distinguen. Y uno compra lo que se le ocurre.

Red fue una sorpresa en la que Bruce Willis, Morgan Freeman, John Malkovich, Brian Cox, Helen Mirren, Richard Dreyfuss y la “joven” Mary-Louise Parker tenían buenos papeles, mejores situaciones y excelentes líneas. Un éxito inesperado que hoy genera una secuela que celebro porque es el tipo de masita que no dejo de comer hasta acabar el paquete. Un thriller irónico con toques de comedia o una comedia irónica con toques de thriller. A veces en broma a mi Perrito le digo Jackie Chan porque aunque viejo sigue dando pelea. Y eso es lo que hacían en aquella (hoy) primera película dar pelea sin importar canas, arrugas, ni huesos y músculos con retardo para responder. Y que ahora sin Morgan Freeman ni Richard Dreyfuss, pero con Catherine Zeta Jones, David Thewllis y Anthony Hopkins abordo siguen dando pelea, nada más que porque pueden, siguen vivos y (años al margen) mantienen el magnetismo intacto. Los elegí antes, los elijo ahora y elegiré una tercera, una cuarta, una quinta, si las hay, porque me hacen bien y las considero buenas. ¿Lo son? Creo que ya respondí, como me hacen bien, lo son. Y punto.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Ah, el título no se refiere al color sino que es una sigla: Retired Extremely Dangerous o sea Jubilados Extremadamente Peligrosos. Dirigió Dean Parisot (La quiere matar, Galaxy Quest y Las locuras de Dick y Jane).

domingo, 31 de enero de 2010

Invictus

Su método de trabajo puede parecer engañosamente sencillo. Sin embargo es endiabladamente difícil. Por eso su obra es extraordinaria y no la media habitual. Por eso no tiene epígonos, acólitos o plagiadores.


Consiste en tomar una historia. Cualquiera. Y contarla de la mejor manera posible.


Su arte no está en celebrarse a sí mismo, sino en servir al público. Entretenerlo. Emocionarlo. Provocarlo.


Ése es su secreto.


Es el último de los maestros clásicos. El más grande, el más humilde, el más simple.


Hace esta vez un recorte de la epopeya de Mandela, el que tiene que ver el Campeonato Mundial de Rugby de 1995.


El material le plantea tres grandes dificultades. Mandela es un hombre tan inmenso que se tiende a santificarlo. Canonizar a un personaje es lo peor que se puede hacer. En el momento en que damos por sentado que es un santo, deja de interesarnos. Se aparta de nosotros, se sube a los altares y pierde todo misterio. Clint Eastwood y Morgan Freeman se ocuparán de que eso no ocurra. Nunca. Por más sobresaliente que sea su conducta, Mandela en el film no deja de ser un hombre. Mejor que la mayoría, pero hombre al fin.


Superado ese escollo, Eastwood enfrenta el siguiente. Debe lidiar con un campeonato del que la mayoría sabe el resultado. Trata un hecho histórico, no unos partidos ficcionales. Tampoco pretende engañar a los que nada saben de rugby con un suspenso de pacotilla. El título es sí es una confesión de partes. Y aquí empieza a tallar su maestría para los detalles y la empatía con el espectador. Comunica cabalmente la desazón, la angustia de cuando hay algo importante en juego y el resultado final está lejos de saberse.


Y la dificultad máxima. El rugby no es precisamente un deporte tan popular en el mundo como el fútbol, el básquet o el boxeo, por ejemplo. ¿A quién corno podría interesarle ver una película sobre un deporte del que lo ignora casi todo? De nuevo entra en juego la astucia del maestro. Nos dará pistas de lo que es fundamental para comprenderlo, pero no nos atosigará e irá haciéndonos comprender que aunque en su superficie es la historia de una hazaña deportiva, a él como a nosotros nos interesan otras cosas. Y la anécdota del film es sólo una excusa para contarlas. Como la superación de adversidades, la solidaridad, la soledad del liderazgo, la posibilidad de hallar algo que nos una.


Al igual que siempre no le teme al género. Sabe que sea éste una comedia, un drama, un thriller, un musical, un western, una biografía, etc. al contar bien la historia, el género le permitirá transparentar otras cosas. Cargarlas de sentido. Perfilarlas con nitidez.


Aquí ni hasta el más despistado cree que está viendo nada más que una “de deportes.” Y no sólo porque Mandela ande metido. No. Las historias paralelas, las subtramas, los pormenores nos informan permanentemente de qué va la cosa. Nada sobra o es tramposo. Las escenas de expectativas no cumplidas, de suspenso falso no son engaños para mantenernos interesados. Nos cuentan que más allá de todo, Mandela es un hombre en permanente peligro.


Hay numerosas secuencias magistrales. Elijo tres. Por elegir algunas. La del paso del auto de Mandela, al principio, entre los dos grupos de chicos, los blancos y los negros. La de la sirvienta negra en la casa de los padres de Matt Damon. Y la del pibe negro, los dos policías blancos y la radio durante el partido, que me recordó al mejor De Sica.


Freeman y Damon son dos actores maravillosos. Lo que hacen es glorioso. Pero todos están muy bien, no hay fisuras en el elenco. Del primer actor al último extra. No es para menos, hay un documental en el que se ve dirigir a Eastwood, trata como estrellas hasta el más insignificante de los extras. Sabe que nadie hace bulto en una escena, que todo cuenta.


No se la pierdan. En un mundo en el que hay de todo menos grandes maestros. Esta película es un lujo que nos tenemos que permitir.


A propósito de la crítica cinematográfica


Toda obra admite una diversidad de lecturas. Cuando se la analiza, se toma distancia y sobreviene la evaluación. Si a dicha evaluación la preceden ejemplos y explicaciones sólidas, estamos ante una lectura seria. En cambio si la evaluación está precedida de adjetivos, estamos ante una opinión caprichosa e histericona.



Me he pasado la vida leyendo críticas y sé que a veces los críticos se equivocan, y mucho. Por momentos se aglutinan para poner por las nubes películas sin valor ni relevancia. En otros, demuelen obras valiosas condenándolas a que el tiempo las redima. (Las buenas películas a la corta o a la larga encuentran su público.)


¿Por qué se da esta psicosis colectiva entre los críticos?, no lo sé. Lo que sí sé es cómo funcionan los miedos y los preconceptos. Cuando han dilapidado toda su admiración en una obra de tal o cual director, a la siguiente obra de ese mismo director, por más buena que sea la llenan de dudas y peros, no sea cosa que los tilden de fanáticos o de poco ecuánimes. Esto antes, cuando los grandes maestros estaban activos, se notaba mucho más. Si una película de Bergman, Fellini, Visconti, etc. los había deslumbrado y así lo habían dicho, a la siguiente película la devaluaban considerándola "un paso en falso" o no estando "a la altura" de la precedente. Una estupidez y muchas veces toda una injusticia.


Hoy, en que casi no hay grandes maestros, derrochar energía en prejuicios me parece no sólo una pérdida de objetividad sino el desaprovechamiento de oportunidades cada vez más escasas.


Digo esto porque algunos críticos le han bajado el pulgar a esta buena película, (vienen de poner adecuadamente en un sitial de privilegio a Gran Torino) pero no han cimentado su análisis con ejemplos atendibles sino con adjetivos discutibles. Han dicho que es "declamatoria, obvia, maniquea, hagiográfica, hollywoodense, grandilocuente y convencional." Como se trata sólo de adjetivos, yo sostengo los contrarios y digo que es "expresiva, clara, contundente, profana, clásica, operística y tradicional."


Eastwood me apasiona, creo que es uno de los indiscutiblemente grandes de este momento. No está exento de cometer errores, (los hemos visto y los hemos reconocido) pero descalificar una clara instancia de sus virtudes para proteger supuestas reputaciones de “objetividad”, a esta altura del partido me parece una pavada. Véanla, por favor. La discusión está abierta.

Un abrazo,
Gustavo Monteros