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viernes, 12 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Novena jornada


 

Y como todo llega a su fin, concluyo con esta jornada mi primer festival Festival LGBTQ+.

Comienzo con Blue Jean (Georgia Oakley, 2022). Estamos en Newcastle en 1988. Jean (Rosy McEwen) lleva una vida partida. De día es profesora de Educación Física en una escuela secundaria, de noche vive plenamente el romance con su novia Vivi (Kerrie Hayes) en pubs, discotecas o en el refugio para lesbianas pobres que ayuda a mantener. O sea que sus días transcurren entre el closet y la zona de confort. Pero no son tiempos para medias tintas. El Thatcherismo rige desatado y logró instituir el Artículo 28 que prohíbe la representación positiva de la homosexualidad en escuelas, clubes y sedes municipales. Y ya se sabe, el oscurantismo no admite tibiezas. Y menos si se trabaja con adolescentes que intentan la definición de sus identidades sexuales, ante los cuales no hay que postularse necesariamente como un modelo a seguir, pero si ser sinceros y consecuentes con las elecciones de vida adoptadas. Jean despierta nuestra adhesión y simpatía porque no hace nada heroico: desanda caminos tomados, mete la pata y aprende a recomponerse. Se trata de una película elocuente y astuta, que en vez de predicarnos, nos invita a cuestionar y cuestionarnos. Está actuada como los dioses y merece todos y cada uno de los premios que lleva ganados.


Continúo con Desobediencia (Sebastián Lelio, 2017). Esti (Rachel McAdams) aprehende en sus huesos que al nacer se pierde todo sentido de libertad. Uno, como ella, puede nacer en un ambiente cerrado a cualquier posibilidad que no sea la que promueven estrictamente, por identidad, por filosofía, por convicción religiosa. Sus raíces se asientan en la comunidad judía ortodoxa. Al haberse apartado su objeto de amor y deseo, Ronit (Rachel Weisz), Esti  negó su sexualidad y se casó con el amigo de ambas, Dovid (Alessandro Nivola), un hombre que no perdió su bondad y comprensión por más que esté inscripto en la severa tradición. O quizás tan solo ama a Esti con todo su ser. Pero Ronit regresa porque ha muerto su padre, un gran rabino, respetado hasta la veneración y deja vacante un puesto para el que Dovid es requerido por todos. Ronit es una fotógrafa de prestigio que ahora vive su vida sin restricciones de ningún tipo. Y Esti no pretende replantearse nada, pero la mera presencia de Ronit despierta lo ineludible. Disobedience significó para el chileno Sebastián Lelio (Gloria, Una mujer fantástica) la primera incursión en el cine de habla inglesa y fue una experiencia de la que no solo salió ileso sino justamente laureado. Y los brillantes Weisz, McAdams y Nivola engrosaron su estimable currículo gracias a esta película con actuaciones de las que siempre se sentirán orgullosos.



Y termino con The World to Come / Deseo prohibido (Mona Fastvold, 2020). Estamos en 1856 en Shoharie County. Abigail (Katherine Waterson) y Dyer (Casey Affleck) son dos granjeros que intentan reponerse de la pérdida de su pequeña hija. Y no ayuda a superar la tristeza que la tierra no sea pródiga y las condiciones climáticas inclementes. Una pareja sin hijos, Tallie (Vanessa Kirby) y Finney (Christopher Abbott) se muda a las vecindades y palia levemente el aislamiento. Pero una pasión irrevocable surge entre Tallie y Abigail. Y si los amores son difíciles de ocultar en una metrópolis, en tierras tan inhóspitas y deshabitadas se vuelven tan visibles como el sol. Dyer, sensibilizado tal vez por la pérdida sufrida, tiende a ser generoso. Finney, en cambio, es cruel y mezquino y ya la anécdota del perro que cuenta lo presenta como temible a la hora de la frustración. Esta película puede verse en Amazon Prime Video y ganó el Queer Lion de la edición 2020 del Festival de Venecia.

 

Y así damos por finalizado el Primer Festival LGBTQ+. No hay premiación porque es una muestra de divulgación no competitiva. De no mediar imprevistos, volverá. Muchas gracias.

Gustavo Monteros

jueves, 20 de junio de 2019

About a boy - Un gran chico

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(¿No es que una imagen vale más que mil palabras? Me ahorro las mil palabras, pero por si no hubiera quedado claro, recomiendo rever o ver uno de los clásicos recientes: About a boy o Un gran chico (2002) de Chris y Paul Weitz con una de las más notables actuaciones del gigantesco Hugh Grant, a la que le sumamos una performance inolvidable de la genia de Toni Colette, más la hermosa y talentosa Rachel Weisz, más el papel que le dio el espaldarazo a la carrera del por entonces pequeño Nicholas Hoult. Más una historia inolvidable, llena de réplicas brillantes. ¿Qué más se puede pedir?

About a boy o Un gran chico puede verse en Netflix. 

¡Buen día de la Bandera!

Gustavo Monteros 

jueves, 3 de marzo de 2016

La juventud



A Paolo Sorrentino  (L'uomo in più, 2001, Las consecuencias del amor, 2004, El amigo de la familia, 2006, Il divo - La spettacolare vita di Giulio Andreotti, 2008, This must be the place, 2011, La grande bellezza, 2013) se le puede culpar de muchas cosas menos de falta de ambición. En La juventud (Youth, 2015), considerado por muchos críticos europeos como un film menor (¡?) se propone nada más ni nada menos que desentrañar el sentido de la vida. Sus personajes discurren sobre la vida y la muerte, y se asientan en tres ejes: el paso del tiempo y sus consecuencias, el amor y la creación. Dicho así puede parecer que todo es sesudo, profundo, demandante, pero no, es de fácil acceso, fluye y es altamente entretenido.


Pasan unos días de verano, en una mezcla de hotel, spa y sanatorio de Suiza (escenografía compuesta por varios hoteles de lujo, porque de existir en un solo lugar tantas comodidades como se muestran, uno haría lo imposible por procurar visitarlo) Fred Ballinger (the one and only Michael Caine) un compositor y director orquestal retirado, que resiste la invitación de la reina de Inglaterra a salir de su exilio artístico; su amigo de toda la vida, Mick Boyle (Harvey Keitel) un director de cine, que rodeado de un grupo de jóvenes guionistas ultima el borrador de su próxima película; Jimmy Tree (Paul Dano) un astro cinematográfico que procura aceptar las dificultades de su próximo papel; un innominado ex jugador de fútbol latinoamericano (nuestro Roly Serrano), considerado un dios, reconocido internacionalmente, muy excedido en peso y con dificultades para respirar, que se halla en recuperación y reposo, y que provoca una respetuosa deferencia de los mencionados anteriormente (cualquier semejanza con Diego Armando no es pura coincidencia), entre muchos otros huéspedes. Más tarde irrumpirá, Lena (Rachel Weisz) hija de Fred/Michael Caine y también su asistente; Julian (Ed Stoppard) el esposo de Lena con su nueva pareja, la estrella pop Paloma Faith, representándose a sí misma. Y claro, los médicos, las enfermeras, las masajistas, los recepcionistas, los entrenadores de distintas disciplinas, los botones, las prostitutas, los artistas que noche tras noche los entretienen con un show, y hasta la nueva y tremendamente escultural (como puede apreciarse en el afiche) Miss Universo (Madalina Ghenea). Ah, y cerca del final, Jane Fonda haciendo de ícono del cine, algo que salvo ella y tres más pueden hacer.


Este variadísimo elenco charlará sobre sus problemas, a veces los enfrentarán, otras veces no, resolverán alguna cosa o no, de tanto en tanto se entregarán a diálogos sentenciosos, pero en el jamás de los jamases, aburrirán.


Paolo Sorrentino es el rey del gran angular, de las tomas panorámicas, de los barridos abarcadores y épicos, de las grandiosas tomas multitudinarias; es también un insobornable buscador de belleza, que a veces encuentra y otras se queda en lo meramente “lindo” y casi publicitario; y como ya dijimos, un ambicioso que no se anda con chiquitas. Puede que sus logros no estén a la altura de sus ambiciones, pero se gana el respeto por salirse de la medianía, de lo seguro, de lo transitado. Como trabaja con constancia, de a poco nos vamos familiarizando con su estilo, con sus modismos, con sus obsesiones, y en un día no muy lejano comenzaremos a considerarlo un maestro. Esta vez no está el actor Toni Servillo, su protagonista frecuente, y en un papel que se adivina pensado para Servillo, Michael Caine le saca lustre a su inmenso talento. Su actuación no solo es deslumbrante, es antológica.


En resumen, no será perfecta, lejos de ello, pero es imperdible. Sobre todo para los admiradores de Caine, que le andábamos deseando un gran papel, y para los jóvenes cinéfilos, que por obvias razones ya no podrán decir “vi un Visconti, un Fellini, un Bergman en estreno”, pero que podrán enorgullecerse de haber visto Sorrentinos en estreno.

Gustavo Monteros

viernes, 7 de septiembre de 2012

360





La ronda es muy volvedora, y no me refiero al juego infantil al son del Puente de Aviñón, sino a la obra teatral de Arthur Schnitzler. La ronda, escrita en 1897 pero estrenada recién en los años veinte del pasado siglo en Berlín y Viena con éxito, censura y escándalo, como las mareas y las golondrinas, no deja de volver. Conoció incontables versiones teatrales, numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas. Hoy se vampirizan sus temas y su estructura, más que su contenido. (¡Hasta yo tengo una reformulación de la misma!) Es que el amor, el adulterio, la pasión, el deseo, la frustración, la melancolía, la insatisfacción, el descontento son cositas tan inherentes al humano como las cucarachas a la cocina. Pero lo más seductor de La ronda es su estructura. A se relaciona con B, B con C y así hasta la letra que queramos; pongamos que lleguemos a la Z; al final Z se relaciona con A, y el círculo se completa.

Ahora le toca el turno al guionista Peter Morgan (El último rey de Escocia, La reina, Frost/Nixon, Más allá de la vida) y al director Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel, Ceguera) tomarse de las manos y ponerse a dar vueltas. De La ronda de Schnitzler sólo queda que el círculo se abre y se cierra en Viena con la prostitución como fondo, y dos aportaciones novedosas saltan a la vista, primero, ya no son los habitantes de una misma ciudad los que se relacionan sino hombres y mujeres de distintas partes del mundo, porque ya se sabe, claro, el planeta hoy está interconectado e ir de acá para allá es de lo más común. Viena, Paris, Berlín, Londres, Denver, Phoenix son algunas de las ciudades por las que pasean las historias. Y segundo, los personajes más que de lujuria y deseo, están dominados por la ansiedad, la depresión y la culpa.

La diversidad de las historias en diferentes ciudades trae el recuerdo de todas aquellas películas de los sesenta y setenta que se articulaban en episodios o que transcurrían en locaciones turísticas como valor agregado. El elenco es multiestelar y va desde estrellas internacionales como Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz o Ben Foster hasta estrellas reinantes sólo en su país de origen como la brasileña María Flor o el alemán Moritz Bleibtreu. Y las historias van del viejo y querido adulterio hasta otras mucho menos transitadas como la del violador en recuperación. Morgan y Meirelles quieren patentizar aquello siempre rendidor del azar y el destino, pero son los personajes los que terminarán implantándose o no en  nuestra memoria.

A mí me hicieron más mella la historia del aeropuerto con Hopkins, María Flor y Ben Foster y la de Londres con Rachel Weisz, más que nada, porque como ya he confesado más de una vez en estas páginas, la amo hasta el delirio, la chica es hermosa, tiene una voz acariciante y talento para repartir.

Lo de Hopkins viene con un chusmaje. El hombre tiene una larga historia de pelear y haber vencido adicciones varias y quería que algo de eso apareciera en la película. Morgan y Meirelles coincidieron con que la sugerencia sumaría a su personaje y agregaron la secuencia de Alcohólicos Anónimos, en la que Hopkins hace un desparramo de talento que yo venía extrañando desde los tiempos de Lo que queda del día.

La película fue elogiada o denostada por los mismos motivos: su ambición, su elegancia, la elocuencia de sus historias. De modo que todo se reduce al lugar donde uno se para. Yo me paro entre los que la aprecian. Meirelles es un director que me gusta. Soy sensible a su buen gusto visual, a su banda de sonido tan sofisticada como bella y a su talento narrativo. De allí que la recomiendo, uno pasa un par de horas de lo más agradables y estimulantes. Para un fin de semana que se anuncia lluvioso ¿qué más se puede pedir?

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 3 de septiembre de 2011

La verdad oculta



Kathryn (Rachel Weisz) es una policía de alma, tanto que hasta pierde la custodia de su hija adolescente por desatender su vida privada. Cuando el pedido de traslado falla, el jefe la anoticia de un puesto en Bosnia como agente de paz. Hacia allá parte la pequeña y no tarda en hacerse notar. Por su sexo termina ocupándose primordialmente de los casos de violencia de género. Y no va y se topa con una red de explotación sexual. Pareciera que involucra a unos cuantos oficiales corruptos, pero no, la organización se enraíza en esferas más altas, incluso de la ONU, oops! ¿Cuándo frenar? ¿Hasta dónde llevar la denuncia? Nunca y tan lejos como se pueda porque es una policía de alma y porque las víctimas no son sólo prostituidas y explotadas sino que torturadas física y emocionalmente, laceradas y a la postre, asesinadas.

La verdad oculta es un drama de denuncia basado en hechos reales. Los dramas de denuncia suelen pecar de ingenuos. Alientan la fantasía de que con un poco de voluntarismo y un mínimo de heroísmo pueden desarmarse tremendas trapisondas de reverendos sátrapas (Erin Brockovich) Sí, sí, contamela. La verdad oculta no cae en esos desatinos. La victoria es pírrica, el hilo se corta por lo más delgado, caen las cabezas de turcos de costumbre y el mundo sigue andando.

Rachel Weisz se pinta sola para el papel, tiene la mezcla ideal de fortaleza y sensibilidad. Su cara es un prodigio de expresividad y su voz grave y hermosa tiene más matices que un atardecer. ¿Queda claro que la chica me parece el colmo del talento, no?

Esta ópera prima de Larysa Kondracki es tersa, vibrante y muy cruda por momentos. Algunos críticos la acusan de regodearse en lo que critica: el salvajismo con que se trata a las chicas, a las que un cínico personaje llama “putas de guerra”. Histericones, los señores críticos. Si haces una película sobre la trata de personas y mostrás las vejaciones físicas y morales a las que son sometidas, te acusan de sadismo; y si no las mostrás, de no estar a la altura del tema tratado. Activos-pasivos, que le dicen.

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ágora

No sé qué me conmovió más, si la trágica historia de amor que culmina consumándose atrozmente o que la película termine con el advenimiento de uno de los ciclos más oscuros y miserables por los que ha pasado este pobre mundo.


Estamos en Alejandría en el siglo IV DC. Soplan vientos de cambio. Y cómo soplan. Como no puede ser de otro modo, la coexistencia de paganos, judíos y cristianos es conflictiva. El ágora, plaza pública en la que se debaten las ideas es el ámbito natural de Hipatia (Rachel Weisz) filósofa neo platónica, astrónoma y matemática. Y el film se centrará en su relación con los hombres y la ciencia.


Alejandro Amenábar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro) se vale de la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media para hablar de la injerencia del odio y el fanatismo en las resoluciones políticas. (La relevancia que adquiere en estos días el nuevo Tea party yanqui ratifica que Alejandrito no está equivocado en plantear estas metáforas). Poco se sabe con certeza de la Hipatia real (las razones para este desconocimiento se patentizan en el film: la destrucción de todo vestigio de cultura antigua) por lo que Amenábar con su coguionista Mateo Gil se montan tanto en la verdad como en la leyenda para contar la historia. Insuflan de un bienvenido espíritu romántico a la mítica figura de Hipatia, pero lejos están de elaborar una elegía ciega del mundo perdido. Y sabiamente no resuelven la dicotomía entre una antigüedad culta y esclavista y un cristianismo solidario y fanático.


Amenábar se aleja de los ámbitos cerrados e íntimos que son su especialidad y nos entrega una película de largo aliento bella e inteligente. Sermonea por momentos, pero no tanto como para irritar. Otras veces bordea lo obvio, pero lo hace para ser claro, no para tratarnos de tarados.


En lo personal, la película tiene un imán irresistible: Rachel Weisz. Debo confesar que la chica es una de mis debilidades. Su voz grave y oscura me seduce hasta lo indecible, me erotizaría aunque me leyera la tabla de logaritmos. Por suerte es además una actriz espléndida por lo que no me reduce a un pajero irredento.

Un abrazo,
Gustavo Monteros