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jueves, 18 de mayo de 2017

Perfectos desconocidos

Paolo Genovese (Una famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa di Freud, 2014, Sei mai stata sulla luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)


Tanto se identifica con este estilo que, si bien este film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral: el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como tragicomedia divertida y profunda, Cena de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.


Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos inesperados.


Para que este tipo de comedia funcione como el mentado relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán  Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale, Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca, pero generan interés y empatía.


En resumen, es un remanso más que agradable escuchar hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina mediterránea.


Gustavo Monteros

jueves, 28 de enero de 2016

Si Dios quiere



Qué buen recreo ver una película que no está nominada para ningún Óscar, Globo de Oro, Gotham, Spirit, Bafta, Sag o Pochoclo Dorado ni está hablada en yanquilándico. Está bien, está bien, estuvo nominada para algún David di Donatello, por ser italiana, claro, y buena (sin exagerar).


Se trata de una comedia costumbrista gruesa con personajes tan binarios que son casi una caricatura (ojo, esto no tiene nada de malo, no es un juicio crítico, es una descripción). De modo que no esperen sutilezas ni delicadezas, aunque tampoco groserías.


Parte de una familia tipo establecida y madurita: papá, Tommaso (Marco Gialini) un cirujano tan habilidoso como desconsiderado; mamá, Carla (Laura Morante) una mujer que ha cometido el peor pecado que puede cometer una mujer: se ha olvidado de sí misma; la hija mayor, Bianca (Ilaria Spada) en apariencia tan superficial que se muestra como la perfecta definición de lo hueco, casada con Gianni (Edoardo Pesce) un agente inmobiliario tan exitoso como básico; y por último el benjamín, Andrea (Enrico Oetiker) un estudiante universitario que parece que… No, mejor no decirlo para no arruinar un par de buenas sorpresas y unos cuántos buenos chistes.


Más tarde aparecerá un cura carismático, Don Pietro (Alessandro Gassman) muy relevante para la trama y para la vida de un par de integrantes de la familia.


La película arranca muy bien, después se queda un poco, cuando enfila para el lado de las superaciones de conflictos, los perdones y las redenciones, y se va bien al diablo en el final, con un detalle melodramático que contradice estilísticamente todo lo anterior y subraya la moraleja tan repetidamente yanqui de “qué se le va a hacer, la vida es así, tan loca y tan milagrosa”.


Aunque nada de eso empaña los buenos logros de unas situaciones bien plantadas, líneas felices y personajes que no por esquemáticos son menos reconocibles y queribles.


Dirigió Edoardo Maria Falcone, un guionista prolífico, que concreta aquí su primera película.


En resumen puede que esté más cerca de un programa de sketches televisivos que de la vieja, clásica y gloriosa comedia italiana, pero tiene humor y no insulta con boberías, algo que en los tiempos que corren es más raro que un elefante anoréxico.

Gustavo Monteros