Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Darín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Darín. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexiones al paso sobre La amante y La Cordillera

El mundo ya no es lo que era, el cine tampoco lo es. Obviedades al margen, a lo que voy es que hay hoy una universalización que borra las peculiaridades, el color local, las idiosincrasias y que crea una paridad, una similitud, una igualdad que reafirma nuestra humanidad a la vez que la diluye. Los griegos, los armenios, los escoceses y los nicaragüenses son menos griegos, armenios, escoceses y nicaragüenses y más “humanos” según el modelo triunfante, o sea el impuesto por el cine de Hollywood, que deja de ser la meca de los sueños  para pasar a ser el vocero del imperio, el perpetuador del modelo a seguir, no solo en el perfil de los personajes, sino en qué contar y en cómo contarlo, según los dos grandes parámetros, el del cine industrial y el del supuesto cine independiente estilo Sundance. Lo que hace que todas las películas del mundo parezcan hechas por un productor yanqui, de allí que le sea tan fácil a Netflix albergar tanto al cine indio, al turco, al coreano, al mexicano, al peruano o al argentino, puede que las caras varíen, pero las ropas, el qué y el cómo se cuentan de maneras tan similares que parecen iguales.


La semana pasada ante el estreno de la película italiana Por siempre jóvenes de Fausto Brizzi, leo en una crítica de un diario principal que “Su mirada sobre la comedia está más cerca de la universalidad anglosajona que de la sátira de costumbres latina”. Y no me extraña en lo más mínimo.


Horas más tarde voy a ver La Cordillera de Santiago Mitre y entre el centenar de tráileres con que nos domestican antes de la película elegida, está el de Hedi, película tunecina de 2016 de Mohamed Ben Attia, rebautizada para su estreno local como La amante. Como suele suceder con muchísimos tráileres (por no decir todos) es posible adivinar la historia entera de la película, su desarrollo y quizá hasta su desenlace, de allí que muchas veces para los que miramos cine todo el tiempo, nos quede la sensación después de haber visto una película, que hubiéramos ahorrado tiempo quedándonos con solo la visión del tráiler, ya que el trámite de verla toda, poco o nada agregaba a lo que ya sabíamos.


En Hedi / La amante vemos a un hombre joven, dominado por su madre, entregarse a una vida arreglada por ella, se casará con la mujer que ella eligió y vivirá según los preceptos y caprichos maternos. Antes de casarse, por su trabajo de representante de una firma de autos, recalará en un hotel de veraneo y se enamorará de una guía turística, quien lo reconciliará con sus sueños. Fin. Pero ¿con quién se queda? ¿Importa? La peripecia vital del personaje pasa por liberarse de las ataduras de la madre.


Es evidente que se trata de una película festivalera, lo ratifican los logos de todos los festivales que la invitaron y algunos de los premios que obtuvo, entre los más importantes, dos Osos de Plata del Festival de Berlín, uno a su protagonista, Majd Mastoura, y otro a su director por la Mejor Ópera Prima.


Mi acompañante le baja en pulgar y lo resume con “Ni en pedo”, le pregunto por qué no la vería y me dice porque es una película Hallmark made in Túnez. Puede equivocarse, pero todo parece darle la razón.


Con mi acompañante vemos religiosamente todas las películas de Darín, por eso ahora huimos de la hermosa tarde de sol para cobijarnos en los rigores de La Cordillera. No conozco el cine de Santiago Mitre, tengo por ahí copias de sus películas anteriores El estudiante, 2011, y La patota, 2015, (Paulina es su título internacional, “patota” es un término demasiado nuestro para su exportación) pero todavía no las he visto. Volviendo a La Cordillera por algunas cosas sueltas que leí, por arriba, de su presentación en Cannes, sé que un thriller que desemboca en un pacto fáustico o algo así. Comprobaremos que es más “algo así” que pacto fáustico en nuestra modesta opinión. Más que el inicio de un ciclo faústico, la película ratificará un modus operandi, una línea de conducta. 


Mitre, con un guión propio, co-escrito con Mariano Llinás, el recordado director de Balnearios, 2002, e Historias extraordinarias, 2008) narra con seguridad y suntuosidad. Hay dos planos, el del hombre común, el técnico que conocerá la Casa Rosada, y el de los que hacen cosas en su nombre, los políticos y sus no menos importantes segundos que deambulan por la casa gubernamental y por los mullidos ambientes de ese lujoso hotel de Chile donde  más tarde acordarán, o no, políticas energéticas para la región.


El presidente argentino es Hernán Blanco (nuestro orgullo nacional, Ricardo Darín, en otra actuación antológica) asistido por su mano derecha, Luisa Cordero (Érica Rivas, impactante como siempre) y por el jefe de gabinete, Castex (Gerardo Romano, en una caracterización impecable). Antes de la partida a Chile, Luisa se entera de una crisis en ciernes. El ex esposo de la hija de Hernán, Marina (Dolores Fonzi, irreprochable as usual) amenaza con sacar trapos sucios sobre los dineros de la campaña que le permitieron a Hernán llegar a la presidencia. Como al pasar se menciona un dato que cobrará relevancia, Hernán pasó de ser un intendente de un pueblito de La Pampa a presidente de la república, sin cargos intermedios, meteóricamente.


En un principio parece que estamos en un thriller político, algo que es más culpa nuestra, o de la famosa “grieta” que de la película en sí. Es claro al desarmarla que da señales inequívocas de no pretender encerrarse en lo político. No estoy de acuerdo con las críticas que dicen que empieza en un género y que da un volantazo hacia otro promediando el metraje. No, hay desde un principio indicios claros que lo político es un ambiente elegido, no el fin ambicionado. Si tuviera que definirlo con precisión, diría que se trata de un thriller metafísico, aunque es imprescindible mencionar que se acerca más a lo fantástico o a lo que se supone terrorífico, eso sí, advirtamos que no hay nada gore, ni sangriento, ni espeluznante, sino el choque de las fuerzas del bien y del mal. Y no digo más, para no caer en un spoiler.


Todo esto viene a cuento porque antes de entrar al cine nos enteramos que Darín le estaba contestando en Twitter a los que se quejaban de la película. En la nota daban dos ejemplos, un espectador le reclamaba las malas elecciones de proyectos que hacía últimamente, a lo que Darín le respondía con sorna, que le encargaría las elecciones a esta persona de ahora en más. El otro ejemplo exponía lo siguiente: "Fui a ver La Cordillera y creo que no entendí el final. @bombitadarin, los espectadores nos quedamos debatiendo después de la película". A  lo que Darín contestó: "¿Eso no es bueno? Digo, ¿te pasó muchas veces? Un abrazo".


Lo menciono porque una vez terminada la película, algunos de los espectadores que nos acompañaban expresaban en voz alta su malestar por el supuesto poco esclarecimiento del final. Decían cosas como “Habrá que esperar la segunda parte”. O “¿Pretenderán que la veamos de nuevo para entenderla?”.


Yo tenía ganas de decirles: Pónganse a repasar que fue lo que vieron y les saldrá solos el porqué termina cómo termina. Pero el cine contemporáneo no promueve el rearmado de los rompecabezas, no, lo da todo deglutido, explicado, subrayado, nos dicen las piezas se acomodan así y así, no se preocupen, mastiquen sus pochoclos y adormilen su inteligencia que nosotros les diremos qué pensar. La Cordillera exige un mínimo de capacitación intelectual, de reflexión obvia sobre cómo se vinculan los elementos y el por qué de esa música harto reveladora, machaconamente prepotente, única objeción a un film bastante inobjetable. Es tan mínimo lo que se nos exige que en los años setenta, tiempos en los que las películas exigían la astucia de los espectadores, La Cordillera estaría dirigida para niños de Jardín de Infantes como Bolilla Uno de rearmado de enigmas. Según decíamos en un principio, el mundo ya no es lo que era y el cine, tampoco.


En tiempos de grieta, La Codillera, por suerte, a pesar del ambiente elegido, no es una película “antipolítica” o sea de derechas… mal. No, en este mundo en particular, como en el mundo en general, hay una tensión entre las fuerzas del bien y del mal, de la oscuridad y de la luz.


Gustavo Monteros


viernes, 6 de septiembre de 2013

Tres estrenos regios



Tres estrenos renuevan nuestra cartelera.
El primero marca el regreso del Rey de la Taquilla, el gran Ricardo Darín, en otro policial, Séptimo. Se sabe que se abre con un juego, papá Darín baja por ascensor y sus dos hijitos bajan por escalera para ver quién llega primero a la planta baja. Llega papá Darín solo porque los niños en algún recodo de la escalera desaparecieron. ¿Quién los tiene y por qué? Como dijimos se trata de un policial, así que hay que descartar a los marcianos abductores. Dirigió el navarro Patxi Amezcua, cuenta con un elenco de notables: Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, Jorge D’Elía, Guillermo Arengo y como se trata de una coproducción con España, hace de divorciada esposa de Darín, la estupenda actriz Belén Rueda, a la que conociéramos en El orfanato.

El segundo, El ataque, marca el regreso del Rey del Disparate, el alemán Roland Emmerich (Día de la independencia, Godzilla, El día después de mañana, 2012, entre otras). El hombre suele estirar la verosimilitud de sus planteos hasta cimas tan absurdas que sus películas, indisimulables productos del cine industrial, se vuelven gozosas. Hay aquí otro ataque a la Casa Blanca, otro presidente heroico de armas tomar y otro don nadie de buenos músculos capaz de salvar al mundo, simbolizado en este caso en recuperar el famoso ex albergue de Lincoln. El musculoso tiene una hija ¡fanática de la Casa Blanca y de todo lo que tiene que ver con ella, incluido el presidente! El bueno de Jamie Foxx es el primer mandatario y el bueno de Channing Tatum es el musculoso de musculosa. Los excelentes Maggie Gyllenhaal, Richard Jenkins y James Woods completan el elenco.
 
 


El tercero marca el regreso de La Reina de los Negocios, o sea la empresa Disney. Aviones es un desprendimiento de Cars, que pasa de saga a franquicia. Pixar no tiene nada que ver en este proyecto, llamado familiarmente Cars con Alas. El argumento es otra reformulación del Sueño Americano. Un avioncito fumigador quiere participar en carreras de alto vuelo o algo así. Con la ayuda de amigos de fuerte caracterización deberá superar obstáculos, traumas o algo así. Dicen que es ideal para niños de hasta 9 años. Y la verdad sea dicha, aparte de vender entradas aspira a vender juguetes, ya que el mercadeo de Cars le significó a la compañía del Ratoncito Mickey unos cuantos millones.
Les deseo un buen fin de semana y una más que buena semana. Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 26 de marzo de 2011

Un cuento chino

Mis expectativas eran grandes. La película anterior de Sebastián Borensztein (La suerte está echada con Marcelo Mazzarello y Gastón Pauls) me había gustado mucho. A la media hora, la decepción era tan grande como las expectativas.

El arranque es impecable, la descripción del personaje de Darín, un ferretero maníaco, gruñón y ermitaño era graciosa, expresiva, comunicaba. Después le cae el chino del cielo, bueno, más bien de un taxi que apenas se detiene y la cosa de a poco se desbarranca y no deliciosamente como el Gordini de la noticia que en algún momento se ilustra.


La relación entre el pobre chino (un perfecto Huang Sheng Huang) y el ferretero desanda unos cuantos lugares comunes y no los correctos, los que harían progresar la relación, acrecentarían la empatía entre ellos, sino los otros, los que sólo se quedan en la incomunicación lingüística y cultural.


El guión y la dirección parecen adolecer de una falta de claridad respecto a lo que se quiere contar, o lo que se quiere privilegiar en el relato, que en este caso vendría a ser más o menos lo mismo; o una incapacidad para llevar el relato por los caminos correctos (y si soy un poco cruel e impiadoso es porque estamos ante un hombre de talento probado que debe ordenarse, ser más claro o crítico con su material o trabajar en colaboración con alguien que le despeje los errores).


Promedia la película y la relación y el relato se estancan, el aburrimiento se instala y sólo el carisma a toda prueba de Darín y el trabajo de un elenco sin fisuras, hacen soportable el trámite.



Y cuando por fin se llega al tema de la vaca, o sea el del destino, la suerte, y el caos o el absurdo que desatan, uno comprende lo buena que es la historia y lo buena que podría haber sido la película con otro guión, más estricto y mejor elaborado.


Claro que para llegar a la vaca hay que pasar por uno de los momentos más vergonzantes del cine nacional, el de la explicación del inicio de la colección de recortes y de la manía del reloj. ¿Había necesidad de copiar una de las obsesiones más torpes del cine yanqui, el de fundamentar traumas con incidentes caprichosos y en el fondo banales?


Es una película mala, no en el sentido de un bodrio impresentable, porque tiene sus logros (el principio, la dirección de arte que propone un espacio detenido en el tiempo, el elenco, la escenificación de las noticias), sino en el de la distancia que media entre propuestas y logros. Una pena.


Un abrazo,

Gustavo Monteros

domingo, 12 de septiembre de 2010

El baile de la Victoria

El baile de la Victoria no figurará entre las mejores películas de Fernando Trueba, pero como ya lo demostrara, hasta su peor película (Two much tiene ese honor hasta la fecha) es atendible. Es que si se ama el cine y se respetan las enseñanzas de los grandes maestros, no se pierde de vista el derecho del público al entretenimiento y se evita la caída en el bodrio absoluto.


El baile de la Victoria tiene dos problemas fundamentales. Primero, tiene muchas subtramas, lo cual, en sí, no es un problema, sólo que aquí cada subtrama responde a un género distinto. Tenemos un policial negro (ladrón sale de la cárcel y nada ni nadie lo esperan), un melodrama padre-hijo (ladrón mayor con su hijo verdadero y con su hijo de la profesión, el ladroncito), un drama testimonial (chica muda, traumatizada por la desaparición de sus padres a manos de la dictadura pinochetista), un melodrama romántico (ladroncito con chica muda y ladrón con ex mujer), un melodrama con animales (ladroncito-caballo), una comedia de compañeros (ladrón con taxista), una historia de realismo mágico (ladroncito-caballo-cóndor), una comedia de justicia poética (ladroncito-ladrón-contra-los malos), una historia de revancha (ladroncito-alcalde de la prisión) y una comedia dramática de bambalinas (chica muda y bailarina y las dificultades para triunfar). Y si bien a Fernando Trueba le sobra talento para amalgamar todas las subtramas, cada escena que se inicia parece pertenecer a una película distinta, nueva. Trueba, hombre valiente si los hay, no le teme al sentimiento, lo que se agradece, ni al ridículo, lo que podríamos discutir. La subtrama de la bailarina, el concurso y la función a punta de pistola se aproxima al peor Hollywood y en un punto hace que Flashdance sea All that jazz. Segundo, el guión está sobrescrito. Y el que más paga el pato es Darín. Antes de que diga nada, Darín nos comunica su personaje, su conflictiva, sus circunstancias, como el inmenso actor que es, y el diálogo explicativo en demasía resulta redundante. Me hacía acordar a cuando Tinelli presentaba bloopers y recalcaba en off lo que ya estábamos viendo. (Se cae, se cae, sí, no somos tontos, vemos que se cae, decime otra cosa o no digas nada).


Hasta aquí un análisis racional. Así como cualquiera se enamora y no se plantea si el objeto de su amor es pecosa, calvo, o tiene un par de dientes torcidos, uno se enamora y punto, bueno, yo me enamoré perdidamente de El baile de la Victoria. Veía todos y cada uno de sus defectos y sin embargo no me importaba. Reía, me emocionaba, hinchaba por que las cosas le salieran bien al ladrón y al ladroncito. Quizá haya sido Darín o la frescura a prueba de balas de Abel Ayala, el ladroncito (un platense que ya se luciera en El polaquito y El niño de barro) o la ternura que me despertaba la bailarina de Miranda Bodenhofer o la indudable capacidad narrativa de Trueba, o que me divirtiera que este Santiago de Chile en la que transcurre la acción basada en la novela de Antonio Skarmeta fuera más cosmopolita que Casablanca con un ladrón argentino, una profesora de ballet brasileña, un taxista cubano y una ex esposa española. No sé. En el fondo el amor es inexplicable. Sólo sé, que disfruté cada segundo. Tanto que ya la vi como tres veces. (A decir verdad, se estrenó en España un año atrás y desde hace seis meses anda por internet, y yo, trucho como suelo ser, la bajé en el verano y la convertí en una de mis favoritas. A confesión de partes…)

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 9 de mayo de 2010

Carancho

Cinco motivos para ver Carancho


Primero. Porque es cine argentino del mejor. En lo personal, una buena película nacional me satisface doblemente ya que tiene paisajes e interiores que reconozco, personajes en los que me veo, una forma de hablar que me es familiar y una cultura que me refleja. Y cuando veo una excelente película como ésta, ni les cuento. Se me hincha el pecho con un orgullo que debe ser lo que se llama patriotismo. Me siento honrado de ser de un país que produce artistas de esta estatura. En una tierra en el que cipayismo es ley, y en la que hay que luchar para desembarazarse de un complejo de inferioridad que desde siempre nos lleva a oler a lavanda cualquier pedo extranjero, cuesta enorgullecerse de nuestros creadores. Pero ya es hora de sacudirse prejuicios y aceptar que el talento es talento y si es nuestro, cuánto mejor.


Segundo. Pablo Trapero. Con seis películas (Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante, Nacido y criado, Leonera y ésta), ha construido una trayectoria de una coherencia encomiable, de una creatividad inclaudicable y ha redondeado un estilo intransferible que sólo puede describirse con su apellido. El estilo Trapero. Si no le tuviera miedo a las palabras, le endilgaría el trato que le corresponde, el de maestro. (Perdón, más allá de mi entusiasmo anterior, aún me cuesta sacarme preconceptos que me fueron impuestos desde que tengo uso de razón.)


Tercero. Martina Gusman. Una magnífica actriz cinematográfica a la que la cámara ama. Y ella le retribuye tanto amor, entregándolo todo, no guardándose nada. Tiene un talento innato, una astucia, una intuición que la hace saber que no sólo se trata de confiar en la fotogenia o en la actuación sensible. Para brillar en el cine, hay que proyectar una personalidad, una manera única de enfrentar la cámara, eso que hace que Audrey Herpburn sea Audrey. La Gusman lo sabe y obra en consecuencia.


Cuarto. Ricardo Darín. Por mal que le pese a su modestia, para abarcar su trabajo hay que caer en los superlativos. No es sólo uno de los mejores actores argentinos, es uno de los mejores actores del mundo. Qué raro decir esto de un actor que uno vio nacer como un galán canchero y poco más. Pero lo vimos crecer, comprometerse con su oficio hasta llegar a ser este actor luminoso que hace cosas dificilísimas con la naturalidad de quien se peina. Un grande.


Quinto. La película en sí. Un policial negro hecho y derecho. Uno de esos en el que sus protagonistas por personalidad, por trabajo forjan un destino que los empuja a estrellarse. Ya se sabe, el azar en el policial negro favorece y desfavorece caprichosamente, pero a la larga la impiedad se impone. Trapero se acerca al policial negro clásico sin dejar jamás de ser Trapero (sobre todo en el trasfondo social, nítido, corpóreo, nunca discurseado, en el que sus historias se inscriben; se podrían escribir gruesos tratados sobre las resonancias de su dibujo social.) Y por si fuera poco, los últimos 10 minutos son de una contundencia narrativa maravillosa. Una secuencia inolvidable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 18 de agosto de 2009

El secreto de sus ojos

En el fondo los cinéfilos como los filatelistas, los hinchas de fútbol o los lectores de historietas siempre somos niños. Aunque el tiempo pase, nos pese y nos empape de cinismo, al entrar a una cancha o a un cine, al dar vuelta la página o recibir una nueva estampilla, la inocencia y el asombro nos devuelven intactos a lugares donde todo es posible y no sólo la aceptación de una realidad fría y árida.

Esto viene a cuento porque Juan José Campanella, un señor muy talentoso, y su cine me remiten a mí, calientabutacas curtido, al deslumbramiento de las primeras veces. Por más que pueda desmantelar sus trampas, remontar sus influencias, o tamizar su estilo, en algún momento su inquebrantable voluntad de contar me gana y ya no me importa nada, me dejo llevar de las narices por los vericuetos de su historia y navego por las corrientes de su narración con la ingenuidad del pibe que fui en las matinés iniciáticas.

Con El secreto de sus ojos vuelve al thriller (aunque la historia de amor tenga igual suspenso), y en mí, el milagro se repite. No diré nada de la historia para que los que no la conozcan se maravillen descubriéndola. Diré obviedades: 1) que la novela de Eduardo Sacheri en la que se basa es muy hermosa y merece ser leída, incluso después de haber visto la película, porque si bien el guión respeta el eje argumental, se permite desplazamientos de circunstancias y conflictos, y la comparación entre guión y novela se vuelve fructífera. 2) Que los cómicos (Francella y Gioia, en este caso) por estar cerca de las miserias humanas pueden pasar con gloria al drama. 3) Que la Villamil es una actriz con un rostro expresivo como pocos. 4) Que Darín más que actor es un prócer de la patria a quien sólo los superlativos pueden abarcar. 4) Que Rago apuesta a la economía de recursos y la pega creando un personaje inolvidable. 5) Que Campanella es dueño de una maestría inclaudicable. 6) Que los aspectos técnicos son impecables y un orgullo. 7) Que las historias supuestamente “pequeñas” están indisolublemente unidas a la historia con Mayúsculas.

Es una película excelente, aunque por suerte esta recomendación sea inútil. No veía tanta aglomeración de público por una película argentina desde los tiempos de Camila, y todos salimos tan conformes que muchos otros también se la recomendarán. Llévenles el apunte, se merece toda la adhesión pasional que está recibiendo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros