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jueves, 11 de octubre de 2018

22 de julio



Netflix ambiciona producir contenidos que generen en su lanzamiento la expectativa de un estreno cinematográfico. Competir con las salas de cine y quizá en el futuro reemplazarlas.


Conmigo logró ese objetivo de las expectativas con 22 de julio de Paul Greengrass. El cine de Greengrass es mejor cuando recrea hechos tomados de la realidad. La marcha y posterior masacre a los irlandeses del 30 de enero de 1972, Bloody Sunday (2002); los últimos momentos vividos a bordo de uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001, United 93 (2006); el secuestro de un barco a manos de piratas somalíes en 2009, Capitán Phillips (2013), con otra gran actuación del inmenso Tom Hanks. Su tratamiento de ficciones a secas es eficiente y apenas notable: La supremacía de Bourne (2004), El ultimátum de Bourne (2007) y la menos lograda de toda la saga, Jason Bourne (2016), además de Green Zone – La ciudad de las tormentas (2010), todas con el carismático Matt Damon, y una romántica perdida en el tiempo: The Theory of Flight –Vuelo en busca del amor (1998) con Helena Bonham Carter y Kenneth Branagh, en los tiempos de su breve y tumultuoso amor, asediado por el despecho de Emma Thompson.


22 de julio según su gacetilla de prensa: Narra el atentado terrorista más letal de la historia de Noruega y los sucesos posteriores. El 22 de julio de 2011, un ultraderechista radical detonó un coche bomba en Oslo y luego disparó a los adolescentes de un campamento de verano en la isla de Utøya. Murieron 77 personas. A través de los ojos de un superviviente, y en paralelo a su recuperación física y emocional, "22 de julio" retrata la trayectoria del país para lograr su curación y reconciliación.


Greengrass, fiel a su estilo, narra con brío y urgencia, más técnicas de documental, los aspectos más salientes de la masacre, para después concentrarse en dos contrapuntos, el terrorista por un lado y una de sus víctimas que lucha por recuperarse por el otro, y el que hay entre los abogados defensores y acusadores por el otro, más el dilema del Primer Ministro ante el ataque: ¿pudo preverse?, ¿se actuó con la diligencia necesaria?


Para no sobrecargar las tintas e inclinar la balanza, Greengrass recurre quizá a demasiadas simplificaciones, lo que puede restarle profundidad pero no claridad para repensar este auge de las ultraderechas y los peligros que representan.


Y por eso el film se vuelve ineludible. ¿Qué hay detrás de la xenofobia, del resurgimiento de los nacionalismos exacerbados? ¿Por qué en tiempos de globalización en que la información se supone asequible a todos es posible estimular odios primales y prejuicios raciales más asociados a la ignorancia?

Gustavo Monteros

jueves, 12 de abril de 2018

La Cenicienta


No es difícil comprender por qué el mito de la Cenicienta es tan popular, desde un esquimal de pelo en pecho del delta del Yukón hasta una esbelta maorí de las Islas Cook conocen la historia de la chica que perdió el zapato. Se considera a Charles Perrault como su autor, aunque en realidad es su recopilador más famoso, puesto que el cuento venía contándose casi desde el principio de los tiempos, habría que ver si no se lo reconoce en los bisontes de la Cueva de Altamira.


A decir verdad tiene todo para ser uno de los top best sellers de todos los tiempos: chica huérfana a manos de una cruel madrasta y dos mezquinas hermanastras, un príncipe que da un baile, un hada madrina de lo más oportuna, una noche de juega con plazo de vencimiento, la pérdida del zapato en las escalinatas del palacio y la búsqueda de la dueña que repara la injusticia sufrida y que se parece mucho a una noble venganza.


El esquema esencial del cuento (chica humilde que asciende socialmente por el matrimonio con un burgués/aristócrata/millonario) vertebra miles de historias. En cine, de la galera, sin profundizar demasiado en el tema, me vienen a la memoria dos Cenicientas que tuvieron a Richard Gere como el príncipe: Reto al destino (An officer and a gentleman, Taylor Hackford, 1982) y Mujer bonita (Pretty Woman, Garry Marshall, 1990). En la primera Debra Winger era una proletaria rescatada de la fábrica en la que trabajaba por el oficial reciente de reluciente traje blanco y en la segunda Julia Roberts alcanzaba el estrellato al ser retirada de la prostitución por un tiburón financiero.


En las luchas contemporáneas del feminismo, el mito de Cenicienta suena un poco obsoleto, pero los conservadurismos de toda laya mantienen vivos estos cuentos como tapadera de la preservación de otros privilegios, es casi como si dijera: la riqueza no es mala, siempre puede rescatarse una sirvientita sucia e insignificante y convertirla en princesa.


Por todo lo dicho, no es de extrañar tampoco que la Walt Disney Company decidiera revisitar el mito esta vez con actores de carne y hueso y no con dibujos como lo hiciera en 1950. A esta versión se dice que la dirige Kenneth Branagh, aunque es solo un concertador, La Cenicienta es una película que casi se dirige sola, porque poniéndonos borgeanos, nació para realizar un destino, en este caso canalizar la historia y el estilo Disney.


Los verdaderos intérpretes de la velada nos son los actores o el director, sino el director de arte, Dante Ferreti y la diseñadora de vestuario, Sandy Powell, aquí ungidos como los responsables directos de perpetrar el legado Disney. Y lo logran con creces, el típico barroco Disney (más cercano a la estética Liberace que a la de Luchino Visconti) refulge enceguecedor. Todo es dorado, brillante, los campos siempre están en flor, los días jamás están nublados (solo llueve para calmar la ansiedad post-baile de Cenicienta), siempre es primavera o verano (en la última escena hay una sugerencia de nieve, pero es solo para darle más encanto a una maqueta casi vaticana en su distribución arquitectónica.


Como corresponde a la tradición Disney, la protagonista está un poco enajenada en su soledad y habla con animales para paliarla. Aquí son unos ratoncitos tan limpios como simpáticos y un ganso, que de ganso solo tiene la forma. A mí siempre me dan como que están un poco del ácido estas princesas, ¡hablan con pajaritos o ratoncitos!, que encima les resuelven problemas prácticos como coser, remendar, cocinar o lavar platos. Ojalá fueran tan fáciles de asociar en la vida real.


La única innovación significativa es la villana (en realidad es una consecuencia del éxito de Espejito, espejito (Mirror, mirror, Tarsem Singh, 2012) con Julia Roberts como la bruja de una reformulada Blancanieves. Película espejo en realidad de otra de 2012 (en Hollywood, los proyectos vienen en tándem, algo así como “si yo hago ravioles, ella hace ravioles”), Blancanieves y el cazador (Snow White and the Hunstman, Rupert Sanders, 2012) en la que la bruja era nada menos que Charlize Theron, papel que repetiría en El cazador y la reina del hielo (The Huntsman: Winter’s War, Cedric Nicolas-Troyan, 2016). O sea la de poner a una gran estrella en su luminosa madurez como villana. Aquí el honor le cabe a Cate Blanchett, que sale bellísima y elegantísima en cada escena, nunca los superlativos fueron más justos. Y como para que no todo sea pasar por Maquillaje y Vestuario, los guionistas le dieron una justificación a su personaje, ya no es solo mala por designio divino.


La otra particularidad es extra-arte, Kenneth Branagh y Helena Bonham Carter (el Hada Madrina) fueron pareja y parece que la separación no fue cruenta porque pueden trabajar juntos. Para nosotros, los espectadores, es un beneficio, combinan bien sus talentos, tanto en sus roles director-actriz como cuando solo son compañeros de elenco. Y como Kenneth es muy amigo de sus amigos, en donde él esté si hay un lugar para Derek Jacobi, allí estará Derek Jacobi (aquí es el rey). Casi irreconocible, por culpa del peinado, como el Gran Duque está el gran Stellan Skarsgård.


La Cenicienta puede verse en Netflix. Si tienen alguna curiosidad con el catálogo Disney disponible en Netflix, no se dejen estar y véanla, ya anunciaron su divorcio y en breve Disney tendrá su propia plataforma.

Gustavo Monteros


viernes, 15 de febrero de 2013

Los miserables

 
 

La colosal (por lo significativa y voluminosa) novela de Víctor Hugo es como el Highlander de Christophe Lambert: nunca muere y siempre vuelve. Conoció versiones teatrales, cinematográficas y televisivas, pero desde 1980, año en el que los franceses Claude-Michel Schönberg y Alain Boublil pusieron la última nota y la última palabra, se dice Los miserables y se piensa en el musical.


Les Miz, para los íntimos, dio la vuelta al mundo y sus melodías se canturrean hasta en cantonés. Fenómeno más que justificado porque es un musical portentoso. Superó cuanto record  se le puso en frente y ostenta cifras de venta escalofriantes. Y con la certeza de que el día sigue a la noche se sabía que en algún momento sería llevado al cine en una gran producción. Tarea no muy complicada por la cantidad de personajes y escenarios. Eso sí, causa extrañeza que estando tan cerca de lograr lo que Tim Burton y Stephen Sondheim ambicionaban para su Sweeney Todd, Tom Hooper (El discurso del rey) más allá de la innovación técnica de la que hace uso, subrayara el “distanciamiento” teatral que el musical que viene de los escenarios provoca en el cine. Me explico.


Tim Burton y Stephen Sondheim querían que Sweeney Todd tuviera la lógica de una película, que fluyera sin números “explicativos”, que si le sacara el sonido y se pusieran sólo los subtítulos funcionara como un film corriente. En teatro, por ejemplo, poner en el segundo acto una canción-monólogo en la que un protagonista nos cuenta lo que siente es una convención aceptada y no molesta, pero trasplantada al cine en  iguales términos detiene la acción y denuncia que estamos ante un material que viene de otro lado. Para evitar esto, Burton y Sondheim eliminaron incluso melodías favoritas de los conocedores del Sweeney Todd teatral, como la bella balada coral que abre la obra y que establece los personajes y la época, relegando algunas notas de la misma a los títulos iniciales.


Tom Hooper en Los miserables parte de una innovación técnica que parece ir en el mismo sentido. Normalmente en un musical para cine se graba primero la banda de sonido y después los actores hacen playback (fonomímica) al filmar. Aquí los actores cantaron en el set, en vivo, como si de parlamentos comunes se tratara, acompañados de un piano, y recién en la post-producción se añadieron las orquestaciones. Se dice que de ese modo las actuaciones ganan en espontaneidad y se acercan a lo que los actores están habituados a hacer para una película. Pero a la hora de la puesta en escena Hooper se puso a “teatralizar” lo más que pudo. Hay, por ejemplo, cielos cargados y ambientes sombríos toda vez que los personajes sufren y da la impresión de que más que locaciones, Hooper manejara escenografía y luces en un foro teatral.


Lo que digo es meramente descriptivo o especulativo, cada uno hace la película que quiere o que puede y lo que importa son los resultados. Hooper, teatral o no,  entrega una versión cinematográfica de Los miserables que potencia las virtudes del material original, y que entusiasma incluso a los fanáticos de la obra. Algo que no sucedió con el malhadado Fantasma de la ópera para el cine, sus seguidores siguen prefiriendo la obra a la película. Hooper, proponiéndoselo o no, obtiene lo que buscaba Jack Warner al llevar al cine Mi bella dama o sea que los que la habían visto en el teatro recrearan la experiencia y los que no la hubieran visto tuvieran una idea de lo que se habían perdido. Imposible no mencionar aquí la “traición” de Warner: la sustitución de la protagonista. Julie Andrews no repitió en cine su Eliza que la convirtió en súper estrella teatral de la noche a la mañana, el papel le fue dado a una figura cinematográfica ya consolidada: Audrey Herpburn. Warner argumentó que Andrews no daba bien en cámara. La luminosa carrera posterior de la impar actriz y cantante dio cuenta del error. Aunque quizá Warner con mentalidad cruel de productor quería ofrecer un solo elemento de diferencia de la versión de Broadway y Andrews pagó el banquete. Pudo ser el fin de su carrera, por suerte hay algo de justicia para el espectador de cine y esto no pasó.


Les Miz lleva más de 30 años cabalgando los escenarios y Hooper les hace guiños a sus devotos. Numerosos actores-cantantes que protagonizaron las puestas míticas hacen en el film pequeños papeles, un pequeño homenaje a los mismos y a los espectadores que los adoraron. El más notorio es Colm Wilkinson que hace aquí el cura de los candelabros y que fue el primer Jean Valjean inglés y cuya vocalización para Bring him home (Que termine a salvo) han repetido todos los Valjean que le siguieron, incluido Hugh Jackman en la que nos ocupa.


Cuando se dio a conocer el elenco, había en él nombres que ya habían demostrado virtudes canoras (Hugh Jackman, Anne Hathaway, Amanda Seyfried, Sacha Baron Cohen, Helena Bonham Carter) y dos que al menos en cine jamás habían cantado: Eddie Redmayne y Russell Crowe. El primero había estado en un Oliver! de modo que se suponía sabía cantar. De Russell Crowe se sabía que había andado por bandas de rock, así que tampoco era un novato. Crowe no me va ni me deja de venir, pero algo parecido a la simpatía le tengo porque fue uno de los últimos actores que mi madre prefirió y como le resultaba difícil pronunciar su apellido, lo llamaba “Ojitos claros”. Más allá de los recuerdos familiares, a “Ojitos claros” siempre le admiré su voz grave a la que le saca cantando el máximo provecho.


La trama central, ya se sabe, se centra en las dificultades de Jean Valjean (Hugh Jackman) para redimirse (terminó en la cárcel por hambre, por robar ¡un pan!) y la eterna persecución que sufre por parte de Javert (Russell Crowe), representante policial de un orden social despiadado. Hay dos subtramas femeninas, la de Fantine (Anne Hathaway), la del triste destino, y la de su hija, Cosette (Amanda Seyfried), a la que le va un poco mejor. Más la subtrama político social con Marius (Eddie Redmayne) a la cabeza. Y, por supuesto, la inolvidable (por lo temible) injerencia de los Thénardier (Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen).


Todos están muy pero muy bien, y se destacan, con justicia, los que vienen cosechando premios y nominaciones: Anne Hathaway, que es la imagen misma de la desesperación, el abandono y el resentimiento justificado, y el bueno de Hugh Jackman que da su mejor actuación hasta la fecha en un Valjean de lujo. No creo que se quede con el Óscar porque tuvo la poca suerte de corporizar este gran papel el año en que Daniel Day Lewis pasa a la historia de la interpretación con su insoslayable Lincoln. No importa, Jackman ya está en los anales de los grandes del musical. Se hacen notar también los casi debutantes, Aaron Tveit (Enjolras) y Samantha Barks (Éponine). A ella le toca cantar la hermosa On my own (Por mi cuenta) y se pone a años luz de su apellido (al que si lo traduzco me queda: Samantha Ladra).


En resumen, a menos que se deteste los musicales por principio, Los miserables es una cita ineludible por la potencia de la historia (mezcla perfecta de melodrama y drama social), la belleza de la seductora partitura (aunque no se quiera se sale del cine silbando algo) y la entrega de los actores (no es común ver tanta pasión).

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 11 de febrero de 2011

El discurso del rey

Si siguen así, los ingleses van a fundar un nuevo género con esto de rellenar los puntos suspensivos de algún hecho histórico del que sólo se saben los aspectos salientes. El método es sencillo en apariencia, tomar una situación (en general, menor, pequeña) de la que sólo se sabe las consecuencias e imaginar el proceso y los pormenores que hubo detrás. El dramaturgo/guionista Peter Morgan es el que más ha practicado el truco: La reina, Frost/Nixon, El nuevo entrenador, Longford. Esta tendencia, más respetuosa, íntima, es como una derivación de la moda de los 90 de desnudar en biografías escandalosas las miserias de cuanto famoso o notable se les venía a la cabeza. (De esa moda, lo único rescatable que queda más o menos en pie es Master Class, obra teatral de Terrence McNally sobre la Callas). Ahora el guionista David Seidler se suma a la vertiente y nos entrega un episodio de la vida del rey Jorge VI para esta prolijísima película de Tom Hooper. (Eso sí, una aclaración se impone, el guión, por conveniencia comercial o por discreta elegancia, deja de lado una circunstancia histórica, explicable en el contexto socio político de la época: el Duque de York (no Jorge VI, of course) tenía una inclinación filonazi. Oops!!!)


El Príncipe Alberto, Duque de York (Colin Firth), el segundo hijo de Jorge V es tartancho mal. El pobre anda por ahí haciendo el ridículo, discurseando en público. Su esposa, Isabel (Helena Bonham Carter) lo lleva a ver varios especialistas que fracasan en el tratamiento. Dan finalmente con un terapista australiano, Lionel Logue (Geoffrey Rush), excéntrico y poco amigo del protocolo, que demuestra ser el maestro ideal para el futuro Jorge VI. La película se centra en las clases y en la amistad que cimentan.


El relato es atractivo, seductor y fue descripto con justicia como un entretenimiento sensible alternativo para espectadores maduros hartos de las estupideces del cine industrial corriente. Colin Firth, Helena Bonham Carter y Geoffrey Rush dan caracterizaciones inolvidables. Debo confesar que las disfunciones del habla me conmueven mucho por lo que arrastran y provocan, así que mi simpatía por el personaje de Firth fue absoluta. Ya es obvio que no soy el único, en buena ley, una catarata de lauros está premiando su actuación.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 7 de marzo de 2010

Cerrado por melancolía

Le robé el título a Isidoro Blaisten porque me resultó elocuente. El 99% del cine que llega a nuestras pantallas es yanqui. En nada se evidencia mejor el imperialismo que en la industria del entretenimiento. Debajo de los logos de las empresas debería figurar el lema de la “productora” que quiere apoderarse de La película muda de Mel Brooks: Abarca y aprieta. Ya se sabe lo que pasa cuando uno come la misma comida una y otra vez: harta. Con la sobreexposición a un mismo tipo de cultura cinematográfica pasa lo mismo. Los mismos estúpidos recursos de nuevo y de nuevo.


Los cinéfilos siempre hemos envidiado a los críticos de cine. Ganarse la vida viendo películas parecía el paraíso. Si total nosotros lo hacíamos gratis. Yo sospechaba que no era tan celestial como parecía. Nosotros elegíamos. Un crítico, no. Tenía que ver todo. Lo bueno, lo regular y lo malo.


Ahora comprendo porque a veces son irracionales y le bajan el dedo a películas que son buenas. Es el hastío.


Antes al menos había más variedad. Había estrenos españoles, italianos, franceses, etc. Ahora todo es yanqui, yanqui, yanqui.


Cuatro películas se estrenaron esta semana. 1) Sólo para parejas, una comedia universalmente considerada malísima. 2) Un maldito policía en Nueva Orleans, un policial del gran Werner Herzog que promete, pero no estoy para aguantar a Nicolas Cage. No es que me caiga mal, pero debo estar de ánimo para soportarlo. 3) Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, quien, según leí, se tomó algunas libertades y transformó el absurdo crítico de la historia en una aventura Disney. Amo a Tim Burton, a Johnny Depp, a Anne Hathaway y a Helena Bonham Carter, pero debo estar de más humor para sobrevivir la dirección de arte del mismo tipo que hizo Avatar. Y 4) La canción de las novias, la decepción de la semana. Una película francesa-tunecina tan políticamente correcta que aburre. Los personajes jamás respiran, son marionetas que corporizan ideas preconcebidas de antemano. Algunas señoras, en la función a la que fui, sacaron pañuelos de sus carteras, de donde deduzco que se emocionaron. Quizá a ellas les gustó. Bien por ellas.


Hablaría de Andrés no quiere dormir la siesta una buena película de Daniel Bustamante con Norma Aleandro y el inmenso Juan Manuel Tenuta. Ésa me gustó, pero ya no está en cartel.


En fin, debo confesar que esta depresión me la dio Synecdoche New York, todas las vidas mi vida, bodrio supremo que se estrena la próxima semana, pero procuraré recuperarme para ver La isla siniestra de Martin Scorsese, con quien tengo una relación de amor odio. Lo amé desmedidamente hasta Pandillas de Nueva York, bodrio bodrísimo de todo bodrismo.


Como es domingo, les dejo este bello poema que me expresa. (El cine a veces puede ser insalubre. Perdón por la tristeza, hasta la próxima y un abrazo grande.)


Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.

La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.

Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.

La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.




Letanía del domingo (fragmento) de Horacio Rega Molina

En la foto aparece el genial Billy Wilder en el set de One, two, three... su magnífica e inolvidable comedia.

miércoles, 6 de agosto de 2008

En el 66

Pinta tu aldea y serás universal. León Tolstoi.

Los ingleses son más inteligentes que los yanquis a la hora de celebrar los valores familiares. Los norteamericanos aspiran a la generalidad y por las dudas muestran una alarmante profusión de banderas. Proponen siempre el mismo modelo de familia numerosa y anodina. Film tras film, dichas familias son tan similares que parecen intercambiables. Y si tienen una bandera en el porche y otras más pequeñas en cada habitación, es porque evidencian un temor a ser considerados antipatriotas y condenados al escarnio público.

Los ingleses, en cambio, se apoyan en la singularidad y no muestran ni una bandera. Retratan familias pequeñas e irrepetibles. A modo de ejemplo, piénsese por un segundo en esa nueva joya de la corona británica que es Billy Elliot.

En el 66, escrita y dirigida por Paul Weiland, no vuela tan alto, pero tampoco sobrevuela a ras del piso. Bernie Reubens espera con ansia su Bar Mitzvah para ser el centro de la atención que el mundo le niega. Aspira a que su fiesta sea más lujosa que la de su hermano mayor, lo que no podrá ser por los inesperados problemas económicos que su familia enfrenta. Querrá entonces que la celebración tenga la preponderancia en la comunidad que le augura el rabino, lo que tampoco ocurrirá porque el rito coincidirá con la final de la Copa Mundial de Fútbol entre Inglaterra y Alemania.

Pobre Bernie, es demasiada frustración para alguien tan joven. Pero entre tanta espina, habrá también alguna rosa. Porque aunque no lo parezca por este resumen, se trata de una comedia y muy divertida además.

Sobre el final, el film polemizará el dicho popular y dirá que el dinero no hace la felicidad ni tampoco ayuda, que son las cosas mínimas a las que no se le da importancia las que adquieren la jerarquía de felicidad cuando son hechas con cariño.

Los futboleros extrañarán la evocación del partido en cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, en el que se dice que nos robaron con un árbitro vendido. Quizá la mala conciencia los haya hecho omitirlo. Como consuelo quizá baste que se menciona a Rattin como un peligro a tener en cuenta.

Claro, en este film se verán muchas banderas inglesas, pero corresponden a la parafernalia de la pasión por el fútbol y no a la intención de promover un patrioterismo patotero.

Los créditos iniciales nos dicen que es una historia casi verdadera. Pero en los títulos finales, el reparto de personajes y actores no se hace sobre fotos de los mismos, sino sobre las fotos de las personas reales que vivieron esta historia. Sabremos entonces que se trató de una recreación fidedigna de las experiencias del director, y por qué cuando más minucioso y detallista se puso, más abarcador y universal se volvió, lo que ratifica una vez más la célebre cita de Tolstoi, la cual no por trillada es menos verdadera.

Debo confesar que entré en empatía con Bernie desde el primer fotograma. Por suerte pasé mi infancia en Catamarca. Allí la religiosidad es omnipresente. Formado en el catolicismo, mi primera comunión participó de la belleza y de la unicidad de lo que se supone trascendente. De modo que creo haber comprendido lo que siente Bernie fehacientemente. Estos ritos de iniciación nos marcan y nos deslumbran no sólo por la espiritualidad religiosa implícita en los mismos, sino también porque nos regalan un momento de protagonismo absoluto. Nobleza obliga, debo confesar que mi fiesta tuvo un poco más de brillo, pero careció de la hermosa epifanía que la vida le regaló a Bernie.

En el 66 se exhibe en el canal de cable Cinecanal y va el viernes 8 de agosto a las 15:45, y el martes 19 de agosto a las 09:10.

Actúan Helena Bonham Carter, Eddie Marsan, Peter Serafinowicz, Stephen Greif, Stephen Rea, Alex Black y Gregg Sulkin.

Un abrazo,
Gustavo Monteros