Mostrando entradas con la etiqueta Gregory Peck. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gregory Peck. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Primera semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.


Miércoles 1 de febrero de 2023


Día 1: Roman Holiday o La princesa que quería vivir (William Wyler, 1953), en la que Gregory Peck y el resto del mundo se enamoró de Audrey Hepburn para siempre jamás. Comedia romántica clásica de dos mundos opuestos que colisionan, el de un reportero y el de una princesa de verdad. Romance imposible si los hay, pero por breve que uno prevea el romance, ¿por qué no vivirlo? Y esa es la magia que transmite el director Wyler, como espectadores durante todo el transcurso de la historia, hacemos de cuenta que va a durar por siempre, aunque sabemos que no.


Jueves 2 de febrero de 2023


Día 2: Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) o como de una novela pedorra se puede hacer una película inolvidable. Por el talento, claro, de Clint Eastwood, como director primero y prototipo de galán inoxidable después (ojo, actuar, actúa cualquiera, hacer soñar, algunos, los muy pocos) y el compromiso irrenunciable de Meryl Streep. Eso sí, yo hubiera preferido que su Francesca como la querida y aguerrida Nora Helmer de Casa de muñecas de Ibsen pegara el portazo liberador de esposo e hijos y se fuera a seguir un destino menos sacrificado y opaco. Pero como me dijo un profesor de la facultad, se analiza lo que hay en una historia y si usted se pone a especular sobre lo que los personajes pudieron haber hecho, o es usted muy ingenuo o el autor logró su cometido con creces. Ingenuo no soy, así que gracias Clint.


Viernes 3 de febrero de 2023


Día 3: Y vivieron felices (More than a miracle, para el mercado anglosajón, Céra una volta en el original) (Francesco Rosi, 1967). Un cuento de hadas, o más bien de santos, porque aquí el deux-ex-machina es un santo. Se invierten los roles de La princesa que quería vivir. Isabella Candeloro (Sophia Loren, bella, bella) es una campesina y Rodrigo Fernández (Omar Sharif en el pináculo de su galanura) es el príncipe a ganar. Para desafiar a su madre (Dolores del Río, bella como pocas en su madurez) Rodrigo organiza un concurso para fregonas, seguro de que Isabella ganará. Pero por la traición de clase del cocinero, que es apenas un campesino encumbrado (Georges Wilson) que por tratar con los nobles se cree de alcurnia, una princesa hará trampa y dejará a Isabella fuera de carrera. Moraleja social: no es que los ricos no roban, más bien todo lo contrario, porque no hay fortuna bien habida. Y al que lo olvida, no hay santo que le haga el milagro.

Gustavo Monteros

jueves, 19 de octubre de 2017

Cerrado por melancolía

le robo al querido Isidoro Blaisten el título y les cuento que me tomo unas semanas sabáticas. Prometo volver de espléndido humor. Gracias y ¡nos vemos pronto!

Gustavo Monteros

jueves, 4 de agosto de 2016

Matar a un ruiseñor


El tiempo no respeta nada. Es cruel. Arrasa, desbanda, devora. Todo decae, se arruga, se apergamina.  Pierde color, brillo, brío. No hay fuerza, empuje, voluntad que resista. El tiempo tropella, aplana, desluce. Nada queda igual. Nada se parece a como era. Arremete, destruye, apelmaza. No se detiene ante nada. Ni ante las películas.


Sí, las películas envejecen. Como todos, todas, todo. No hablo de los aspectos técnicos, esos envejecen por hora. Ni del tratamiento de las temáticas. El amor será amor, aunque cambien los volados. No, envejecen cuando callan, cuando se secan, cuando ya no tienen nada que decir. Cuando son solo una escenografía ajada, sucia, rota, que apenas se sostiene en pie. Cuando se han muerto y no lo saben. No hay nada más triste. Confundir la muerte con la vida, creer que son lo mismo, no saber. No conjugar la diferencia.


Ante las películas que amamos, pasado un largo rato, uno tiene miedo de volver a verlas. Es como ante alguien que amamos mucho y que no volvimos a ver. ¿Queremos de verdad comprobar cómo el tiempo ha deteriorado su cara, quebrado la línea de su espalda, debilitado sus rodillas, le ha puesto opacidades a su pelo, temblores a sus manos, desteñido los ojos, fustigado la voz y castigado las sonrisas? No, en realidad, queremos volver a ver ese alguien y que sea igual a como era, y en el fondo que nosotros seamos como éramos. Queremos vencer al tiempo, que el recuerdo no sea recuerdo, sino ahora. Ahora, ahora. Es triste, no hablo de admitir el error, la derrota, eso se asume fácil. Lo triste es ser juguete del tiempo y saber que nos ha tirado, nos ha dado por inútiles, nos ha olvidado. Eso es lo triste, que el tiempo te olvide. Eso es la muerte.


Vi Matar a un ruiseñor por Canal 9, en la televisión de 5 canales, en un televisor de blanco y negro, claro, una noche perdida de los setenta tempranos. Ya no era un chico, pero no hacía mucho que había dejado de serlo, aunque ya me creía más perspicaz que todos los adultos que me rodeaban, porque tenía la temeridad de tener una vida por delante.


Y me gustó mucho. Quizá sea una película ideal para adolescentes. Uno ve el cuento a través de los ojos de Scout, pero uno se da cuenta de lo que ella no, porque ya no somos chicos, ya somos grandes. Bueno, quizá no, pero adolescentes sí.


Hay dos misterios en la película. El del juicio que tiene al padre de Scout (Mary Badham), Atticus Finch (Gregory Peck) como abogado defensor y el de Boo Radley (Robert Duvall) que vive oculto en la casa lúgubre. Como en un juego, serán testigos del primero, y en peligro, resolverán el segundo.


Esta  película de 1962 se basa en una celebrada y muy popular novela de Harper Lee (se la creía autora de esta sola novela hasta hace un par de años, en que apareció mágicamente un manuscrito perdido, supuestamente escrito antes, aunque de una continuación de la historia, la autora ya muy mayor no podía ser consultada y no hay acuerdo definitivo sobre la certeza de su autoría). Entre otras cosas, es un alegato contra la segregación y el racismo. Dirigió Robert Mulligan (El gran impostor, 1961, Desliz de una noche/Love with a proper stranger, 1963, Verano del 42, 1971, El otro, 1972, A la misma hora, el año que viene, 1978). Le significó por fin el Óscar como mejor actor protagónico a Gregory Peck después de cuatro nominaciones fallidas: Las llaves del reino (John M Stahl, 1944), El despertar/The yearling (Clarence Brown, 1946), La luz es para todos/Gentleman’s agreement (Elia Kazan, 1947) y Almas en la hoguera/Twelve O’Clock High (Henry King, 1949). Técnicamente si bien todo gira alrededor de su personaje, es casi una actuación de reparto, los chicos ocupan la mayor parte del metraje, y más allá de la impecabilidad de su actuación, en el fondo solo Peck podría haber interpretado a Atticus, todo actor arrastra su pasado actoral, las imágenes de actuaciones anteriores, y él traía aparejada toda una prosapia de personajes tan humanos como íntegros. Mary Badham, de 10 años, interpretó a Scout, la auténtica protagonista, no haría carrera y se retiraría después de 6 trabajos a los 14 años. Philip Alford, de 14 años, hizo de su hermano mayor, Jem, tampoco haría carrera, se retiró a las 24 años, después de 8 trabajos. John Megna, también de 10 años hizo de Dill Harris, el vecino amigo de  los chicos que viene a la locación ficcional donde trascurre la historia para pasar las vacaciones. Se dice que la historia tiene fuertes trazos autobiográficos y el personaje de Dill supuestamente se basa, nada más ni nada menos que en Truman Capote. John Megna haría carrera, pero su vida culminaría a los 42 años, sesgada por el SIDA. Boo Radley fue un hito en la carrera de Robert Duvall, sin embargo tuvo que esperar 10 años para quedar indeleble en la memoria del público con su Tom Hagen, el abogado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972).


Matar a un ruiseñor envejeció bien, luce sabia y donosa. Yo, no sé. Quiero creer que sí.


Matar a un ruiseñor/To kill a mockingbird puede verse en Netflix.


Gustavo Monteros

viernes, 1 de enero de 2016

En el corazón del mar





Moby Dick es más eterna que los laureles del himno que supimos conseguir. Y le debe la eternidad a su inexorabilidad. Es inexorable la obsesión del Capitán Ahab por la bestia blanca y es inexorablemente inatrapable su metáfora esencial. ¿Equivale la ballena a la Naturaleza desatada e indomable? ¿Es la personificación del mal, de lo monstruoso, de lo no humano? ¿Es la imagen de la locura, de la muerte, misterios incognoscibles para el humano cuerdo o vivo? Cada nuevo lector tiene su versión. Todas válidas. Muchas confluyen, muchas se contradicen. Ninguna abarca el enigma por completo. Herman Melville dio con el secreto de la vida eterna… al menos en la Literatura.


Moby Dick siempre se consideró “infilmable”. En el lejano año 1930 hubo una versión, en apariencia nada fiel a la novela con el “larger than life” John Barrymore como Ahab, dirigió Lloyd Bacon, prolífico e ubicuo artesano de los grandes estudios que en sus cortos 65 años dirigió la friolera de 130 películas. Y claro, ya es historia, la filmación de esta novela fue una de las obsesiones más pertinaces del maestro John Huston. Cuando se habla de novelas “infilmables”, en general nos referimos a que no se dejan “guionar” como otras que acceden más fácilmente a la pantalla. Huston que ya tenía la producción lista y al protagonista, el irrepetible Gregory Peck, comisionó nada más ni nada menos que a Ray Bradbury, para que desentrañara el meollo de la imposibilidad de no dar con un guión “filmable”. Prácticamente lo secuestró en una casona irlandesa y Bradbury pudo hallar una solución al problema, apartándose a Londres, peripecia que cuenta con gracia impar en Sombras verdes, ballena blanca, libro de 1992 que recomiendo profusamente. La Moby Dick de John Huston dista mucho de ser la versión definitiva del clásico de Melville, pero se le aproxima bastante. En 1998, Hallmark que mucho hizo por la explotación del inmenso talento de Patrick Stewart produjo una miniserie muy digna, en la que reservó como homenaje un papel para su majestad Gregory Peck.  Después hubo un par de versiones más, que no superaron la medianía y que se salvan del olvido total por la minuciosa preservación de datos de los archivistas furiosos.  


Los profesores de literatura, por sobre todos, insisten en que Hollywood nos debe una versión de la novela en la que se haga gala de todos los adelantos tecnológicos. Estos señores sostienen que es más fácil “venderles” un clásico a sus alumnos si hay una versión fílmica a la cual referirse. Ahora la deuda se paga, a medias. No llega la película de la novela, sino la película del hecho en que se basó la novela.


En 1819, el ballenero Essex es destrozado e hundido por un cachalote tan o más grande que el  propio barco. En 1851, Melville (Ben Whishaw) entrevista al renuente Tom Nickerson (Brendan Gleeson) que fuera el más joven sobreviviente de la tripulación del Essex. Nickerson le contará las disputas entre el capitán, George Pollard (Benjamin Walker) y el primer oficial (el héroe de la película) Owen Chase (el musculoso Chris Hemsworth, más conocido por Thor de Marvel), y las peripecias del infortunado viaje que concluyó en naufragio y dura supervivencia de sus tripulantes, interpretados por, entre otros, Tom Holland (Nickerson de joven), Cilian  Murphy, Paul Anderson, Frank Dillane, Joseph Mawle, Edward Ashley, Sam Keeley, Osu Ikhile, Gary Beadle y Jamie Sives.


A pesar del placer que da ver en la misma escena al ascendente Ben Whisham (entre otras cosas el nuevo Q de los dos últimos Bond), al inmenso en todo sentido Brendan Gleeson y a Michelle Fairley (que en las primeras temporadas de Game of Thrones fuera la matriarca Catelyn Stark, de terrible destino como el de casi todos los personajes de esa serie), lo mejor de En el corazón del mar pasa precisamente… en el mar. Y si bien por momentos se nota mucho la digitalización, en otros los adelantos técnicos prestan épica grandeza al asunto.


Dirigió el también ubicuo y prolífico Ron Howard (entre muchas otras, Splash, 1984, con la sirena Daryl Hannah y su enamorado Tom Hanks; Cocoon, 1985 sobre ancianos que recuperaban la vitalidad gracias a maniobras extraterrestres; Willow, 1988, película de fantasía, sobre reinas malas, enanos reacios y esas cosas, con Val Kilmer y la grandiosa Jean Marsh; Todo en la familia, 1989, inolvidable comedia familiar con Steve Martin, Mary Steenburger, Dianne Weist, ¡Jason Robarts!, Rick Moranis, Tom Hulce, y los por entonces incipientes Keanu Reeves y Joaquin Phoenix; Llamarada, 1991, una de bomberos, en la que apagaban el fuego Kurt Russell y Robert De Niro entre otros notables, Un horizonte lejano, 1992, western bastante flojo, pero buen vehículo para el lucimiento de Tom Cruise y sobre todo de Nicole Kidman, que comenzaba a mostrar estatura de gran actriz; El diario, 1994, lograda comedia coral con Michael Keaton, Glenn Close, Robert Duvall, la impar Marisa Tomei y el inolvidable Jason Robarts, entre otros; Apolo 13, 1995, con este muchachito, no sé si lo ubican, ¿Tom Hanks?; El rescate, 1996, vibrante remake de un viejo thriller de los sesenta con un magnético Mel Gibson, el siempre excelente Gary Sinise y la deslumbrante Rene Russo; Edtv, 1999, creativa comedia sobre reality shows con Mathew McConaughey y Woody Harrelson (siglos antes de su destacable True Detective, primera temporada, Jenna Elfman, Elizabeth Hurley y alguien que debería hacer más cine, Ellen DeGeneres; El Grinch, 2000, con este muchacho carismático que sin duda deben conocer: ¿Jim Carrey?; Una mente brillante, 2002, por la que ganó un Óscar, con el matemático en problemas de Russell Crowe, que había ganado el suyo el año anterior con el Gladiador; y sin obviar sus exitosas , en taquilla, no en logros, versiones de las novelas de Dan Brown, El código Da Vinci, 2006, y Ángeles y demonios, 2009, ambas con el gran Tom; pasamos a sus más presentables colaboraciones con el gran guionista inglés Peter Morgan: Frost/Nixon-La entrevista del escándalo, 2008,  y Rush-Pasión y gloria, 2013, sobre la rivalidad entre los pilotos de Fórmula Uno, Nikki Lauda y James Hunt, en la que dirigió también al rubio Chris Hemsworth que hacía de Hunt.


Ron Howard, como se comprueba por su currículo, es un buen narrador, se adapta con comodidad al género que le toca, dirige bien a los actores, pero su obra es un poco lavada, efectiva pero impersonal y depende de las bondades del guión para coronar con gloria la faena. El de En el corazón del mar, no es malo, pero tampoco particularmente bueno, aunque da pie a una buena película de aventuras, que más se disfruta cuánto menos se le pide. Por lejos no es el habitual engendro pochoclero de  productor descerebrado.


En resumen, buena, si se le perdona también un subrayado ecológico que tiene más que ver con la ideología y la creencia de estos tiempos que con las de los tiempos en que transcurre la acción.

Gustavo Monteros