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domingo, 19 de septiembre de 2010

Mis días con Gloria

Le guste a quien le guste, Isabel Sarli es el mito cinematográfico argentino más importante, en realidad quizá el único, porque es auténtico. Muchos otros se erigieron y mordieron pronto el polvo por ser fabricados, inflados, manipulados. En la sociedad pacata, moralizante y pueblerina de hace unos años, sus redondeces exquisitas, que merecieron un piropo hasta del mismísimo Ingmar Bergman, representaban el triunfo de una sensualidad innegable, irreprimible, vasta. Y es curioso que en un país con complejo de inferioridad como el nuestro, en que cualquier reconocimiento externo es saludado con salva de cañones, la vigencia del mito Sarli en el extranjero es ignorado olímpicamente. Las cinematecas y/o los institutos cinematográficos de Francia, Inglaterra e Italia tienen un ciclo anual del cine Sarli/Bo. Y el mes pasado el Lincoln Center programó una retrospectiva que obtuvo una amplia cobertura mediática en Yanquilandia que aquí no saludaron ni con un suelto. El mito se funda no sólo en el busto panorámico de la Coca sino también en una estética delirante y una narrativa subversiva del atorrante Armando Bo, que fue, sí, un ladrón de gallinas, pero asimismo un creador inteligente de absurdos gozosos. En el 81, cuando murió Armando Bo me lamenté de que no hubiera más películas de Isabel Sarli, por suerte me equivoqué. El mito abrazó a otros, directores de cine ellos, que como uno, prosecionaron a los templos del pecado en los que se adoraba a la voluptuosa diosa, los viejos cines de cruce, como el Roca. Fue perfectamente lógico que Jorge Polaco, buceador de represiones varias, hiciera un film con la Coca. El resultado, La dama regresa, interesante y maldito, en el que desde una perspectiva personalísima Polaco dialogaba y reformulaba la estética Bo, fue condenado por calificación y distribución a los cines de segunda que por entonces todavía existían. Los dinosaurios pacatos, negadores eternos de la cultura popular, ejercían los raídos lazos de poder que les quedaban y se vengaban. La Sarli, envejecida aunque aún esplendorosa, seguía molestando, porque podía remitir con potencia a lo que había sido: el triunfo del deseo, de la sensualidad, de la vida. La fallida y dificultosa aventura desalentó a otros directores, cuyos proyectos quedaron en bosquejos de cuaderno. Otra vez parecía que no habría otra película de la Sarli. Desde hace unos años, San Luis Cine, organismo del cuestionable feudo de los Saa, se propuso alentar otro homenaje a la Coca, al que no pude menos que adherir. (Quien esto escribe, que pasó su infancia en otro feudo provincial, aprendió a apreciar las buenas medidas de cualquier gobierno y a criticar las malas, el rechazo sistemático por prejuicio y/o falta de discernimiento conduce a una miopía inoperante que no le sirve a nadie y que retrasa el ahondamiento de medidas imprescindibles para el mejoramiento social de la mayoría, avances sobre los que muchos prefieren cacarear machaconamente a ver llevados a cabo; perdón por la bajada de línea, pero hay una estupidez intelectuosa que me rebela.) Juan José Jusid levantó el guante y se atrevió al reto. Jusid, como Alberto Lecchi, se embarca en proyectos, que sin ser personales, celebran la profesión elegida.


Se armó un policial B con veleidades negras con sus más, sus menos y sus en-el-medio, que adquiere relevancia y trascendencia porque está la Sarli.


La Sarli, se sabe, es una presencia y no una actriz, y hay que hallar el modo de que hable con su mito. Mis días con Gloria comparte con La dama regresa la idea de una vuelta. Para una venganza en la de Polaco, para un ajuste de cuenta final en la de Jusid. Gloria Satén, una vieja estrella de los 60, condenada por una enfermedad terminal, regresa a su pueblo natal para corregir un error de juventud. Se topa con un falso remisero (Luis Luque), un asesino a sueldo con ganas de dejar el oficio, decisión cuestionada por un policía corrupto (Nicolás Repetto). Sus más: la Coca, su mito, la música de Federico Jusid, que conforman un espacio seductor en la escena final; la recreación de una caligrafía cinematográfica decididamente setentista, la persecución automovilística, los tiroteos. Sus en-el-medio: Repetto que no hace un papelón, pero tampoco aporta nada interesante que justifique la no presencia de un actor, la voluntad de la Sarli de pasarle la antorcha del erotismo familiar a su hija Isabelita Sarli, la chica es linda y sensual, pero contrastada con el pasado de la madre, pierde por goleada; la historia, que no es el colmo de la originalidad, pero que tenía posibilidades aunque más laconismo y sequedad le hubieran venido bien. Sus menos: algunos diálogos sobrecargados que empañan la buena labor de Luque y anulan todo lo bueno que puede hacer Carlos Portaluppi, que José Luis Alfonzo tuviera que llorar inútilmente en su única escena, que el dechado de humanidad que es Norma Argentina no tuviera mucho para hacer; la obviedad y los lugares comunes de la trama de Isabelita. Con todo, el film es digno, correcto, bueno sin exagerar.


Le guste a quien le guste también, la Sarli respira cine. En los reportajes previos al estreno mencionó los nombres de los directores argentinos actuales, demostrando estar al día con lo que se hace y quienes lo hacen; interrogada sobre lo que mira en televisión, confesó ser abonada a Europa Europa. No sorprende, Armando Bo sentía una admiración desprejuiciada y filosa por los grandes maestros europeos. Eran socarronamente pertinaces sus opiniones sobre Fellini, Antonioni, Buñuel, Pasolini o Bergman. Los que la consideran limitada de entendederas son los que creen que la inteligencia es elucubración erudita y no, también, perspicacia. Que se jodan, ellos se lo pierden. Confieso que en un espectáculo le rendí un homenaje, del que me siento (y abuso del oxímoron) modestamente orgulloso. Ver esta película es casi un acto político: sostener o no sostener el mito. Yo lo sostengo porque me liberó de prejuicios y me dio unas cuantas horas de felicidad. Califíquenme de lo que quieran. Muchos motes me los tendré merecidos, pero no incluyan el de desagradecido porque eso seguro no soy.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 11 de septiembre de 2008

El frasco

“Del autor de Historias Mínimas llega otra historia sencilla” se leía en las “colas” que procuraban vender esta película.

Y sí, arranca como una historia casi microscópica, de tan mínima, y casi tan insípida como el agua, de tan transparente. Una maestra rural le pide a un chofer de micros de media distancia que le lleve un frasco con orina para un análisis. Él lo romperá, conseguirá otro frasco y le pondrá su propia orina, eso generará un equívoco que los acercará.

El problema es que para justificar el accionar de los protagonistas, la historia termina teniendo más argumento que una telenovela venezolana con 45 personajes principales. El pasado de la maestrita y el chofer es tan denso y pesado, que si se desarrollara habría trama como para 3 ó 4 películas más.

A las historias mínimas, como lo demostró el gran Carlos Sorín en el film homónimo, le sientan mejor los no actores, quienes no manejan ni intenciones ni conflictos ni caracterizaciones, pero ofrecen a cambio una frescura y una falta de artificiosidad estimable. Porque admitámoslo, los actores somos seres conscientes de nuestra expresividad. Aun en el realismo más extremo, es imposible suprimir del todo la dosis de narcisismo o el afán de exhibicionismo inmanente que nos lleva a poner cara y cuerpo para contar historias. Si esto es evidente hasta entre los actores independientes, ¿qué queda para dos figuras glamorosas como la Brédice y Grandinetti, de probada cualidad estelar para enfrentar protagónicos?

Entrenados y curtidos para seducir públicos con personajes ricos y complejos, cuando son puestos a asumir textos simples y personajes elementales, quedan tan fuera de su registro habitual que incomoda verlos.

Salvando las distancias, es como poner a Natalia Oreiro a que haga de la chica anodina y desangelada que nadie mira dos veces. Un despropósito.

Aunque si bien hasta los despropósitos pueden llegar a buen puerto, porque los actores, cuando son exigidos y desafiados, pueden encarnar todo tipo de criaturas, es indudable que se necesita más tiempo y rigor para elaborar personajes alejados del registro propio, del que parecen haber tenido Grandinetti y la Brédice para este film.

El guión de Pablo Solarz no es malo, pero llega a la pantalla demasiado pronto, sin imprescindibles reelaboraciones y reescrituras que lo hubieran redondeado mejor. Funciona bien en lo que concierne al frasco del título hasta que los protagonistas tienen sexo, después se desbarranca en un fárrago de explicaciones y justificaciones. Están bien delineadas las situaciones accesorias de la pasajera rubia y veterana, la de la madre e hija en el parador o la del doctor y la secretaria, pero la subtrama del hermano de la Brédice es de una torpeza irredimible. Es más, el personaje del hermano sólo se justifica por una necesidad estructural del guión: tenía que haber alguien que contara la historia de la Brédice y que mejor que un pariente cercano.

Grandinetti hace una especie de Forrest Gump, pero sin tanta gracia ni encanto. Su lectura del personaje es muy superficial, pero sobre el final logra emocionar con nobles recursos. A la Brédice le va un poco mejor con su maestra maltratada por la vida. Pero su actuación va para un lado y las razones que da su hermano sobre su comportamiento van para otro. Y entre tantas contradicciones, su personaje no adquiere mayor envergadura, simplemente no cierra. Y por momentos su actuación es tan intensa, su voz tan rotunda y el texto tan sencillo, que parece Cipe Lincovsky recitando La Farolera. Pero siempre es grato verla, entre las actrices jóvenes, es por lejos la más ambiciosa, inquieta y creativa.

Alberto Lecchi es un buen director, orquesta con eficiencia todos los elementos técnicos, planifica las secuencias con maestría y contiene bien a los actores. Pero esta vez, por seguir al pie de la letra un guión enclenque, no concreta una propuesta lograda.

Es de esas películas que denomino “ni”. No es ni un bodrio declarado ni tampoco un buen film.

En un reportaje, Lecchi admitió que tuvo que afear un poco a la Brédice, porque si no su maestra no sería creíble. Presunciones y preconceptos del cine. Tengo varias colegas que militan en las filas de la educación, que nada tienen que envidiarle a la estrella más “estrelluda”. Es más, son de tan buen ver y de tan buena planta, que si las fotografiaran como fotografían a la Brédice detendrían el tránsito.

Pobres los docentes. No sólo soportamos sueldos de hambre, deplorables condiciones de trabajo, un ministro de educación pública que anhela la enseñanza privada y desprecia la pública, si no que además (al menos para el cine) tenemos que ser feos para poder ser creíbles.

Un abrazo,

Gustavo Monteros