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viernes, 8 de marzo de 2013

Hitchcock



Nada traiciono si digo que Hitchcock es un cuento que termina bien. Todos sabemos que Psicosis fue un gran éxito y que Hitch jamás se separó de su esposa Alma. Sí, esta película se asienta en estos ejes: los entretelones de la filmación de Psicosis y una de las crisis matrimoniales que sorteó con Alma.

Hitchcock apunta a los cinéfilos como su primer público y a los cinéfilos, como buenos niños que somos, nos gusta oír el mismo cuento una y otra vez. Este film no nos cuenta nada que no sepamos. Se nos vuelve a referir la azarosa elección del proyecto Psicosis, la pelea de Hitch con productores y censores, el armado del reparto, la ingeniosa promoción de la película y la ratificación, claro, de su perfil psicológico, el católico reprimido que sublima a más no poder, el voyeur, el onanista y el perverso en ciernes en su relación con las estrellas a medio hacer. En cuanto a Alma siempre supimos que fue un gran talento opacado por el genio de su marido, una “doctora” de guiones sin igual y una montajista de primera línea. Aquí se ilustra cómo piloteaba el hecho de vivir en las sombras, de ser dejada de lado. Y si la crisis matrimonial no es sangrienta se debe a que ella lo amaba de verdad.

Como no podía ser de otro modo, abundan también los chismes conocidos: que Hitch prefería a las estrellitas en ascenso antes que a las consumadas, porque éstas ofrecían más resistencia a doblegarse a sus caprichos; que Vera Miles fue la única actriz que se negó a ser manipulada para ser otra rubia de la colección, que su humor aunque cáustico no caía mal, que sufría los premios que se le negaban, y que detrás de la fachada de autoridad monolítica se escondía un hombre temeroso, inseguro y dubitativo.

El tono de la película es amable, tampoco podría ser de otro modo si se quería ser más o menos fiel a la verdad. Durante años se socavó el mito para descubrir sobre qué barro se aposentaba y se encontró poco o nada. Más allá de conductas discutibles y quizá hasta reprochables, Hitch por sobre todo era un buen tipo, y su peor costado se recortaba por las muchas frustraciones que halló irremontables. Y perdón por lo evangélico, pero el que esté libre… que tire la primera piedra.

El elenco de notables que interpreta personajes ídem es antológico: Anthony Hopkins (Hitchcock), Helen Mirren (Alma), Scarlett Johansson (Janet Leigh), James D’Arcy (Anthony Perkins) y Jessica Biel (Vera Miles). No les van a la zaga en personajes menos glamorosos: Danny Huston (Whitfield Cook), Toni Collette (Peggy Robertson), Michael Stulhbarg (Lew Wasserman), Richard Portnow (Barney Balaban), Ralph Macchio (Joseph Stefano) y Michael Wincott como Ed Gain, el asesino de las ensoñaciones. Como al pasar aparecen dos ídolos absolutos de los cinéfilos, nada más ni nada menos que Bernard Herrmann y Saul Bass, Paul Schackman es el músico Herrmann y Wallace Langham es el diseñador gráfico Bass. Y Josh Yeo hace del actor John Gavin que recibe el comentario más venenoso de toda la película. Todos y cada uno de ellos se divierten a lo grande y lo comparten con la platea. Y si bien, por elección propia, lo de Hopkins está más cerca de la mimesis que de la composición no por eso su trabajo se invalida.

En resumen, Hitchcock de Sacha Gervasi es una cita obligada para los cinéfilos y para los no cinéfilos también ¿por qué quién no disfruta de un buen chisme? Lo digo con autoridad porque pertenezco a las dos categorías. La de los cinéfilos y la de los chismosos.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 17 de enero de 2010

Buenas costumbres

Noel Coward es mi hombre orquesta favorito. Dedicó su vida a entretener. Fue actor, director de cine y de teatro, comediógrafo, dramaturgo, guionista, novelista, compositor y unos cuantos etcéteras más. Gozó de muchísimo éxito. La facilidad con que prodigaba sus talentos no contribuyó a que se lo tomara en serio. Pero un día, gracias al teatro del absurdo, la corriente comenzó a cambiar. Alguien notó la influencia de la arquitectura de sus diálogos en Esperando a Godot de Beckett, y Harold Pinter no sólo lo eligió uno de sus dramaturgos favoritos sino que puso a escena varias de sus obras. La muerte lo sorprendió en plena ola de valoración crítica, no creo que esto le haya importado mucho, le interesa más la popularidad y el amor del público.


Y es de esos autores en quienes hasta la peor de sus obras es recompensadora e intrínsecamente divertida. Digo esto porque Easy virtue, título original del film y título de la obra en la que se basa no es uno de las mejores trabajos de Coward. Sin embargo tiene conflictos, situaciones y diálogos por los que más de un mediocre guionista del Hollywood contemporáneo vendería a su madre.


Es una comedia de costumbres que contrasta la hipócrita y moribunda aristocracia británica que seguía ignorando los efectos de la Primera Guerra Mundial y la pujante Norteamérica camino a convertirse en el nuevo árbitro mundial. Un imperio muere y otro nace. Conflicto semejante se hilvana nada más ni nada menos que en una comedia de suegras.

Sí, el bebé de mamá (Kristin Scott Thomas) se casó con una impúdica yanqui (Jessica Biel). Habrá sorpresas, vueltas de tuerca y a la larga algo de sinceridad.


Stephen Elliot se revela como un director poco apropiado para dirigir esta comedia. Le pone garra, arte y oficio, pero nunca termina de hallar el tono correcto. Y ése es el problema fundamental de esta comedia de Coward. Camina constantemente en el filo del drama y de la comedia y debe seguir allí sin desbarrancarse ni para un lado ni para el otro. Kristin Scott Thomas, Colin Firth (que ya se luciera en otro Coward llevado al cine: Relative values con la gran Julie Andrews) y Kris Marshall (el mucamo) tocan la cuerda correcta. La hermosa Jessica Biel y los demás jóvenes miembros del reparto se esfuerzan, corporizan sus personajes, y redondean buenos trabajos, pero no llegan nunca a jugar la comedia en el estilo correcto.


A pesar de estos reparos, creo que merece verse. Aunque más no sea por la agudeza y rapidez de los diálogos. Delicias así ya no abundan.


Ah, la bellísima canción del comienzo es de Noel Coward. Devolvámosle el piropo que él le endilgaba a medio mundo: Si no existieras, habríamos tenido que inventarte.

Un abrazo,
Gustavo Monteros