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jueves, 3 de mayo de 2018

Yo soy Simón

Simón es adolescente y gay. O sea ha llegado el momento en el que debe informarle al mundo su orientación sexual. Como es un chico contemporáneo, por suerte ya no tiene “enclosetarse” como la opción más a mano. Eso sí, aunque hayamos ido un par de pasos más allá en la permisibilidad social, en la aceptación de las minorías, el mundo es heteronormativo y ser gay y no morir en el intento sigue siendo todo un tema. Menos trágico que en los cincuenta, como bien puede deducirse en la ganadora del Óscar de este año, esa maravilla que es La forma del agua del gran Guillermo del Toro, está bien, menos trágico, pero muy dramático al fin.


Mientras Simón decide el cómo y el cuándo, otro adolescente de su misma escuela da a conocer en una red social, bajo el seudónimo Blue, que es gay, pero que no se anima a admitirlo públicamente. Simón comenzará con Blue un intercambio de mails, que es el equivalente actual a la vieja y querida relación epistolar. El intercambio ahonda el misterio, ¿quién es Blue? Esta es la parte más interesante de la película, imaginar que todos sus compañeros pueden ser el Blue en cuestión. Haberse quedado en esta inquietud hubiera llegado a la exploración de las zonas grises, porque está la asunción de la orientación sexual, pero existe también la voluntad de exploración, de juego. Pero no se trata de una película indie experimental, sino de una mainstream con un género en mente: la comedia romántica, de modo que pasa a otro truco para progresar la acción: el chantaje. Simón se descuida y deja abierto su correo en la sala de internet del colegio, entonces no faltará quién lo mire y…


Yo soy Simón (Love, Simon en el original) de Greg Berlanti se impone a pesar de sus cortedades. Se centra en una clase social acomodada predominantemente blanca, que juega a la apertura hacia otras razas y clases, pero desde una asepsia, que todavía es más declamada que incorporada. Esto hace que trama y personajes bordeen los de un cuento de hadas, o la comedia romántica conservadora, tranquilizadora en sus afirmaciones de que pueden que las formas cambien, pero todo sigue más o menos igual. Sin embargo, como ya dijimos,  a pesar de esto, Yo soy Simón se sigue con interés y empatía. Queremos que le vaya bien a Simón y a todos los demás, porque como dice una tagline del afiche en inglés: “Todos nos merecemos una gran historia de amor.”

Gustavo Monteros

Da la casualidad que en el mismo día en que publico esto, Página 12 incluye un artículo sobre salir del clóset en la clase media argentina, y como no hay que despreciar las casualidades, ahí va:  https://www.pagina12.com.ar/112087-papa-quiero-contarte-que-soy-gay

viernes, 7 de junio de 2013

Un lugar donde refugiarse



Hay gente que tiene mucha suerte en la vida y puede vender el pan de anteayer convenciendo a todos de que está recién horneado. El novelista estadounidense Nicholas Sparks es uno de los más mediocres (y son benévolo) que hayan existido. Sus historias ya eran vetustas la primera vez que se usaron, sus personajes tienen psicología cero, los conflictos que maneja ofenden la etimología del término. Sin embargo, sus libros se venden mejor que el pan fresco y prácticamente todos fueron llevados al cine con parejo éxito: Cuando te encuentre, La última canción, Querido John, Noches de tormenta, Diario de una pasión, Un amor para recordar, Mensaje de amor. El hombre es muy celebrado, ni que fuera Shakespeare (qué se le va a hacer, el éxito glorifica) y tiene ganados más millones de dólares que pulgas el perro callejero (si la envidia fuera tiña, y verde, yo ya sería el increíble Hulk). ¿Será que el hambre de historias de amor jamás se sacia? La cruelmente vilipendiada Corín Tellado al lado de este ladrón de gallinas es Virginia Woolf.

En el inicio de esta historia (de alguna manera hay que llamarla), una joven tirando a bonita (Julianne Hough) comete un acto de sangre (contra quien lo perpetra y lo que esta persona hace a continuación no cierra ni ahí, pero ¿a quién le importa?) y huye. Se sube a un ómnibus que va a Atlanta, pero se baja antes en una población costera (Sparks adora las poblaciones costeras, son tan evocadoras y fotogénicas), conoce a un viudo doliente pero querendón (Josh Duhamel), con dos hijitos encantadores, un nene y una nena, porque a Sparks las familias típicas y lo convencional le tiran. ¿Se enamorarán? Mejor no hago preguntas idiotas. Le aparece a la chica, en la miserable y sin embargo adorable cabaña que alquila, una mujer que querrá ser su amiga y que a la postre dará una vuelta de argumento que sería ligerísimamente interesante si la intriga no estuviera tan mal construida. El oscuro pasado de la chica no tardará en acecharla. ¿Cuándo? ¡El cuatro de julio! Porque Sparks es más patriotero que el tío Sam. Entonces…

Dirigió, es un decir, el sueco Lasse Hallström (El año del arco irís, ¿A quién ama Gibert Grapes?, El poder del amor, Las reglas de la vida, Chocolate, Atando cabos, Siempre a tu lado, Un amor imposible) que ya le llevara al cine al ¿novelista? Sparks, su Querido John.

Los actores hacen como que actúan, lo cual prácticamente en titánico teniendo en cuenta lo insustanciales que son los personajes.

El trámite dura ¡115 minutos! (15 minutos sobraban para contar el inexistente argumento). Un lugar donde refugiarse busca el espectador después de haber pagado una entrada para ver esta cosa.

En fin, sólo para románticos y románticas incurables, muy incurables. Entonces por qué la vi, se preguntarán ustedes, si Nicholas Sparks me da más escozor que la hemorroide propia y la halitosis ajena. Porque no lo puedo evitar, ¡tengo más alma de bolero que telenovelera adicta! Amor, amoooor, nació de mí, nació de ti, de la esperanzaaa…

Un abrazo, Gustavo Monteros