Mostrando entradas con la etiqueta Jean Paul Belmondo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jean Paul Belmondo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de enero de 2018

Aclaración y metas





Este blog seguirá dedicado a discutir cine, solo que a partir de ahora no se fijará tanto a los estrenos de nuestra ciudad (La Plata, Buenos Aires, Argentina)  sino que hablará también de películas que pueden verse en plataformas (Netflix, etc, por ejemplo) o en otras formas de acceso al espectáculo cinematográfico, (cable, televisión, youtube, etc.) Procuraremos también continuar con una actualización semanal, sepan disculpar si a veces el hiato es más largo. La calle está dura y las noticias diarias dan cuenta que se pone peor cada día. El ánimo y la voluntad sobran, pero el ataque es feroz y a veces hay que parar y tomar aliento antes de seguir en la lucha, en el placer, en el aguante. Por lo  demás, Dios, la suerte, el universo nos asistan y ¡Buen Años para Todxs!
Con el afecto de siempre
Gustavo Monteros

jueves, 24 de noviembre de 2016

Atentado en París

Tres requisitos son indispensables para disfrutar de Atentado en París (Bastille Day, 2016) en plenitud. 


Primero: ser simpatizante de Idris Elba o Richard Madden. El escocés Madden es una figura en ascenso, fue el Príncipe de la Cenicienta en el que la madrasta era Su Majestad, Kate Blanchett, fue Romeo en una reciente puesta teatral del drama de Shakespeare dirigido por Kenneth Branagh, coprotagoniza con Dustin Hoffman la serie Los Medici, pero fue Game of Thrones la que lo puso en el mapa. Allí fue Robb Stark y en el episodio 9 de la tercera temporada, junto a su madre Catelyn Stark, pasaron a mejor vida tras un sangriento y sorpresivo enfrentamiento con enemigos traicioneros ¡durante una boda!, todo un climax, no tan devastador como el falso destino final de Jon Snow, pero, bueno, por entonces todavía quedaba mucha gente por despanzurrar. Como sea, el muchacho no actúa mal, es de buen ver y se perfila de galán. Para los amantes del policial, en su variante negra-negrísima, entre los que me cuento, el grandote de voz cavernosa de Idris Elba es una referencia insoslayable: el hombre no es nada más ni nada menos que Luther, policía de tan poca suerte que todo el que se involucra con él, en amistad o en amor, termina contando el cuento desde el otro mundo. Peripecia que lejos de apagar nuestra simpatía, la acrecienta. Este londinense tiene una presencia hipnótica y parece un favorito de San Cayetano, tiene incluso más trabajo que Darín.


Segundo: no ser muy quisquilloso con los vericuetos de la trama. No es que haya que dejar el cerebro a la entrada, pero tampoco darle mucho uso durante el despliegue de una trama que no es novedosa ni original, aunque ostenta brío y despierta interés casi constante. Un carterista, Madden, se ve envuelto en un atentado al robarle un paquete con una bomba a una crédula aspirante a desestabilizada social (la también ascendente Charlotte Le Bon, vista recientemente en Operación Anthropoid y en 2014 junto a Helen Mirren en Un viaje de diez metros), lo que atraerá la atención y posterior participación en los hechos de un agente norteamericano, Idris Elba, que como buen yanqui, es policía del mundo. Por suerte, a pesar del título rebautizado para estos pagos y la bomba, no abusa del triste tema de los terrorismos y sus funestos fundamentalismos, no, se inclina para el lado de policías y ladrones y esas cosas.


Tercero y no por eso furgón de cola: amar París. No tengo el gusto de conocer la Ciudad Luz personalmente, pero tengo tanto cine encima como para poder enorgullecerme de conocerla mucho… vicariamente. Es tan hermosa que hasta sus techos lo son, razón por la cual hay una persecución por dichas alturas (aquí puede verse que se inscribe en una tradición por la que ya han andado Jean-Paul Belmondo y Harrison Ford. Ver link al final de esta crónica.


En resumen, no es una joya del cine, pero cumple con lo que promete: entretener. En tiempos de un presidente chanta que pisoteó todas y cada una de las promesas electorales que le hicieron ganar el puesto, esta peliculita, al no defraudar expectativas, se erige como un bastión de ética.


Dirigió James Watkins (Eden Lake, 2008, La dama de negro, 2012).

Gustavo Monteros

http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2016/11/por-los-techos-de-paris.html


jueves, 30 de junio de 2016

Amor por sorpresa

Jacob van Zuylen de With (Jeroen van Koningsbrugge) aunque es rico de toda riqueza se quiere suicidar. Algo que le resulta muy difícil, dado que vive literalmente en un palacio, donde alguien siempre aparece para impedírselo. Una casualidad hará que se tope con una empresa que ayuda inesperadamente, previo pago de una enorme suma, en el viaje al más allá. O sea, uno contrata unos piadosos asesinos que te liquidan cuando menos te lo esperas. Eso sí, el trato, como el fáustico, una vez convenido, no puede deshacerse. Y como la vida es bromista, conoce a una tal Anne de Koning (Georgina Verbaan) que le devuelve sino las ganas de vivir, al menos las de prolongar la existencia un rato más.


Si este resumen de argumente les recuerda a la de la novela de Julio Verne, Tribulaciones de un chino en China y a la deliciosa y disparatada versión que emprendieron el director Philippe de Broca y el actor Jean Paul Belmondo allá por 1965, no es pura coincidencia, se trata de materiales muy conocidos para protestar inocencia. De todos modos, la originalidad en sí ya no es un mérito y uno puede inspirarse donde sea, lo que importa es lo que se logra, sea el punto de partida propio o ajeno.


El holandés Mike van Diem, que ganara el Óscar a la mejor película extranjera en 1997 con la recordada Karakter, se despacha con una comedia romántica por momentos muy locuaz, siempre elegante, diestra, suntuosa y apegada a alguna que otra convención del género, inevitables quizá, porque si las de tiros han de tener sangre, las de amor tienen que tener romance. Como sea en el todo se impone una inherente simpatía y los entuertos se siguen con disfrute.


En tiempos de pobreza espiritual y de bolsillo, por los golpes que nos propina a diario el neo-conservadurismo que nos gobierna, no es poco y se agradece. En tiempos así, las horas en que no se recuerdan las salvajadas y los atropellos a los derechos adquiridos valen oro.


Gustavo Monteros

viernes, 19 de septiembre de 2014

El gran impostor



Me cuesta atravesar el día. Es un campo minado. Como en las viejas películas de guerra, en el próximo minuto daré el paso que desatará el clic de la bomba, que no me matará, o sí, porque me enviará a un mundo desconocido que me desconcierta. Y no me embarga la angustia o la tristeza sino la desazón, que es peor, ya que no hay lloro que la cure. Como siempre, o como nunca, necesito una película que me haga pasar la hora, que me lleve al puente que cruce este río de cocodrilos. Busco frenéticamente en el índice del disco duro un título, un título, hay tantos. El gran impostor me salva. Nada como una mentira para mitigar una verdad. Vi El gran impostor una vez y bastó para que me quedara en la memoria. Era chico, eso lo explica, la memoria era entonces más fresca y más permeable. La vi en la tele, no en el cine, la popularidad de Tony Curtis decrecía, pero no agonizaba. El pelo era suyo y no el entretejido o la peluca de después. Cuando la vi, quizá ya no era el ídolo de matiné, pero su nombre aun fulguraba en la marquesina sin ninguna lamparita quemada. Recuerdo que me desesperó que mintiera tanto, que fingiera saber tantas cosas que no sabía. Ahora buscaba recrear esa misma desesperación. Vivir mucho es recrear. Sucumbir al recuerdo para no morir del todo.


Tony Curtis hace de Ferdinand Waldo Demara, un hombre que cree que jamás será querido por lo que es, sino por lo que haga o represente. Y como no tiene paciencia para terminar ningún estudio, se hace pasar por integrante consumado de distintas profesiones. La penúltima profesión que finge es la más difícil y la que más suspenso crea: cirujano (la última que muestra la película es la de maestro, con la que se puede mentir como si nada, más de un colega lo hace y se sale con la suya, y después se dice que el crimen no paga…).


Esta amable comedia de 1961 conserva la levedad, no exenta de matices, que la hace deliciosa. La dirigió Robert Mulligan, que al año siguiente pasaría a la historia por llevar al cine Matar a un ruiseñor.


Tony Curtis fue un gran comediante y padeció la maldición de todos los comediantes, no ser tomado en serio hasta hacer drama. En su caso fue con El estrangulador de Boston (Richard Fleisher, 1968) y cuando en el fatídico para nosotros 1976, dirigido por Elia Kazan en sus cinco minutos opacó hasta el mismísimo Robert De Niro en El último magnate. Pero era en la comedia en la que brillaba sin par. Aquí rebosa de “fisicalidad” como el mejor Belmondo. (Fisicalidad, mala traducción neologista de physicality, palabra que usamos para describir a los actores que no solo hablan con las palabras, sino también con los gestos, con el cuerpo).


Y el día pasa sin tropiezos. Mayores. Termino el chocolate con mucho cacao que me regaló Susana. También termino el exquisito whisky, convenientemente escocés, que me regaló Marina y me acuesto. Perrito (que desde hace unos días se llama Perrito P en homenaje a Karina K) se hace un bollo a mi lado y sueña con que es un mastín. Y yo sueño que no sé lo que sé.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 28 de marzo de 2014

Lo mejor de nuestras vidas



Por esas cosas de la vida mi relación con Cédric Kaplisch comenzó en 1996 y terminó en 1999. Nos conocimos por Un aire de familia (Un air de famille, 96), deliciosa comedia sobre una familia que celebraba un cumpleaños en un restaurante, se basaba en una obra de teatro de Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri, matrimonio real y artístico que colaboró con Alain Resnais (Smokin/No smoking, 1993, ¿Conoces la canción?/ On connaît la chanson, 1997), y que por cuenta propia concibió la excelente Como una imagen/Comme une image, 2004, la no tan buena Háblame de la lluvia/Parlez-moi de la pluie, 2008 y la todavía inédita por estos pagos Au bout du conte, 2013. Volviendo a Kaplisch, con su Aire de familia me impresionó como un director sensible, con sentido del humor, muy atendible en realidad, aunque la verdad sea dicha el encanto de su Aire mucho le debía al guión de Jaoui y Bacri. En 1999 Kaplisch hizo una interesante comedia de ciencia-ficción, que yo iba a ver sí o sí, porque estaba Jean-Paul Belmondo y creo que no necesito ahondar más, ya saben de mi veneración por él. La película se llamó Tal vez/Peut-être y Belmondo era en el futuro el hijo viejo todavía no concebido en el presente de Romain Duris, quien se había consagrado con El extranjero loco/Gadjo Dilo, 1997 de Tony Gatlif y que alcanzaría renombre internacional con El latido de mi corazón/De battre mon coeur s'est arrêté, 2005 de Jacques Audiard. Y a pesar del auspicioso inicio de nuestro diálogo, eso fue todo, no volvería a ver filmes de Kaplisch.


No estuve en el bautismo de Piso compartido/L'auberge espagnole, 2002. Tampoco estuve en el nacimiento de la del medio, Las muñecas rusas/Les poupées russes, 2005. Y francamente no tengo muchas ganas de asistir a la fiesta de graduación de Lo mejor de nuestras vidas/Casse-tête chinois 2013, cierre de una trilogía iniciada por el mentado Piso compartido. Según el resumen encontrado en Wikipedia, esto es lo que pasa en Piso compartido: "Xavier (Romain Duris) sueña con ser escritor. Sin embargo, su destino vislumbra el ministerio de Economía gracias a un amigo de su padre, que le aconseja ir a vivir un año en España para obtener una especialización que le abrirá las puertas de su contratación. Decide, entonces, pasar un año de estudios en Barcelona gracias al programa Erasmus. Lejos de su novia, Martine (Audrey Tautou), vive en un apartamento con otros estudiantes extranjeros (la belga Isabelle, el alemán Tobias, la inglesa Wendy, el danés Lars, el italiano Alessandro y la española Soledad). Se encuentra con la añoranza, un choque cultural, dificultades de idioma (las clases son en catalán y no en castellano), etc"


Mientras que esto es lo que pasa en Las muñecas rusas, siempre según Wikipedia, claro: "Xavier (Romain Duris) y sus ex-compañeros Erasmus ahora son treintañeros. Xavier ha conseguido su sueño de ser escritor, sin embargo no está satisfecho con el tipo de literatura con la que se gana la vida (guiones para telenovelas, memorias de famosos, etc.). Aunque lo que más le atormenta es su vida sentimental: desea una estabilidad que no consigue. El reencuentro, por motivos de trabajo, con Wendy (Kelly Reilly) le dará esa oportunidad que no quiere dejar escapar. Pero no lo tiene fácil pues le acosan constantemente sus tentaciones con una famosa y bella joven (Celia (Lucy Gordon)), a la cual le está escribiendo sus memorias."


Y según parece esto pasa en Lo mejor de nuestras vidas: “Wendy (Kelly Reilly) se muda a Nueva York por lo que Xavier (Romain Duris), su ex-marido, debe seguirla para poder seguir viendo a sus dos hijos pequeños."


Por lo expuesto vemos que se trata de comedias o comedias dramáticas, costumbristas, corales, con personajes jóvenes, simpáticos y vitales. ¿Y por qué no vi Piso compartido o Las muñecas rusas? Porque no se dio, el 2003 fue un año de mucho cambio y ajetreo en mi vida, de ordenar fracasos e reinventar inicios, y en el 2005, si bien la vida marchaba más apacible, opté por otras películas que dialogaran mejor con lo que me pasaba, sinceramente no estaba para devaneos sentimentales franceses, con todo lo que eso implica, tanto de color local como de concepción de vida; el típico gusto francés, no de cigarrillos sino de cómo se mira la existencia puede a veces caer pesado por esa levedad que se pretende profunda. Sea por lo que sea, no se dio.


De la que sí huí a conciencia es de la que no pertenece a la trilogía de Xavier/Romain Duris y que gozó de un éxito apreciable, su París de 2008. Los dramas de personajes moribundos (en este caso Pierre (siempre el bueno de Duris) un bailarín de corazón débil) me exigen un colmo de paciencia, que no estaba en ese momento dispuesto a reunir, por más que transcurriera en la míticamente bella París y anduviera por ahí la amadísima Juliette Binoche.


Con frecuencia insisto en que no hago críticas de cine sino crónicas. ¿Y cuál vendría a ser en mi opinión la diferencia? En que más que asentarme en juicios de valor, cuento mi relación con las películas que veo. Eso me permite hablar, como ahora, hasta de una película que no vi, pero que igual refiero porque quizá sea valiosa. Y porque quizá ustedes sí dialogaron con Cédric Kaplisch y puedan convencerme de que adentre más en su cine.

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 11 de diciembre de 2008

Vacaciones

Con el permiso de ustedes, me tomaré vacaciones. En el cine no anuncian nada imperdible. Con las fiestas encima, el calor y la tan mentada crisis, hay retracción de espectadores y los distribuidores sólo estrenan films poco interesantes que en temporada alta irían a parar directamente a DVD. Y el cable, como todos los años en esta época nos torturará con las inspiradoras y melosas películas navideñas, siempre al borde de la insoportabilidad.

Volveré a la carga después de Reyes con los estrenos fuertes de Navidad o de Fin de Año (si los hay) o cuando estrenen Australia de Baz Luhrmann o lancen los films supuestamente Oscareables. (En cine, la globalización es cuento, las ofertas yanquis dominan nuestras pantallas.)

Hasta entonces. Y si no los veo antes... tanti auguri a tutti!!!!

Un abrazo
Gustavo Monteros