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sábado, 11 de octubre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un clásico, no en el sentido de Shakespeare, Van Gogh o Verdi, sino más bien en el de Estudiantes-Gimnasia, Boca-River, Racing-Independiente. De un lado están los que lo admiran y respetan; y del otro, los que lo detestan, nunca lo aguantaron o ya se hartaron. Ante cada estreno, ambos bandos se trenzan en debates porfiados y sangrientos. Todos sacan a relucir razones y sinrazones, que de tan esgrimidas se secaron y ya aburren. Y así llegamos, casi sin querer, al quid de la cuestión con Woody: su munificencia. Sí, el hombre es tan prolífico que incluso antes de enterarnos de qué viene su nuevo film, se agita el fantasma del Déjà vu.


En 2011, sus detractores soportaron con poco estoicismo el inesperado éxito de la deliciosa Medianoche en París, por eso en 2012 arremetieron con saña contra A Roma con amor. En 2013 el mazazo de Blue Jasmine aplanó toda discusión con su contundencia. Aunque los más rabiosos le adjudicaron el mérito a Tennessee Williams y a Cate Blanchett. Y ahora con odio recargado se lanzan contra Magia a la luz de la luna. Hasta el título les parece una afrenta a  la imaginación. Tranquilos, muchachos, es solo una película.


Una comedia romántica, más precisamente. Y una muy buena, a decir verdad. No sé si mejor o peor que otras de su cinematografía, ni me importa. No caeré en la trampa de sus detractores que insisten en establecer el parentesco con obras anteriores, que si se parece a tal, si tienen elementos de cual, para concluir con desprecio que siempre filma la misma película. Conclusión inapelable, que no discutimos y hasta aceptamos, porque le cabe a Allen, Bergman, Fellini o a cualquier otro creador que en este mundo han sido.


A Stanley (Colin Firth) mago genial y racionalista a ultranza, un colega, Howard (Simon McBurney) le transfiere la misión encomendada por su amiga, Caroline (Erica Leerhsen) y su esposo, George (Jeremy Shamos): desenmascarar a Sophie (Emma Stone) una supuesta falsa vidente. (Sí, sí, Allen contrapone otra vez ilusión versus razón). Howard reconoce haber fracasado en develar la impostura de Sophie, pero no duda que Stanley lo logrará. A Caroline le preocupa la ascendencia que Sophie tiene sobre su madre, Grace (Jackie Weaver) una viuda reciente y multimillonaria tentada por financiarle una fundación y sobre su hermano, Brice (Hamish Linklater) un tarambana serenateador, que de tan enamorado está punto de pedirla en matrimonio. Sophie en sus maniobras es secundada por su propia madre, la Sra. Baker (Marcia Gay Harden). Stanley renunciará a las vacaciones con su prometida, Olivia (Catherine McCormack) en las islas Galápagos y partirá a la Riviera francesa a deshacer el entuerto. Se hospedará en casa de su tía Vanessa (Eileen Atkins). Y entonces…


La acción transcurre a fines de los años veinte del siglo pasado y yo estaba en un rincón de mi Edén privado porque la ropa, los autos, los muebles, las lámparas de esa época me vuelan el moño, ocaso de todo lo artesanal antes del triunfo de la producción en serie. Aumentaba mi felicidad el que Allen utilizara el lingo de las comedias que se hacían en aquellos tiempos, las de Noël Coward en teatro y Ernest Lubitsch en cine. Y que el tema musical central fuera You do something to me de Cole Porter me tenía tarareando y marcando el ritmo con los pies.


Para colmo de bonanzas, Colin Firth, que ya en la remake de Gambit había interpretado su personaje como lo hubiera hecho Cary Grant, aprovechaba ahora para canalizar también a David Niven y Rex Harrison. Y como ya sabíamos por otras películas, Emma Stone (la nueva musa de Allen, ya está filmando con él otra película) es una de esas delicias que se fabrican en sueños.


Y entonces llega la escena del baile en el palacete (y esto no lo dijo ningún crítico porque tienen cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo con Bernard Shaw) y mi cuerpo registró resonancias amadas. Las desestimé, me dije: son tus ganas. Y entonces vino la escena en la que la tía hace solitarios y ya no me quedaron dudas. Estábamos en el último acto de Pigmalión de Bernard Shaw y después, bueno, yo ya andaba por las nubes, porque Pigmalión con X final es Mi bella dama. No quiero explicarlo mucho, porque le arruinaré las sorpresas a los que no tienen idea de qué corno hablo. Pero a los que sí, vayan y compruébenlo por ustedes mismos y verán que no estoy dopado o borracho. Y si Allen en Blue Jasmine reformulaba Un tranvía llamado deseo, aquí, no al principio, aunque sí al final reformula a Bernard Shaw.


En resumen, si son detractores de Allen, no se molesten en verla, repitan los argumentos demoledores que ya tienen ensayados, les satisfará el ego y quedarán  sin duda como los más inteligentes de la fiesta; y si son adherentes de Allen y encima cinéfilos y teatreros, no se la pierdan, entrarán al Nirvana sin meditación ni cannabis.  Y si no pertenecen a ningún bando y todos las referencias que mencioné los tienen sin cuidado, vayan, que se expondrán a una comedia brillante en todo el sentido de la palabra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Ah, sí, en esos lujos que Allen se permite, la cantante del cabaret es Ute Lemper

viernes, 1 de febrero de 2013

El lado luminoso de la vida

Tendencia confirmanda: a David O. Russell (Secretos íntimos, Flirting with disaster, Tres reyes, Yo amo a Huckabees, El ganador) le gustan las familias disfuncionales de las que emerge un protagonista que debe superar o encauzar alguna que otra tara.
 


Pat (Bradley Cooper) molió literalmente a palos a Doug Culpepper (Ted Barba) porque lo encontró en la ducha. Bueno, estaba en la ducha de su baño con su mismísima mujer Nikki (Brea Bee) mientras sonaba el romántico tema que bailaron en su propia boda (la de Pat y Nikki, claro). Pero a Pat no lo mandaron a la cárcel sino a una institución psiquiátrica porque se descubrió que padecía una bipolaridad no diagnosticada. A los 8 meses exactos, tiempo mínimo en que debe estar internado, mamá Dolores (Jackie Weaver) lo va sacar y lo lleva a su casa, para sorpresa de papá Pat Senior (Robert De Niro). Pat quiere recuperarse para volver con la pérfida de Nikki, a quien no puede ni acercarse por una orden de restricción. Por esas vueltas de la vida y de los argumentos conocerá a la intermediaria más singular que pueda imaginarse, Tiffany (Jennifer Lawrence).
 


David O. Russell no es ningún ingenuo ni un optimista forjado a sentencias de tarjetas inspiradoras. No, para nada. Sólo observa a sus personajes y nunca, lo que se dice nunca, los juzga. Algo que se dice fácil pero que es más difícil que mantener a una ex esposa contenta. Se la hace un poco fácil, a no juzgar digo, eligiendo personajes en el fondo buenos que sólo están equivocados. Les da un grado de obsesión para acercarlos (levante la mano el que no tiene una… Vamos, no mientan…) Los somete a la psicología conductual (que los yanquis idolatran) y ellos superan a puro voluntarismo las conductas erróneas. En todo lo demás se la hace tan difícil como puede. Elije un estilo que bordea lo humorístico y lo conmovedor, maneja un patetismo justo y no cae jamás en la vergüenza ajena, peligro latente que sortea como un torero viejo. Un ejemplo de lo que hablo se encuentra en esta película en la reconciliación de los hermanos. Antológica. Ah, y también en la reacción a la lectura de Adiós a las armas. Y en la cita en Halloween. Bah, en casi toda la película.
 


La película comenzó y a pesar de mi simpatía por Bradley Cooper  (¿Qué pasó ayer?, Sin límites, Palabras robadas), Chris Tucker (Rush hour, junto a, me pongo de pie, el inmenso Jackie Chan, pero por sobre todo por su gritona estrella de El quinto elemento) y Jackie Weaver (todos los que la vimos en Reino animal, incluida Jennifer Lawrence, queremos levantarle monumentos, rebautizar con su nombre las calles y declarar su cumpleaños fiesta de guardar), no terminaba de entrar en la trama. No había nada que pudiera objetar, pero seguía afuera, sin empatizar. “Seguro que entro cuando aparezca De Niro”, me dije. De Niro apareció en escena y lo vi actuar bien, como siempre, pero sin hacer nada distinto que mereciera tanta alharaca y nominación. Y entonces Bradley Cooper dice que sale y De Niro le pide que se quede, que si sale va a hacer macanas. Es una escenita a la pasada, la cámara casi no se detiene en De Niro, pero hay tanta preocupación, tanto amor, tanto dolor en su mirada, que entré en la historia y me quedé con ellos hasta el final. Comprendí después por qué De Niro gustó con esta labor hasta a sus detractores. Hay verdad y sencillez en lo que hace y desarma y conmueve hasta las muelas. Ni un robot puede permanecer ajeno a su humanidad deslumbrante.
 


Jennifer Lawrence (Lazos de sangre ¡mama mía, qué película! y Los juegos del hambre) ratifica que es una de las mejores actrices jóvenes. Se mueve con un desmaño que la vuelve única, su personaje parece dialogar con el de Amy Adams en el film anterior de Russell (El ganador), ambas crean puentes para que la armonía familiar se establezca. Los ya mencionados más Julia Stiles, John Ortíz (una pareja amiga), Shea Whigham (el hermano), Dash Mihok (el policía) Paul Herman (el señor de la apuesta) y Anupam Kher conforman un elenco ideal.
 


Me sorprende el aplomo de Anupam Kher,  la cámara parece no tener secretos para él. Me pongo a investigar y descubro que es uno de los actores más solicitados de Bollywood, ha aparecido nada más ni nada menos que en ¡338 películas! De Niro que se la pasa de película en película, sólo actuó en 75. Y Michael Caine que pasó más horas en cámara que al sol, apareció hasta la fecha en 154. Y para darle a la comparación un registro local, diré que nuestro máximo trabajador cinematográfico, o sea Ricardito Darín,  hasta ahora estuvo en 60. Con razón el Sr. Kher, que hace del analista de Cooper, anda como pato en un estanque.
 


En resumen, El lado luminoso de las vida es una muy buena comedia romántica que no se queda sólo en el romance, no, amplía el cuadro y nos entrega una familia y un grupo de personajes que será muy difícil olvidar. Y en lo personal me permite acrecentar mi (aunque no lo crean) estrictísima antología de escenas entrañables de un tal Robert De Niro.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros