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viernes, 7 de junio de 2024

Querido diario - Hoy: Un match en el infierno


 

Por fin una película a la que no le tenía que poner fuerza para que me gustara.

 

Esto de ponerle fuerza o ganas viene a cuento, gracias a una amiga, desde fines de los noventa. Ella acababa de ver una película con Anthony La Paglia, en la que era un cura, en amores con una chica de la resistencia, en la Italia de la Segunda Guerra y cuando le pregunté si le había gustado, me dijo: Y si le ponés ganas, te gusta, ¿viste que ahora con muchas películas, hay que ponerle fuerza, hacer como que te gustan, para no dejarlas y ver otra cosa. Yo me reí, pero la observación tenía verdad y se me pegó. Son pocas las películas que nos gustan naturalmente, a la mayoría le ponemos ganas, garra, fuerza.

 

Bueno, a esta no le tenemos que agregar ningún aditamento extra, nos gusta, nos atrapa, nos interesa, por lo que cuenta y por como lo cuenta.

 

Y si el argumento nos recuerda a una de principio de los ochenta, muy glamorosa y estelarizada, con Stallone, Michael Caine, Max Von Sydow, Osvaldo Ardiles y ¡Pelé!, que se llamó Victory, en el original, o Escape a la victoria en el título que le pusieron para estos pagos, es porque es una remake de esta de la que hablo ahora. Que se llama, Két félidö a pokolban, que en húngaro vendría a ser: Dos medios tiempos en el infierno, que en 1961 dirigió Zoltán Fábri y que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, y que por aquí se estrenó como Un match en el infierno.

 

Y es sobre un partido de fútbol entre un equipo de prisioneros húngaros y un seleccionado de guardias alemanes durante la Segunda Guerra, claro.

 

Hay un campo de prisioneros de Hungría bajo el mando ruso. Si decimos que los pobres presos están mal es casi un eufemismo. Apenas los alimentan con un menjunje, con buena voluntad digerible, que les refuerza el hambre, más que quitárselo. Visten harapos, las frazadas son unos remedos de abrigo, y se roban unos a otros unas botas rotosas para ver si pueden soportar mejor el frío y sobrevivir unos días más.

 

Entre ellos, está Ónodi (Imre Sinkovits) que fue jugador profesional de fútbol, al que muchos le tienen envidia por su pasado de gloria.

 

Se viene el cumpleaños de Hitler, y como ningún elenco teatral de los que alegran el frente puede venir a este asentamiento perdido en las montañas, y como ni siquiera se pueden conseguir putas para armar un prostíbulo provisorio, es que a uno de los comandantes alemanes se le ocurrió la idea de armar un partidito de presos y guardias.

 

El crack Ónodi primero dice que no, pero después, cuando lo convencen sus compañeros más cercados de que puede sacar algunas ventajas, como más comida para todos o que los que integren el equipo dejen de trabajar algunos días para entrenar, acepta (dicho sea de paso, el supuesto “trabajo” es esclavizante, en sentido literal),

 

El equipo se completa con un rebelde ideologizado que los insta a escapar durante un entrenamiento. Eso hacen, pero son capturados. Y cuando creen que los van a ejecutar, les dicen que antes deben jugar el partido.

 

Menuda motivación saber que la muerte los espera al final del encuentro. Pero la esperanza es lo último que se pierde y si dan un buen espectáculo (¡ni sueñan con ganar!) esperan que se apiaden y los perdonen.

 

Entonces llega el partido y los espectadores nos comemos las uñas, nos llevamos unas cuantas sorpresas y no podemos menos que conmovernos con estos pobres desgraciados, que hacen tripas corazón y rescatan desde el fondo del tarro, una dignidad que ya creían perdida.

 

Los actores son maravillosos y dan y lucen el personaje. Mientras que Stallone, Caine, Ardiles y compañía estaban más a dieta que con hambre, en aquella película que dirigió John Huston en 1981, a estos unos los ve y dan ganas de llevarles un plato de comida.

 

Tendría que ser de visión obligatoria para nuestros neo fascistas contemporáneos que eligen no conmoverse ni con los chicos que se duermen llorando de hambre. Si la ven es imposible que no recuperen algo de la humanidad que alguna vez tuvieron. O al menos en mi desesperación es lo que elijo creer.

Gustavo Monteros


viernes, 7 de octubre de 2022

Programa doble: Oscar y Faithful



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Faithful (Fiel) - Oscar

 

En Faithful (Paul Mazursky, 1996) la acción transcurre en un día clave para Margaret (Cher). Es su veinteavo aniversario de casada con Jack (Ryan O’Neal) con quien comparte un negocio de transporte que abrieron con el dinero que ella heredó y que expandieron gracias a ideas de ella, hoy son muy exitosos, no les falta nada, viven en una mansión lujosísima, andan en autos exclusivos, aunque ella siente que dejó que la relegara de los negocios y la confinara a ser la consorte rica que solo debe gastar dinero. Para colmo sabe que él le mete los cuernos con su asistenta que quizá le dé el hijo que ella no puede darle. Cuando finalmente acomete el plan de vaciarse el frasco de pastillas que lleva meses mascullando, entra en la casa Tony (Chazz Palminteri) un sicario contratado supuestamente por Jack para liquidarla. Tony no puede matarla de entrada por un trauma reciente y la deja hablar. Craso error, al menos para el cometido que debe cumplir. Tony también tiene lo suyo, es un hombre muy peculiar con ideas altamente personales, algo que eleva el juego de comedia a otro lugar. Entonces…

 

En Oscar (John Landis, 1991) estamos en los años veinte y el gánster Angelo “Chasquido” Provolone (Sylvester Stallone) enfrenta también un día clave. Cumplirá la promesa que le ha hecho a su padre, Eduardo (Kirk Douglas), en su lecho de muerte, se retirará de la vida de delitos y se dedicará solo a negocios supuestamente legales. Digo supuestamente porque planea convertirse en accionista principal de un banco. Pero justo en la mañana de este último día de vida criminal, su joven contador, Anthony Rossano (Vincent Spano) le confiesa que le ha estado “apartando” dinero casi de casualidad, y que le devolverá sin dudar… si lo deja casarse con la luz de sus ojos que no es otra que la hija de Angelo. Cuando dicha hija Lisa (Marisa Tomei), la única que tiene con su esposa Sofia (Ornella Muti)  es enfrentada, la pobre al principio no tiene idea de qué le está refiriendo su padre, pero supone que habla de Oscar, el chofer de la familia. En realidad Anthony no está enamorado de Sofia sino de Theresa (Elizabeth Barondes) que por un impulso se hizo pasar por hija de Angelo. Aunque quizá este impulso no haya sido infundado. Como en todo buen vodevil cada personaje que aparece contribuye a algún enredo. Aquí los hay tantos que conforman una avalancha que incluye a unos banqueros más letales y mafiosos que cualquier gánster que se precie y a un jefe de policía más interesado en salir bien en la prensa que en combatir el delito.

 

Estas dos películas se basan en obras de teatro. Faithful (Fiel) es de Chazz Palminteri, que en la versión cinematográfica se aseguró el mejor papel. Palminteri casualmente también integra el elenco de Oscar, donde hace un papel en las antípodas del de Faithful. Oscar en su origen es una comedia del francés Claude Magnier.

 

Por lo que aquí exhibe es una pena que Stallone no haya hecho más comedia. Si bien aquí este personaje es ideal para su cuerpo de guardaespaldas y voz de funebrero, como lo describió alguien, demuestra gran capacidad y comprensión del juego de la comedia. Tiene momentos excelentes. Cher, como ya lo ha demostrado, se mueve bien en lo cómico y saca partido, y no poco, de su cara inmóvil como permanentemente anestesiada.

 

Como ya dijimos por ahí, las obras de arte (o los artefactos artísticos si se prefiere) tienen como los humanos suerte y destino. Algunas nacen con un pan bajo el brazo, mientras que otras padecen un hambre de gloria que no se sacia nunca. Faithful es muy buena, pero nació con poca suerte, no se la representa mucho. Languidece en su rincón a la espera de ser descubierta. Pero o se la pasa por alto o se la subestima mucho. Oscar en cambio nació con cuchara de oro. Se la ha representado en casi todos los escenarios del mundo y ya cuenta con dos transcripciones cinematográficas. Hay una anterior a la que comentamos aquí, es de 1967, la dirigió Édouard Molinaro con Louis de Funès en el protagónico.

 

Ambas piezas se representaron en Argentina. Faithful, fiel a su destino, se estrenó un verano (tiempo de comedias) y duró un suspiro, no sé si llegó al mes de funciones. Oscar, en cambio, ya se presentó dos veces al menos, en los sesenta y en la década del 2000, con fulgurante o más que respetable éxito las dos veces. Hasta en esto se cumple el dicho aquel de con estrella o estrellados. Ah, los arcanos del universo, ¡quién pudiera desentrañarlos!

Gustavo Monteros

jueves, 11 de abril de 2019

Annie

El director John Huston podía hacer cualquier cosa. No porque su versatilidad fuera prodigiosa, sino porque su profesionalismo era a prueba de balas. A lo largo de su carrera había probado ser un profesional hábil y sobre todo confiable. Puede que el proyecto no se aviniera a su sensibilidad, su interés o su talento, pero no por eso dejaría de entregar un producto serio y vendible y a tiempo, sin demasiadas demoras que engrosaran el presupuesto inicial.


A principios de los ochenta, andaba por los setenta y pico y procuraba tachar de su lista los proyectos que quería hacer y que comprometían su arte. Su salud declinaba y no era un hombre proclive a restringirse placeres de alcohol y tabaco, sobre todo. A lo largo de su vida se había bebido un par de destilerías y se había fumado un par de cosechas de Cuba. Había tenido a todas las mujeres que había querido y no extrañaba las hazañas de la cama. Las drogas no lo habían hecho adicto y podía prescindir de ellas por un whisky, incluso uno regular.


Entre sus ambiciones no realizabas, figuraba llevar al cine la novela de Malcolm Lowry (considerada infilmable) Under the volcano/Bajo el volcán. Como era considerado un proyecto muy poco rentable, no había productores dispuestos a aventurarse, por lo que el viejo Huston debía producirla él mismo. Para ello necesitaba trabajar y aceptaba lo que le propusieran. Aunque fuera una de terror, terrorífica en todo aspecto comenzando por un muy pobre guión (Fobia, 1980) o una de fútbol en un campo de concentración de la Segunda Guerra en la que había que hacer magia, porque el presupuesto era magro, el elenco numeroso, y encima había que recrear “época”. Le salió bastante bien y fue por estos pagos todo un éxito. Porque somos futboleros y aparte de las rutilancias de Stallone y Michael Caine, andaban en este argumento el mundialista Osvaldo Ardiles y el rey Pelé. Victory, a secas, era el título original, ampliado aquí como Escape a la victoria, 1981.


A poco de terminarla, el productor Ray Stark, muy amante de llevar obras de teatro triunfadoras en Broadway al cine, le ofreció el éxito más comentado por aquellas temporadas: el musical Annie.


Cuando la vi en ocasión de su estreno en 1982, me pareció que no se había esmerado demasiado, pero ahora que se supone sé más, o que al menos tengo muchísimas más horas de cine, comprendo que estaba equivocado.


Para empezar se aseguró de tener en el reparto amigos y talentos que le resolvieran los personajes sin obligarse a estar excesivamente sobrio al dirigirlos. Albert Finney, convenientemente pelado para el rol, era el ricachón que necesitaba invitar una huerfanita a su palacete (literalmente) para mejorar su imagen de sociópata. Su asistente era la alta de piernas eternas Ann Reinking. A John le divirtió la idea de equiparla a la también maravillosa bailarina de piernas eternas, Cyd Charisse. La directora del orfanato era la infaliblemente cómica Carol Burnett, secundada por los “malos” Bernardette Peters y Tim Curry, dos delicias en estado puro. Y claro, un ejército de niñitas.


Para sorpresa de todos, dirigirlas fue su mejor contribución a la película. El hombre tenía en su currículum unas cuantas historias de malandrines sin suerte. Quizá las huerfanitas no llegaran a dedicarse a una vida de delito, pero que tenían poca  o ninguna suerte era muy comprobable. Y ¿cuál es la diferencia ente una cárcel y un orfanato de melodrama tipificado? La edad de los internos. Esto, supongo, que fue lo que más estimuló su morbo creativo. Como sea, insisto, lo mejor de la película son las escenas en el encierro del orfanato. También tiene mucho nervio la persecución final, el final feliz está garantizado, pero que no sea óbice para no someter a la pobre Annie a unas cuantas torturas previas.


La nena Aileen Quinn fue una Annie tan pelirroja como simpática secundada por el peludo y pulguiento perro Sandy.


Annie tiene unas cuantas canciones muy logradas y de mejor oír.


Lo ganado en esta  película redondeó finalmente el presupuesto para rodar Bajo el volcán en 1984, el protagónico recaería de nuevo en el muy talentoso Finney, con pelo esta vez.


Annie ha regresado a Netflix y merece verse o reverse porque después de todo “Seguro que hay sol…mañana”


Gustavo Monteros









En colores imágenes de la película. En blanco y negro, el director John Huston y las chicas de Annie.

jueves, 4 de febrero de 2016

Creed



Había una vez un actor desesperado por triunfar en la pantalla grande. Tan desesperado estaba que hasta participó en una película porno, soft, pero porno al fin. Un día tuvo una idea, en un supermercado compró un libro sobre cómo escribir un guión cinematográfico y la plasmó en papel. La idea era tan transparentemente buena que consiguió productores, que le dieran el protagónico y como las rachas (buenas o malas) son imparables, hasta dio con un director sensible que contó la historia con pulso estable, John G Avildsen. Y tan seductora fue que se llevó los Óscares a Mejor Película y Mejor Director, y como tres es número mágico, también el de la Mejor Edición. El año era 1976, la película se llamó Rocky y el actor era Sylvester Stallone.


Se dice que hay entre siete y diez ejes narrativos y que todas las historias que se han contado y se contarán pueden remitirse a esos ejes. No sé si esto es tan así, pero Stallone con Rocky construyó su cuento sobre el eje de La Cenicienta. El pobre boxeador con tanto músculo como determinación y disciplina, enamorado de una chica que hasta que él llegó parecía destinada a una solteronía irreversible, desafía al campeón. Y por astucia de Stallone no llega a rey, no destrona al campeón, aunque sí queda en príncipe. De todas maneras el cuento de la mágica movilidad social ascendente se cumple y no habrá ganado (era ilógico que lo hiciera) pero peleó con dignidad. Y nosotros, el público, vicariamente, nos reflejamos en Rocky, porque somos más los nadies que los campeones y siempre respondemos emocionalmente a los que llegan ahí, arriba. Supongo que los de arriba deben ver este ascenso, que a los de abajo nos parece justiciero, como una amenaza. Sin duda la corte del reino de Cenicienta la vio como una sucia advenediza, aunque, claro, no hay una auténtica movilidad social en el cuento, ya que la chica era una noble relegada a las cenizas del rescoldo por la maldad de la madrasta y las hermanastras.


Cenicientas al margen o no tanto, Stallone hizo de su Rocky una saga. Explotó el filón todo lo que pudo, sometió a los personajes que creó a todos los vaivenes, vicisitudes, encrucijadas del destino que se le ocurrieron. Bah, los cinco o seis hitos clásicos del melodrama, enfermedades y muertes injustas, ascensos y caídas, hijos ingratos, etc. Y ganó más plata de la que perdió y convirtió a su Rocky Balboa en referente cultural ineludible.


Y cuando precisamente con el nombre de Rocky Balboa (2006) en el título, creíamos que la historia había llegado a su Colorín Colorado, no, aparece Ryan Coogler (Fruitvale Station, 2013) y le transfunde sangre nueva al mito. Parte de un desprendimiento lateral, Adonis Johnson (Michael B Jordan) hijo de Apolo Creed, quiere boxear y convence a Rocky (Sylvester Stallone, ¿quién más?) para que lo entrene.


Con la anuencia de Stallone y de todos los involucrados en la franquicia, el dúo Coogler-Jordan más que revisitar las piruetas más salientes de la saga, las vampirizan y hasta abren la puerta para una continuación. Si La guerra de las galaxias va por una nueva trilogía, ¿por qué no Rocky?


Michael J Jordan (nada que ver con el homónimo famoso, es hijo de una profesora de arte y de un gerente gastronómico) tiene carisma y por ende un futuro promisorio. Sylvester Stallone, entre los referentes de los setenta no estará junto a los “dioses” Dustin Hoffman, Al Pacino o Robert DeNiro, pero es hombre de dos personajes “fuertes”, Rocky y Rambo. Aquí reverdece sus laureles actorales y se gana con justicia una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto. Ahora es fácil imitar a Rocky, parodiarlo, pero primero fue necesario crearlo y él lo hizo. La muy bella Tessa Thompson es el interés romántico y Phylicia Rashad con su hermosa voz de terciopelo es la viuda de Creed.


En resumen, si usted es seguidor de Rocky o le gustan las de boxeo, esta semana ésta es su película.

Gustavo Monteros

jueves, 30 de enero de 2014

Ajuste de cuentas




Ajuste de cuentas es una producción hípercomercial que no se avergüenza de serlo, que muestra sus cartas desde un principio y que no se propone otra cosa que entretenernos con la explotación de viejos mitos cinematográficos. Sí, es la versión PAMI de Rocky versus El toro salvaje, algo así como una reedición de Alien versus Terminator en clave tercera edad.


El film se abre con un programa televisivo que rememora viejas peleas. Vemos a Robert De Niro y Sylvester Stallone, jóvenes y pujantes, como cuando los conocimos en aquellas épocas doradas en las que no teníamos canas ni despuntábamos arrugas. Henry “Razor” Sharp (Stallone) y Billy “the kid” McDonnen (De Niro), boxeadores ambos, of course, se enfrentaron dos veces, cada uno de ellos ganó un combate y quedó pendiente una revancha final. Razor se retiró y regresó a la acería donde trabajaba y The kid hace hoy shows de stand-up, cualquier parecido con las películas antes mencionadas no es pura coincidencia. No se necesita ser Hercule Poirot para deducir que las vueltas de la vida (o del argumento) los volverán a reunir en otro combate culminante. Antes, of course también, deberán enfrentar algunos temas pendientes en la forma de hijos, nietos, ex novias, ex entrenadores e hijos de ex agentes.


Una trama que puede seguir hasta un niño chino de tres años que jamás vio una película yanqui, pero es imposible no preguntarse ¿los espectadores jóvenes que no tienen idea de quienes son Stallone y DeNiro intuirán que hay algo más que una historia de viejos boxeadores que vuelven al ring solo porque pueden darse ese lujo? ¿Se percibirá lo metacinematográfico cuando se desconoce el pasado con el que se dialoga? Sabrá Dios.


A esta altura sobran las pruebas de que DeNiro es proclive a desacralizar su glorioso pasado. Volvió a subirse a un taxi en Being Flynn, ahora se calza los guantes otra vez. Los que lo odian dicen que se autoparodia, yo elijo creer que se revisita.


Stallone se ha repetido, pero esta es la primera vez que se cita a sí mismo conscientemente en tono humorístico. Confesó sentirse incómodo en la comedia, aunque aquí las generosidades de DeNiro y de Alan Arkin le establecen una zona de confort y entrega una de las actuaciones más interesantes de su carrera.


El talentoso Arkin, “redescubierto” a partir de Pequeña Miss Sunshine, aprovecha cada escena y cada línea para divertirse y divertirnos.


A Kim Bassinger las cirugías rejuvenecedoras no la volvieron irreconocible, solo le aplanaron los rasgos y le quitaron algo de belleza, nada grave, sigue siendo hermosa. Es una buena actriz, no la más expresiva del mercado, nada grave tampoco, compensa la ausencia de histrionismo con un buen manejo de la emoción y la intención. Es excelente, por ejemplo, como cierra su escena de dolida explicación con el chiste de las palomas. No cualquiera.


En resumen, un honesto y entretenido film comercial. (Ah, como la edad es muy relevante para el argumento, consignemos que De Niro tiene 70 años y Stallone, 67).

Un abrazo, Gustavo Monteros