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viernes, 20 de marzo de 2026

Programa doble - Hoy: Muerte en invierno - Dead of Winter


 

Harto de que me suden hasta las ideas, elijo ver películas que transcurran en fríos intensos a ver si me disminuyen el calor, aunque más no sea por ósmosis. Opto por dos que no solo transcurren en invierno, se llaman igual, en inglés y en español (o sea en el original y en su traducción) sino que pertenecen al mismo género, el thriller.

 

La primera que veo es de 2025, la dirigió Brian Kirk y la protagoniza Emma Thomspon. La segunda es de 1987, la dirigió el maestro Arthur Penn y la protagoniza Mary Steenburgen.

 

En Dead of Winter / Muerte en invierno, de 2025, Barb (Emma Thompson), viuda reciente, se dispone a cumplir la última voluntad de su marido, que implica volver a donde tuvieron su primer fin de semana compartido. Como es gente cercana a la naturaleza, se trata de volver a un lago helado en un rincón perdido del mapa. Y como no es mujer a la que va a detener una tormenta de nieve y viento, allá va ella. Con tan poca fortuna (para ella y mucha para el espectador) que se cruza con el secuestro de una mujer joven. Entonces dos preguntas se imponen. ¿Qué hará Barb? ¿Por qué se produjo el secuestro?

 

En Dead of Winter / Muerte en invierno, de 1987 Katie McGovern (Mary Steenburgen) una actriz desconocida y sin trabajo acepta suplantar a otra que “por motivos personales” abandonó una filmación, que se lleva a cabo en una cálida y confortable mansión, alejada de la civilización y perdida entre bosques y montañas heladas. La aislada mansión pertenece al Dr. Lewis (Jan Rubes), un psiquiatra que oficia asimismo de productor de la película. Este médico en silla de ruedas es atendido por un secretario / cocinero / mucamo / mayordomo y para lo que guste mandar, el Sr. Murray (Roddy McDowall). Katie pronto comprenderá que el tándem Lewis – Murray se traen entre manos algo más que una filmación. Algo que puede ser letal para Katie, si no se despabila a tiempo. Entonces dos preguntas se imponen. ¿De qué viene la trama esta del reemplazo? ¿Y el gato encerrado del posible chantaje involucra acaso un asesinato?

 

Para disfrutar plenamente de estos dos thrillers conviene aceptar las convenciones del género y no volverse muy quisquilloso con la lógica. No es que pidan una extraordinaria suspensión de la credibilidad, pero tampoco andarle contando las costillas a la trama, que no en vano cada género viene con sus aspectos fundantes, sus licencias permitidas, sus trampas constituyentes y sus desenlaces insospechados, aunque a veces vengan traídos de los pelos.

 

Porque si en las de amor, por más que no todos se quieran casar, no por eso van a evitarnos la linda boda final que augura que serán felices o algo así y que comerán las perdices. Del mismo modo, los thrillers se permiten balas que no salen, policías despistados e ineficientes y salvaciones sobre la hora.

 

Me enredé. La cosa es sencilla. Si se aceptan las convenciones, las dos películas cuentan con personajes atrayentes y de segura identificación, historias bien perfiladas y actuadas, y finales cortantes y nada abiertos.

 

O sea que me entretuvieron mucho y si no me refrescaron, me hicieron olvidar por un rato el calor insoportable. Y cuando una película te hace olvidar por un rato las situaciones adversas que te atraviesan, es buena. En mi manual y en el de todos.

 

(La de Emma Thompson gira todavía por los cines, la de Mary Steenburgen puede verse hoy por hoy en Prime Video)

Gustavo Monteros


viernes, 25 de marzo de 2022

Filadelfia


 

Demos un paseo por películas que tienen el nombre de una ciudad, país, provincia o accidente geográfico como título (ejemplos: Veracruz, Tanganica, Kamchatka, etc)

Hoy: Filadelfia

 

Filadelfia (Jonathan Demme, 1993) nació con suerte. Consiguió lo que se propuso con creces. En lo artístico, en lo político, en lo social y sobre todo en lo económico, que más le importa al show business, industria que, por desgracia, en estos años, es más business que show.

 

Quizá Filadelfia fue el éxito que fue porque Demme y sus productores se manejaron con claridad meridiana. Jamás ocultaron que querían una película popular y aleccionadora sobre un hombre que moría de SIDA. Cimentaron el proyecto con la participación de Tom Hanks, figura taquillera por excelencia, que saltó de entusiasmo ante la posibilidad de ensanchar su registro dramático. Más tarde cuando Denzel Washington y el latin lover del momento, Antonio Banderas se sumaron, la película auspiciaba bien, al menos desde la star-potential. También fueron más que a lo seguro con los secundarios, los claves cayeron en las hábiles manos de Jason Robarts, Joanne Woodward y Mary Steenburgen.

 

Como dijimos la idea era demoler la ignorancia y los estúpidos prejuicios erigidos alrededor del SIDA, y el guión de Ron Nyswaner, basado en un caso real, obraba con astucia. Un abogado de una gran firma legal, Tom Hanks, era despedido por haber contraído SIDA y contrataba a un colega de poca monta y no mucha experiencia en pelearse con corporaciones y que bordeaba la homofobia, para decirlo con amabilidad, Denzel Washington.

 

El guión era pillo en el sentido que entrábamos en el conflicto desde el personaje  de Washington, o sea que, al menos en un inicio, se nos permitía ser gay-unfriendly, y a medida que el personaje de Denzel evolucionaba y abría su mente, también lo hacíamos nosotros.

 

Conmoción creada, claro, por el impar talento de Hanks, que refulgía por los cuatro costados. Sarah Bernhardt que consideraba que agonizar lentamente en escena como en La dama de las camelias era el desafío supremo para un histrión (morir, muere cualquiera, pero hacerlo bien, ¡solo los grandes!), hubiera aplaudido a Hanks de pie.

 

Pero como todas las cosas hechas con buena leche, la repercusión social perduró en el tiempo y fue más allá de las propuestas iniciales. Filadelfia no solo derribó los prejuicios contra el SIDA, sino que contribuyó a demoler la idea retrógrada de que la homosexualidad era una monstruosidad.

 

Entre los activistas gay hubo polémica respecto de darle el protagónico a un actor heterosexual, entiendo el fervor militante, aunque noto también la contradicción absurda. Si solo los gays pueden hacer de gays, si solo los abogados pueden hacer de abogados, los neuróticos de neuróticos y así sucesivamente, se anula el juego de ser otro que es la esencia de la actuación.

 

Eso sí los productores son productores y una cosa es ser bienpensante y otra pasarse de valiente. Banderas, como es habitual entre los actores europeos, y en su caso demostrado en las películas que ya había hecho con Almodóvar, no tiene problemas con la representación sexual del tipo que sea y como Hanks tampoco, en este caso en particular al menos, hubo escenas, más que de sexo, de gran ternura entre la pareja que conformaran en cámara. Escenas que fueron eliminadas en la copia final por temor a molestar al público. Quedaron un par de besos. Que como el proverbial vaso de agua famoso, no se le niega a nadie.

Gustavo Monteros