Mostrando entradas con la etiqueta Colin Firth. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colin Firth. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de agosto de 2018

Mamma Mia! Vamos otra vez


A veces cuesta creer que los productores sean tan ineptos, más en cuestiones de sentido común, en las que hasta la mercera de la esquina que tiene menos show-business que monja de clausura aconsejaría lo contrario. Pero empecemos por el principio.


Mamma mia!, el originario musical londinense, se convirtió en el ejemplo más conspicuo de lo que dio en llamarse el jukebox musical, o sea el que se arma con las canciones más populares de tal cantante o cual grupo. En este caso, como es bien sabido, se basaba en las canciones del grupo pop sueco ABBA, que universalizó durante unos años sus melodías. El argumento no podía ser más endeble, la hija de Donna va a casarse y quiere saber quién es su padre, tiene tres posibles candidatos, porque ni la misma Donna sabe a ciencia cierta cuál de ellos es. Todo viene de a tres. Donna tiene dos amigas con las que integraba un grupo musical, Donna y las Dínamo. La hija de Donna, Sophie tiene también dos amigas incondicionales. Tanto las amigas de Donna como las de Sophie no tienen más vida que la de ser satélites de las mencionadas. El argumento no maneja ninguna subtrama, todo es ultra básico de tan elemental. Uno de los posibles padres, Harry, es homosexual, pero es como quien dice filatelista, porque no mira a nadie, no tiene necesidad de compañeros sexuales o parejas, es tan asexuado como un almohadón. Subrayo estos detalles porque dan cuenta de la superficialidad del esquema dramático. Es más, se supone que Donna es un espíritu libre porque usa “dungarees”, lo que nosotros llamamos “jardinero” y otros países definen como “mono”.


Detalles al margen, el musical fue un éxito por dos elementos, la híper reconocible y verificable música de ABBA y una desaforada alegría, como de fiesta dionisíaca, digo, ya que la acción transcurría en una isla griega. (Se dice que no hubo función de la versión teatral que no terminara con el público bailando en los pasillos)


10 años después de la transcripción cinematográfica del éxito teatral que significó otro jalón en la carrera de Meryl Streep, los productores deciden hacer una segunda parte y modifican un elemento clave del éxito: la alegría. ¿Cómo? Matando a Donna, que es como matar la gallina de los huevos de oro. Y ¿por qué? ¿Meryl Streep se negaba a repetir el papel? No, vuelve a la franquicia. ¿Meryl Streep pidió una cifra astronómica para reprisar su rol? No sé cuánto pidió, pero aquí está, en versión espíritu en el final del film. Entonces, ¿por qué? Sabrá Dios, los designios de los productores son tan inescrutables como los divinos. Matada la alegría y suplantada por una tierna melancolía, quedaba solo la música de ABBA. En versión Lado B, porque en la Mamma Mia! de 2008, ahora la uno, habían agotado todos los éxitos resonantes. No soy un experto en ABBA y sé que para esta película se compusieron canciones especiales, no sé cuáles son, aunque sospecho que la que canta Meryl al final debe ser nueva, muy bonita por cierto (ojo, puede estar equivocado y dicha canción ser tan vieja como Dancing Queen). Como sea, para esta segunda parte, de las que no usaron en la primera, les quedaron Waterloo y Fernando, y algunas otras que lejos están de ser Guau. Tanto es así que en momentos claves, cuando todo está por caerse por el despeñadero del aburrimiento, vuelven Mama Mia!, y Dancing Queen para apuntalar el esquicio.


En resumen, de los dos elementos que aseguraron el éxito, a uno lo dinamitan (el personaje de Donna) y del otro raspan lo que queda del frasco.


Y ¿con qué procuran llenar el vacío que dejan? Con la historia anterior de Donna, que ya en la uno, habían pausterizado bastante. Cuando empieza sabemos que no puede decir cuál es el padre porque eran tiempos de descontrol, de haga el amor y no la guerra, de la despreocupación pre SIDA, y uno supone que Donna es un auténtico espíritu libre, pero al rato entran los tres posibles padres, burgueses exitosos y muy ricos, y la fantasía de la libertad y del descontrol desaparece, y uno supone con razón que la supuesta lujuria de haber dormido con tres hombres, no a la vez, pero sí simultáneamente, se debió a algún recreo casual, descontando que con uno de ellos, el homosexual, fue un acto de piedad o de generosidad. En tiempos de empoderamiento de la mujer, esta justificación del personaje suena a conservadurismo retrógrado, y hasta la misma Meryl Streep se pone a siglos de distancia de los personajes de Kramer versus Kramer, La amante del teniente francés o África mía, auténticas precursoras de la liberación femenina de atavismos patriarcales.


Lo que se sospechaba en la primera parte, se confirma en esta segunda. Donna se acostó con los tres casi virginalmente, de tan inocentes y cándidas que son las circunstancias en las que se dio este sexo muy blanco. Donna joven es interpretada por la omnipresente Lily James, porque en estos últimos tiempos aparece por todos lados, y enfrenta con demasiado brío canciones horribles y diálogos y situaciones sin ninguna gracia. La pobre sabe que en el fondo su parte se cae a pedazos y por eso la actúa como una cocainómana necesitada de una próxima dosis. En paralelo a cómo llegó Donna a embarazarse de Sophie, vemos a Sophie embarazada (¡de un varón!, si hay una tercera o cuarta parte tendrá que ser alrededor de ¡Don!, o sea el fin de esta franquicia matriarca) sola, porque su pareja encontró un trabajo en Nueva York, y así la vemos secundada por un ex latin lover, Andy García, en la puesta a nuevo del hotel de Donna para una reinauguración triunfal, aplazada por una tormenta, que posibilitará que los que todavía no llegaron, lleguen.


Y cuando todo parecía perdido, algo de lo que había en el original se recupera. Llegan tres barcos llenos de gente cantando y bailando Dancing Queen. En la proa del primero el gran Stellan Skargard, con los brazos abiertos como Kate Winslet en Titanic es sostenido por el glorioso Colin Firth, en plan Leonardo Di Caprio, y uno no puede evitar sonreír, porque la intertextualidad siempre es divertida, y en cine, como es medio obvia, no necesita más que la erudición de haberse expuesto a algunos éxitos masivos. (Más tarde habrá otra cuando Colin Firth imite algunos pasos del Travolta febril del sábado por la noche, o cuando en el final-final, Firth, Skarsgard y el eternamente apuesto Pierce Brosnan aparezcan en uniformes ABBA) Pero la escena es lograda no solo por la referencia a Titanic, sino porque la enjundia de la hasta ese momento pedestre coreografía se eleva un poquito, ojo, un poquito, lo que se muestra parece más a un baile sincronizado en un crucero gay que a un ballet Fosse, pero en comparación con lo que traíamos ¡es un momento deslumbrante!  


Y al ratito nomás hace su entrada triunfal Cher, que no en vano es Cher, y arrastra su leyenda, aunque no se pueda mover mucho por el temor a romperse algún hueso (el tiempo es cruel) y se empareja con un feliz Andy García, encantado de volver a ser un galán por un instante. Cher canta entonces Fernando y para situarla históricamente, evocan una revuelta social en México en el 58 (¿se referirán a la del 68 y se equivocaron?, ¿hubo alguna en el 58?, no sé, no soy un experto en historia mejicana)


Y como andamos sobre los finales, en el bautizo del niño, hace su aparición en versión fantasma, bueno, claro, Meryl Streep. Con dungarees (jardinero, mono) faltaba más, y Streep no es Streep tampoco al divino botón, y la película alcanza esos volúmenes emocionales que solo provocan los grandes de raza, entre los que obviamente está Streep.


Y para recuperar en algo el ánimo festivo que debió caracterizar a esta franquicia, un final a toda orquesta con tooooodoooo el elenco, los jóvenes y sus versiones mayores, y uno vuelve a preguntarse para qué mataron a Donna, a la que interpretada por Meryl Streep, podrían haber vuelto a reunir con Cher, como en la lejana Silkwood (Mike Nichols, 1983)y darles como madre e hija algunas líneas ingeniosas. Todo pudo haber girado alegremente sobre los roles maternos, Cher, se supone que es la díscola madre de Streep, a su vez muy cuestionada en su rol maternal por el hermoso retoño corporizado por la divina Amanda Seyfried. No sé, quizá el afán de hacer solo plata termine por estupidizar a los productores.


Ah, aunque no del todo desarrolladas con felicidad, son buenas las intervenciones del aduanero que confronta las fotos del pasaporte con la apariencia actual de los portadores y la dueña de la taberna que no se calla nada, y su hijo líder de un grupo musical discutible. Poco, muy poco, pero peor, es nada. Bah, a veces es mejor nada, que un bodrio evitable.

Dirigió (es una manera de decir) Ol Parker.

Gustavo Monteros


jueves, 3 de noviembre de 2016

El bebé de Bridget Jones

Los críticos anglosajones hacen uso y abuso de una expresión que parece divertirles mucho. Cuando una película les gusta mucho, le adhieren con rapidez el mote de “instant classic”, clásico instantáneo o clásico desde el primer momento. Más una exageración de entusiasmo de la cultura pop que otra cosa. Los que tuvimos la suerte de ver en estreno los que son hoy verdaderos clásicos, a saber, Taxi-driver, Cabaret, Barrio Chino, Tiburón, Luna de papel y esas cosas, ni se nos hubiera ocurrido ponerles instant classic, por no faltarles el respeto a los que eran un poco mayores que nosotros y que habían visto en estreno las obras maestras de Visconti, Bergman, Fellini, Kurosawa y demás gentuza. En aquellos tiempos más moderados y quizá más serios suponíamos que el paso del tiempo era imprescindible para depurar si tal o cual cosa acabaría por convertirse en un clásico. Consideraciones al margen, está más allá de toda duda que El diario de Bridget Jones, dirigido por Sharon Maguire, fue un perfecto ejemplo de eso del instant classic.


Se estrenó por estos pagos el 13 de septiembre de 2001, y fue un bálsamo para la recesión, la inflación, el corralito y demás delicias que nos propinaba, casualmente, la misma dirigencia económica que ahora nos endeuda, despide, emite a lo pavote y nos sube astronómicamente las tarifas. Pero volvamos a Bridget. Se basaba en un libro de Helen Fielding que había vendido casi tanto como los de Harry Potter, y a pesar de ser una comedia romántica dirigida con prioridad a las mujeres fue amada por hombres y mujeres por igual. El hombre heterosexual quizá se vio parcialmente reflejado en esta gordita que se entregaba a los abusos de alcohol, comida, pereza y falta de pulcritud, virtudes generalmente asociadas al varón de la especie. Bridget era también una torpe social, un poco frívola y muy tarambana. Y aunque pretendiera ocultarlo, una romántica incurable, no en vano se castigaba con All by myself, tema que derrocha romanticismo… mucho romanticismo. Y como suele sucederle a tanta desahuciada en la vida y en el cine, después de tanto esperar o probar el príncipe azul o la media naranja, la oportunidad le llegaba por partida doble.


De un lado, Mark Darcy (Colin Firth), un Dirk Bogarde cosecha años cincuenta, elegante, correcto, circunspecto, algo frío y con un sentido del humor en el quinto subsuelo de tan soterrado. Del otro, Daniel Cleaver (Hugh Grant) un Laurence Harvey, cosecha años sesenta, un seductor inveterado, simpático, desenvuelto, irresponsable, superficial, híper-cool y con un sentido del humor tan salvaje como incorrecto.


El cast era soñado, perfecto. Renée Zellweger se animaba a engordar, a aparecer desgreñada, sucia. Su torpeza era muy natural y sincera, con un timing irreprochable que desataba carcajadas. Aunque ya era una figura instalada, este trabajo la catapultó a la categoría de súper-estrella.


En 2004, volvieron con Bridget Jones: Al borde de la razón, otra vez sobre libro de Helen Fielding, esta vez con dirección de Beeban Kidron, y quedaron al borde del aburrimiento y del olvido. Los protagonistas conservaban la magia, al igual que los secundarios, pero el todo no terminaba de ensamblarse. En sus mejores momentos era más de lo mismo, de lo que ya habíamos visto en El diario, en sus peores momentos daba gana de que no la hubieran hecho, de que no la hubieran convertido en una franquicia. Como sea, la simpatía imbatible de Renée Zellweger la salvaba de naufragar, de desbarrancar, de estrellarse.


De dos cosas somos dueños absolutos y sobre las que tenemos absoluta libertad: nuestro cuerpo y nuestro tiempo. Renée Zellweger era, bah, es hermosa, pero su encanto radicaba en que era diferente a todas, en que sus rasgos de tan personales eran únicos. A pesar de su juventud tenía una carita que en la Catamarca de mi infancia llamábamos de “viejita pasa de uva”, o sea surcada de arruguitas por tanto reírse o enfocar los ojos, porque siempre andaba como enfocándolos, como si no viera bien, todo muy sexy, en definitiva una mezcla rara de Marilyn Monroe con Mister Magoo. Una combinación irresistible, que las Sandra Bullock, las Catherine Zeta-Jones, las Meg Ryan se quedaran con sus caras perfectas de muñeca. Renée era otra cosa. Era. Lo que nos encantaba, parecía que a ella no. Un buen día entró a un quirófano y se alisó las arruguitas y se enderezó los ojos. Tenía y tiene toda la libertad del mundo de hacer con su cara, con su cuerpo, lo que quiera, pero en las fotos posteriores a la operación cuesta encontrar, recuperar a la que uno quiso. Ella insistía que eran las fotos, el nuevo maquillaje, el peinado, que era la misma, que no había cambiado. Bueno, decía uno, ella sabrá, ella se ve en el espejo todos los días.


Cuando se anunció que regresaba al papel que la hizo una marca registrada en el mundo, nos preguntábamos si en verdad ella tenía razón, que seguía siendo la misma. De modo que al suspenso de descubrir si la nueva película era buena o no, se sumaba la angustia de corroborar si seguía teniendo el mismo rostro de antes, el que habíamos aprendido a amar, a apreciar.


No diré si sigue siendo la misma, eso se los dejo a ustedes para cuando la vean. En cuanto al resto, la producción procuró reforzar la franquicia para que se pareciera más a la primera que a la segunda. Para ello convocaron a la autora de los personajes, Helen Fielding, más Dan Mazer, guionista de Ali G, Borat y Brüno junto a Sacha Baron Cohen, o sea un experto en la más acabada incorrección política y la guionista ganadora del Óscar por el guión de Sensatez y sentimientos, Emma Thompson (como Emma también actúa, es la obstetra que atiende a Bridget, uno se pregunta ¿habrá armado solo su personaje, escribiendo sus líneas, delineando las situaciones en las que participa o habrá metido mano en el resto de la película?, ¡qué misterio!). El resultado es sólido… por momentos, en otros es solo eficiente… profesionalmente, es decir con más maña que arte, con más oficio que inspiración. Eso sí, está más cerca de la uno, aunque ni ahí llega a ser un instant classic, que de la dos.


Como siempre, Bridget debe estar tironeada entre dos hombres, sabrá Dios por qué sale Hugh Grant, y entra Jack o sea Patrick Dempsey, como un creador de una página de internet de encuentros muy exitosa, tanto que lo ha hecho rico, es también muy inteligente y atractivo, claro. El hombre tiene una fotogenia a prueba de lentes, parece que no hay ángulo que no lo favorezca, encima ahora supera el karma de los galanes de rasgos muy parejos, con mucho ying y poco yang, unas sentadoras y nuevas arrugas dan vuelta la ecuación y ahora hay más yang que ying. En mi modesta opinión está a la altura del personaje de Hugh Grant, al que sin embargo se extraña, porque no se es Hugh Grant por nada. Sigue en carrera Colin Firth con su elegancia y química intacta con su co-protagonista.


El tironeo ahora se centra sobre quién es el padre del bebé en camino, ya que tuvo relaciones con ambos con pocos días de diferencia. Y me callo, porque hasta aquí solo digo lo que se sabe por el afiche.


Bridget no es una chica moderna ni revolucionaria como las que en el film luchan por sus derechos, que de algún modo fueron incluidas para que no dejar obsoleto el mundo de Bridget. Su intención siempre fue casarse, tener hijos, formar una familia. ¿Lo logrará? ¿Habrá una Bridget 4? ¿Una quinta? ¿Una sexta? ¿Será la nueva Guerra de las galaxias? Con productores cada vez menos imaginativos, seguro que sí, hasta la biznieta de Bridget no paramos.

Gustavo Monteros


jueves, 11 de diciembre de 2014

Un pasado imborrable



Cuando empezó me dieron ganas de cantar “Es la historia de un amor como no hay otra igual…” porque Eric (Colin Firth) el más improbable de los galanes, un obsesivo de los ferrocarriles conoce ¡y seduce! a la más mundana y experimentada Patti (Nicole Kidman) de una manera tan insólita, que si no se basara en un libro de memorias, sería el más bello invento de un novelista romántico. Se casan, pero no viven felices y comen perdices, porque Eric no puede dejar atrás el pasado imborrable al que hace referencia el título que le propinaron los distribuidores locales. Es que Eric fue uno de los ingenieros capturado y torturado durante la Segunda Guerra Mundial por los japoneses en Tailandia y obligado a trabajar en el ferrocarril que uniría Tailandia con Birmania. La desconcertada Patti le pedirá ayuda a Finlay (el impar Stellan Skarsgård) amigo de Eric desde que estuvieron juntos en el campo de concentración. Lo que sigue es la batalla de Eric por comprender, aceptar y hacer las paces con su pasado.


La historia transcurre en dos tiempos, en el presente del relato, fines de los setenta y comienzo de los ochenta y en el pasado traumático o sea 1942 y los tres años subsiguientes. El Eric joven es interpretado por Jeremy Irvine (el compañero humano del equino sufrido, el inolvidable Caballo de guerra del gran Spielberg).


El director Jonathan Teplitzky narra con mesura y elocuencia. Colin Firth le da a su personaje una contención británica que lo hace incluso más conmovedor. Y Nicole Kidman a su catálogo de virtudes le agrega la de saber escuchar desde el personaje sin anteponer jamás a la estrella que es para robar cámara. El resto del elenco, del primero al último, está impecable. Imposible no destacar a Tanroh Ishida como el joven Takeshi Nagase y en especial a Hiroyuki Sanada, en el mismo personaje ya mayor, la contrapartida de los Erics.


En resumen, una cita impostergable para los cinéfilos, porque como ya se habrán dado cuenta estamos en el terreno de El puente sobre el río Kwai, 1957, del grande entre los grandes, David Lean. Ya no están Alec Guinness, William Holden, Jack Hawkins, James Donald o Sesseu Hayakawa, pero ellos estaban en una versión cinematográfica de una novela de Pierre Boulle. Firth, Kidman, Skarsgård, Irvine, Sanada y los demás no les van a la zaga y están en la recreación de las memorias del combatiente real Eric Lomax. Aquel clásico y esta muy buena película tienen objetivos y estilos diferentes, pero se complementan. Echan luz a sucesos que jamás debieron ocurrir.
 

Abrí con una canción, cierro con otra “Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Antes de despertar




En la vida real, por suerte, la amnesia es más rara que el mentadísimo perro verde, pero en la industria de las ficciones, es más frecuente que los yuyos del campo.


Christine (Nicole Kidman) se despierta todas las mañanas sin saber ni su nombre. Su esposo, Ben (Colin Firth) la pone en autos sobre quién es y la tranquiliza un poco. Y cuando Ben sale a trabajar, la pobre Christine recibe un llamado telefónico de un tal doctor Nasch (Mark Strong) que la informa sobre un tratamiento que están intentando.


Como en la gran Memento (2000, de Christopher Nolan), nosotros sabemos tanto o menos que la misma Christine. Y una vez armado el rompecabezas, debemos decidir si el engaño fue lícito y bueno o si nos estafaron con una estupidez.


A mí me gustó. Y no solo porque esté Nicole, que es una de mis favoritas. En nuestra pequeña historia personal (la de ella conmigo), esta película será siempre recordada como en la que le dijeron unas doscientas veces que tenía más de cuarenta años. No sé si al margen de la necesidad del guión, también como un recordatorio para que acepte el paso del tiempo y no se haga cosas raras en la cara. Como acostumbra está soberbia. En físico, actuación y viceversa. Y sí, la chica sale hasta desnuda y con poco maquillaje. Es que al revés de Joan Crawford y las otras amnésicas del viejo Hollywood que perdían la memoria, pero no la capacidad de maquilarse, peinarse y emperifollarse, la pobre Christine de la Kidman en la urgencia por recuperar la memoria no anda con tiempo de arreglarse mucho. Igual está soberbia porque ella es así.


Colin Firth también se gana el dólar con nobleza mientras que Mark Strong, no. Pone la cara y pasa por el banco. Aunque quizá no esté mal. Si Dios te dio esa cara tan angulosa y encima sos actor, ¿por qué preocuparte por actuar si basta con que la cámara te registre para dar dobleces de personaje?


Dirigió Rowand Joffe (Brighton Rock, 2010). Y si el apellido te suena, es con razón. Es el hijo de Roland Joffé (Los gritos del silencio, La misión, Vatel). Queda en familia. 

Gustavo Monteros

sábado, 11 de octubre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un clásico, no en el sentido de Shakespeare, Van Gogh o Verdi, sino más bien en el de Estudiantes-Gimnasia, Boca-River, Racing-Independiente. De un lado están los que lo admiran y respetan; y del otro, los que lo detestan, nunca lo aguantaron o ya se hartaron. Ante cada estreno, ambos bandos se trenzan en debates porfiados y sangrientos. Todos sacan a relucir razones y sinrazones, que de tan esgrimidas se secaron y ya aburren. Y así llegamos, casi sin querer, al quid de la cuestión con Woody: su munificencia. Sí, el hombre es tan prolífico que incluso antes de enterarnos de qué viene su nuevo film, se agita el fantasma del Déjà vu.


En 2011, sus detractores soportaron con poco estoicismo el inesperado éxito de la deliciosa Medianoche en París, por eso en 2012 arremetieron con saña contra A Roma con amor. En 2013 el mazazo de Blue Jasmine aplanó toda discusión con su contundencia. Aunque los más rabiosos le adjudicaron el mérito a Tennessee Williams y a Cate Blanchett. Y ahora con odio recargado se lanzan contra Magia a la luz de la luna. Hasta el título les parece una afrenta a  la imaginación. Tranquilos, muchachos, es solo una película.


Una comedia romántica, más precisamente. Y una muy buena, a decir verdad. No sé si mejor o peor que otras de su cinematografía, ni me importa. No caeré en la trampa de sus detractores que insisten en establecer el parentesco con obras anteriores, que si se parece a tal, si tienen elementos de cual, para concluir con desprecio que siempre filma la misma película. Conclusión inapelable, que no discutimos y hasta aceptamos, porque le cabe a Allen, Bergman, Fellini o a cualquier otro creador que en este mundo han sido.


A Stanley (Colin Firth) mago genial y racionalista a ultranza, un colega, Howard (Simon McBurney) le transfiere la misión encomendada por su amiga, Caroline (Erica Leerhsen) y su esposo, George (Jeremy Shamos): desenmascarar a Sophie (Emma Stone) una supuesta falsa vidente. (Sí, sí, Allen contrapone otra vez ilusión versus razón). Howard reconoce haber fracasado en develar la impostura de Sophie, pero no duda que Stanley lo logrará. A Caroline le preocupa la ascendencia que Sophie tiene sobre su madre, Grace (Jackie Weaver) una viuda reciente y multimillonaria tentada por financiarle una fundación y sobre su hermano, Brice (Hamish Linklater) un tarambana serenateador, que de tan enamorado está punto de pedirla en matrimonio. Sophie en sus maniobras es secundada por su propia madre, la Sra. Baker (Marcia Gay Harden). Stanley renunciará a las vacaciones con su prometida, Olivia (Catherine McCormack) en las islas Galápagos y partirá a la Riviera francesa a deshacer el entuerto. Se hospedará en casa de su tía Vanessa (Eileen Atkins). Y entonces…


La acción transcurre a fines de los años veinte del siglo pasado y yo estaba en un rincón de mi Edén privado porque la ropa, los autos, los muebles, las lámparas de esa época me vuelan el moño, ocaso de todo lo artesanal antes del triunfo de la producción en serie. Aumentaba mi felicidad el que Allen utilizara el lingo de las comedias que se hacían en aquellos tiempos, las de Noël Coward en teatro y Ernest Lubitsch en cine. Y que el tema musical central fuera You do something to me de Cole Porter me tenía tarareando y marcando el ritmo con los pies.


Para colmo de bonanzas, Colin Firth, que ya en la remake de Gambit había interpretado su personaje como lo hubiera hecho Cary Grant, aprovechaba ahora para canalizar también a David Niven y Rex Harrison. Y como ya sabíamos por otras películas, Emma Stone (la nueva musa de Allen, ya está filmando con él otra película) es una de esas delicias que se fabrican en sueños.


Y entonces llega la escena del baile en el palacete (y esto no lo dijo ningún crítico porque tienen cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo con Bernard Shaw) y mi cuerpo registró resonancias amadas. Las desestimé, me dije: son tus ganas. Y entonces vino la escena en la que la tía hace solitarios y ya no me quedaron dudas. Estábamos en el último acto de Pigmalión de Bernard Shaw y después, bueno, yo ya andaba por las nubes, porque Pigmalión con X final es Mi bella dama. No quiero explicarlo mucho, porque le arruinaré las sorpresas a los que no tienen idea de qué corno hablo. Pero a los que sí, vayan y compruébenlo por ustedes mismos y verán que no estoy dopado o borracho. Y si Allen en Blue Jasmine reformulaba Un tranvía llamado deseo, aquí, no al principio, aunque sí al final reformula a Bernard Shaw.


En resumen, si son detractores de Allen, no se molesten en verla, repitan los argumentos demoledores que ya tienen ensayados, les satisfará el ego y quedarán  sin duda como los más inteligentes de la fiesta; y si son adherentes de Allen y encima cinéfilos y teatreros, no se la pierdan, entrarán al Nirvana sin meditación ni cannabis.  Y si no pertenecen a ningún bando y todos las referencias que mencioné los tienen sin cuidado, vayan, que se expondrán a una comedia brillante en todo el sentido de la palabra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Ah, sí, en esos lujos que Allen se permite, la cantante del cabaret es Ute Lemper