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viernes, 16 de junio de 2023

Programa doble: El gran impostor - Atrápame si puedes



Ferdinand Waldo Demara Jr y Frank Abagnale Jr ratifican aquello de que la realidad supera a la ficción.

 

Ferdinand, apenas con estudios básicos completos, se hizo pasar por marine universitario, monje trapense, guardiacárceles licenciado y cirujano.

 

Frank, sin terminar el secundario, se agregó algunos años en documentos falsificados y se hizo pasar por piloto de aerolíneas comerciales, médico clínico y abogado.

 

En ambos el Junior pesaba. Idealizaron a sus padres y cuando estos fracasaron rotundamente, y del sueño americano pasaron a la pesadilla de la que no se despierta, se hicieron pasar por otros en un intento de ayudarlos a recuperar el paraíso perdido de casas acogedoras, esposas amorosas y bienestar económico continuo.

 

Estos dos estafadores camaleónicos no perseguían el lucro en primera instancia, aunque se volvieron expertos en meter el perro (sobre todo Ferdinand Waldo) y en falsificaciones exquisitas (sobre todo Frank).

 

Cuando les tocó ser médicos, Frank eligió ser jefe para derivar o constatar, y así evitar el peligro de hacer daño. Waldo estudió y se preparó autodidácticamente y cuando tuvo que pasar a la práctica, en teoría al menos estaba ducho. Y hasta se dio el lujo de operar a 19 pacientes, uno detrás del otro, se desempeñaba como cirujano de guerra en Corea y la celeridad era un prerrequisito para salvar vidas.

 

A Waldo no lo perseguía nadie y lo pescaban más por la corroboración de los datos mentidos que por pericia policial. En cambio, el juvenil Frank era seguido de cerca por un agente del FBI, Carl Hanratty, tan tenaz como obstinado, no en vano, esposa e hija se lo sacaron de encima por anteponer el trabajo a la familia.

 

Las proezas de ambos personificadores fueron materia de best-sellers tan populares que terminaron en películas.

 

En 1960 hicieron la de Ferdinand Waldo Demara Jr. La dirigió Robert Mulligan y la protagonizó Tony Curtis, al que por entonces le explotaban su simpatía arrolladora, de ahí que el tono imperante fue de una comedia con escasos toques dramáticos.

 

En 2002 hicieron la de Frank Abagnale Jr. La dirigió Steven Spielberg y la protagonizó Leonardo DiCaprio, actor por entonces joven al que le explotaban su vena dramática, de ahí que el tono imperante fue el de un thriller con derivaciones de melodrama. Carl, su perseguidor, fue encarnado por Tom Hanks, que unos veinte años antes habría podido ser un buen Frank.

 

La de Ferdinand Waldo Demara Jr se llamó The Great Impostor / El gran impostor y con suerte se la puede ver online.

 

La de Frank Abagnale Jr se llamó Catch me if you can / Atrápame si puedes y se la puede ver tanto en Amazon Prime Video como en Netflix.

 

Los gurúes de la autoayuda insisten con que si no se está de acuerdo con uno mismo, se debe intentar ser otro. Ferdinand Waldo y Frank llevaron la premisa con inusitado éxito hasta las últimas consecuencias y se convirtieron en figuras románticas incapaces de aceptar los condicionamientos de una sociedad que los condenaba a la oscuridad, la miseria, el escarnio por falta de oportunidades. Por las dudas no se recomienda hacer lo mismo. A menos, claro, que se tenga la inteligencia, la astucia, las habilidades necesarias, en cuyo caso, sí. El mundo está tan corrido para el lado de la injusticia, que cualquier intento de corregirlo es bienvenido. Incluso si es punible.  Y no es una incitación al delito, no, más bien es una invitación a pulir talentos que no siempre se estimulan.

Gustavo Monteros

 

 

viernes, 22 de abril de 2022

Munich


 

Demos un paseo por películas que tienen el nombre de una ciudad, país, provincia o accidente geográfico como título (ejemplos: Veracruz, Tanganica, Kamchatka, etc)

 

Hoy: Munich


Nos dicen Munich y la edición del Almanaque Mundial de nuestra cabeza, nos remite de inmediato a dos datos, el Putsch de Múnich o sea el fallido golpe de estado de 1923 que concluiría con Hitler y Hess, entre otros dirigentes nazis, en la cárcel, y la Masacre de Múnich de 1972, cuando en los Juegos Olímpicos de verano, un comando de terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro tomó como rehenes a once integrantes del equipo olímpico de Israel para terminar masacrándolos, el crimen fue visto en vivo por la televisión.


A las consecuencias de este segundo hecho nos refiere Munich, película de Steven Spielberg de 2005. El guión de Tony Kushner y Eric Roth se basa en el libro de George Jonas, Venganza, el relato verídico de una misión contraterrorista israelí. Libro y película cuentan como Israel, en represalia por la masacre, armó un equipo clandestino de cinco miembros (Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler) para liquidar a los responsables del atentado.


Spielberg ejecuta un thriller de sostenido suspenso que sortea magistralmente la dificultad de una trama que es episódica (la sucesión de ejecuciones) en vez de la tradicional que construye interés al desplegarse.


Steven Spielberg es un maestro inmenso permanentemente subestimado. Nadie en su sano juicio puede negar su genialidad, pero si se pide que nombren a los mejores directores de la actualidad, nunca aparece su nombre en primera instancia cuando deberíamos comenzar con el suyo toda lista posible.


Spielberg es, por suerte, prolífico y no infalible, lo que permite apasionarse por su obra y defenderla. Munich está entre sus films imperecederos y logrados. Si se la cruzan por streaming o cable, descúbranla si no vieron y vuelvan a disfrutarla si la vieron.


(Hasta la fecha, abril de 2022, entre cortos, episodios de series para TV, telefilmes, documentales y largometrajes de ficción, ha dirigido 57 películas, y la única flojita, es imposible que algo suyo sea malo, es Always /Siempre (1989), acto de amor por Holly Hunter, de cuando estuvo brevemente loco por ella. Se deduce, entonces, que el amor es maravilloso, inspira, pero no siempre paga…)

Gustavo Monteros

jueves, 29 de marzo de 2018

Ready Player One

Esta semana celebramos el regreso de Steven Spielberg al cine de aventuras. Si la vemos este fin de semana, se lo contaremos. Si la ve antes, cuente. ¡Felices Pascuas! 

jueves, 1 de febrero de 2018

The Post: Los oscuros secretos del Pentágono

Comencemos por dos tautologías: “Los yanquis solo pueden ser yanquis” y “El capitalismo es el capitalismo” Y si las desarrollamos nos da que los yanquis te venden que pueden iniciar o participar en cualquier guerra, y después cuando el tiro les sale por la culata, venderte el arrepentimiento, “la tristeza de haber sido y el dolor de ya no ser”


The Post, los oscuros secretos del Pentágono cuenta una filtración periodística anterior al famoso Watergate. Estamos a principios de los setenta, en plena administración Nixon, The New York Times primero y The Washington Post después publican que cuatro presidentes hasta la fecha usaron la guerra de Vietnam para hacer negocios o por motivos políticos, que a la larga son más o menos lo mismo, porque en el capitalismo todo se transforma en dinero o poder, otra tautología “El dinero es poder y viceversa”.


Si hay alguien que puede llevar a la pantalla lo que se le da la gana es Steven Spielberg. Sabrá Dios cómo funciona su morbo creativo, por qué privilegia este proyecto por encima de aquel otro. En este caso es como si se hubiera dicho: Mirá vos,  de “Paren las rotativas” todavía no hice. Convengamos que ya hay casi una tradición de películas con entretelones de diarios, y si les sumamos las de investigaciones periodísticas ya tenemos para varios libros. Como sea, Spielberg puede hacer atrapante hasta el paseo de mi Perrito, aquí hay una situación única que él, con su suprema sabiduría narrativa, exprime hasta que destile todo su sabor.


Todo gira alrededor de si Kay Graham (Meryl Streep) editora dueña del Washington Post autoriza o no al editor en jefe del periódico, Ben Bradlee (Tom Hanks) la publicación de la continuación de las revelaciones que inició The New York Times y que no puede continuar porque le fue prohibido.


Con lo expuesto ya basta para que cinéfilo básico, entre los que me cuento, esté encantado. ¡Es la primera vez de Meryl con Tom y Steven! Aunque la cosa resulte en bodrio, ya es para descorchar champán. Pero, tranquilos el resultado es bueno, tirando a muy bueno. Kay (Streep) no es ningún personaje aguerrido de Sally Field, más bien todo lo contrario. Se crió con la fortuna del diario (fortuna entendida tanto como riqueza y vaivenes del azar también)  pero cuando su padre muere, no le lega el diario a ella, sino a su marido, pero cuando este se suicida, a ella por fin no le queda más remedio que hacerse cargo del mismo. En lo social, (galas, cenas, homenajes, eventos en general)  lo hace muy bien, en lo económico, depende de los asesores, quienes en este momento en particular le aconsejan que amplíe el negocio dando una participación en acciones, algo que puede ser peligroso, ya que puede perder el control y hasta quebrar. Esta vez no hay spoiler posible, ya que todos sabemos el resultado, pero el arte del director está en hacernos olvidar que lo sabemos y que en el proceso nos comamos las uñas.


Por más maestro que se sea de la narración, no hay cuento que dure si no está bien corporizado. Detalle que Spielberg jamás descuida, sus películas están llenas de personajes que les calzan a los actores elegidos como si hubieran nacido predestinados a encarnarlos. Con lo que hemos resumido hasta ahora del argumento, sabemos que Meryl tiene un personaje jugoso para deslumbrarnos otra vez, cosa que hace. El de Hanks es más bien su satélite, no es tan interesante, pero Hanks le aporta su aura y nos lo hace un poco más seductor. Y en personajes claves, Spielberg coloca a actores muy populares y queridos en las grandes series televisivas. Como Daniel Ellsberg, (el que consigue los secretos)  pone al muy talentoso Matthew Rhys, el protagonista de The Americans. Como el típico periodista que no cejará hasta obtener la primicia está Bob Odenkirk, sí el Saul Goodman de Breaking Bad que hasta se ganó su serie Better call Saul. Procurando hacer simpático a Robert McNamara, un señor bastante hijo de puta en la realidad, pusieron a Bruce Greenwood, cara conocida por lo repetida (en el buen sentido) si las hay.  Tracy Letts, actor que anda por todos lados también y que escribió la famosa obra Agosto, Osage County, hace de un asesor de Kay (Streep) que primero no y después sí, como corresponde a los asesores en los dramas que dependen de una decisión. Y como esposa de Hanks, la gran Sarah Paulson, que cumple con informar, por las dudas se haya usted atragantado con un pochoclo y por toser se hubieran perdido, de qué va el drama de la decisión de Kay (Streep), pero si usted ni se ahogó ni tosió, como ella actúa como los dioses, igual se los hace apasionante y no le resulta para nada obvio o repetitivo. Hay más caras familiares, pero se las dejo para que las descubra.


Sin ponerme Marxista-Leninista, es obvio que se trata de una drama capitalista de aquellos, en el que entre los “buenos” tenemos a la patrona garca, Kay (Streep) de la vieja escuela (le preocupa que sus empleados se queden sin trabajo, este tipo de patrones ya no quedan ni en las adaptaciones de La cabaña del tío Tom), a lo que voy es que cinchamos para que a una señora , garcona como la que más,  la aventura le salga bien y gane más plata, y hasta prestigio o lustre de progresista, pero,  bueno, no es tan raro, porque terminando en tautologías Meryl es Meryl y Steven en Steven, son grandes y yanquis, y no vamos a pretender ahora que sean rusos o cubanos.

Gustavo Monteros


viernes, 15 de julio de 2016

Mi buen amigo gigante

Otra semana sin poder ir al cine, o sea otra semana de recomendaciones a libro cerrado, aunque no del todo sin red, porque si hay alguien en la historia del cine que garantiza entretenimiento del bueno es nuestro buen amigo gigante... el inmenso Steven Spielberg, de allí que crea que el estreno de su nueva película sea "la" opción para este fin de semana. 

jueves, 29 de octubre de 2015

Puente de espías



En tiempos de cine tan pobre, no hay mejor noticia que el estreno de una película de Steven Spielberg. Indiscutido (por lo indiscutible) narrador magistral. Su cine que no reniega de ningún avance técnico se inscribe en un clasicismo del mejor cuño. El orientador título nos da la pista de que puede tratarse de la guerra fría. Efectivamente, estamos en 1957 y en Brooklyn prenden a un espía soviético, Rudolf Abel (Mark Rylance), pero como nos hallamos en un Spielberg típico, estamos más cerca del optimismo del universo cinematográfico de Frank Capra que del desencanto del planeta novelístico de John Le Carré. Por lo tanto el gobierno se preocupa de que cuente con la mejor representación legal posible, de allí que busquen en un prestigioso bufete y que el elegido sea uno de sus mejores abogados, James B. Donovan (Tom Hanks). De él se espera que cumpla con su papel burocráticamente, ya que aquello de “la mejor representación legal posible” es solo una puesta en escena, pero, claro, Donovan/Hanks se tomará el trabajo tan en serio, que terminará por respetar a su defendido, sin importar que sea un auténtico espía. Humanista hasta los tuétanos, en el fondo cree que la guerra fría es un juego de poder y que la amenaza nuclear nunca se concretará.


Al igual que el 99,99% de las películas que vendrán se basa en hechos reales, pero como Steven Spielberg es un auténtico grande no se olvida de los espectadores y hace un relato vero e ben trovato. Claro, cuenta con la inestimable colaboración del dramaturgo Matt Charman en un guión que luego fue salpimentado nada más ni nada menos que por los hermanos Coen. Los tres se permiten detalles como la línea que repite el espía cada vez que se ve en aprietos (¿Ayudaría en algo?) y que desata comicidad al trabajar por acumulación. O la relación entre abogado y espía, de respeto primero, de afecto después. O la entrañable relación del abogado con su familia, en especial la que mantiene con su esposa despierta empatía. De eso se trata el cine como arte narrativo, de ir comprometiéndonos en la historia, de que nos interesemos en los personajes, que nos importen sus desventuras, que nos veamos reflejados aunque más no sea un poquito, si no por experiencia directa, al menos por el hipotético “si a mí me pasara eso, quizá reaccionaría igual”. Y para eso, pocos como el maestro Steven.


Eso sí, confieso que le encuentro dos grandes “peros” al film. Uno es el personaje de Tom Hanks. Es tan noble e íntegro que roza la inverosimilitud. En un personaje que casi fue interpretado por Gregory Peck allá en los lejanos años sesenta, Hanks vuelve a calzarse los zapatos de un James Stewart en una película de Frank Capra, de ahí que el crítico de The Guardian diga: “Si Jimmy Stewart nos dio Mr Smith goes to Washington, Tom Hanks nos da Mr Donovan goes to Cold War Berlin”. Habla maravillas de Tom Hanks que mientras vemos la película “compramos” cada arista de su personaje, solo en retrospectiva comprendemos que es demasiado intachable. Solo él puede lograr semejante hazaña.


El otro pero es que Spielberg no puede evitar ser un ciudadano estadounidense. El film en definitiva dice que el sistema yanqui bien puede estar podrido o ser intrínsecamente corrupto, pero que siempre habrá hombres con la grandeza, la entereza y la reserva moral suficiente para superar o sobrevolar tal podredumbre o corrupción. Mentirosa base ética que según ellos los erige automáticamente en jueces y policías del mundo. Andá, que te compren los que no te conocen.


En resumen, más allá de mis reparos ideológicos, una muy buena película y otra muy buena actuación de Hanks.
 
Gustavo Monteros

viernes, 3 de julio de 2015

Tiempo de vacaciones



Tiempo  de vacaciones. De verano, un poco más largas, en el hemisferio norte. De invierno, más cortas, en el hemisferio sur. Tiempo en que las pantallas cinematográficas se llenan de grandes propuestas industriales de inconmensurable fuerza propagandística para atraer la mayor cantidad de espectadores. Tiempo de Pixar y su saludable invasión mental, de dinosaurios que comen tiburones spielbergianos como si se tratara de cornalitos, de amarillas olas Minion, de hombres hormigas Marvel, de resucitados Terminators, de Pixceles extraterrestres, de locales segundos socios por accidentes, de locales locos exbañeros ahora en un zoológico, de romances adolescentes, más alguna que otra de susto, para no descuidar un grupo siempre fiel que apoya lo que sea se parezca al género-terror. Todas dice ser tan atrapantes como un juego de parque de diversiones, tan divertidas como para que nos atragantemos con los pochoclos de rigor, de tan seguro impacto social que sin duda serán el fenómeno cultural próximo. Claro, para eso se necesita tiempo, porque todas pretenden serlo y casi ninguna supera el desinfle, pasado el agigantado éxito. Porque, pobres, la mayoría no son sino el cartoncito que sostiene los pochoclos. No importa, todo parece indicar que los cines estarán llenos, en verano se vendieron más entradas que las soñadas, e incluso en el intermedio, hasta la llegada de estas nuevas vacaciones, las salas se siguieron llenando, superando cifras de años anteriores. Nosotros, como siempre, procuraremos develar las probables virtudes o defectos de las ofertas laterales, generalmente para adultos mayores, que es lo que somos. Niños de alma siempre, claro, pero ¿para qué ocuparnos también de lo que los demás hablan hasta el hartazgo? Seamos sinceros, a nadie convenceremos o desconvenceremos de ver los Minion. Verlos o no verlos, ésa es una cuestión en la que no tenemos ni arte ni parte. Como sea, como esta semana no hay ofertas laterales, nos dieron vacaciones. Hasta la semana que viene, entonces.

miércoles, 1 de enero de 2014

La vida de Adèle



La vida de Adèle del franco-tunecino Abdellatif Kechiche (Juegos de amor esquivo, Cous Cous, la gran cena) es un relato de iniciación, de aprendizaje, pero por sobre todo es una historia de amor.

Adèle (Adèle Exarchopoulos) camino de una cita con un chico que gusta de ella, se topa con Emma (Léa Seydoux) (Bastardos sin gloria, Medianoche en París) muchacha de pelo azul que será el amor de su vida o el del inicio de su vida, porque el título del film agrega como aclaración que cree necesaria Capítulos uno y dos.

La película ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes de 2013, y como el film que gana el premio mayor no puede aspirar a otros lauros, el presidente del jurado, Steven Spielberg, hombre que de cine entiende un poco, sugirió que el premio fuera compartido entre el director y las actrices. Más que un gesto de caballerosidad, un simple acto de justicia. Esta historia sin este director y sin estas actrices no sería lo que es, un prodigio de expresividad, de indagación, de cercanía.

Kechiche, como la argentina Anahí Berneri en Por tu culpa (2009), filma como si quisiera beberse la verdad de los personajes. Su curiosa cámara más que cerca parece estar encima de las actrices, quienes lo entregan todo y exhiben profundidades de deseo, de desolación, de arrebatamiento.

Aparte de la deslumbrante veracidad de las actrices, dos aspectos sobresalen. Confieso que me asusté un poco cuando me enteré de su duración: tres horas. Temor inútil porque al metraje no le sobra ni un segundo. El film tiene además de los vaivenes pasionales y sentimentales, una textura literaria (se vuelven relevantes y reveladoras las discusiones sobre Marivaux, Chaderlos de Laclos y Sartre), política (la necesidad de defender la educación pública, la importancia de la marcha del orgullo gay y el enfrentamiento constante contra la homofobia) y social (la diferencia de clases de Adèle y Emma no es un tema menor).

En cuanto al otro aspecto que armó y armará revuelo es la representación del sexo. Las actrices negaron que se tratara de sexo real, pero las largas y ardorosas escenas tienen una notoria similitud con lo verdadero. Julie Maroh, la autora de la novela gráfica en que se basa el film, Le bleu est une couleur chaude (El azul es un color cálido), y de la que Kebiche, según se dice, se apartó mucho, declaró que estas escenas son la fantasía de un hombre para satisfacer al público heterosexual. Como sea, la polvareda está levantada, aunque, si me permiten una levedad, diré que el sexo siempre dará motivo a la enardecida polémica, a la dura discusión y a la sostenida erección del debate.

En resumen, La vida de Adèle es un film único, un auténtico festín para espíritus libres.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 8 de febrero de 2013

Lincoln

Hay dos Spielbergs, el narrador irrepetible, el gran maestro del entretenimiento de primera calidad (Tiburón, Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, Indiana Jones, Jurassic Park, etc.) y el cineasta “serio” que aborda grandes temas como la guerra, la esclavitud y el nazismo, a veces “importantoso”, otras solemne pero siempre atendible (Amistad, La lista de Schindler, Rescatando al Soldado Ryan, Múnich, etc.) Lincoln pertenece sin dudas al segundo Spielberg. Y también sin duda alguna es su mejor película de grandes ambiciones hasta la fecha.
 


Aunque la parquedad de su título pueda llevar a pensar que se trata de una biopic (película biográfica) común y corriente, por suerte no lo es. No asistiremos al nacimiento de Abraham ni a sus penurias infantiles (si las hubiera tenido) ni nos explicarán cómo un minúsculo incidente provocó un trauma que arrastró hasta la tumba. No, con buen tino se concentra en tres o cuatro meses cruciales que desnudan su personalidad, su ideario, su accionar y sus relaciones familiares. Es el tiempo que precede al fin de la Guerra de Secesión y la aprobación de la Decimotercer Enmienda a la Constitución estadounidense que abolirá la esclavitud. El film se centra en cómo consiguió ambas cosas, a qué costo y con qué herramientas. Habrá tanto intrigas, prebendas, corruptelas, como ideales irrenunciables, sacrificios ineludibles y principios inalterables.
 


Lincoln fue un proyecto que durante años rondó la creatividad de Spielberg. Adquirió los derechos del libro (Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln de Doris Kearns Goodwin) en que el film se basa parcialmente, incluso antes de que se publicara. Y aunque tiene todos los rasgos de su estilo (espectacularidad, emotividad, humor), es la película menos Spielberg de su carrera. Él en broma dice que es su film más “europeo.” Insiste también (y uno después de verla concuerda plenamente con él) que la película no sería lo que es sin el guión del premiado dramaturgo Tony Kushner (Ángeles en América) y la actuación incalificable de tan maravillosa de Daniel Day- Lewis.
 


El guión es un capolavoro. Es complejo pero claro; apasionante y ameno pero sin renunciar jamás a la profundidad o la sutileza; y tiene más de 100 partes hablantes o sea ¡más de cien personajes! Un detalle que puede resultar interesante: en los títulos finales se estipula que durante el rodaje Tony Kushner no tuvo uno sino dos asistentes, ¡no es para menos! Incluso cinco hubieran sido pocos.
 


Siempre me quejo de las necedades, es hora de que esté a la altura de mis protestas y tome una sopa de mi propio chocolate. Daniel Day-Lewis no es uno de mis actores favoritos, no me despeina su técnica y me deja impávido su pericia. Pero lo que hace aquí excede las palabras, habita la poesía. Podría desmenuzar su labor, separarla en sus partes constitutivas, hablar como otros hasta desgañitarme del manejo de su voz, de su cuerpo, pero ¿para qué aburrir? Aunque desgajara el truco hasta reducirlo al simulacro que es toda actuación, la magia persistiría, tan magnífico es lo hace el londinense. Su Lincoln a pura prepotencia de talento entra en la galería selecta de retratos indiscutibles junto al Cyrano de Depardieu, el Jake La Motta de Robert De Niro o el Pasqualino de Giancarlo Giannini.
 


Los otros más de cien actores también están excelentes, algunos irreconocibles detrás de peinados imposibles, patillas épicas, bigotazos hiperbólicos y demás copiosidades capilares de rigor en la moda de la época. Aunque todos merecerían nominaciones para premios, cómo no detenerse en los que lograron la suya para el Óscar: Sally Field, después de años de hacer lo que sea para mantenerse en vigencia (viene de ser ¡la tía del Hombre Araña!) encuentra un papel a la medida de su talento y sencillamente la descose; el gran Tommy Lee Jones ratifica su inmensidad y transforma su última escena en un recuerdo indeleble por tanto amor y humanidad.
 


Spielberg confiesa que en esta película hizo un trabajo directriz “teatral”, que se concentró antes en la actuación y en el texto que en cómo  poner la cámara. Se nota, es su trabajo más mesurado, menos ampuloso que resalta sin embargo su lucidez, su destreza narrativa, su talento irreductible para conmover, para despuntar lo que hay detrás de cada aventura humana, para crear suspenso incluso con lo que sabemos cómo termina.
 


Un consejo, ir descansado, es un film inteligente que demanda nuestra constante atención. No se desanimen, es una exigencia menor ante el disfrute para mente y alma que provoca.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 3 de marzo de 2012

Persistentes recomendaciones



Esta semana, al menos en nuestras pantallas, no estrenaron nada de interés. De modo que vuelvo a la carga con viejas recomendaciones. Si pueden vean El artista, Hugo, Caballo de guerra o El topo. Por temas, estilos o razones personales, puede que les gusten mucho, poquito o nada, pero lo que sí es seguro es que no habrán perdido el tiempo y se habrán enfrentado a obras valiosas llamadas a perdurar o a ser referencias insoslayables.

Abrazo grande, Gustavo Monteros

viernes, 17 de febrero de 2012

Caballo de guerra




La película se abre con unas impresionantes y bucólicas tomas aéreas que despertaron todos mis sensores de cinismo. ¿Qué es esto?, me dije, ¿belleza convencional?, ¿primores de almanaque o de tarjeta postal? La inspirada partitura de John Williams me puso en el camino correcto. ¿Y si como Robert Wise en La novicia rebelde, me pregunto, nos está presentando un paraíso que será desbaratado por la guerra? Gracias, John. Era la pregunta, con respuesta implícita, correcta. En un paraíso nace Joey, el caballo, destinado a conocer los horrores de la Primera Guerra Mundial.

Como en Colmillo blanco, la paradigmática novela de Jack London, la narración será omnisciente, pero se centrará en las experiencias protagónicas de un animal. Un caballo, en este caso, tendrá la voz cantante y el centro de la escena, aunque se narre en la objetiva tercera persona del singular. Tanto es así que todos sus circunstanciales dueños serán secundarios, de lujo en algunos casos, ante el dominante protagonismo del caballo.

Poner a una animal como eje es emocionalmente irresistible. Toda nuestra incredulidad se suspende al instante. La empatía que establecemos con el animal y su suerte es abarcadora y dominante. Lo sé porque lo aprendí gracias a una amiga que tomaba conmigo clases de inglés. Me pidió que leyéramos en clase Colmillo blanco, lo que resultó una experiencia fascinante. Había mañanas en que, respetuosos ambos de las convenciones sociales, decidíamos parar y hablar de lo que fuera para no ponernos a llorar como huérfanos. Y había intervalos entre clase y clase en que deseábamos que el tiempo se apurara para poder saber como el perro lobo se las arreglaba para salir del aprieto en que estaba. Podíamos leerlo por nuestra cuenta, pero moralmente nos estaba vedado, era una aventura de a dos. La historia nos poseía. Mi teoría es que establecemos una empatía más directa con un animal de protagonista que con un ser humano, por conmovedor y creíble que sea este humano, en la misma o parecida circunstancia. Creo que vemos en el animal y su suerte, una metáfora potente del ser humano en manos de un Dios o un destino incognoscible, todopoderoso y perturbador.

Expando la idea (o más bien la machaco). En el fondo nos vemos como las hormigas de Hemingway en Adiós a las armas, organizadas pero sujetas a ser pisoteadas o quemadas en el tronco hueco en que decidimos armar el hormiguero. Un protagonista humano, por las razones que sea, aunque víctima de una atrocidad, puede ganarse nuestra antipatía. Un protagonista animal, en cambio, aunque nos caiga mal porque es perro y prefiramos los gatos, cuenta con nuestra simpatía e identificación inmediata porque lo vemos, insisto, como un ser indefenso en garras de un destino ulterior incomprensible, caprichoso, inapresable. Como quizá lo estemos nosotros.

De allí, creo, que Caballo de guerra sea un melodrama de aventuras tan conmovedor e insoslayable. Y si de conmover, atrapar e ilusionar se trata, que mejor narrador que Spielberg podemos aspirar.

Caballo de guerra fue primero una novela para chicos que atrapó hasta los más barbudos. Después una obra de teatro que con sus muñecos caballares articulados sedujo hasta los tramoyistas, gente poco propicia a dejarse engatusar por la magia escénica porque ellos son generadores de trucos. Ahora es, a veces la justicia y no sólo la  poética existe en la vida real, un film de Spielberg.

Steven es un maestro maravilloso, un narrador portentoso, un manipulador genial. Hay aquí una colección de prodigios. Desde Kagemusha de Kurosawa no veía una carga de caballería tan devastadora, bella y letal. Las aspas del molino, que tapan lo que no puedo develar, deslumbran de piedad y síntesis. El monte, que oculta y que después revela a la chica francesa, angustia y libera y viceversa. El gas que abre puntos suspensivos alcanza una expresividad perdida desde aquel final congelado de Gallipoli de Peter Weir. El caballo que huye a la tierra de nadie y su espectral liberación llegan a cumbres cinematográficas inéditas. Y el atardecer deslumbrante del final que se carga de reminiscencias de Lo que el viento se llevó es tanto homenaje como celebración del cine.

La historia no es original, tiene las vueltas típicas del melodrama de aventuras. Pero ya se sabe, no es lo inédito lo que importa en las historias sino cómo se las cuenta. Y hoy en día, pocos, con los dedos de una mano, mire, cuentan como Spielberg.

Steven, como Woody Allen, a la hora de elegir actores, se da todos los gustos. Que Peter Mullan, Emily Watson, David Thewlis, Tom Hiddleston, Niels Arestrup, Eddie Marsan o Liam Cunningham iluminen papeles breves y secuencias cortas es un lujo que sólo los reyes magos pueden permitirse. La felicidad es mutua y el beneficio abierto para todos. Spielberg está feliz de llamarlos, los actores están felices de trabajar con Spielberg y los espectadores están felices de que hayan aceptado trabajar con Spielberg y que Spielberg los haya llamados. Todo un círculo virtuoso. Como la película, como la felicidad que nos queda, una vez secadas las muestras de gratitud que nos provoca.

Cine puro, popular y del mejor cuño, ¿qué más se puede pedir?
Una abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 10 de febrero de 2012

Hugo



Me dan ganas de escribir la crónica más breve de la historia. Escribir solamente: Guau. Pero temo que se tome la onomatopeya no como un signo de admiración sino como una chantada. Pero es tal la magnificencia de Hugo de Martin Scorsese que lo que nos provoca se expresa mejor en esa onomatopeya, en el gesto de “me quedé sin palabras” o un aplauso.

Hugo o La invención de Hugo Cabret es una proeza, un prodigio. Es tan hermosa que su belleza sola ya conmueve.

Scorsese se plantea dos nuevos desafíos de los que sale recubierto de gloria y honores. Es su primera película para toda la familia y su primer opus en 3D. Elijo verla en 2D porque los anteojitos me predisponen mal, ya uso anteojos y sobreponerlos con los de los colorcitos es un incordio constante. Pero no se necesita ser muy perspicaz para imaginar cómo es en 3D. (Me cuesta adherir al entusiasmo desplegado por Scorsese en las entrevistas previas al estreno, aunque si como dice, en un futuro cercano no será necesario ponerse los anteojitos, quizá el 3D me resulte más amigable.) Como sea Hugo es deslumbrante hasta en 1D. Les cuento también que en 2D está subtitulada, mientras que en 3D está doblada. Este detalle también pesó en mi decisión.

Se basa en una novela gráfica de Brian Selznick de espíritu Dickensiano y cuando se descubre que el personaje de Ben Kingsley es el mismísimo Georges Méliès se comprende por qué Scorsese se vio seducido por ella. Estamos en 1920, Hugo, un huérfano, vive en la estación de trenes de Montparnasse, y hace el trabajo de un tío que lo abandonó: darle cuerda a los relojes públicos. Hugo intenta también terminar de reparar un autómata legado por su padre y que lo llevará a develar unos cuantos misterios.

No lleguen tarde, aguántense con estoicismo las 740 colas con las que nos martirizan, porque la secuencia de apertura es arrebatadora, establece el tono y el estilo de la película con una pericia que sólo puede describirse como magistral. Temí que el resto no estuviera a esa altura. Lo está. Scorsese, zorro viejo, sabe que los deslumbramientos son inútiles si no se encastran en una historia solvente. Entonces alterna prodigios con el desarrollo cabal y minucioso de la historia hasta llegar a un final agridulce que  integra todos los  temas y subtemas sin forzamiento alguno.

Hugo, como Tiburón de Spielberg, Barrio chino de Polanski, Cabaret de Bob Fosse o El padrino de Ford Coppola, permite una multiplicidad de lecturas que no van en detrimento del seguimiento lineal del argumento. Uno, como espectador, puede elegir quedarse en la superficie de la historia, disfrutar de sus juegos y sus brillos o adentrarse en lecturas más elaboradas.

La más evidente es la del homenaje al cine que esconde una elegía. Se parte de los últimos adelantos tecnológicos para celebrar el rudimentario inicio del cine y comprobar que el cine mantuvo inalterable, desde aquellos lejanos días hasta la fecha, su voluntad de manipular emociones a través del truco y el artificio. Y es una elegía porque quizá estemos ante la muerte del cine, tal como brilló en el siglo XX. Derivará tal vez en juegos interactivos de “arme su propia película”. Pero si no lo hiciera, el cine futuro distará años luz del que conocimos con los clásicos. Las nuevas generaciones consumen un cine basura, elaboran sus recuerdos emocionales sobre un cine de productor vacío e insustancial. Sabrá Dios qué tipo de cine querrán hacer, lo que es seguro es que los modelos que hoy tienen son detestables.

Esta idea se entronca con otra que se desprende de la película: la importancia del legado del bagaje cultural. Aunque no queramos, transmitimos prejuicios, preconceptos, convenciones, pero no trasmitimos con igual fuerza y éxito nuestro aprecio por las obras culturales que nos conmovieron, nos marcaron, nos modelaron.

Este concepto se relaciona tangencialmente con otra idea que surge del film: ¿los sueños alimentan el cine o el cine alimenta nuestros sueños? O sea ¿sueño en forma de película o los sueños dieron forma a las películas?

Esto engarza con la idea de destino expuesto en el film: el mundo como mecanismo en el que todos somos engranajes que hacen funcionar el destino de los otros, y los otros hacen funcionar el nuestro.

Éstas son las que recuerdo, pero hay más.

El elenco es otro lujo que se disfruta. El Hugo de Asa Butterfield es un protagonista fascinante, algo que no debe ser sorpresa para los que lo vieron en El niño con el piyama de rayas, yo no la vi, confieso. Chloë Grace Moretz, a pesar de su corta edad, ya lleva una carrera envidiable. Es versátil como pocas. Éste es su personaje más normalito. La vi como una vengadora patea traseros en Kick ass, como vampira maldita y solitaria en Déjame entrar y ahora como una niña enamorada de los libros. Sigue maravillándome su enorme talento. A esta altura del partido hablar de la intensidad de Ben Kingsley es un perogrullada en la que no caeré. No conocía a Helen McCrory (mamá Jeanne), ahora sí, la seguiré de cerca. Christopher Lee engrandece su leyenda con otra enigmática actuación. Scorsese, como algunos, muy pocos, puede darse el gusto de poner a grandes estrellas o actores en personajes muy breves: Jude Law, Ray Winstone y Michel Stuhlbarg (el inolvidable protagonista de Un hombre serio de los hermanos Coen). Scorsese juega también con sus actores un ejercicio de cinefilia reciente, como volver a unir a Frances de la Tour y a Richard Griffiths, que ya estuvieron juntos en la imprescindible The history boys. O poner a Emily Mortimer que fuera el interés romántico del inspector Clouseau de Steve Martin como interés romántico del personaje de Sacha Baron Cohen, que tiene puntos en contacto con Clouseau. El gran Sacha Baron Cohen es un capítulo aparte. Hace surgir el patetismo de la comicidad y no viceversa, en mi modesta opinión tal como debería interpretarse a Chejov si no hubiera triunfado la tradición de matar el humor en sus obras e imbuirlas de hiperdramatismo. El pobre Chejov murió diciendo que sus obras son comedias y nadie le creyó. Como sea, la escena en que dialogan Sacha Baron Cohen y Emily Mortimer por primera vez es Chejov puro, según yo lo entiendo, porque creo que Chejov tiene razón y que sus obras son comedias.

Como pasó con J Edgar, Caballo de guerra o Las aventuras de Tin Tin, Hugo llega meses después de su estreno original, entonces ya hemos leído monografías, tratados, bibliografías completas sobre la película. A los críticos que les gusta buscarle la quinta pata al gato, que prefieren estar siempre por encima de cualquier obra, incluso de las más logradas, han coincidido en juicios muy fáciles de desarticular.

Han dicho que la slapstick (comedia física disparatada) no es siempre efectiva. Es una apreciación subjetiva en extremo y por lo tanto inválida para un debate serio. La comedia física requiere de nuestra predisposición constante para su disfrute. No siempre tenemos ganas de reírnos de una caída o de que alguien se estampe contra una torta. Así como el humor verbal del bueno pervive en el tiempo y es objetivable, ya que todavía nos reímos de los buenos chistes de Aristófanes, Moliere, Tirso de Molina o Shakespeare y podemos analizar sus constituyentes, la comedia física depende para su efectividad del estado de ánimo que tengamos cuando nos enfrentamos a ella. Para medir críticamente su eficacia sólo se debe considerar su ritmo y el acabado de su ejecución. Acá ambos están servidos con seductora elegancia.

Se acusó también de que algunas secuencias están excesivamente elaboradas, de que hay demasiado regodeo visual. La exquisitez visual es el estilo en que está resuelta la película, y quejarnos de ello es como protestar que El halcón maltés sea un film noir o que La novicia rebelde tenga paisajes, canciones, chicos (por ahí si la familia Von Trapp hubiera tenido además un San Bernardo habría sido demasiado, pero tal como está, está perfecta). Las obras son como son, no se las puede criticar por los elementos que la componen intrínsecamente. Insisto, los primeros tres minutos informan con elocuencia el tono y el estilo de la película; criticar que el resto esté a la altura no tiene validez intelectual.

Se recriminó también a la película y a Scorsese de una excesiva sapiencia cinemática. Un auténtico disparate. Una resaca de la mediocridad de los noventa. Si nos quejamos de la sapiencia, ¿qué nos queda? ¿El elogio de la ignorancia?

Es falaz que la parte de Méliès sea pedagógica, predicadora o que baje línea. La secuencia está trabajada sobre los cánones más clásicos. El personaje Méliès cuenta su pericia en primera persona, sin agregados ni comentarios ni conclusiones. No hay bajada de línea, la conclusión se saca por implicancia, no por exposición directa. Lo mismo ocurre con el estudioso del cine. Cuenta lo que hizo en un caso determinado. Nunca dice que lo que él hizo debe transformarse en regla general y hacerse en todos los casos. De nuevo, la conclusión se infiere sin explicitación directa. En conclusión: jamás se predica, algo se cuenta y entendemos las implicancias.

Tampoco estoy de acuerdo con los que dijeron que es una muy buena película, pero que no está entre las mejores de Scorsese. Hugo es un sí misma una excelente película, sea de Scorsese o de cualquier otro director. Por supuesto es una anomalía en la carrera de Marty. A Scorsese lo asociamos con películas de protagonistas perturbados que manejan la angustia con violencia. Pero no debemos usar su glorioso pasado en demérito de este magnífico presente. Hay un consenso crítico unánime de que Fanny y Alexander es una de las mejores películas de Ingmar Bergman y no es una película bergmaniana típica. ¿Por qué habríamos de cambiar las reglas de análisis y consenso? Sostener que Taxi driver, El toro salvaje, Buenos Muchachos o Casino son mejores que Hugo es partir de un prejuicio que pone a lo oscuro por encima de lo diáfano. Ya expusimos las profundidades en que Hugo puede medirse. El toro salvaje no es más profunda que Hugo porque sea en blanco y negro, el personaje termine mal o ande siempre a las patadas. Creer eso es no poder discernir nada.

He tenido mis serias diferencias con Scorsese, algunas de sus películas las he padecido con poca hidalguía, revolviéndome en la butaca. Pero es un grande y cuando hace algo para sacarse el sombrero, no me lo dejo puesto para convencer que sé más. Juzgar el trabajo de otro es un acto de soberbia aceptada por lo convención, pero no nos pasemos de la raya, o vamos a terminar diciendo que la obra de Picasso es fea porque no es bonita.

En el fondo me dan pena los soberbios, por fortalecer su amor propio, se pierden de disfrutar un auténtico deleite. Y en un tiempo en que los grandes maestros se cuentan con los dedos de la mano, no es cuestión de perderse en disquisiciones inútiles. Miren, muchachos críticos, que la semana que viene no hay un estreno de Bergman, Fellini, Truffaut, Wilder o Hitchcock. Ponerse siempre por encima de una obra es enamorarse del propio ombligo.

Aclaración necesaria: la semana que viene se estrena la extraordinaria Caballo de guerra de Steven Spielberg, de modo que no es tan exacta mi afirmación de que no hay un estreno inminente de un gran maestro. Pero también, por desgracia, es una excepción y, no como antes, una regla. De modo que la aseveración no es tan inexacta. Disfrutemos ahora de estas grandes películas, tenemos el resto del año para esquivar las mediocridades habituales del cine yanqui.
Un abrazo, Gustavo Monteros