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viernes, 8 de abril de 2022

Hawai



 

Demos un paseo por películas que tienen el nombre de una ciudad, país, provincia o accidente geográfico como título (ejemplos: Veracruz, Tanganica, Kamchatka, etc)

 

Hoy: Hawai

 

Con Hawaii (George Roy Hill, 1966), es la vez que una gran producción de Hollywood más cerca estuvo de Las venas abiertas de América Latina. En espíritu, digo, e involuntariamente, porque se centraron más en el lado sentimental del increíble y triste destino del Reverendo Abner Hale (Max von Sydow) que en el costado más político, más Ibsen o Shaw, del asunto.

 

Esta tragedia, en su fondo, es más política que sentimental y si la hubieran narrado desde las devastadoras consecuencias político-sociales, la película hubiera sido mucho más conmovedora, aunque no sé si tan exitosa, se habrían corrido demasiado de lo que era el canon hollywoodense.

 

El susodicho reverendo estaba entre los que encabezaron la cruzada misionera evangelista al archipiélago de Hawaii en 1818. El hombre era un fanático sin imaginación ni misericordia que interpretaba la Biblia y los preceptos religiosos literalmente. Recalco, porque el detalle es muy importante, sin grises, con literalidad absoluta, al pie de la letra.

 

Un peligro andante, de ahí que los Elders (Mayores) establecieran que no pudiera evangelizar a menos que se consiguiera una esposa, tarea que en los papeles era sencillamente titánica, sino imposible. Almas caritativas lo acercan a Jerusha (Julie Andrews), solterona de 22 años, atada a la espera de cartas casamenteras de un marino que se fue a hacer fortuna, el capitán Rafer Hoxworth (Richard Harris).

 

Por supuesto, las cartas llegan cuando el complot de casarla con Abner ya está en marcha y se las ocultan, condenándola a consorte del nada atractivo reverendo. Convengamos que el personaje de Max von Sydow debe figurar entre los protagonistas más obtusos, pesados, indigestos y desabridos de la historia del cine. En dos palabras es un pelmazo mayúsculo.

 

En fin, casados que fueron, se embarcan y después de un viaje con inconvenientes como corresponde a toda travesía de film con gran presupuesto, llegan a las islas. (Entre los que viajan está el doctor John Whipple, interpretado por un joven e incipiente Gene Hackman, que, sin embargo, no se hace notar por lo insulso de su papel).

 

Una vez en la paradisíaca Hawaii, Abner se enfrentará con la reina del lugar, Malama Kanakoa (Jocelyne LaGarde), que terminará por abrazar la fe con fervor infantil. Entre el infantilismo de la gobernante y el fanatismo del evangelizador, el choque de culturas es punzante.

 

En el transcurso, habrá partos traumáticos, luchas por la moralidad, epidemias, amores encontrados y muertes significativas.

 

Y después de haber arruinado la vida a medio mundo de todas las maneras imaginables, incluida la dieta alimentaria, le llega a Abner la posibilidad de redimirse: evitar la esclavitud de los lugareños a los que vino a evangelizar y la devastación de los recursos naturales de las islas por la explotación de monocultivos invasivos y dañinos como el de la caña de azúcar.

 

Porque mientras él pulía su fanatismo y estupidez, la misión evangelizadora había mostrado su verdadera cara, ser la vanguardia de un capitalismo rapaz, colonizador, miserable y abusador (aquí es cuando la película revela su conexión con lo que cuenta el libro de Galeano, la contracara de la cruz que fue la espada y las dos venían por la dominación y la explotación, y no por la civilización)

 

Subrayo que si este cuento se hubiera contado desde este aspecto, el film hubiera sido mucho más resonante y desgarrador, tal como está, es un relato eficaz logrado más con oficio que arte.

 

Este proyecto basado en un libro de James A.Michener estuvo en un principio a cargo del director Fred Zinnemann que consideró a Audrey Hepburn para el papel de Jerusha. Audrey hubiera provocado más patetismo que Julie Andrews que está francamente miscast (mal elegida, fuera de rol) A Julie por su pasado de María von Trapp (The Sound of Music / La novicia rebelde, Robert Wise, 1965) y de Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964) se la presupone una mujer espirituosa con recursos prácticos que bien puede prever y soportar lo que aquí le sucede. Audrey por sus antecedentes de princesa delicada, (Roman Holiday / La princesa que quería vivir, William Wyler, 1953) más ingenua y delicada que curtida y pragmática, nos hubiera despertado más pena y lástima. Pero como Julie es una auténtica trooper (disciplinado soldado de una causa) por excelencia se las arregla para redondear un personaje sólido y desatar la terneza y emoción apropiadas al desventurado devenir de su personaje.

 

Hawaii puede verse en los canales que dan películas viejas. La programan con frecuencia. Aloha.

Gustavo Monteros


jueves, 14 de mayo de 2020

Programa Triple - De la part des copains - Juggernaut - La jaula


Siempre me divirtió su título original en francés: De la part des copains (Terence Young, 1970) sobre todo por la palabra “copains” (amigos), por como resuena en la boca. Que una película de Charles Bronson tenga un título en francés no es nada raro, dado que fueron los franceses los que lo hicieron una estrella internacional con Adiós al amigo (Adieu l’ami, Jean Herman, 1968), en la que compartía cartel con Alain Delon.


Siempre me divirtió que la protagonista femenina fuera Liv Ullman. Si bien su nombre quedará asociado al de Ingmar Bergman por siempre jamás en la historia del cine a partir del 66 y Persona, Liv ambicionaba ser una estrella popular y aceptaba lo que le parecía que la ubicaba en esa dirección, de ahí el contraste extremo entre lo que hizo para Bergman y lo que Hollywood le dio. Como sea ver en el mismo fotograma a una musa bergmaniana y a un forzudo de cara difícil que llegó a la fama pisando la cincuentena me divierte, son encuentros inesperados, asociaciones imprevistas, festines suculentos para un espectador que se precie de tal.


Eso sí, no es raro que el jefe de los malos sea James Mason, por entonces este precursor de De Niro o de Bruce Willis, en cuanto a elección de proyectos, aceptaba lo que le ponían delante, y si era como en este caso en locación, mejor. (Beaulieu-sur-Mer, Nice, Alpes-Maritimes, Francia) Asolearse en la costa francesa incluso por trabajo se asemejaba a una vacación.


La trama es la típica aventura de disrupción del refugio protector y venganza. Joe Martin (Bronson) tiene un yatecito que lleva turistas a pescar. Está casado con Fabianne (Liv Ullmann), madre de una chica de 10 años, Michèle (Yannick Delulle) y parece haber dejado su oscuro pasado atrás. Pero, claro, se sabe, nadie huye de su pasado, este es más volvedor que el reflujo. El de Joe reaparece corporizado en la figura del Capitán Ross (James Mason) y su banda (Michel Constantin, Luigi Pistilli, Jean Topart y Jill Ireland). Entonces habrá secuestros, extorsiones, cambio de lealtades, códigos volátiles y noblezas impensadas.


El veterano (incluso por entonces) Terence Young dirige con brío, sostiene el suspenso y desata una empatía duradera por todo lo que cuenta. El hombre tenía oficio y talento, combinación imbatible para el género, porque si la intuición se apaga, queda la experiencia.


Hay algo medio Hemingway en estas desventuras de cofradía de hombres, en la que la mujer puede participar, siempre y cuando se talle digna de pertenecer, si no será una cocinera, limpiadora, cuidadora de niños, un adorno útil de la masculinidad rampante. Aquí Liv Ullmann, y no hay spoiler al respecto, da la talla y sin perder femineidad le planta cara a cualquiera. 


Como se ve en el afiche que esto acompaña, en inglés se la conoció como Cold Sweat (Sudor frío), aquí se la estrenó como Los visitantes de la noche, pero como ya había varias con ese título, se la reestrenó como Los compañeros del diablo. Cosas de los distribuidores.








Tengo la sensación de no haber visto Juggernaut, salvo escenas sueltas en las tardes de los cinco canales de mi infanto-adolescencia. Es un film de Richard Lester de 1974 sobre un ataque a un trasatlántico que va de Londres a Nueva York. No es un atentado terrorista sino el de un resentido ex desarmador de explosivos que planta bombas para exigir un rescate millonario. La empresa está dispuesta a pagarlo, el gobierno inglés no. El capitán es Omar Sharif, los expertos en desarmar bombas son, entre otros, Richard Harris y David Hemmings. Un joven Anthony Hopkins es un policía con su mujer y sus hijos a bordo. Roy Kinnear es quien está cargo de los entretenimientos en el barco. Un joven Roshan Seth es un camarero indio y Freddie Jones, que entonces estaba por todos lados, es uno de los sospechosos. Shirley Knight es el angustioso interés romántico del capitán. E Ian Holm es la cara visible de la compañía dueña del barco.


Es un film muy entretenido, de gran suspenso, con la lógica de la catástrofe inminente. El magnífico elenco está a la altura de sus antecedentes y al revés de muchas películas contemporáneas, entendemos que es lo que está pasando todo el tiempo, sin un montaje confuso que ensucie el desarrollo.





Tengo la sensación de no haber visto La jaula (La cage, 1975) y sí, la vi. Me quedó la sensación, porque cuando deambulaba los años setenta, me topaba con la cola (hoy tráiler) de esta película a menudo y no llegaba nunca a verla. (Terminé por verla en el auge del videoclub, pero persistió en mi memoria la sensación de que no la había visto, una excusa quizás para buscarla y volver a verla.)


Su director Pierre Granier-Deferre era muy popular en los setenta con películas en las que participaban estrellas contemporáneas del cine francés de entonces como Alain Delon, Sidney Rome, Ottavia Piccolo, Romy Schneider, Jean-Louis Trintignant o Philipe Noiret y estrellas míticas de siempre como Yves Montand, Simone Signoret o Jean Gabin. Se dice que su mejor película es El gato (Le chat, 1971) en la que según novela de Georges Simenon, Simone Signoret y Jean Gabin conformaban un matrimonio de adultos mayores, como se dice ahora, que se odiaban a más no poder, suele pasar.



En La jaula también casi toda la acción pasa por dos personajes. Ingrid Thulin (bella y luminosa como el primer día, aunque por entonces pisaba la cincuentena), una escritora de novelas policiales citaba en su casa de los suburbios parisinos rodeada de un gran parque, envidiable y aislada de los demás vecinos, a su ex pareja, Lino Ventura, un desarrollador inmobiliario con la excusa de la venta de dicha casona señorial. Ingrid hace caer a Lino en una trampa (literal) y lo encierra en un calabozo que improvisó en el sótano. Lo secuestra para que piense y le diga por qué no pudo amarla y rompió la relación. El argumento es de Jack Jacquine, con diálogos de Pascal Jardin y el propio director. La idea (que puede parecer disparatada) y los diálogos (que pueden parecer absurdos) son más profundos de lo que parece y redondean una película rara y atendible.


Al final terminé por hacerme un programa triple como el de los cines de cruce de mi infanto-adolescencia. Pasé una tarde de lo más agradable. No es poco para el encierro de cuarentena.

Gustavo Monteros