viernes, 1 de marzo de 2013
The master
sábado, 21 de enero de 2012
Secretos de estado
El problema con los cuentos de hadas es que hay que creer en ellos para que funcionen. Si uno no cree, por más bonitos que sean, nos dejan indiferentes. Secretos de estado no es técnicamente un cuento de hadas, pero por su idealización de la política yanqui se parece mucho a uno. En esencia es un drama moral de crecimiento. El protagonista (Ryan Gosling) pasa del candor y la ingenuidad, no a la madurez, sino al cinismo y el desencanto por los motivos equivocados, al menos para los habitantes al sur del Río Grande.
domingo, 2 de mayo de 2010
Todas las vidas, mi vida
A algunos hombres les basta con esbozar algún mérito para ser encumbrados como genios. Dicha injusticia se corrige tarde o temprano porque no pueden mantener su posición en dicha categoría mucho tiempo. Ahora ha llegado el momento de corregir la falaz imprecisión con que críticos apresuradamente deslumbrados calificaron a Charlie Kaufman. Dista tanto de la genialidad como de la medianía, es apenas un hombre de indiscutible talento, sólo eso.Despertó una más que auspiciosa reacción con el guión de ¿Quieres ser John Malkovich?, una historia que nadie comprendió del todo y que, para no quedar como tarados, muchos se apuraron a decir que era astuta e inteligente. Sí, pero en el fondo ¿qué corno quería contar? De Human nature mucho no me acuerdo, pero fue muy bueno su guión para el debut como director de George Clooney: Confesiones de una mente peligrosa.
Le siguió su guión para El ladrón de orquídeas en el que echó mano al truco más viejo del manual del guionista. ¿Qué hacer ante un libro infilmable? Poner en escena un guionista que no sabe cómo adaptar un libro y hablar de lo infilmable desde su peripecia. Los críticos fingieron desconocer la obviedad del recurso y calificaron a su treta como innovadora y revolucionaria. Por favor, seamos serios.
Vino entonces su trabajo impecable, irreprochable, magnífico. Su guión para Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, film que posibilitó la mejor actuación dramática hasta la fecha del impar Jim Carrey, perdidamente enamorado de una terrena Kate Winslet de pelo imposible. Una maravilla.
Pero la estatura de un genio se mide más por los yerros que por los logros. Decimos que Bergman, Visconti o Fellini, por ejemplo, son genios porque hasta sus films más imperfectos y menores son valiosos y recompensan. Y si medimos la estatura de Charlie Kaufman con Synecdoche, New York, descubrimos que su mito es insustentable. Debuta como director con este bodrio indigerible. Quizá le convenga seguir como guionista y confrontar su escritura con un director.
Su puesta en escena es pedestre, ramplona, carente de imaginación y creatividad. Sus ideas dominantes (la teoría del otro y el argumento de que todo artista cuenta una única historia a lo largo de su vida) han sido tratadas cientos de veces con resultados más encomiables. El tono es deprimente, es como si este aprendiz de genio, subido equivocadamente al Olimpo de los grandes guionistas hubiera descubierto de repente que, no obstante toda su gloria, morirá algún día como cualquier otro perejil. Y no nos deslumbra con un opus luminoso como Cuando huye el día con la reciente adquirida noción de su mortalidad, sino que nos tortura durante 124 larguísimos e insoportables minutos.
Un director de teatro (Philip Seymour Hoffman), ególatra y pedante como pocos, es abandonado, con razón, por su mujer (Catherine Keener) y su hija (Sadie Goldstein). Al tiempito gana una beca que le permite montar donde quiera y durante el tiempo que sea un proyecto teatral. Se embarca en el montaje de su vida, de allí el título. Sinécdoque es un tropo literario en el cual una parte de algo es utilizada para representar el todo. De allí también el aclaratorio título en castellano (Todas las vidas, mi vida), su vida vendría a representar todas las vidas. El único encanto que tiene el trámite es poner a Samantha Morton y a Emily Watson en el mismo personaje. Estas dos notables actrices inglesas puestas una al lado de la otra, si no hermanas, lucen al menos como primas cercanas.
Cuesta creer que en este film haya diálogos y situaciones que salieran de la misma computadora del hombre que escribió Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Y parece también increíble que con tantas películas valiosas que van a parar directamente a DVD, este engendro irredimible llegue a los cines. Más que un bodrio hecho y derecho, es un SÚPER BODRIO, es un MÁXIMO BODRIO, es EL REY DE LOS BODRIOS.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
jueves, 22 de enero de 2009
La duda
Premios Pulitzer aparte, la distancia que hay entre Las brujas de Salem y La duda, es la que media entre el Martín Fierro y Lindor Covas.
Las brujas de Salem de Arthur Miller fue un cross a la mandíbula que dejó knock out al maccarthismo. La duda pretendía la misma contundencia, pero dejó a la administración Bush parada y con aire para seguir peleando.
Pero comencemos por el principio.
La duda es una obra de teatro de John Patrick Shanley que llega al cine dirigida por su autor. Es un melodrama de ideas que indaga sobre la esencia de la verdad. Procura hacer honor a su título cuestionando la validez de las convicciones absolutas, explorando el valor de la duda. Parte de un conflicto entre dos personajes opuestos. Por un lado está la hermana Aloysius (Meryl Streep), una monja rígida, implacable, inmisericorde, una auténtica bruja con la que uno no querría ni intercambiar el buen día. Del otro lado está el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), un curita simpático, comprensivo, carismático, con el que con gusto iríamos a tomar una cerveza.
Está también la hermana James (Amy Adams), dulce, sensible y altamente traumatizable. Con ella tampoco querríamos trato alguno, porque si bien es más buena que Lassie, es más neurótica que Diane Keaton haciendo personajes de Woody Allen.
La cuestión es que la hermana James ha presenciado un par de circunstancias que parecen indicar que el padre Flynn (Oh, my God!) ha abusado o está abusando de Donald Miller (Joseph Foster), el único alumno negro de la escuela de la parroquia, muy estigmatizado el pobre por sus compañeros.
Estamos en 1964, en el Bronx, la integración recién comienza, ya asesinaron a Kennedy y las resoluciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, que determinó la Iglesia Católica tal como la conocemos hoy, aún no entraron en vigencia.
La hermana Aloysius no tiene duda, el padre Flynn es un abusador y sólo se trata de reunir las pruebas incriminatorias. Se las tendrá que arreglar sólo con su inteligencia, que no es poca, ya que estamos en una época en que el padre Flynn por el mero hecho de ser hombre es su superior (por eso mencionábamos el Concilio). Terminará hablando con la madre del chico (Viola Davis), lo que deparará más de una sorpresa.
La obra de teatro se estrenó aquí un par de años atrás dirigida por Carlos Rivas con Fabián Vena y Susú Pecoraro (luego Gabriela Toscano la reemplazaría). Tuvo un éxito discreto. Concebida como una metáfora contra el mesianismo de Bush, a nosotros no nos decía mucho. (Al contrario de lo que pasa con Las brujas de Salem con la que dialogamos más seguido). Porque aunque padecemos mansamente a nuestros políticos, hoy por hoy estamos más cerca del escepticismo que de la adhesión ciega a guerras con postulados fraudulentos. Y el escaso paralelismo que podía encontrársele con el Caso Grassi no sedujo a muchos espectadores.
El teatro le sienta mejor a esta propuesta, se le notan menos las costuras. El cine es más realista, más concreto, no evocador o sugerente como el teatro. En el teatro se disimulaba más que esta obra sobre la duda se maneja con esquemas maniqueos, de este lado los buenos, de aquel los malos. Si la duda es gris, aquí todo es blanco o negro. John Patrick Shanley está a años luz de Ibsen o de Bernard Shaw, maestros del teatro de ideas.
Lo que hermana a la obra y al guión es la decisión de Shanley de acentuar los conflictos con simbolismos obvios, típicos del melodrama del siglo XIX. En la obra, la sobreprotección de la hermana Aloysius se manifestaba cuando ella cubría los rosales mucho antes de la primera helada. En el film, una rugiente tormenta y un viento despeinador expresan la desazón de las almas.
En la versión local, Fabián Vena no tenía nada que envidiarle a Philip Seymour Hoffman, daba cabalmente el personaje. Pero ni Susú Pecoraro ni Gabriela Toscano daban pie con bola (tuve la suerte de verlas a ambas, las buenas actrices aunque no la peguen, ratifican su talento y dan buen espectáculo). Ojo, no la pegaban ni por falta de mérito o creatividad sino porque estaban fuera de registro. Poseen un temperamento actoral naturalmente dulce y femenino que no se aviene bien con la Gorgona que es la hermana Aloysius. Es un personaje que necesitaba a una Leonor Manso, una Cristina Banegas o una Graciela Duffau para corporizarse plenamente.
Meryl Streep está sencillamente apabullante. Una amiga, a sabiendas que Meryl es una de mis debilidades, me alertaba: "Sí, Meryl es una grande, pero es tan natural, tan exacta que aburre". Y pareciera como que Meryl la escuchó. Tanto en El diablo viste a la moda, como en Mamma Mía! o aquí, Meryl dejó de lado el naturalismo y se arriesga con actuaciones más histriónicas sin perder intensidad o sentimiento.
La duda, dicho esto con absoluta certeza, es una obra ambiciosa que desnuda más pretensiones que hallazgos. Se cree profunda y aleccionadora, pero es tan superficial y alertadora como un horóscopo. Pero merece verse por el monólogo de la calumnia que es muy bueno, por el diálogo entre la hermana Aloysius y la madre de Donald que es muy controversial y logrado y por Meryl Streep. Porque Meryl inspirada es una fiesta, una gloria, un vértigo de lo hermoso que es el arte de la actuación.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
domingo, 13 de julio de 2008
Antes que el diablo sepa que estás muerto
Hay artistas que aman su arte por encima de toda consideración, que ven su talento como algo natural que no merece una celebración exagerada. Uno los cree víctimas de una humildad malsana. Se toman tan en serio su rol de laburantes del arte, que no especulan con la elección de proyectos que asegurarán su nombre o consolidarán su fama. Prefieren el trabajo continuo, la frecuentación constante de su arte. En la Argentina, el ejemplo que se me ocurre es el de Roberto Carnaghi, quien ha prestado su figura a proyectos excelsos y a aventuras que sólo se podrían disculpar por la atendible necesidad de parar la olla. Pero más que por eso, uno intuye que es porque no puede estar sin actuar, y donde sea que esté, siempre dignifica su arte entregando sus mejores recursos.El cine yanqui tiene uno de esos héroes: el director Sydney Lumet.
Su capacidad creativa está a la altura de la de Kubrick, Scorsese, Coppola, Polanski o Spielberg. Pero por trabajar mucho, durante años se lo consideró un artesano eficiente y recién ahora se le está dando la categoría de maestro, que en realidad siempre tuvo. Cuando recibió el Oscar por la trayectoria, premio consuelo que les dan a los que soslayaron sistemáticamente por celos o marketing, no pasó factura ni se hizo autobombo, sino que aprovechó la ocasión para hablar de su arte y terminó dando una clase magistral, que pasó desapercibida entre el glamour y la estupidez habitual de esa fiestita anual.
A él le debemos: Doce hombres en pugna, Límite de seguridad (Fail Safe), El prestamista, Serpico, Tarde de perros (mi favorita entre las de él), Network, poder que mata, Príncipe de la Ciudad, Será justicia (The verdict), El precio del poder (Power), Daniel, entre otras.
Amante del teatro, llevó al cine respetuosas versiones de Panorama desde el puente (Arthur Miller), Largo viaje de un día hacia la noche (Eugene O'Neill), El hombre de la piel de víbora (The fugitive kind sobre Orpheus descending de Tennessee Williams), La Gaviota (de Anton Chejov, con las magníficas Simone Signoret y Vanessa Redgrave), Equus (Peter Shaffer) , La colina de la deshonra (The Hill de Ray Rigby), Trampa mortal (de Ira Levin), El sueño de Stella (Garbo talks de Larry Grusin).
Riguroso director de actores, bajo sus ordenes, muchos dieron su actuación más compleja: Al Pacino (Tarde de Perros), Treat Williams (Príncipe de la ciudad), Raf Vallone (Panorama desde el puente), Katherine Herpburn (Largo viaje de un día hacia la noche) Henry Fonda (Doce hombres en pugna). Y le sacó algo nuevo a algunos caballos veteranos que volvieron a correr como potrillos: Paul Newman (Será justicia), Gene Hackman y Julie Christie (El precio del poder), Ingrid Bergman (Crimen en el expreso de Oriente), Anne Bancroft (El sueño de Stella), Sean Connery (Negocios de Familia).
Llevar novelas al cine, tampoco le generó grandes inconvenientes: Llamada para un muerto (de John Le Carré), El grupo (de Mary Mc Carthy), Los tapes de Anderson (de Lawrence Sanders), Crimen en el expreso de Oriente (de Agatha Christie, Asuntos de familia (de Vincent Patrick).
Los fanáticos del musical le reclamamos la poca onda que le puso a El Mago (The Wiz), pero había tanto ego suelto y tanto productor desesperado porque la plata invertida se viera, que prácticamente sólo le dejaron poner la cámara.
Aún sus títulos no tan logrados son interesantes: Un extraño entre nosotros con Melanie Griffith, El lado oscuro de la justicia (Night falls on Manhattan) con Andy García, La mañana siguente (con Jane Fonda y Jeff Bridges), Tan culpable como el pecado (con Rebecca de Mornay y Don Johnson), Gloria (la remake del film de Cassavetes con Sharon Stone).
Y ahora, a los 84 años, con el brío que más de un director joven le envidiaría, se despacha con una obra maestra; una indagación, incisiva como pocas, de la decadencia de la sociedad yanqui: Antes que el diablo sepa que estás muerto, en la que un par de hermanos decide robar la joyería de sus padres. Una lección de cine por donde se la mire, desde el uso de la cámara, la banda de sonido, la dirección de arte, el manejo de los tempi del guión, hasta como dirigir a un actor. La actuación es sencillamente sobresaliente. Philip Saymour Hoffman, Ethan Hawke, Marisa Tomei, Albert Finney y Rosemary Harris resplandecen, sacan a la luz la tremenda humanidad de sus personajes.
El título sale de un brindis irlandés: "Que tengas comida y ropa, una almohada mullida para tu cabeza, que estés 40 años en el Cielo antes que el diablo sepa que estás muerto."
Yo por mi parte levanto la copa y brindo: ¡Larga vida a Sydney Lumet!
Hoy en día hay muchas maneras de ver cine: el DVD, legal o trucho, el video, el cable o las bajadas de Internet, pero esta maravilla merece la vieja ceremonia de ir al cine. Sé que no me condenarán por mi entusiasmo.
Un abrazo.
Gustavo Monteros


