Todo empieza
por querer cubrir un chanchullo policial.
El comisario
Cunha (Oswaldo Loureiro) se ha excedido en un “interrogatorio” y la mujer
interrogada perdió el bebé que engendraba. Y la prensa lo tiene a maltraer. Un
periodista compinche suyo, Amado Pinheiro (Daniel Filho) le promete sacarlo de
la primera página porque explotará un hecho del que fue testigo.
Cuando venía
hacia la comisaría, vio un accidente y su curiosa consecuencia. Un hombre fue
arrollado por un ómnibus. Y mientras agonizaba en plena calle, le pidió a
Arandir (Ney Latorraca), un desconocido que se había acercado a ayudarlo que le
diera un beso en la boca. Arandir sin dudarlo cumplió el último deseo del
moribundo.
Pinheiro se
propone transformar el beso piadoso en un acto flagrante de homosexualidad,
comportamiento ilegal para la época.
Instalado el
escándalo, con el paso de los días lo escalará. Primero transformará a Arandir en
amante del difunto, después dirá que Arandir lo empujó bajo el ómnibus por
celos.
Pinheiro,
con la complicidad de Cunha, al no tener pruebas del disparate que está
pergeñando, extorsionará a la viuda del accidentado (Ligia Diniz) para que
sostenga la mentira de que Arandir y su difunto marido eran amantes.
Más
adelante, Pinheiro y Cunha detendrán a la esposa de Arandir, Selminha
(Christiane Torloni) no en la comisaría sino en un departamento que usan para
sus “aventuras” para humillarla, la desnudarán y la vejarán para demostrarle
cómo se comportan los hombres “de verdad”.
Dália (Lidia
Brondi), la adolescente hermana menor de Selminha, que está enamorada de
Arandir, querrá probarle que cree en su inocencia, incitándolo a que se acueste
con ella.
Aprigio
(Tarcisio Meira) padre de Selminha y Dália y por lo tanto suegro de Arandir,
que estaba con su yerno en el momento del accidente, parece más interesado en
saber cuál es la verdadera elección sexual de Arandir que en ayudarlo a limpiar
su nombre. Dália cree que es porque Aprigio le tiene celos a Arandir dado que
manifiesta una preocupante sobreprotección de Selminha.
Esta película,
O Beijo no Asfalto (El beso en el asfalto), que dirigió Bruno
Barreto en 1981 se basa en una exitosa obra teatral del provocador dramaturgo
Nelson Rodrigues.
Como se ve
por la sinopsis del argumento, el material es muy “Épater le Bourgeois”. Y el
elemento catalizador que impulsa la trama, registrado en el título, el beso a
un moribundo es, desde el ángulo que se lo mire, muy traído de los pelos.
Pero más
allá de todas las convenciones a aceptar para que el cuento se erija
triunfante, las intenciones críticas son fuertes y efectivas.
Hay para
todos en este intríngulis. Los ciudadanos de a pie son ignorantes, hipócritas,
fácilmente manipulables y no se hacen cargo de las barbaridades que condonan.
Y los que
tienen un mínimo de poder y responsabilidad distorsionan la realidad, se
regodean en apremios ilegales y, escudados en moralismos berretas, se procuran
inmunidad y más poder.
El
tratamiento de los problemas familiares es primitivo y vetusto. Y la
presentación de los problemas sociales es gruesa y obvia.
Pero aquí y
allá hay fogonazos poéticos muy logrados, que elevan lo pedestre del resto.
Pese a todo,
lo que hace que este material se revisite (en 2018 inspiró otra película) es su
vigencia. La problemática que plantea no se ha superado, ha evolucionado.
Las mentiras
de los medios se llaman ahora “fake news”, los escándalos inventados para tapar
negociados sucios o vergüenzas hediondas se denominan “operaciones de prensa”,
y los excesos policiales siguen inmunes perdiéndose en eternos tecnicismos
leguleyos, y si bien hay una mayor aceptación de las disidencias sexuales, no
faltan retrógrados nostálgicos que avasallan lo ganado con violencia
inaceptable.
Ya va siendo
hora de contradecir a Discépolo y hacer que el mundo ya no sea una porquería.
Gustavo
Monteros
El beso
en el asfalto puede
verse en Prime Video.
