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jueves, 12 de septiembre de 2019

Hombres al agua



Hubo una vez un grupo de hombres suecos de mediana edad y de discutible estado físico que se inscribieron por distintos motivos en clases de nado sincronizado. Sin ningún talento especial para la disciplina, pero con mucha voluntad, progresaron. Tanto que terminaron participando en los juegos olímpicos de natación de 2007 y se llevaron medallas.



La peripecia tenía en la marca de su orillo destino de película. Y lo fue nomás, con sus auténticos protagonistas, un documental que se llamó Men who swim (Hombres que nadan, Dylan Williams, 2010)



Una recreación con actores era de esperarse. Tardó en llegar, pero llegó. Y por partida doble, y en el mismo año, una francesa y una inglesa, que se distribuyeron casi simultáneamente.



Ahora la francesa llega a Netflix. Dice estar inspirada, no basada en los hechos reales, de lo que debemos presumir que los conflictos de los personajes fueron dictados por los guionistas según la inspiración.



Son todos ampliamente queribles, francamente simpáticos y por el arte de los actores, los guionistas y el director y no por mandato del género o la producción. Son una manga de perdedores,  algunos alguna vez estuvieron mejor, otros ¡cómo habrá sido su vida! están mejor ahora. De edad mediana, de protuberancias varias y no de las elegantes que salen en las revistas de salud, con un ánimo por el suelo van a parar a nada sincronizado. La entrenadora no les va a la zaga. Lo demás es de esperarse en una feel-good movie (película optimista) Superarán las dificultades y no solo se lucirán, sino que volverán campeones. El quid de la cuestión, o sea la gracia de la película es ¡cómo! De eso, por supuesto, no diremos una palabra.



Gilles Lellouche, que dirigió con ganas y con un elenco sin fisuras, encabezado por el magnífico Mathieu Amalric, que aprovecha que el hueso es jugoso y lo roen con delicia, redondean una desventura que se sigue con mucho agrado y que desata sonrisas varias.


Hombres al agua (originalmente Le grand bain, 2018) puede verse en Netflix, como ya mencionamos.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de noviembre de 2014

Antes del frío invierno



Los ricos también lloran rezaba el título de la vieja telenovela con la Castro y esta película vendría a decir que los ricos también sufren crisis emocionales. Sí, estamos en el terreno de Claude Chabrol o Claude Sautet, o sea en las casas solariegas de la alta burguesía francesa, que de tan fina en los ratos libres no mira televisión sino que borda o escucha ópera. Eso sí, más allá del detalle del bordado, a este Philippe Claudel le falta la causticidad de Chabrol o la penetración psicológica de Sautet, pero a no desesperar que el hombre también tiene lo suyo.


De no ser que la película se abre en una comisaría en la que Paul (Daniel Auteuil) es interrogado, creeríamos que su vida es perfecta. Es un neurocirujano que de tan respetado todos llaman maestro, está casado con Kristin Scott-Thomas (en versión personaje tan magnífico como se la adivina a ella en la vida real), y bebe siempre vino tino del mejor, no precisamente Termidor tetrabrik. Pero los envíos de misteriosos buqués de rosas a todos los lugares que frecuenta y la aparición de una escurridiza jovencita franco marroquí (Leïla Bekhti) lo lleva a preguntarse por qué el absurdo de las rosas y quién es ella, de dónde viene, qué pretende. Las preguntas le desbaratan la perfección aparente de su vida, porque, claro, el hombre también se las hace a sí mismo.


Philippe Claudel narra con mucha elegancia y sutileza. Tanta que dichas virtudes se le vuelven en contra. No hay asomo de lo contrario para equilibrarlas, y el trámite por momentos se vuelve anodino. Ojo, jamás aburre y los tres protagonistas nombrados, más el amigo que hace Richard Berry, garantizan actuaciones atrapantes y seductoras.
 

Y si esto no bastara para hacerla de visión obligatoria, están los detalles del relato de la paciente y de la canción final (consejo, no se levanten hasta haberla escuchado toda en los títulos finales, es muy hermosa) "Comme un p’tit coquelicot” para rankearla de inolvidable. 

Gustavo Monteros