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domingo, 11 de abril de 2010

Ninotchka

Greta Garbo emerge en mi memoria enmarcada de adjetivos hiperbólicos, todos en mayúsculas: LA ÚNICA, LA ENIGMÁTICA, LA DIVINA. Así la conocí, incluso antes de verla por primera vez. Es que en el viejo star system era la estrella de estrellas. La más distante, la más luminosa, la más inalcanzable. Cuando la conocí, no daban sus películas por televisión. Cuando lo hicieron, lo anunciaron como el evento televisivo más trascendente desde la llegada del hombre a la luna. (No se andaban con chiquitas con nada que tuviera que ver con ella.) En mi infancia por suerte se usaban los re estrenos. Volvíamos a ver en cine films destacados de años anteriores. La MGM organizaba de vez en cuando una retrospectiva de la Garbo que incluía La dama de las camelias, Ana Karenina, Reina Cristina, María Walewska y Ninotchka. Las combinaban de a dos, menos a María Walewska que la daban sola con dibujitos de Tom y Jerry porque era más larga. Vi en el Cine Teatro Catamarca todas, menos María Walewska. El día que la exhibían, cuando me fueron a buscar a la escuela, la maestra se quejó de que me había pasado la mañana conversando con Manuelito Moya que era mi compañero de banco y me castigaron no dándome el permiso para ir al cine. La tía Martina intercedió a mi favor, pero fue de poca ayuda. Sabrá Dios por qué, mamá andaba medio peleada con el mundo en general y con la tía en particular. La tía consideró que era toda una injusticia y la vio en la función nocturna para después contármela. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos mate cocido con leche y rebanadas de pan cacho con manteca y azúcar, me la contó. Mamá estaba furiosa y le dijo algo muy cruel, que tuviera sus propios hijos y no interviniera en la crianza de los ajenos. La tía se encogió de hombros, me guiñó un ojo y siguió contándomela. Mamá salió de la cocina pegando un portazo que hizo temblar los vidrios. Durante el día la pelea terminó. Esa noche, mamá y la tía jugaron a la canasta con los vecinos y estaban de lo más bien. Tiempo después, en mis primeros años de secundario en La Plata, en otra edición del ciclo Garbo, vi María Walewska en el cine 8. Es la más espectacular de las cinco, pero también la más flojita. Las otras tres son muy atendibles, Reina Cristina por el perturbador manejo del erotismo, La dama de las camelias por la insuperable actuación de la escena en que muere, y Ana Karenina porque la pasión que siente por Vronsky es innegable, con semejante calentura no le quedaba más remedio que abandonar casa, marido, hijo e irse con el amante. Pero de las cinco, bah, de todas las que hizo, Ninotchka es la mejor.


No es para menos, fue dirigida por Ernest Lubitsch, uno de los tres reyes de la comedia parlante estadounidense (los otros dos son Preston Sturges y Billy Wilder). Ninotchka es uno de sus dos film que tienen como telón de fondo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (el otro es su obra maestra indiscutida To be or not to be (1942), calificarla de joya es quedarse corto). Ninotchka (1939) trata el romance entre un occidental capitalista decadente y una fervorosa camarada soviética. Hay filosos chistes que desnudan las iniquidades de ambos sistemas político-económicos. Pero el humor político no es el eje. Lubitsch, como todo buen comediógrafo, es un humanista. Sabe que más allá de declamadas posturas éticas o políticas, un hombre es un hombre. Un ser proclive a los peores vicios y miserias, pero también capaz de maravillas tales como el amor, la solidaridad y el perdón. Ése es su tema: el movimiento pendular humano entre maravillas y miserias. Y él se ríe. De todo. No como la hiena sino con furibunda ternura. Lubitsch comprende y confía. Apuesta a que un día quizá seamos mejores. Es impiadoso con nuestras debilidades, pero las retrata con la esperanza de que podamos modificarlas. Al analizar en detalle sus comedias vemos que nos hace reír de atrocidades, pero no nos atosiga con moralinas infames, nos invita a comprender para superar.


Dos famosos golpes publicitarios se destacan de la carrera de Greta Garbo en la MGM. Su pase del cine mudo al sonoro fue anunciado con bombos y platillos como GARBO HABLA. Y cuando se estrenó Ninotchka se la promocionó como GARBO RÍE. No es que no se hubiera reído nunca, no, en sus películas se rio y mucho, pero por primera vez dejaba de lado a las sufridas heroínas románticas y se lanzaba a la comedia. Para gloria propia y la del cine. Está deliciosa.


Garbo permaneció siempre incólume en su esplendor, como una esfinge perfecta y eterna. Todas las demás estrellas (Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Katherine Herpburn, Bette Davis, etc.) envejecieron ante las cámaras. Las vimos ajarse y las amamos más. A Garbo, no. Ninotchka sería su penúltima película. Tres años después, tras el fracaso artístico y comercial de La mujer de dos caras (u Otra vez mío) se retiró para siempre y se escondió del mundo. Su imagen se volvió icónica, legendaria. Despertó admiración, pero no mucho cariño. La perfección detenida en el tiempo en el fondo asusta. Sin embargo Ninotchka nos muestra a una mujer asequible a la que es posible amar. Otro mérito del gran Lubitsch, quizá.


El jueves 15 de abril TCM brinda un tributo a Greta Garbo. A las 14 va La dama de las camelias, a las 15:55 Mata Hari, a las 22 Reina Cristina y a las 23:50 El velo pintado. Pero a las 17:30 va la mejor: NINOTCHKA. Si la han visto, véanla otra vez. Es un clásico y los clásicos se resignifican cada vez que uno los visita. Y si no la han visto, falten al trabajo, salgan más temprano, o no cometan ningún pecado laboral y grábenla o bájenla de internet. En esta era de listas, de las 2000 películas que hay que ver antes de morir y esas cosas, diré que figura en mi lista de imperdibles. Vale la pena. Consejo de amigo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 6 de noviembre de 2009

A Homero

Durante casi 30 años fui amigo de Homero y nunca le conocí la cara. Hace poco vi una fotografía suya, pero mi memoria no registró sus facciones. No porque fuera diferente a como lo había imaginado, más bien porque cualquiera o todos pueden ser Homero. Después de todo, Homero es el que escribe como Homero.


Me apasioné con el cine con naturalidad, como quien se apasiona con el fútbol o con coleccionar cosas. Cuando estábamos en primer año del secundario, de repente y sin que viniera a cuento, la profesora de matemáticas, una mujer desorbitada, como lo están quienes trabajan con gente todo el tiempo, nos dijo: Procuren saber todo de lo que les gusta, sea lo que sea, sépanlo todo, eso los hará siempre felices. Me pareció un buen consejo y decidí seguirlo. (En esa edad impresionable, la sensatez inesperada pega fuerte.) Fui a la librería Juvenilia y después de pasear entre las mesas, compré Crónicas de cine. Un libro de Homero, claro.


Intuitivamente ya podía distinguir qué era bueno. Podía afirmar que El ciudadano era una gran película aunque no tenía herramientas para sustentar mi afirmación. Sabía que La diligencia, A la hora señalada o Lo que no se perdona decían más cosas y eran mejores que las películas de Trinity y Bambino, por más divertidas que fueran. Mi ignorancia era suprema.


En Crónicas de cine, Homero reseña la carrera de algunos directores y describe películas insignes. Pero no se parecía a nada de lo que había conocido o leído. No eran críticas como la de esos críticos siempre trepados al púlpito, con el dedito en alto, diciendo esto es bueno por esto o esto es malo por aquello. Siempre por encima de lo que hablaban. Jueces superiores y eunucos que bajaban el martillo con la insolencia de los mediocres. No, Homero no. Él ejercía otra autoridad. Hablaba desde el amor, desde la pasión. Cada película era suya también porque vivía con ellas, porque soñaba con ellas, porque lo rebelaban o lo acariciaban.


Leer a Homero fue un deslumbramiento, fue entregarse a la ceguera de la admiración, fue encontrar al Maestro. Lo leí como no volví a leer, con la sed de aprender, de superarme. Nunca presté ese libro ni lo prestaría. Se puso amarillento en mis manos lo cual es lógico porque yo también perdí vigor.


Cuando apareció su nuevo libro (Cine sonoro americano) quise tenerlo, pero era muy caro. No, dijo mi madre, que el cine, que el teatro y ahora libros caros, tus hermanos también tienen derecho a sus gustos y sus lujos.


Como siempre fui a veranear a Catamarca. Una tía dijo querer regalarme un pullover. No, dije yo, quiero un libro. Aceptó inocentemente. Yo sabía que la librería Sarmiento, donde compraba mis Puigs y mis García Márquez, lo tenía. Llegamos y cuando vio el precio en la vidriera, empalideció. Procuró persuadirme, pero me mantuve firme. La dueña la conoce, seguro que se lo da a pagar en dos o tres veces, insistí. Los libreros conocían a un buen cliente, sabían cuando un libro había encontrado su lector. No sólo lo dejó en tres cuotas sino que hasta nos hizo un descuento. Es hermoso, tiene un dibujo del rostro impar de Greta Garbo en la tapa.


Aunque es gordo como una enciclopedia, lo leí en tres días. Durante ese tiempo no hice otra cosa que leer, comer poco y dormir menos. Me maravilló. Ya conocía someramente mis Hustons, mis Zinnemanns, mis Wylers, mis Wilders, mis Fords, mis Leans. Pero él, aparte de enseñarme muchísimas cosas que no sabía, los ponía en perspectiva, los emparentaba, los hermanaba, los hacía herederos de tradiciones por estilos, por géneros, por épocas.


No bien terminé de leerlo, comencé otra vez. Lo absorbía todo, con fruición, con desesperación, con hambre.


Se convirtió en mi Biblia. Película norteamericana que veía, corría a buscarla en el libro. Corroboraba datos, fechas, la circunscribía al período cinematográfico y a la realidad histórica y social en que había surgido. Ni al diccionario en inglés consulté tanto. Todavía lo hago.


Después, primero en las clases teatrales de memoria emotiva y más tarde en las de programación neurolingüística, cuando preguntaban qué libro llevaríamos a una isla desierta, aunque hubiera que elegir uno, yo siempre hacía trampa y elegía tres: los dos de Homero y los 100 años de soledad del Gabo.


Homero era uruguayo, así que sus artículos nos llegaban esporádicamente como colaboraciones para distintas publicaciones.


A principios de los 80 apareció su Enciclopedia de datos inútiles, que como su título lo indica es un registro de datos inservibles que su memoria tenaz se resistía a borrar. Lo hojeé, pero no lo compré. Yo admiraba al Homero que admiraba al cine. Este otro Homero me dejaba indiferente, no tenía relación con él.


Eso sí, cada vez que iba a la Cinemateca o a la Lugones a rever un Bergman, me arrebataba la envidia porque el programa transcribía fragmentos de Bergman, un dramaturgo cinematográfico, el libro que Homero escribió con Emir Rodríguez Monegal. Es que para mí es un tesoro inhallable que busqué y todavía busco. De ese libro sólo existe una edición uruguaya, de unos dos mil ejemplares. Más de una vez estuve cerca, pero no lo suficiente. Conocí a personas que lo tenían, que estaban dispuestas a prestármelo para que lo fotocopiara, pero cuando iban a buscarlo descubrían que lo habían perdido. No importa, todo llega, hasta lo bueno.


En los 90 el cine cambió, se volvió banal y estúpido. Homero rumbeó para otros lados, para otros temas. Lo bien que hizo, nadie puede apasionarse con el cartón grasoso que envuelve los pochoclos. Porque el cine yanqui en su gran mayoría ahora es eso, un contenedor o un acompañador de pochoclos.


La noticia de su muerte me llegó en uno de esos momentos difíciles que solemos tener todos. Con los sentidos embotados por las penurias que me dominaban, no lo lloré. Eso sí, le prometí que nunca lo olvidaría.


Jurarle fidelidad a su memoria me pareció importante porque en estos países a los hombres de la cultura apenas mueren ya se los comienza a olvidar. Además, iluso de mí, me creía uno de los pocos que todavía lo recordaban. No, gracias a Dios, somos legión. José Martínez Suárez acaba de anunciar que el festival de cine de Mar del Plata publicará cuatro tomos con sus escritos dispersos, este año presentarán el primero. Los bautizaron Obras Incompletas.


Casi no escribo estas líneas, aunque cuando una amiga me instó a que iniciara un blog ensayé varios nombres, pero me quedé con Crónicas de cine. Por Homero, claro.


El domingo pasado Página 12 le dedicó su suplemento Radar. Como la sigla de su nombre (Homero Alsina Thevenet) da H.A.T., sombrero en inglés, ilustraron la tapa con hermosos sombreros. Esa noche mientras remoloneaba con un libro que me costaba terminar, me puse a pensar si le debía a Homero una crónica. A esa misma hora, otra amiga me enviaba un mail con la nota de Página. La “casualidad” me decidió.


No sé si escribo bien sobre cine. Bah, no sé si escribo bien en general, si el sujeto coincide siempre con el predicado o si siempre elijo el adjetivo más elocuente. Quizá a Homero no le hubiera gustado como escribo, mucho sentimiento, diría. No importa, escribo de cine desde el amor, desde la pasión, porque las películas también son mías, porque vivo con ellas, porque sueño con ellas. Gracias, Homero. Gracias, Maestro.

Gustavo Monteros