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viernes, 2 de agosto de 2024

Querido diario - Hoy: Régis Roinsard


 

Buscando algo para ver, me remito a mi lista de películas que ya tendría que haber visto (los cinéfilos tenemos muchas listas, somos gente muy organizada, no vayan a creer lo contrario, además de maniáticos, minuciosos, memoriosos, somos de hacer listas, en fin, se es lo que es). Retomo. Al escrudiñar la lista, noto que hay tres películas francesas del mismo director, Régis Roinsard, que todavía no he visto, vaya a saber por qué motivos, pero con temáticas que me interesan. Y casualmente estos tres títulos conforman su filmografía de largometrajes hasta la fecha, de modo que, si me pongo al día, habré conocido toda su obra. Para no innovar, comienzo por la primera.


Populaire es una comedia romántica deportiva del 2012 y está protagonizada por Déborah François y Romain Duris. Estamos en el interior de Francia en 1958. Rose (Déborah François) es la única hija del ferretero del pueblo, un viudo con pocas ganas de reincidir en el matrimonio, y que quiere asegurar el futuro de Rose, casándola con el hijo del mecánico. Rose quiere algo más para su vida y como ve que su padre no cejará en su intento de casarla, una buena madrugada hace su valija y se va a un pueblo vecino, previo dejarle a su padre una carta de despedida. Rose, como muchas muchachas de su época, según novelas, películas y series que transcurren en esos tiempos, tiene la fantasía de profesionalizarse como secretaria. Así que de blusa, falda acampanada y colita de caballo (le faltan los anteojos con forma de antifaz, a decir verdad) va a pedir trabajo de secretaria al agente de seguros de su nuevo pueblo, Louis Échard (el bueno de Romain Duris). La entrevista es un desastre, pero alcanza a mostrar un factor que la hace única, es una dactilógrafa de velocidad asombrosa, aunque escriba con dos dedos. Esta característica despertará en Louis al deportista frustrado (venía para corredor de fondo, pero una lesión se lo impidió) Es que el pobre acaba de leer un panfleto que invitaba a ver o participar en un concurso de dactilógrafas. Le propone a Rose que el trabajo será suyo si se compromete a aprender a escribir con los 10 dedos, desarrollar mayor velocidad que la exhibida y a participar en campeonatos de dactilógrafas. Rose acepta y Louis que no pudo ser atleta, será lo que más se le aproxima, un entrenador. Y como por más que haya deporte, primero estamos en una de amor, Rose y Louis son atravesados por la flecha de Cupido, pero, claro, Louis se niega a pasar de entrenador a galán, algo que agotará la paciencia de Rose. Entonces…


Les traducteurs es un policial whodonit con sorpresas, que cambian el juego o la perspectiva del mismo cada 15 minutos. Es del 2019 y cuenta con un elenco multiestelar internacional, en el sentido más estricto de la palabra. Lambert Wilson, Olga Kurylenko. Riccardo Scamarcio, Sidse Babett Knudsen, Eduardo Noriega, Alex Goodman, Anna Maria Sturm, Frédéric Chau, Maria Leite, Manolis Mavromatakis, Sara Giraudeau y Patrick Bauchau. La cosa es que está por salir el último libro de una saga exitosísima escrita en francés. Es un fenómeno de alcance mundial. El original en francés y todas sus traducciones deben salir el mismo día. Para ello encierran en un bunker ultrasecreto a traductores de inglés, griego, chino mandarín, español, italiano, portugués, danés, ruso y alemán. Se les quitan los celulares, y todo artefacto que pueda comunicarlos con el exterior. Se les entregarán computadoras que no tendrán conexión a internet, trabajarán simultáneamente y ante cualquier duda en su trabajo deberán arreglárselas con esas antiguallas conocidas como libros de referencia, o sea diccionarios y enciclopedias. Prácticamente son presos voluntarios incomunicados. La idea es que nadie pueda filtrar detalle del libro. Pero lo impensable sucede. El responsable a cargo de los traductores, Eric Angstrom (Lambert Wilson) recibe evidencias de una filtración y es chantajeado. Si no paga una millonada, el primer capítulo será publicado en internet, y el gigantesco éxito quedaría boicoteado. ¿Quién fue el o la que burló medidas de seguridad tan extremas? (¡Hasta guardas armados tienen!). Otra que “El misterio del cuarto amarillo”. Entonces…





En attendant Bojangles (Esperando a Mr. Bojangles) es un melodrama romántico de realismo mágico de 2021 y lo protagonizan la maravillosamente bella e hipnótica de Virginie Efira, el bueno de Romain Duris (otra vez) y el rotundamente simpático de Grégory Gadebois. Otra vez estamos a fines de los cincuenta. Georges Fouquet (Romain Duris) es el hijo de un rico empresario que se niega a continuar con el negocio familiar. En un coctel de millonarios se pone a contar historias desorbitadas para gusto del grupo que lo oiga. Seduce y confunde a su auditorio, son tan traídas de los pelos, que pueden ser ciertas. Y se va antes de que puedan descifrarlo. De repente va a una chica, Camille (Virginie Efira) que ha llegado como compañía de un importante político, Charles (Grégory Gadebois) comportarse de una manera muy extraña. Baila y escapa con ella. La pierde, pero a través del político la reencuentra. Camille tiene algo así como lo que podríamos considerar un trastorno bipolar galopante que bordea la demencia. Sus mejores momentos son cuando habita un estado de fantasía que roza el delirio. Georges, que cuenta con los medios para sostener este estado, se lo produce y se casa con ella. El padre lo deshereda, pero Charles, ahora parlamentario, logra que pasen una ley de control vehicular, que monopolizará el taller mecánico que abrirá Georges. Camille al poco tiempo tiene un hijo de Georges, Gary (Solan Machado Graner) que crecerá en este corrimiento de la realidad que Georges produce para Camille. Viven en un piso en París. Al lado de la puerta hay una pirámide de sobres con cuentas que jamás se abren porque Camille no cree en abrir cartas, la mascota de la casa es una cigüeña (o algo así, la zoología no es lo mío) exótica y el único disco que se oye es el simple de Nina Simone cantando Bojangles, tema sobre el bailarín negro homónimo, de ahí el título del filme. Hay fiesta todas las noches y la comida y bebida es muy caprichosa. Gary anda por los diez años, cuando Camille de a poco cae en la demencia sin retorno. Georges lo niega y procura mantener el reino de fantasía, pero cuando ella incendia el piso, no le queda más remedio que aceptar la realidad e internarla en un manicomio. A esta altura estamos como a fines de los sesenta y la demencia se trataba con métodos cercanos a la tortura. Padre e hijo secuestrarán a Camille, la llevarán a España a un castillo que Georges compró con la venta del taller y la concesión de la revisación vehicular e intentarán tratarla con un método de fantasía controlada. Entonces… (Dos detalles, el filme se basa en una novela best-seller de Olivier Bourdeaut y se terminó de filmar cuatro días antes de que comenzara el confinamiento por COVID en Francia, si eso no es tener suerte, no sé qué lo sea).

 

Como sea, me gustó conocer a Régis Roinsard. Tiene, claro, una predilección por el cine popular. Pero no de cualquier modo, si no con el mayor arte posible que le permita el relato, sin extrapolarlo de lo que imagina el gusto popular. Es una especie de autor de cine industrial, si es que tal cosa existe. Circunscribe sus historias a un género y juega con todas las trampas que dicha elección le permite.

 

Populaire es una de deportes tanto como una de amor y no excluye una por la otra. Baraja todos los platos en sus palitos sin dejar caer ninguno. En Les traducteurs se permite todas las trampas que le habilita el género para ir engañando al espectador: da la información con cuentagotas, en un diálogo revelador, enfoca solo a un personaje y así no sabemos con quién es que habla, da pistas falsas, retiene detalles que revelará cuando le convenga, etc. El rompecabezas cierra, pero con tanta trampa no puede evitar que el cuento le quede medio frío, no es posible identificarse con personajes que siempre están incompletos para que el engaño funcione.

 

En Esperando a Mister Bojangles, hay problemas de la novela original (los bolazos de Georges al principio son medio pedorros, por ahí es porque somos latinoamericanos, de las tierras donde se descubrió, inventó, o fomentó el realismo mágico, debe ser por eso que estos cuentos no satisfacen nuestro paladar, nos suenan rancios) y también problemas propios de la transcripción cinematográfica (algunas convivencias de realidad-fantasía hacen ruido, no están logradas. Por ahí en el papel están bien, aunque realizadas no tienen una lógica que las fortalezca. Las aceptamos y seguimos adelante porque nos decimos: el relato viene para ese lado, es “volado”, algo que no deberíamos vernos obligados a convalidarlo. Aunque la magia de Virginie Efira, que destruye todo atisbo de ineficacia insalvable, nos hace pasar por alto estos inconvenientes.  Duris y Gadebois ponen lo suyo, pero es ella, la que con su belleza y sensibilidad, nos conmina a refrendar el delirio en el que vive su personaje. Con una aliada así, cualquiera.

 

Aunque disfruté la obra de Roinsard, una ironía paradojal queda rondando: me gustó más Populaire, que es la primera. Puede que Los traductores y Esperando a Bojangles sean mucho más ambiciosas, pero la ambición ante el logro escaso no es buena excusa.

Gustavo Monteros

jueves, 28 de enero de 2016

Una buena receta



Esta película al menos está más cerca de hacerle justicia al título que le pusieron los distribuidores locales (Una buena receta) que al original (Burnt/Quemado). Como el gin tonic o la ensalada caprese, mezcla elementos puros y simples para lograr un resultado gustoso: la película de cocineros con la película de segundas oportunidades.


El cine siempre se ha encargado de la cocina, primero lateralmente y en estos últimos tiempos muy centralmente. Algunos ejemplos, a los que ustedes pueden sumar los propios: Ratatouille (2007), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), La fiesta de Babette (1987), Comer, beber, amar (1994), Las mujeres arriba (2000), Bella Martha (2001), ¿Quién está matando los grandes chefs de Europa? (1978), Fuera de la carta (2008), El hijo de la novia (2001), Vatel (2000), El bueno de la película (o sea Jackie Chan) (1997), Soul kitchen (2009), La gran comilona (1973), Big night (1996), Sin reservas (mala remake de Bella Martha) (2007), Julie & Julia (2009), Espanglish (2004), Chef: la receta de la felicidad (2014), Un viaje de diez metros (2014).


Comer forma parte de las tres grandes Ces (perdón, voy a decir una grosería… o dos): Comer, Coger, Cagar. La última sobre todo tiene tan mala prensa que está cerca del desvalor. Paradoja, que los de tránsito lento, consideran muy injusta. Luis Buñuel, a quien le gustaba jugar con los absurdos sociales, en El discreto encanto de la burguesía, 1972, para demostrarnos lo antinatural o descabelladas que pueden ser las convenciones, invierte los términos: la gente se reúne a cagar y se encierra en los baños, vergonzosamente… a comer. No se preocupen, todo esto es un desvarío mío, este film no es La gran comilona en el que las tres Ces guardaban mucha relación sino que solo se concentra en la primera C, o sea comer, y su anverso, o sea, cocinar.


Del segundo elemento de esta receta o sea el film de segundas oportunidades no daremos detalles ni ejemplos, porque más o menos el 99, 99% de las películas que andan dando vuelta por la televisión, el cable, el cine o el streaming son… de segundas oportunidades. La moraleja de los cuentos ya no está en elegir bien para no equivocarse sino en no arruinar la segunda oportunidad cuando llega. Por segunda, claro, se entiende también, la tercera, la cuarta, etc. A esta altura son como la penitencia para los católicos, tras una buena confesión, llena de mucho arrepentimiento, y un castigo de 14 Ave Marías y 15 Padre Nuestros, uno se redime de cualquier pecado. Como mi alumna adulta con quien discutíamos de política antes del balotaje y yo le enunciaba las devastadoras medidas implicadas en las engañosas palabras de pastor evangélico de Macri y ella me contestaba con la Campaña Bu (o sea la ridiculización de nuestros argumentos reduciéndolos a la agitación de miedos para evitar votos); para cerrar la discusión le decía que al año siguiente cuando la viera en el recreo, como Macri ya habría tomado todas las medidas que le señalaba, yo le reclamaría que lo hubiera votado, a lo que ella me contestaba que no tendría derecho a reclamarle nada, porque ella lo había hecho… de buena fe. Que si ya sospechaba que quizá yo tenía asidero en lo que decía, y que mejor no lo votara, así nos evitara a todos el arrepentimiento de… buena fe, no entraba en sus consideraciones. Así nos va. Pero no nos amarguemos, sigamos hablando de cine.


El bueno de Adam Jones (Bradley Cooper), que fuera un renombrado chef de éxito en la dorada París, después de cumplir una penitencia de abrir un millón de ostras en la abnegada Nueva Orleans, por haber arruinado su vida y la unos cuantos más en el maremágnum clásico de drogas y alcohol, se dirigirá a la benemérita Londres a triunfar con otra estrella Michelin (el Óscar de los cocineros) y obtener el perdón propio y el de algunas de las otras personas que dañó, como Tony (Daniel Brühl), Michel (Omar Sy),  Max (Ricardo Scamarcio), o su ahora enemigo Reece (Matthew Rhys) y en el camino no hacerle la vida imposible a los recién llegados, David (Sam Keeley) y a Helene (Sienna Miller).


Al ratito nomás de empezada la película aparece la divina de Uma Thurman, como una crítica de restaurantes, cita cinéfila que se permite el director y que homenajea al género de cocineros, porque no olvidemos que Uma fue el inolvidable objeto de amor de Vatel que no era ni más ni menos que Gérard Depardieu antes de algunos últimos excesos. Por la mitad aparece, como una psiquiatra, la gran Emma Thompson, a quien le tocan las líneas sentenciosas, que dice con tanta autoridad que evita sonar como el maestro Yoda. Y cerca del final aparece, una de las actrices de moda, talentosa ella, Alicia Vikander, como una ex compañera de juergas de Adam Jones, o sea el bueno de Bradley Cooper.


Dirigió John Wells que viene de dirigir Agosto (2013) con ese elenquito que incluía a Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor y más gentuza de esa calaña, remember? Bueno, el señor sabe dirigir actores y, en esta también, los saca a todos buenos. Daniel Brühl siembra, siembra y obtiene una buena cosecha cuando le llega su escena de desamor. Muy, muy hermosa, con ese consuelo pírrico de “ya ni siquiera sos cómo eras”; será premiado, en otra escena, con un beso, cobarde, porque se da frente a otra persona para evitar peligro, pero un beso es un beso. Matthew Rhys, el de la serie The Americans, también conmueve en su súbita solidaridad con otro inaudito acto de amor que explica más de una violencia anterior. Tampoco era difícil adivinar qué había más que divismo en sus desplantes y en la rotura de mesas y sillas. Sienna Miller repite la buena química que tuviera con Bradley Cooper el año pasado en el Francotirador de Clint Eastwood. Bradley Cooper ratifica que es un buen actor y luce el carisma necesario para justificar todas las tormentas que ha desatado a su alrededor.


En resumen, nada nuevo bajo el sol, nada que no hayamos visto en las películas de cocineros o de segundas oportunidades, sin embargo se vuelve destacable por el compromiso del director y el arte de los actores. Recomendada.

Gustavo Monteros