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jueves, 26 de abril de 2018

Las estrellas de cine nunca mueren


Una estrella de cine, en la acepción más clásica del término, es un ser que más allá de su pulsante humanidad, ostenta excepcionalidad de algún tipo, en general una belleza deslumbrante, un encanto inexorable, una simpatía invencible o una fotogenia indeclinable, virtud o virtudes agigantadas por la seducción de vivir en las sombras que son los pliegues de ese sueño colectivo que es una película y por el misterio de la creación de dichas sombras que parece haber descifrado el secreto del tiempo porque ya son tan eternas como el amor y la desconfianza.


Gloria Grahame perteneció a esa estirpe exclusiva y legendaria, a esa nobleza democrática abierta a todos y cerrada con los elegidos, a ese hechizo perfumado que te destaca por sobre los demás y te aísla en famas endebles, que son menos que nada, porque son pura ilusión y que se ansían con más ahínco que las verdaderas, porque son sueño, quimera y horizonte.


Gloria Grahame fue una auténtica estrella de cine, su nombre no desata los ecos inmediatos de una Marilyn o de una Liza, para mencionar solo dos que de nombre aparecen en esta película, no, exige una módica cinefilia, módica porque si se fue co-estrella de Humphrey Bogart, no se vive en el anonimato del despiste por mucho tiempo (In a lonely place, conocida tanto como En un lugar solitario como La muerte en un beso, Nicholas Ray, 1950).


Es más, trabajó con directores notables en películas muy recordadas: Frank Capra (It's a wonderful life/¡Qué bello es vivir!, 1946), Edward Dmytryk (Crossfire/Encrucijada de odios, 1947), Nicholas Ray (A woman's secret/El secreto de una mujer, 1949), Nicholas Ray (In a lonely place, 1950), Cecil B DeMille (The greatest show on Earth/El espectáculo más grande del mundo, 1952), Josef von Sternberg (Macao, 1952), Vincente Minnelli (The bad and the beautiful/Cautivos del mal, 1952), Elia Kazan (Man on a tightrope/Fugitivos del terror rojo/El circo fantasma, 1953), Fritz Lang (The big heat/Los sobornados, 1953), Lewis Gilbert (The good die young/Los Buenos mueren jóvenes, 1954), Fritz Lang (Human desire/La bestia humana, 1954), Vincente Minnelli (The cobweb/La telaraña, 1955), Stanley Kramer (Not a stranger/No serás un extraño, 1955), Fred Zinnemann (Oklahoma!, 1955), Ronald Neame (The man who never was/El hombre que nunca existió, 1956), Robert Wise (Odds against tomorrow/Apuestas contra el mañana, pero también como Reto al destino (¡?), 1959).


Su figura escultural y la salvaje belleza de su rostro, como si un escultor lo hubiera dejado inconcluso, sin terminar de pulir sus rasgos, hermosos por separado, pero que no terminan de amalgamarse en un todo indisimulablemente armónico, la hicieron única para el noir, género que prosperó en el cine de posguerra. Ganó un Óscar bajo las órdenes del gran Vincente Minnelli en esa cruenta oda al cine de Hollywood que se llamó The bad and the beautiful en el original y Cautivos del mal por aquí.


Las estrellas de cine nunca mueren (Film stars don’t die in Liverpool, 2017) de Paul McGuigan narra con sensibilidad y belleza el último romance de Gloria con un joven actor Peter Turner (Jamie Bell en estado de gracia) al que conoció mientras ennoblecía el oficio haciendo giras teatrales por el Reino Unido con Rain de Somerset Maugham o de El zoo de cristal de Tennessee Williams, entre otras obras, y la dignidad con la que enfrentó las últimas instancias de la enfermedad terminal que habría que matarla, agonía que asumió en sus propios términos con la misma caótica libertad con la que vivió. Es necesario destacar que no solo Peter sucumbió al romance con una estrella de cine, si no toda su familia, conmueve el cariño con que su padre (Kenneth Cranham), su madre (Julie Walters) y su hermano (Stephen Graham, casi irreconocible con su setentosa melena) la tratan y respetan. Y no pasan para nada desapercibidas Vanessa Redgrave o Frances Barber, como madre y hermana de Gloria, respectivamente. Y es entrañable la amiga de Peter que hace Leanne Best.


Y si Gloria Grahame fue realeza hollywoodense, se necesitaba una reina cinematográfica para encarnarla, y que mejor que la exquisita Annette Bening, que firma otra actuación antológica, inolvidable por añadidura. Y si bien Jamie Bell y Annette Bening obtuvieron nominaciones para los BAFTA, la cosecha parece pobre ante la magnífica exhibición de sus talentos, los robaron, bah, en la temporada de premios.


Y hago mías las palabras finales que le tributa el personaje de Julie Walters: May the Lord protect you, Gloria Grahame (Que el Señor te proteja, Gloria Grahame).


Gustavo Monteros


jueves, 15 de junio de 2017

El poder de la ambición

“Puede fallar” decía el mentalista Tu Sam para dar suspenso en la previa de alguno de sus trucos más peligrosos. Gold, rebautizada por aquí El poder de la ambición, es una película “fallada” en logros y sobre todo objetivos.


Es de una de esas apuestas calculadas de los hermanos y productores Bob y Harvey Weinstein para cosechar premios en la temporada idem. Se dijeron: pongamos a Matthew McConaughey en otra caracterización “matadora”, si ya adelgazó hasta la extremaunción en Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados (Jean-Marc Vallée, 2013) y se alzó con el Óscar al mejor actor del año, que ahora haga la gran DeNiro para El toro salvaje y engorde unos cuantos kilos para que se alce con otro, tomemos una historia real, que es lo que ahora se vende, pero que parezca una novela de tan azarosa, llamemos a un director de prestigio, pero no caro ni inmanejable (Stephen Gaghan que hizo Syriana en el 2005) y como es una historia de dos hombres, en el otro protagónico pongamos a un galán en ascenso, Edgar Ramírez, que además es venezolano y abarcamos de paso al público latino, y así podemos venderla bien y aspirar a más premios para nuestra vitrina de lauros.


Lástima que el resultado esta vez les salió así de premeditado. Todo muy profesional pero sin inspiración y con menos lustre que desván cerrado.


Cuenta la historia de Kenny Wells (Matthew McConaughey) un prospector o sea un señor que anda en busca de hallar yacimientos minerales, petrolíferos o de aguas subterráneas. En su inicio el film lo halla en 1981, en el momento en el que pierde la compañía que le legó su padre, y cuando en plena desesperación decide apostar lo poco que le queda por el geólogo Michael Acosta (Édgar Ramírez) que anda por Indonesia clamando que hay oro en un rincón perdido de su jungla. Peripecia que, tras varias idas y vueltas, derivó en lo que se llamó el escándalo minero, Bre-X de 1993.


Édgar Ramírez dijo en un reportaje que este material tiene algo de las historias y héroes de John Huston, algo que podría conectarlo con El tesoro de Sierra Madre. Con mucha buena voluntad podríamos coincidir. Aunque pareciera que el director Stephen Gaghan nunca vio dicho film ni La reina africana, ni El hombre que quería ser rey, bah, ni ningún otro del maestro Huston. Por aquí o por allá hay un toque Huston y en otros un toque Martin Scorsese a la manera de Buenos muchachos o de El lobo de Wall Street. Pero son tan desganados que parecen involuntarios. Hasta para copiar se necesita talento, cuando un transformista logra parecerse a Marilyn Monroe, a Liza Minnelli, o a Julie Andrews, no le bastó con maquillarse en ese estilo, subirse a tacos o ponerse una peluca, no, detrás hay horas y horas de prueba y error, de búsqueda obsesiva y minuciosa. En el cine a la hora de copiar pasa algo similar. No basta con un “me gusta”, hay que trabajar con ahínco para recrearlo.  Aquí no hay muestra de capacidad ni para crear algo nuevo ni para copiar logros ajenos.


Entonces lo que debió ser una épica de perdedores termina por ser una aventurita de gente que no gana del todo. Matthew McConaughey, panzón y casi pelado, ensaya otra caracterización notable, demasiado esforzada para ser fluida, razón por la cual no obtuvo nominaciones para premios. Es la segunda más esforzada actuación del año, hasta ahora el primer puesto lo ocupa Brad Pitt y la trabajada caracterización (y que tampoco fluye jamás) del general que hace para War Machine/Máquina de guerra. Édgar Ramírez solo se preocupa por lucir robusto y no mal parecido, una opción nada mala ante la nada que es la película.


Para ver en una plataforma de contenidos, tipo Netflix, en una noche de insomnio en la que se acabaron las opciones.


Gustavo Monteros