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jueves, 3 de noviembre de 2016

El bebé de Bridget Jones

Los críticos anglosajones hacen uso y abuso de una expresión que parece divertirles mucho. Cuando una película les gusta mucho, le adhieren con rapidez el mote de “instant classic”, clásico instantáneo o clásico desde el primer momento. Más una exageración de entusiasmo de la cultura pop que otra cosa. Los que tuvimos la suerte de ver en estreno los que son hoy verdaderos clásicos, a saber, Taxi-driver, Cabaret, Barrio Chino, Tiburón, Luna de papel y esas cosas, ni se nos hubiera ocurrido ponerles instant classic, por no faltarles el respeto a los que eran un poco mayores que nosotros y que habían visto en estreno las obras maestras de Visconti, Bergman, Fellini, Kurosawa y demás gentuza. En aquellos tiempos más moderados y quizá más serios suponíamos que el paso del tiempo era imprescindible para depurar si tal o cual cosa acabaría por convertirse en un clásico. Consideraciones al margen, está más allá de toda duda que El diario de Bridget Jones, dirigido por Sharon Maguire, fue un perfecto ejemplo de eso del instant classic.


Se estrenó por estos pagos el 13 de septiembre de 2001, y fue un bálsamo para la recesión, la inflación, el corralito y demás delicias que nos propinaba, casualmente, la misma dirigencia económica que ahora nos endeuda, despide, emite a lo pavote y nos sube astronómicamente las tarifas. Pero volvamos a Bridget. Se basaba en un libro de Helen Fielding que había vendido casi tanto como los de Harry Potter, y a pesar de ser una comedia romántica dirigida con prioridad a las mujeres fue amada por hombres y mujeres por igual. El hombre heterosexual quizá se vio parcialmente reflejado en esta gordita que se entregaba a los abusos de alcohol, comida, pereza y falta de pulcritud, virtudes generalmente asociadas al varón de la especie. Bridget era también una torpe social, un poco frívola y muy tarambana. Y aunque pretendiera ocultarlo, una romántica incurable, no en vano se castigaba con All by myself, tema que derrocha romanticismo… mucho romanticismo. Y como suele sucederle a tanta desahuciada en la vida y en el cine, después de tanto esperar o probar el príncipe azul o la media naranja, la oportunidad le llegaba por partida doble.


De un lado, Mark Darcy (Colin Firth), un Dirk Bogarde cosecha años cincuenta, elegante, correcto, circunspecto, algo frío y con un sentido del humor en el quinto subsuelo de tan soterrado. Del otro, Daniel Cleaver (Hugh Grant) un Laurence Harvey, cosecha años sesenta, un seductor inveterado, simpático, desenvuelto, irresponsable, superficial, híper-cool y con un sentido del humor tan salvaje como incorrecto.


El cast era soñado, perfecto. Renée Zellweger se animaba a engordar, a aparecer desgreñada, sucia. Su torpeza era muy natural y sincera, con un timing irreprochable que desataba carcajadas. Aunque ya era una figura instalada, este trabajo la catapultó a la categoría de súper-estrella.


En 2004, volvieron con Bridget Jones: Al borde de la razón, otra vez sobre libro de Helen Fielding, esta vez con dirección de Beeban Kidron, y quedaron al borde del aburrimiento y del olvido. Los protagonistas conservaban la magia, al igual que los secundarios, pero el todo no terminaba de ensamblarse. En sus mejores momentos era más de lo mismo, de lo que ya habíamos visto en El diario, en sus peores momentos daba gana de que no la hubieran hecho, de que no la hubieran convertido en una franquicia. Como sea, la simpatía imbatible de Renée Zellweger la salvaba de naufragar, de desbarrancar, de estrellarse.


De dos cosas somos dueños absolutos y sobre las que tenemos absoluta libertad: nuestro cuerpo y nuestro tiempo. Renée Zellweger era, bah, es hermosa, pero su encanto radicaba en que era diferente a todas, en que sus rasgos de tan personales eran únicos. A pesar de su juventud tenía una carita que en la Catamarca de mi infancia llamábamos de “viejita pasa de uva”, o sea surcada de arruguitas por tanto reírse o enfocar los ojos, porque siempre andaba como enfocándolos, como si no viera bien, todo muy sexy, en definitiva una mezcla rara de Marilyn Monroe con Mister Magoo. Una combinación irresistible, que las Sandra Bullock, las Catherine Zeta-Jones, las Meg Ryan se quedaran con sus caras perfectas de muñeca. Renée era otra cosa. Era. Lo que nos encantaba, parecía que a ella no. Un buen día entró a un quirófano y se alisó las arruguitas y se enderezó los ojos. Tenía y tiene toda la libertad del mundo de hacer con su cara, con su cuerpo, lo que quiera, pero en las fotos posteriores a la operación cuesta encontrar, recuperar a la que uno quiso. Ella insistía que eran las fotos, el nuevo maquillaje, el peinado, que era la misma, que no había cambiado. Bueno, decía uno, ella sabrá, ella se ve en el espejo todos los días.


Cuando se anunció que regresaba al papel que la hizo una marca registrada en el mundo, nos preguntábamos si en verdad ella tenía razón, que seguía siendo la misma. De modo que al suspenso de descubrir si la nueva película era buena o no, se sumaba la angustia de corroborar si seguía teniendo el mismo rostro de antes, el que habíamos aprendido a amar, a apreciar.


No diré si sigue siendo la misma, eso se los dejo a ustedes para cuando la vean. En cuanto al resto, la producción procuró reforzar la franquicia para que se pareciera más a la primera que a la segunda. Para ello convocaron a la autora de los personajes, Helen Fielding, más Dan Mazer, guionista de Ali G, Borat y Brüno junto a Sacha Baron Cohen, o sea un experto en la más acabada incorrección política y la guionista ganadora del Óscar por el guión de Sensatez y sentimientos, Emma Thompson (como Emma también actúa, es la obstetra que atiende a Bridget, uno se pregunta ¿habrá armado solo su personaje, escribiendo sus líneas, delineando las situaciones en las que participa o habrá metido mano en el resto de la película?, ¡qué misterio!). El resultado es sólido… por momentos, en otros es solo eficiente… profesionalmente, es decir con más maña que arte, con más oficio que inspiración. Eso sí, está más cerca de la uno, aunque ni ahí llega a ser un instant classic, que de la dos.


Como siempre, Bridget debe estar tironeada entre dos hombres, sabrá Dios por qué sale Hugh Grant, y entra Jack o sea Patrick Dempsey, como un creador de una página de internet de encuentros muy exitosa, tanto que lo ha hecho rico, es también muy inteligente y atractivo, claro. El hombre tiene una fotogenia a prueba de lentes, parece que no hay ángulo que no lo favorezca, encima ahora supera el karma de los galanes de rasgos muy parejos, con mucho ying y poco yang, unas sentadoras y nuevas arrugas dan vuelta la ecuación y ahora hay más yang que ying. En mi modesta opinión está a la altura del personaje de Hugh Grant, al que sin embargo se extraña, porque no se es Hugh Grant por nada. Sigue en carrera Colin Firth con su elegancia y química intacta con su co-protagonista.


El tironeo ahora se centra sobre quién es el padre del bebé en camino, ya que tuvo relaciones con ambos con pocos días de diferencia. Y me callo, porque hasta aquí solo digo lo que se sabe por el afiche.


Bridget no es una chica moderna ni revolucionaria como las que en el film luchan por sus derechos, que de algún modo fueron incluidas para que no dejar obsoleto el mundo de Bridget. Su intención siempre fue casarse, tener hijos, formar una familia. ¿Lo logrará? ¿Habrá una Bridget 4? ¿Una quinta? ¿Una sexta? ¿Será la nueva Guerra de las galaxias? Con productores cada vez menos imaginativos, seguro que sí, hasta la biznieta de Bridget no paramos.

Gustavo Monteros


domingo, 24 de mayo de 2009

Miss Potter

Beatrix Potter (1866-1943) fue una autora e ilustradora de libros para chicos. En Inglaterra es toda una institución en el ámbito de la literatura infantil. Sus obras fueron llevadas al cine, al teatro y hasta al ballet.

Miss Potter nos cuenta algunos años de su vida: los entretelones de la publicación de su primer libro, su situación familiar y su primer gran amor.

Más allá de sus primores formales en fotografía, música, ambientación, vestuario y reconstrucción de época, es una película de actores. El guión descansa enteramente en la magia que los actores puedan conjurar.

Renée Zellweger, como acostumbra, se carga la película sobre los hombros y la defiende a ultranza. Impone su magnetismo estelar en todo momento, y a uno no le queda más remedio que adorarla o quererla matar sumergiéndola en ácido. La chica no admite medias tintas.

Ewan McGregor se saca otro Excelente 10 Felicitado con otra caracterización impecable. Emily Watson, Phyllida Law, Barbara Flyn y Bill Paterson ratifican que los actores ingleses son campeones en hacerse notar en personajes menores sin levantar una ceja de más. El arte y el oficio se amalgaman y el resultado es magistral.

Confieso que cuando la estrenaron en el cine, me negué a verla porque pensé que se trataba de otra tonta biografía de una protoheroína del feminismo. Esas películas con sufridas mujeres sometidas o subyugadas al poder masculino, que pagan con un destino aciago su libertad o independencia, me aburren soberanamente porque son pedagógicas, militantes y manipuladoras. Para colmo son los vehículos de lucimiento favoritos de las actrices. Les permiten ser buenas, abnegadas, sacrificadas y llorar mucho. Por temor a perder la categoría estelar, buscan ser amadas por el público a toda costa. Hoy en día, salvo Meryl Streep (El diablo viste a la moda, La duda) nadie tiene el coraje de hacer personajes odiosos. Ya ninguna quiere ser Bette Davis, todas quieren ser Ingrid Bergman.

Además, por culpa de una profesora de inglés, Beatrix Potter como autora me cae tan simpática como un ideólogo nazi. En mi adolescencia, Miss Laura me obligó a leer un libro de la Potter del que odié cada sílaba. En esa edad de hormonas insurgentes y granos purulentos, yo estaba más propenso a las aventuras eróticas de El amante de Lady Chatterly o al Kamasutra, que a conejitos, ranitas y patitos. Deseé que los pasaran por la cacerola y los sirvieran con una buena salsa.

Como ven, mi predisposición al film no era favorable. Pero era concentrarme y verla o hacer media hora de zapping hasta que llegaran las “gracias” de Tinelli. Hacer media hora de zapping continuo provoca neurosis incurable y las “gracias” de Tinelli no son precisamente imperdibles. Es más, es imposible perdérselas. Al día siguiente están en cadena nacional, a intervalos de 10 minutos, durante toda la programación. Así que suspiré y comencé a ver esta “peliculita”.

Renée Zellweger me cae bien, pero estoy a un mohín de su naricita, a un puchero de su boquita de que la ahorque… lentamente. Le gusta hacer personajes ingleses en Inglaterra (después de todo, fue un personaje inglés en Inglaterra el que la hizo una superestrella: El diario de Bridget Jones) y no cruzaba mi línea límite de mohines y pucheros. Había buenos apuntes de la rígida sociedad inglesa de la época y era interesante el contrapunto de personalidades entre Beatrix y su madre.

Y comenzó la historia de amor y entré como un caballo. Hay buena química entre Renée e Ewan McGregor, y lo que hacían era muy conmovedor. Ewan, como galán, parece seguir los pasos de Hugh Grant. A pesar de los desplantes, manías, fobias, caprichos y antipatías de las actrices con las que le tocó hacer pareja, Hugh Grant se las ingenió para crear química con ellas. Puede que en el set las odiara y quisiera atropellarlas con el auto, pero en la pantalla las amó con devoción y dulzura. (Hay reveladoras anécdotas de dichas damas que le hubieran quitado la paciencia a un santo.)

Ustedes dirán, no hay mucho mérito en eso, no hace sino cumplir con su trabajo. Sí, es verdad. Desde que los griegos inventaron el teatro, hay un decreto actoral inapelable que dice que el galán debe amar a su heroína. Pero el galán no es sino otro pobre ser humano y hay actrices que de tan inseguras o mimadas inventan nuevos matices al adjetivo “insoportable.”

De allí que muchos aman a reglamento. Ponen cara 2, sonrisa 4, suspiro 1, cejas 5 y esperan que el público “compre”. Pero Ewan no se rinde y nos devuelve el precio de la entrada o el tiempo que invertimos en ver sus películas.

En resumen, Miss Potter, dirigida por Chris Noonan (el australiano de Babe, el chanchito valiente) es una buena película. El guión de Richard Maltby Jr. es paradigmático, ya que trabaja los conflictos “cinematográficamente” por implicancia, en vez de “vociferarlos” como en el teatro. En su estreno, esta película fue maltratada por la crítica e ignorada por el público. Simplemente porque tuvo la desgracia de ser presentada en un momento en el que nadie quería ver este tipo de película. Pero hoy en día, los films, como los gatos, tienen varias vidas (el DVD, la Internet, el cable, etc.) y pueden ser redescubiertos y considerados por su valía. Miss Potter ahora se pasea por el cable. La está dando Cinecanal. La próxima repetición es el sábado 6 de junio a las 20:15. Agéndenla, pasarán un buen momento.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 12 de octubre de 2008

Entre la vida y la muerte

Pasé mi niñez en Catamarca. Entonces estaban de moda las películas de cowboys. Sólo que no las llamábamos así, correctamente. Les decíamos películas de “conbois” que era como creíamos que se pronunciaba.

Íbamos a la escuela normal Gobernador José Cubas, que era una escuela granja. A la mañana, hacíamos la primaria común en un edificio colonial muy bonito, de espaciosas galerías con grandes arcadas que daban a un patio central custodiado por macetones de barro. Almorzábamos en nuestras casas. Y a la tarde íbamos en bicicleta a la granja que quedaba pasando la ermita de la Virgen en San Isidro. En la granja, hacíamos almácigos de verduras y hortalizas, cuidábamos árboles frutales y aprendíamos sobre las abejas. Después nos llevaban a un quincho enorme con una larguísima mesa de roble en la que hacíamos los deberes. Nos daban mate cocido con leche y rodajas de pan cacho untadas con manteca y espolvoreadas con azúcar. Y quedábamos libres para jugar a los “conbois” hasta que oscureciera o el portero se cansara y nos echara. El pedregal, los cactus y las montañas agrestes se prestaban como el escenario ideal para que nos perdiéramos en nuestra fantasía. Nuestros juegos se desarrollaban en una jeringoza que remedaba el inglés. Lo único que pronunciábamos con fidelidad era “come on”. Pero a mí no me bastaba, por eso comencé a molestar con que me mandaran a inglés porque yo quería hablar como en las películas.

Con el tiempo dejaron de interesarme las películas de cowboys, a mí y a mucha gente más, por eso dejaron de hacerlas. De vez en cuando vuelven, como ahora.
Jeremy Irons y sus secuaces aterrorizan el pueblo de Appaloosa, cuyos representantes contratan a dos pistoleros (Ed Harris y Viggo Mortensen) para que impongan la ley y el orden. Jeremy es un villano con recursos y les complicará bastante la vida. Aparecerá en escena una viudita (Renée Zellweger) que deparará más de una sorpresa y conquistará el corazón de uno de los pistoleros.

Ed Harris en su segundo film como director (antes hizo Pollock, sobre la vida del gran pintor norteamericano Jackson Pollock) muestra destreza narrativa y un buen manejo de la puesta en escena. Su actuación es sólida como siempre. A Viggo Mortensen le sientan bien los héroes que hablan más con la mirada que con las palabras. Jeremy Irons en un personaje no muy definido por el guión, como no tiene mucho de donde agarrarse le aporta misterio a su villano. Renée Zellweger juega hábilmente a su viudita y expone lo difícil que les resultaba a las mujeres sin dinero, marido y familia sobrevivir en un mundo de hombres. Su sentido de la lealtad es volátil, pero ¿qué otro remedio le quedaba? Ariadna Gil como una prostituta aparece poco, pero ilumina la pantalla con su sensibilidad y belleza. La fotografía y en especial la música son de primer nivel.

El western más que ningún otro género fue cargándose de significación lo que quizá aceleró si no su deceso, al menos, su alejamiento de las pantallas. John Ford lo transformó en un espacio metafísico en el que el bien y el mal se sobredimensionaban. Clint Eastwood, Fred Zinnemann y John Huston trasladaron al oeste la tragedia griega con todas sus reglas y fundamentos. Sergio Leone llevó la ópera italiana al Far West y especuló con grandilocuencia sobre los caprichos del destino.

Los tres últimos intentos de revitalizar el género: éste, Pacto de justicia de Kevin Costner, y El tren de las 3:10 a Yuma de James Mangold son excelentes films, pero cargan sobre sus espaldas la impronta de imponer trascendencia y resignificación a lo que se cuenta, lo que les quita soltura y fluidez.

Los dos pistoleros de Entre la vida y la muerte (Appaloosa en el original) hablan poco, pero lo hacen con claridad y elocuencia. Pero el guión los carga con tantos psicologismos que este film bien podría llamarse Ingmar Bermang va al oeste.

En los viejos tiempos, los westerns tenían alegría, enjundia, desfachatez, espontaneidad y una profunda vitalidad. La trascendencia y significación surgía de lo que contaban, no se superponían a la historia para fuera sólo un reflejo de ideas rectoras importantes.

Las viejas películas de vaqueros fluían con la alegría del arroyito que salta entre las piedras.

Las nuevas películas del viejo oeste fluyen con la pesadez de un río helado.

Entre la vida y la muerte gusta, y mucho, pero no invita a jugar a los “conbois”.

Un abrazo

Gustavo Monteros