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jueves, 8 de septiembre de 2016

Amor y amistad

Dado que las novelas mayores de Jane Austen (Sensatez y sentimientos, Orgullo y prejucio, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger, Persuasión) ya tienen su correlato audiovisual en cine, teatro y televisión (en algunos casos, más de una vez) es hora de que los relatos menores, en tamaño y logros, hallen el suyo. Puesto, además que sus tramas, entre otras cosas, se centren en el apareamiento perfecto, comienza a darse el perfecto maridaje entre material y director. Pero vayamos por partes.


Amor y amistad se basa en una novela corta primeriza de Jane Austen, Lady Susan, publicada, sin embargo, póstumamente. Dice la contratapa de una edición en español: “Su protagonista, lady Susan Vernon, es un personaje memorable: una viuda todavía joven (treinta y tantos), de gran belleza e inteligencia, pero cuya apariencia encantadora, amable y seductora oculta una personalidad egoísta, manipuladora, mentirosa, fría, falsa y despiadada.” O sea, en criollo, una reverenda hija de su madre. O, como comprenderemos más tarde, una superviviente. La señora no tiene donde caerse muerta, debe hallar rápido marido rico para ella o su hija, o perderse en el abismo del hambre y la pobreza. Por ahora vive de “visitante”, impone su presencia en las mansiones de sus parientes más afortunados y se ahorra manutención, servidumbre y demás gastos, mientras puede simular todavía su endeble pertenencia a una clase social privilegiada. Y aunque es moralmente reprensible todo lo que hace, nos fascina con la impunidad con que manipula voluntades, sin importarle las consecuencias. Seamos sinceros, todos, alguna vez, fantaseamos con liberarnos de los preceptos morales que nos fueron inculcados y actuar con irrestricta inmoralidad, por eso nos seducen estos personajes que se comportan como si nada, y perdón por la repetición, como unos reverendos hijos de mala madre.


Continuemos con la contratapa: “Lady Susan llega a Churchill, a la mansión de campo del señor Vernon, el hermano de su difunto esposo, para refugiarse del escándalo provocado por sus recientes coqueteos con un hombre casado en Langford. Aunque es recibida con prevención, sobre todo por su cuñada, la señora Vernon, la cautivadora lady Susan logra engañar a (casi) todos, logrando conquistar al joven Reginald mientras trama la boda de su hija Frederica con un hombre al que ella detesta...”


Este resumen nos ayudará a sortear con buena fortuna el primer tramo de la película, que puede parecer confuso para el espectador desprevenido, quien debe también sortear el aparentemente farragoso modo de hablar de los personajes. Superados estos escollos primerizos, el resto es puro placer.


Whit Stillman (Metropolitan, 1990, Barcelona, 1994, Los últimos días del Disco, 1998, Chicas en conflicto, 2011) demuestra ser un candidato ideal para trasladar el mundo de Jane Austen al cine. El señor, muy sofisticado y educado, que pertenece a la clase alta y adinerada retrató, en sus películas, en clave de comedia de costumbres, los vaivenes de jóvenes privilegiados, que si dejamos al margen el origen de sus fortunas (no es que exprese mi resentimiento de pobre a través de veleidades marxistas, porque hoy ya es una verdad de Perogrullo que no hay fortuna bien habida, en la historia de las riquezas más temprano que tarde nos encontramos con imperdonables chanchullos, la ética y la riqueza son enemigas naturales) son iguales a nosotros de inseguros, neuróticos y sufrientes de desamor o falta de sexo.


Stillman, como Austen, manejan la ironía, el sarcasmo incluso, pero no caen en el cinismo, que puede ser muy divertido en un principio, pero que termina por deshumanizar trama y personajes. De allí que digamos que son tal para cual, casi un Mr Darcy y una Elizabeth Bennet.


El elenco es tan parejo como brillante, lo que no impide que sobresalgan Kate Beckinsale (Lady Susan Vernon) y Chloë Sevigny (Alicia Johnson), deliciosas actrices que ya estuvieron en otro Stillman y que aquí grafican la amistad del título.


Stillman interviene a veces la acción con fotos e intertítulos que remiten tanto al melodrama del siglo XIX como al cine mudo, no los describo para no quitarles diversión.


Y la pregunta del millón halla su respuesta… otra vez. ¿Por qué en un mundo cambiante con (¡gracias a todos los cielos!) familias de todo tipo y parejas de diversos plumajes, Jane Austen sigue vigente? Sencillo: la tensión sexual no ha muerto, ni la política de las relaciones y menos que menos la estupidez de querer y no animarse.


Gustavo Monteros

jueves, 16 de octubre de 2014

La esposa prometida



Ya que podemos serlo, seamos categóricos por una vez. La esposa prometida es sin lugar a dudas la película socio-antropológica más interesante del año. Se sitúa en un ámbito que nunca suele verse por dentro.


Rama Burshtein, su autora y directora, nació en Nueva York en 1967 y se formó en Jerusalén. Hasta ahora sus obras, que excluyen el debate religioso-secular, fueron dirigidas al público femenino de la comunidad jasídica ultraortodoxa a la que pertenece. La esposa prometida es la primera película sobre el mundo jasídico que se distribuye internacionalmente.


Shira de 18 años anhelaba casarse como lo dicta la norma de su entorno: en un casamiento arreglado por sus padres con un joven igualmente inexperto. Una imprevista tragedia la obliga a reformularse ese sueño. ¿Debe acaso sacrificarse por el bienestar familiar?


Por supuesto, chicas que deben elegir o aceptar marido en un confín rigurosamente demarcado y reglado remite al instante a las novelas de Jane Austen. Comparación que Rama Burshtein encuentra válida y pertinente porque la Austen estuvo entre sus referencias para este film. Como en Emma u Orgullo y Prejuicio, por ejemplo, opciones sociales, no tan restrictivas, que consideramos lógicas están vedadas. No hay aquí voluntad de cambio o superación. Los personajes habitan un espacio que los contiene y los conforma. Más de una vez, desde nuestra formación cultural, el modo en el que se desenvuelven nos parece constreñido. No lo es para ellos, este relato devela que hay alternativas y hasta un hálito de libertad en el ceñimiento a los condicionamientos rígidos.


Al reflejar un mundo tan cerrado, Rama Burshtein no puede evitar que lo que cuenta resulte por momentos asfixiante o un poco mafioso. No es intencional, claro, es solo una consecuencia natural del hábitat circunscripto y de los usos y costumbres retratados.


Como siempre la empatía depende de los actores, y Rama Burshtein cuenta con un elenco notable en el que descuella Hadas Yaron como Shira, rol con el que alzó el premio a la mejor actriz del Festival de Venecia de 2012.


En resumen, una visita a un territorio que nos es ajeno a través de una historia que nos va ganando lentamente y que llega a un final tan diáfano como misterioso (si ven el film, comprobarán que la contradicción no es tal).
 
Gustavo Monteros