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viernes, 7 de julio de 2023

Programa doble: Sin noticias de Dios - Érase una vez un genio




Programa doble, sección donde repasamos dos películas con características en común.

 

Ya desde antes de nacer uno sabe que en Occidente hay una mayoría que da por sentado que después de esta vida hay un Cielo y un Infierno y que en Oriente aseveran que hay genios metidos en botellas que conceden tres deseos.

 

En Sin noticias de Dios, Agustín Díaz Yanes sostiene que el Cielo y el Infierno ya no son lo que eran, que se han modernizado y que hoy tienen lógica, política y estrategia de multinacional, con sus CEOs e intrigas, más cerca del mundo de Succession que el de la Divina Comedia (¡en tu cara, Dante!). Hay una diferencia, claro, y es el glamour. Mientras que en un frío tecnicolor, Belcebú o su equivalente moderno Jack Davenport (Gael García Bernal) enfrenta complots empresariales, en un mundo que se parece mucho al nuestro, en un glorioso blanco y negro, en una París eterna de tarjeta postal, que si no es el Paraíso, se le parece bastante, la contracara angélica de Lucifer es Marina D’Angelo (Fanny Ardant) que le cumple el sueño de diva fascinante de la canción a su ser de luz, Lola Nevado (Victoria Abril), que se ha quedado prendada con la Rita Hayworth de Gilda (Charles Vidor, 1946)  a la que recrea espejándola. Pero la sensualidad de Lola de tan estilizada no incita al pecado sino al aplauso. Su contrafigura del lado de las tinieblas es Carmen Ramos (Penélope Cruz) guarra, tosca, un poquito marimacho. A las dos se las envía a la Tierra para que ganen, cada cual para su lado, el alma del boxeador Many Chávez (Demián Bichir), que de los brazos de la Muerte es rescatado por las plegarias de su madre para que se le conceda la oportunidad de reconciliarse con ella y no morir en el rencor. Y así Many vuelve a la vida con una esposa abnegada Lola-Abril y una prima insidiosa, Carmen-Cruz. Si Lola se queda con el alma, el Cielo recibirá una inyección de capital que mejorará su alicaído déficit, en cambio si gana Carmen, la victoria incidirá a favor de Satanás en la puja que busca destronarlo. En la disputa, Lola y Carmen construirán un vínculo fraterno-amistoso que se parece tanto al romance como una gota con otra. ¿Lograrán sellar su amor? ¿El mundo después de la muerte permite la unión entre ángeles opuestos? A ver la película para saberlo. Estrenada en 2001 ya tiene su núcleo de fieles seguidores y va camino de convertirse en un film de culto. No es la mar de lograda, pero el elenco y las ideas que la pergeñan la vuelven algo que se parece demasiado a la delicia. Se la puede ver hoy por hoy tanto por YouTube como por Prime Video.

 

En Érase una vez un genio (Three Thousand Years of Longing, George Miller, 2022) The Djinn (Idris Elba) se ha pasado los tres mil años de ansia del título original en inglés confinado dentro de una botella. Para independizarse debe cumplirle tres deseos al humano que se haga poseedor de la botella. Para su poca suerte se trata de una inglesa narratóloga, que anda por Estambul dando conferencias de su especialidad: la narratología o sea “la disciplina semiótica a la que le compete el estudio estructural de los relatos, así como su comunicación y recepción”. Alithea (Tilda Swinton), la inglesa en cuestión, no solo se niega a pedir los tres deseos, sino que pormenoriza lo que subyace en los anhelos más pedidos. Tela para cortar le sobra, porque, a decir verdad, la cuestión tiene sus bemoles. Si uno por simplificar pidiera las tres cosas que, según la canción, hay en la vida, o sea: salud, dinero y amor, el pedido se cumpliría a medias porque no se puede aspirar a estados duraderos. El genio podría darnos esas tres cosas, pero no garantizarnos de que durarán en el tiempo, seríamos saludables, amados, y ricos ese día, pero quizá al día siguiente no. Como Alithea se va por las ramas y podrían pasarse décadas en discusiones bizantinas, el Djinn le cuenta las experiencias que tuvo cumpliendo deseos. A Alithea a su juego la llamaron, qué más quiere una experta en historias que le cuenten algunas nuevas, pero las historias, se sabe, son traicioneras, se dejan desmenuzar, pero al menor descuido, seducen, porque esa es su razón de ser. La cuestión es que Alithea comienza a pedir que le cumplan deseos, entonces…Es un film casi atípico en la carrera de George Miller. Casi, digo, porque si bien uno asocia su nombre a la trilogía de Mad Max y derivados, el hombre dirigió también, la segunda de Babe (1998) la del chachito en la ciudad, las dos Happy Feet (2006) y (2011) y la doblemente fantástica (por tema y resultados) Las brujas de Eastwick (1987), de modo que no es ningún novato en cuentos y fantasías. Esta vez se basa en un relato de A. S. Byatt, The Djinn in the Nightingale’s Eye (El Djinn en el ojo del ruiseñor) y el trámite le sale para el lado del regocijo. El grandote Idris Elba se pinta solo para hacer de genio y la dúctil Tilda Swinton dibuja otra criatura singular. En este momento, los tres mil años de anhelo pueden verse, al igual que la falta de noticias divinas en Amazon Prime Video (Sin noticias de Dios también puede verse en YouTube) Y que no nos falte nunca magia en nuestras vidas.

Gustavo Monteros


viernes, 29 de junio de 2012

A Roma con amor






Para los cinéfilos agradecidos, no para los críticos que desde hace 20 años lo tienen como su punching ball preferido, Woody Allen es un amigo de toda la vida, que una vez al año nos invita a una cena que él mismo cocina. A veces el menú es genial, otra exquisito y las menos, apenas digerible. Nosotros, los cinéfilos agradecidos, comemos con deleite (sincero a veces, de fabricado entusiasmo otras), nos limpiamos la boca y agradecemos siempre el convite. Porque él es un amigo y los amigos no tienen por qué ser siempre geniales. Tiene sus mañas, filma rápido, mucho plano y contraplano, y a veces le da pereza revisar los guiones. Se lo decimos, entre bromas, con educación y respeto, porque es un amigo. Pero en el fondo no nos importa y se lo perdonamos porque ¿qué amigo es perfecto?
Últimamente, alejado de su musa Nueva York, se le dio por pasear por Europa. Ya anduvo por Londres, Barcelona, París y ahora le toca el turno a Roma. Para la próxima vuelve a los Estados Unidos, más precisamente a la muellística y puentística San Francisco.
Roma es la Ciudad eterna y con Woody tiene un poco menos de suerte que París, la Ciudad luz. Y sí, A Roma con amor no es Medianoche en París. Aunque, claro, los críticos me adelantaron que me encontraría con un bodrio indigerible, insulso y malcocido, y, oh sorpresa, A Roma con amor no figurará entre sus mejores obras, pero está lejos de esos títulos que rozan la impresentabilidad, que también los tiene.
Se vertebra en cuatro historias, dos con italianos y dos con norteamericanos. Un puestista de ópera jubilado (Woody Allen), casado con una psiquiatra (Judy Davis), viene a Roma a conocer al novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill) y descubre que su futuro consuegro (Fabio Armiliato) es un cantante de ópera magnífico. Salvo que sólo puede cantar en la ducha. Una pareja de recién casados, Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi) llega a Roma a hacer buenas migas con los parientes ricachones y bienudos de él. Pero ella se perderá y atajará los manotazos del primer actor Luca Salta (Antonio Albanese) y él terminará “liado” con una prostituta, Anna (Penélope Cruz). Un arquitecto rico y famoso, John (Alec Baldwin) aconsejará a un estudiante de arquitectura, Jack (Jesse Eisenberg) indeciso entre dos mujeres, Sally (Greta Gerwig) y Mónica (Ellen Page). Y un italiano común y corriente, Leopoldo (Roberto Benigni) disfrutará y padecerá los “15 minutos” de fama.
Como siempre con Allen, hay referencias cinematográficas directas e indirectas. Por ejemplo, la historia de Alec Baldwin evoca a la inolvidable Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola, 1974). Y el policía de tráfico y el vecino del final recuerdan a los narradores de algunos films de Fellini. La historia de la parejita tiene más de una impronta de De Sica.  Mientras que al segmento de Benigni, bien lo podrían haber firmado Monicelli o Risi.
Se preocupa porque Roma luzca bella, hay cuidado en la puesta en escena y todos los actores brillan. Aunque hay problemitas de guión, unas cuantas podas no le vendrían mal y más líneas brillantes le vendrían bien. Pero su oficio es tan grande que algunas situaciones están muy bien planteadas y mejor resueltas.
Se dijo por ahí que abusa de la moralina. Más que una crítica es una descripción de estilo. Las cuatro historias son cuentos morales con moraleja explícita. No se necesita ser un experto en Allen para saber que esta vez los subrayados son a propósito. El hombre tiene una larga historia con films de implicancia indirecta sin ningún acentuado. Frenen con la mala leche, críticos del mundo, y fundamenten lo que digan. Gánense  el mango con decencia y no digan pavadas.
Woody Allen repite su personaje habitual con más de un guiño para su público habitual. Judy Davis tiene un personaje mal armado o armado a medias, de todas maneras se luce porque Allen le reservó los remates brillantes que la actriz emite con placer e inteligencia. Penélope Cruz es una prostituta descarada deliciosa. Roberto Begnini está perfecto en su don nadie bendecido y maldecido por la súbita fama. Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page están felices de filmar con Allen y pulen sus parlamentos y personajes. Los demás actores italianos están tan cómodos y fluidos que parecen haber trabajado con Allen toda la vida.
En resumen, no fue el plato de fideos babosos con salsa ácida que me dijeron que era, no, es más bien un plato de fideos de paquete con salsa casera, sencilla y sabrosa. Tal plato de fideos puede que no sea inolvidable, pero está mal de la cabeza quien niegue que cuando hay hambre no sea éste un plato de lo más bienvenido.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 31 de enero de 2010

Nine

Sr. Espectador,


Usted puede llegar a disfrutar de esta película, pero primero es imperioso que lea estas advertencias.


1) Es la versión fílmica de una comedia musical basada en 8 y medio de Fellini. Si ha tenido la suerte de ver esta maravilla, proceda a olvidarse de Fellini, Mastroiani, Cardinale, Rota, Di Venanzo, etc. En este caso las comparaciones no son odiosas sino improcedentes. Es como comparar el Taj Mahal con una vivienda Anahí.


2) La música no es pegadiza ni verificable. No saldrá tarareando ninguna melodía salvo quizá "Be Italian" o "Cinema italiano" que consisten en una sola línea melódica repetida al infinito ("Be Italian" tiene al menos una tarantela en el medio). Esto en principio no es bueno ni es malo, pero no creo que tenga la paciencia de escuchar la banda de sonido otra vez para apreciar sus virtudes.


3) Las letras son llanas y carecen de toda elaboración poética. Podrían quitárseles la música y pasar por pedestres líneas de diálogo. Esto tampoco es malo en sí, es un estilo. Simple y nada elaborado.


4) La partitura (tuve el gusto de ver la versión teatral local con Juan Darthés y un elenco de actrices maravillosas que incluía a Sandra Ballesteros, Luz Kerz, Elena Roger, Ligia Piro, María Rojí, Mirta Wons, etc.) exige el contraste entre un tenor y un coro de mujeres. No hay otra voz masculina, salvo la de unos niños que cantan en registro de soprano. Pero dicho contraste jamás es agresivo, puesto que la tenoril es la voz más “femenina” del registro masculino. En la obra, que tiene como 200 canciones más que la película (gracias al Cielo, eliminadas), este contraste es notorio e interesante. Aquí pasa desapercibido.


5) Daniel Day Lewis no canta muy bien, tampoco mal. En mi modesta opinión, es uno de los actores más aburridos y “técnicos” del planeta. Aunque aquí, nobleza obliga, como anda medio perdido con las dificultades que plantea un musical, está un poco más entretenido que de costumbre.


6) El resto del elenco lo componen un ramillete de divas. Todas con una canción, excepto Marion Cotillard, que tiene dos. (Sí, hay justicia en el mundo). Penélope Cruz es la amante. Nicole Kidman es la musa. Sophia Loren es la mamma. Judy Dench es la confidente. Kate Hudson es una periodista. Fergie, la sensual prostituta. Marion Cotillard, la sufrida esposa cornuda. Tanta chica bonita hace que haya un exceso de lencería y que por momento parezca un catálogo filmado de Victoria’s Secret o de Karina Rabolini.


7) Penélope está preciosa y repite su estereotipo de latina calenturienta. Nicole Kidman necesita amigarse con su edad, ya tiene 42 años y el bótox, las mini cirugías y la tonelada de cremas que se pone le dan la lozanía de una muñeca de cera. Eso está bueno para las fotos, pero para actuar se le vuelve en contra, la hace inexpresiva y hierática. Sophia Loren por culpa de tantas operaciones estéticas es una sombra de lo que fue, parece más joven de lo que es (75 años), pero es otra mujer, que rememora a duras penas la Sophia que amamos. Kate Hudson tiene un numerito divertido y gusta. Fergie canta potentemente y zafa. Judi Dench es una grande y como tiene más sabiduría que un zorro viejo no queda malparada. Y Marion Cotillard ratifica su altura de actriz inmensa, la amargura y el dolor que expresa son innegables y conmueven. Fue lo mejor de Enemigos públicos, es lo mejor de esta película.


8) Rob Marshall es un mercachifle que patentó una fórmula que le permitirá llevar cualquier musical a la pantalla. Lo que parecía algo creativo en su Chicago, no es más que una receta efectiva. Si se suma un montaje rapidito, luces teatrales, la mayor cantidad de gente en los números importantes y los encuadres más obvios posibles, se obtendrá el estilo Rob Marshall. Además como carece de vergüenza, roba, perdón, homenajea de donde le quede cómodo, desde Cabaret hasta algunos videos de Madonna y The Police. (Duda inquietante: ¿cuándo dejarán de robar, perdón, abrevar en Cabaret? A esta altura, hasta a mí se me ocurren números con sillas y chicas que no copien nada del “Mein Herr” de la Minnelli.)


9) Es la historia del bloqueo creativo de un director de cine. A ayudarlo aparecerán las mujeres de su vida. Al final nos quedará en claro que es un hombre que sólo puede amarse a sí mismo y quizá a su arte.


10) Lo extraño es que a pesar de todas estas cosas en contra, el film puede seducir. Al menos, aunque lo intenté, no pude odiarlo.

Un abrazo
Gustavo Monteros
(Si van, no se levanten pronto de la butaca, junto con los títulos finales, se ve a las divas ensayar los distintos números musicales. Es muy atractivo.)

domingo, 4 de octubre de 2009

Los abrazos rotos

Pedro Almodóvar, prototípico niño mimado de la crítica y el público, sufre con estos “abrazos rotos” los primeros reveses de su larga y prolífica carrera. Esta película no despertó mucho entusiasmo en los festivales internacionales en que la presentó. El público español la ignoró olímpicamente. Y la Academia de Cine española no la eligió para que compitiera por el Óscar como Mejor Película Extranjera; optó por El baile de la victoria de Fernando Trueba, protagonizada por Ricardito Darín, el grande.


Es su película “más”. La más cara (15 millones de euros), la más larga tanto en rodaje (14 meses) como en duración (127 minutos), la que más argumento tiene… y la más fría.
Como todos sus films anteriores es un homenaje al cine y a los trucos lícitos del arte de narrar en imágenes. Como en La mala educación se cita a sí mismo en el ejercicio de cinefilia, incluyéndose entre los maestros del cine. Contrariamente a La mala educación y a Volver, esta vez sus historias cierran y no quedan como caprichosas e ilógicas narraciones. Como en Todo sobre mi madre, los personajes están perdidos en un laberinto de espejos y tienen más de una cara. Lo que no hay es la alegría, el fervor de las primeras películas. Su cine ha ido ganando seguridad formal, perfección técnica y ha ido perdiendo el alma, la pasión, las ganas. Todo es muy bonito, suntuoso, seductor pero vacío de enjundia y misterio. Parece una telenovela que se mira mientras uno espera el programa que sigue. Entretiene mientras dura y se olvida ni bien termina. Jamás engancha ni convive con nosotros. Queda ahí, en la pantalla, perdida en sí misma.


Penélope Cruz, al natural no debe llamar mucho la atención, pero la cámara la vuelve un animalito hermoso y fascinante. (Cuento en realidad la experiencia de Woody Allen, que se decepcionó cuando la conoció, pero la amo cuando la vio en cámara.) Blanca Portillo es una actriz portentosa. Todos los actores están muy bien, pero ya se sabe, cinematográficamente los actores no le generan mucho morbo, su mundo es el de las mujeres.


Que Pedrito es un grande, nadie puede discutirlo. Queda por ver si podrá reinventarse a sí mismo o si se encerrará en sus obsesiones alejándose más y más de su público de siempre. En la conferencia de prensa de Cannes dijo que Scorsese debía dejar a DiCaprio y volver con DeNiro, porque juntos hacían mejores películas. Quizá él deba zanjar de una vez sus diferencias con Carmen Maura, juntos hicieron algunos films inolvidables que hoy por hoy parecen cosas del irrecuperable pasado.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 26 de junio de 2009

La niña de tus ojos

Es natural que casi todos los directores sean cinéfilos irredentos. Antes de dedicarse a pensar la vida en términos de películas, aprendieron a amar el cine. Se expusieron todo lo que pudieron al titilar de la luz sobre la pantalla. Atesoraron en su memoria como a revelaciones místicas, secuencias magistrales, emblemáticos giros de guión y actuaciones destacadas.


Fernando Trueba no es la excepción, más bien todo lo contrario, un ejemplo exaltado. Se define como “adicto feroz al cine”, “rata de filmoteca.” Regocija oírlo hablar de cine. Apasionado, tira nombres y datos, pero no apabulla. Transforma su erudición en un placer contagioso.


De modo que era natural también que al presentarle Carlos López y Manuel Ángel Egea el guión de La niña de tus ojos, Trueba se entusiasmara. El guión homenajeaba por igual tanto a Ser o no ser de Ernest Lubitsch como a Casablanca de Michael Curtiz. Películas amadas hasta el delirio por los borrachos de cine (incluso por quien esto escribe.)


Trueba reelaboró el guión con su hermano David y Rafael Azcona.


(Rafael Azcona fue uno de los más grandes guionistas que hasta la fecha haya dado la historia del cine. No bien alguien le enunciara una idea, él al día siguiente tenía un guión articulado con trama, subtramas y una galería de personajes inolvidables. Escuchaba con atención a los directores y les servía el mejor guión posible en bandeja de plata. Para mí, el nombre de Rafael Azcona es un imán irresistible, como los colores del equipo lo son para el hincha de fútbol. Trabajó incansablemente, y los proyectos en los que participó son cientos. No los vi a todos, gracias a Dios. Agradezco porque este hecho alienta la presunción de que aún soy joven, de que todavía tengo cosas por descubrir. A esta edad, esa creencia es siempre bienvenida. No todas las películas en las que trabajó son memorables, pero siempre se sale de sus guiones con una recompensa. Aprendí más de sus guiones cómo escribir “dramáticamente”, es decir en términos de conflicto, tanto para el cine como para el teatro, que de las clases magistrales a las que asistí. A Azcona le bastaba un detalle para pasar al primer plano un personaje de dos líneas e integrarlo insustituiblemente a la trama. Nada ni nadie debía ser superfluo o accidental. Todo debía contribuir a lo que se estaba contando. Perdón por la digresión, pero le debía al gran maestro Azcona este pequeño reconocimiento.)


Con La niña de tus ojos estamos en España en 1938. Como los estudios de filmación están en territorios tomados por los republicanos, una producción falangista decide aceptar la invitación del ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, para filmar esta españolísima película en Berlín, en dos versiones, una hablada en castellano y otra en alemán.


Por delirante que esta situación inicial pueda parecer (¿recrear en Alemania el pintoresquismo andaluz?, ¿completar el elenco con actores que se parecen tanto a los españoles como a los zulúes?), se basa en circunstancias reales. Florián Rey y Benito Perojo dirigieron en 1938 y 1939 a Imperio Argentina (Carmen, la de Triana, La canción de Aixa) y Estrellita Castro (Suspiros de España, El barbero de Sevilla) en películas folclóricas, de las que se realizó una versión alemana.


Estos españoles de La niña de tus ojos llegarán en la tristemente célebre “noche de los cristales rotos.” Y no les cuento más para no arruinarles el convite.


El homenaje a Ser o no ser y a Casablanca es obvio y fue reconocido por sus creadores. Y aunque nadie lo haya dicho, yo creo que los inspiraba también las numerosas anécdotas que se recuerdan de la filmación de Les enfants du paradis. Esta deliciosa, bellísima y sensible película de Marcel Carné se filmó en Vichy, Niza y París durante los dos últimos años de ocupación nazi en Francia. El primer productor tuvo que renunciar por tener, debido a un antepasado, “gotas de sangre judía”. El director de arte y el compositor tuvieron que pedir nombres prestados, porque ellos sí eran judíos y no podían trabajar (en Vichy, los judíos no eran deportados, pero no podían trabajar.) El representante de Goebbels los obligaba a poner como extras a franceses simpatizantes de los nazis. Carné violaba esta norma todo lo que podía y se defendía usando los argumentos más bizarros. Cuando no pudo hacerlo más, contrarrestó contratando a integrantes de la resistencia que durante el día tenían que bajar el perfil, ocultándose entre la multitud. Uno de los actores secundarios, activo colaboracionista, tuvo que huir ya que lo amenazó la resistencia. Irónicamente cuando llegó a campo alemán, lo fusilaron por desertor. Lo reemplazaron y tuvieron que prescindir de las escenas ya filmadas, sin embargo en el metraje final, se lo ve brevemente merodeando a la protagonista. Un cabecilla de la resistencia, gracias a sus conocimientos de los secretos del set de filmación, pudo huir entre el laberinto de decorados cuando los alemanes lo vinieron a buscar para fusilarlo, En la escena del banquete, los extras, hambreados por el racionamiento, dieron cuenta de los manjares antes de que se encendiera la cámara. Carné filmó la escena de todos modos, la mesa lucía menos pródiga, pero al menos ahora los invitados tenían mejor cara y parecían disfrutar de la fiesta. La primera actriz, Arletty, que había sido amante de un jerarca nazi al comienzo de la ocupación, en algún momento de la filmación, se vio obligada a enunciar una frase que la sobreviviría: Mi corazón es francés, pero mi vagina es internacional. En Niza, un vendaval casi destruye la escenografía que recreaba el Bulevar del Crimen, la calle de los teatros populares de París a principios del siglo XIX. Como no había plata para construir otra, tuvo que ser desenterrada del barro. Obviamente no recuerdo la cantidad de hombres y de horas de trabajo que se necesitaron, pero fue toda una proeza. El rodaje terminó en sótanos de París, cuando ya los aliados se acercaban y la resistencia combatía a los alemanes en plena calle. Lo curioso es que no hay absolutamente nada en la película que delate las tumultuosas circunstancias en que fue filmada. Yo la vi, durante la dictadura, en un ciclo de cine francés que daban en el salón de actos del María Auxiliadora. Dieron las dos largas partes en que está dividida en dos sábados consecutivos. El segundo sábado, el presentador, con buen tino, nos pidió que no nos retiráramos cuando terminara. Así lo hicimos y fue entonces cuando nos contó lo que acabo de referir. No lo podíamos creer. Sólo habíamos visto una bellísima historia de amor, que es también un homenaje al teatro. Les enfants du paradis fue en ejemplo cabal de la tenacidad de los artistas, empeñados en embellecer el mundo aunque éste se cayera en pedazos.


A La niña de tus ojos no se la conoce mucho. Tuvo en la Argentina un éxito discreto. No resistió al habitual bombardeo de estúpidas superproducciones yanquis. El cable la exhibió fugazmente. Y resiste en la memoria de los que la amamos.


Este domingo en que la rutina mediática de los días de votación se cumplirá a rajatabla: habrá móviles en los lugares donde votan candidatos y famosos; los candidatos lucirán seguros y cancheros; Susana Giménez será amable, pero renuente a hablar de nada, ni de su programa; Mirtha Legrand con elegante tailleur gris, sombrero y anteojos negros y enjoyada como reina pirata, dirá que se engalanó así porque para ella votar es una fiesta de la democracia y se quejará del mal estado de la escuela en que le tocó votar; se nos informará si los candidatos cumplieron o no sus cábalas de los días de votación; habrá flashes informando que en algunas escuelas, por ausencia de las autoridades de mesa, se comenzó a votar a las 11, pero que no se postergará el cierre del comicio; a las 7, todas las cadenas mostrarán resultados a boca de urna y jurarán que esas tendencias se confirmarán, aunque después de una pausa, con la misma cara de piedra, informen lo contrario; habrá notas desde los distintos búnkeres políticos y todos dirán que hicieron una votación excelente y que ganarán la elección, después se llamarán a silencio y no atenderán ni a la madre; a las 10 comenzarán a conocerse los datos oficiales, es como si los políticos necesitasen un tiempo psicológico de 3 0 4 horas para asimilar los resultados; a las 11, hablarán los candidatos, los ganadores, aplacadas las exuberancias triunfalistas, se mostrarán ufanos y serenos; los perdedores insistirán con que hicieron una buena elección y que son los triunfadores morales porque tuvieron que enfrentarse al aparato demoledor, político o publicitario, del opositor, etc. Todo muy previsible y aburrido como una mala película hollywoodense.


Ideal para ir al club de DVD y alquilarse una película por la que nadie se peleará. Vendrá bien para tomarse un recreo de la chatura mediática mientras se conocen los resultados finales de la votación. La niña de tus ojos merece conocerse. Es una comedia dramática muy buena.

Un abrazo
Gustavo Monteros

sábado, 28 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Después de todo, para ser original quizá no se trate de hacer algo único que no se parezca a nada, si no de hacer algo que se parezca a todo y la vez sea único. A Woody Allen como a Shakespeare o a Borges se le puede rastrear las influencias y hasta el origen de las ideas, pero aunque se les desbroce cada coma o se les desmalece cada imagen, siguen siendo únicos e irrepetibles.


En Vicky Cristina Barcelona, Allen mezcla norteamericanas de pura cepa con experimentados europeos y se inscribe en la tradición inaugurada por Henry James. Reformula Design for living (Esquemas de vida) de Nöel Coward para dar cuenta de la esencia del amor entre artistas bohemios; como Truffaut usa un narrador para dar pistas y circunscribir escenas; y la conclusión es un nuevo canto de amor a la filosofía de Ingmar Bergman. Y por eso o a pesar de todo eso, es un Woody Allen legítimo y original.


Después de su período londinense (Match Point, Scoop, El sueño de Casandra) en el que partió de relatos policiales para explorar sus ideas, vuelve a la comedia sentimental celebrando el sol de España que ilumina incomparable la belleza natural y arquitectónica de Barcelona y Oviedo.


La anécdota es sencilla, hay mucho devaneo amoroso, con constante tironeo entre opuestos (la conformidad burguesa o la libertad caótica bohemia, el raciocinio o el sentimiento, la sujeción o la libertad), hasta llegar a una conclusión bergmaniana: quizá el hombre no nació para la felicidad. Por más que la desee, ella es tan esquiva como la luz. Pero no hay desesperanza o desaliento en su visión. La vida es muy hermosa y merece ser vivida.


El sol de España parece haberle encendido la sangre y vuelve a escribir con la cámara y supera su tendencia de pararla frente a los actores para que registre, inexpresiva, el diálogo.


Como siempre, el elenco es uno de los lujos que se permite Allen. Javier Bardem es un actor prodigioso que seduce hasta los huesos desde su aparente fealdad. Scarlett Johansson es sensual hasta cuando te da el vuelto. Penélope Cruz desde el Volver de Almodóvar ha descubierto una mediterraneidad à la Loren que la hace más apetecible y la aleja del estereotipo de la españolita caliente. Rebecca Hall, mujer al fin, ante tanta competencia le saca filo a su encanto como quien no quiere la cosa, con la naturalidad de la que se pinta los labios.


La luminosidad es omnipresente, destierra las sombras de los recovecos de la trama y hasta los dobleces de los personajes destellan. La conclusión puede ser amarga, pero uno sale con una sonrisa. Una síntesis nada desdeñable. La superación de los opuestos que se asocia con la madurez.


No es una película de la que uno se enamore, pero deleita verla y se la recuerda con simpatía, como a un romance de verano.

Un abrazo
Gustavo Monteros