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miércoles, 18 de marzo de 2020

Día 4 - Spencer Confidential


Y cundió la estupidez nomás. La resolución siguió diciendo que los docentes deben concurrir a sus lugares de trabajo, aunque después los gremios consiguieron la atenuación: Se facultaba a los directivos armar guardias mínimas, establecer turnos y otorgar dispensas a no concurrir. Unos pocos, con encomiable sentido común, por no tener su escuela comedor a cargo (como la mayoría de las que se encuentran en la ciudad) establecieron que los no docentes limpiaran y cerraran, y que todos los docentes se quedaran en sus casas y que desde ahí trabajaran en la continuidad pedagógica que se enviaría online, se trabajaría online y se convalidaría online. Los más, por desgracia, interpretaron que los gremios no habían salido de la reunión con un NO sino con un “ni”. Según esta versión, las autoridades insistían con que había que ir, mientras que los gremios instaban a que no, pero como no existía una declaración perentoria al respecto, estos directivos tradujeron el intríngulis a su lenguaje: no cumplir horario, pero venir a firmar. Atravesar la pandemia, desparramar el virus, para ¡estampar la firma en un papel! Un amigo sabio despotricaba que había ciudadanos que no estaban a la altura de la excepcionalidad de la hora. Y no, y a mí, más que decepción, me da tristeza. Papá Estado pide tres cosas. Si tienen comedor, den viandas. Garanticen la continuidad pedagógica no presencial. Y tres, tengan hasta las paredes y los techos limpios y desinfectados. Por supuesto, no se necesita a los docentes para las tareas uno y tres, que requieren obviamente de ir y cumplir. La tarea dos, que es la que les compete, puede hacerse desde sus casas. Y como Papá Estado está muy ocupado con una pandemia que puede diezmar las filas, dijo, mirá, si me equivoqué en alguna orden, corregila vos y decidí en consecuencia. Sin embargo, estos ciudadanos que no están a la altura de la excepcionalidad de la hora, en vez de corregir, se entregan a sus miserias y dicen: Ah, si yo tengo que venir a abrir la escuela, que vengan todos los otros también, aunque más no sea… ¡a firmar! Como se ve, es hora de quijotadas.


Todo autor de policiales con intenciones de redondear una saga sabe que debe crear su Sherlock Holmes, su Philip Marlowe, su Sam Spade, su Hercule Poirot, su Jules Maigret, su Kurt Wallander. Uno de los de Robert B. Parker fue Spencer (digo uno, porque el señor concibió también a Jesse Stone y B. L. Stryker, y por ahí, si profundizamos a algún otro). Spencer, su nombre nunca es revelado, tuvo entre 1985 y 1988 la cara de Robert Urich para una serie, primero, y entre 1993 y 1995 para unos cuatro telefilms independientes después. En 1999 solo por una vez lo corporizó Joe Mantegna. (Y por las dudas les interese, a Stryker lo hizo brevemente Burt Reynolds y a Jesse Stone, Tom Selleck en una sucesión de atendibles películas para la TV.


Y ahora Spencer renace en el cuerpo de Mark Wahlberg.


Mark Wahlberg ha conseguido lo que todos ambicionan y pocos consiguen: una “signature” (firma), o sea características reproducibles que lo vuelven único. Una manera singular de caminar, un peculiar modo de hablar, un identificable histrionismo, una gesticulación especial. Todo circunscripto a una estampa aun hoy envidiable (no olvidar que comenzó su carrera como modelo de ropa interior). Bah, en definitiva poder ser imitado con claridad o caracterizado de inmediato como a un Cary Grant, un James Stewart, un Burt Lancaster, un Humphrey Bogart o un Robert De Niro.


Spencer es un exboxeador, un expolicía, un actual investigador privado, pero por sobre todas las cosas es un quijote. Basta con que alguien al que haya conocido en algún momento y al que recuerda con afecto sea maltratado, involucrado en un delito o su nombre ensuciado, para que Spencer encienda los motores de su moralidad indignada y se lance como un bólido imparable a deshacer estos entuertos. 


Componen su mundo un viejo exentrenador de box, Henry (Alan Arkin) dueño de un gimnasio, un monolítico luchador negro, Hawk (Winston Duke) y una novia/exnovia/en vías de ser novia o exnovia, Cissy (Iliza Schlesinger) una badass (guarra) a la que mejor tener de amiga y que se ocupa de entrenar, pasear, atender perros, y uno adivina que es por los perros por los que se conocieron: Spencer tiene una perra ya viejita y adorable como pocas, de nombre Pearl.


El caso que le toca en esta película pinta complejo, aunque termina por tener una resolución directa y sencilla, demasiado quizá. No importa en realidad porque el interés pasa por otro lado, por los personajes. Atractivos como pocos.


Este film no es ninguna obra de arte, la narración es despareja y la intriga se vuelve obvia más de una vez, pero entretiene y mucho porque los personajes enganchan y seducen. Ideal para una tarde de lluvia. El final invita a una nueva aventura, ojalá el convite se efectivice pronto, así de mucho nos han divertido.


Spencer Confidential (Peter Berg, 2020) puede verse en Netflix.

Hasta mañana

Gustavo Monteros






jueves, 30 de enero de 2014

Ajuste de cuentas




Ajuste de cuentas es una producción hípercomercial que no se avergüenza de serlo, que muestra sus cartas desde un principio y que no se propone otra cosa que entretenernos con la explotación de viejos mitos cinematográficos. Sí, es la versión PAMI de Rocky versus El toro salvaje, algo así como una reedición de Alien versus Terminator en clave tercera edad.


El film se abre con un programa televisivo que rememora viejas peleas. Vemos a Robert De Niro y Sylvester Stallone, jóvenes y pujantes, como cuando los conocimos en aquellas épocas doradas en las que no teníamos canas ni despuntábamos arrugas. Henry “Razor” Sharp (Stallone) y Billy “the kid” McDonnen (De Niro), boxeadores ambos, of course, se enfrentaron dos veces, cada uno de ellos ganó un combate y quedó pendiente una revancha final. Razor se retiró y regresó a la acería donde trabajaba y The kid hace hoy shows de stand-up, cualquier parecido con las películas antes mencionadas no es pura coincidencia. No se necesita ser Hercule Poirot para deducir que las vueltas de la vida (o del argumento) los volverán a reunir en otro combate culminante. Antes, of course también, deberán enfrentar algunos temas pendientes en la forma de hijos, nietos, ex novias, ex entrenadores e hijos de ex agentes.


Una trama que puede seguir hasta un niño chino de tres años que jamás vio una película yanqui, pero es imposible no preguntarse ¿los espectadores jóvenes que no tienen idea de quienes son Stallone y DeNiro intuirán que hay algo más que una historia de viejos boxeadores que vuelven al ring solo porque pueden darse ese lujo? ¿Se percibirá lo metacinematográfico cuando se desconoce el pasado con el que se dialoga? Sabrá Dios.


A esta altura sobran las pruebas de que DeNiro es proclive a desacralizar su glorioso pasado. Volvió a subirse a un taxi en Being Flynn, ahora se calza los guantes otra vez. Los que lo odian dicen que se autoparodia, yo elijo creer que se revisita.


Stallone se ha repetido, pero esta es la primera vez que se cita a sí mismo conscientemente en tono humorístico. Confesó sentirse incómodo en la comedia, aunque aquí las generosidades de DeNiro y de Alan Arkin le establecen una zona de confort y entrega una de las actuaciones más interesantes de su carrera.


El talentoso Arkin, “redescubierto” a partir de Pequeña Miss Sunshine, aprovecha cada escena y cada línea para divertirse y divertirnos.


A Kim Bassinger las cirugías rejuvenecedoras no la volvieron irreconocible, solo le aplanaron los rasgos y le quitaron algo de belleza, nada grave, sigue siendo hermosa. Es una buena actriz, no la más expresiva del mercado, nada grave tampoco, compensa la ausencia de histrionismo con un buen manejo de la emoción y la intención. Es excelente, por ejemplo, como cierra su escena de dolida explicación con el chiste de las palomas. No cualquiera.


En resumen, un honesto y entretenido film comercial. (Ah, como la edad es muy relevante para el argumento, consignemos que De Niro tiene 70 años y Stallone, 67).

Un abrazo, Gustavo Monteros

lunes, 25 de febrero de 2013

Argo



Argo se estrenó el 18 de octubre de 2012 en Argentina. Como ustedes saben no escribo sobre todas las películas que se estrenan, en su momento debo haber privilegiado otro film y Argo quedó sin su crónica. Esto viene a cuento porque ahora ganó el Oscar a la Mejor Película y fieles seguidores del blog me preguntan si no dejé de comentarla por algún motivo en especial. Ninguno, salvo la casualidad. La vi con mi amigo Horacio cuando ya casi bajaba de cartel, después de disfrutar de varias semanas de permanencia en cartel. Fue un lunes de fin de semana largo y diluviaba (literalmente). No haré más suspenso, salvo algunas salvedades que detallaré, nos gustó y la disfrutamos.

Desde su concepción, Argo levantó un poco de polvareda porque por fin Hollywood blanqueaba su colaboración con la CIA, secreto a gritos, no a voces, que conocían hasta los más desprevenidos. Pero, en fin, una cosa es saberlo de atrás y otra que te lo reconozcan. La acción se centra en la llamada Crisis de los Rehenes de Irán de 1979. El 4 de noviembre de aquel año, los iraníes tomaron la embajada estadounidense de ese país y retuvieron a más de 50 empleados. Seis lograron escapar y refugiarse en la embajada canadiense.

El film es la ficcionalización del rescate que emprendió Tony Méndez, un agente de la CIA, claro. Argo es el título de una película ficticia de ciencia ficción decididamente B, que Méndez (Ben Affleck) fingirá filmar en Irán como mascarada para cubrir el rescate. De allí que deba recurrir a curtidos profesionales (John Goodman y Alan Arkin) de Hollywood para lograrlo.

La peli arranca bien arriba. La toma de la embajada está filmada como los dioses y uno le sigue poniendo fichas al bueno de Ben Affleck, que es medio zapallo como actor, pero que es un director de primera. Sus dos películas anteriores son excelentes, sobre todo Desapareció una noche, aunque Atracción peligrosa tiene también lo suyo. Después pasamos al conflicto personal de Méndez, que suena a película Hallmark, más como está tratado que por el conflicto en sí que es muy atendible: su demandante trabajo lo hizo separarse de su mujer y ahora su pequeño hijo sufre también su desatención. Viene a continuación otra parte muy pero muy lograda, una descripción irónica y deliciosamente cínica del mundillo hollywoodense. Volvemos después a Irán y parece que caemos en el túnel del tiempo, en el tradicional thriller de aventuras muy 70 que tanto quisimos. Y ya cerca del final aparece el sapo que nos tenemos que tragar: la glorificación de la CIA, que nunca te deja en la estocada y que supera con sus leales hombres (Bryan Cranston a la cabeza) la burocracia y la mezquindad política. Entonces uno dice: ¿qué se le va a hacer?, el pobre de Ben Affleck no puede dejar de ser otro yanqui al que le han hecho la cabeza.

En resumen, está narrada como los dioses, el elenco es impecable, la recreación de época es gozosa, se sigue con interés de principio a fin y si no fuera por el ataque final de patrioterismo, se disfrutaría sin culpa. No nos hizo arrepentirnos para nada el habernos empapado para verla. En lo personal, después la recordé con simpatía porque por un rato me devolvió la endorfina de las buenas películas de acción que veíamos en las matinées de la adolescencia.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Argo  puede verse en el CINEMA OCHO - SALA DIGITAL 2D
a las 12:00 - 14:10 - 16:25 - 18:40 - 20:55 - 23:15 - SABADO TRASNOCHE 01:30

viernes, 25 de enero de 2013

Tres tipos duros

Hace un tiempo; mucho, bah; en 1986, los Dos tipos duros (Tough guys de Jeff Kanew) eran Burt Lancaster y Kirk Douglas. Lancaster, de 73 años por entonces, y Douglas, de 70, volvían a reunirse para jugar por un rato a que todavía podían ser los héroes de una película de acción. Viejos y achacosos, pero héroes al fin. Por aquella época, Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin eran más o menos jóvenes. Hoy, Pacino, de 72 años, Walken, de 69, y Arkin, de 78, son los Tres tipos duros (Stand up, guys).
 


En los títulos en español y en las edades de los protagonistas se acaban las similitudes, porque la trama de Dos tipos duros no tiene nada que ver con la de Tres tipos duros. La primera era una comedia de acción, ésta, la contemporánea, es una comedia dramática.
 


Val (Pacino) sale de la cárcel tras cumplir una condena de 28 años. Lo espera su amigo y ex colega, Doc (Walken), quien tiene la misión de liquidarlo para cumplir la venganza del ex jefe de ambos, Claphands (Mark Margolis). Doc no lo mata de entrada porque si no se acabaría la película. No, demora si lo hará o no 90 minutos más para que no sea un medio metraje. En algún momento, tras diálogos y situaciones pretendidamente amenas, Val y Doc rescatan a Hirsh (Arkin) del geriátrico en el que cuasi vegeta y lo llevan a despabilarse un poco. Entonces pareciera que estamos más cerca del final, pero no, todavía nos quedan unos 50 minutos. Por ahí Walken dice: “El mañana ya es hoy”; y tiene razón porque el tiempo no para, y a la hora y media, bah, más precisamente a la hora y 34 minutos y algunos segundos de empezada, la película termina.
 


Tres tipos duros del actor Fisher Stevens no es muy mala, es mala a secas. A su favor diré que no es torpe y que tiene una cierta elegancia, pero el guión tiene menos sorpresas que el regado de las plantas y trucos sentimentales más berretas que político de derecha. Ahora bien, ¿tres tipos de inmenso y probadísimo talento no pueden volver visible y tolerable una película no muy avispada? Walken y Arkin, sí. Pacino, no. Al menos este Pacino.
 


Los grandes actores de personalidad fuerte y definida y de ego acorazado son un peligro, hay que dirigirlos con mano inflexible si no se ponen a hacer lo que ellos creen que hacen mejor que no es otra cosa que un festival insoportable de manierismos absurdos, divismos recalcitrantes e histrionismos vetustos. Un par de años atrás, un actor argentino de características muy marcadas y reputado maestro de actores contaba que, en el primer día de ensayo de una obra que haría, le dijo a su director, un tipo muy joven: “Vos dirigime, no te guardés nada, no me dejés hacer peor lo que hago siempre, no me tengás consideración o nos va a salir mal lo que puede estar bien”. Y es así nomás, una verdad grande como una galaxia. Porque actuar es un acto de soberbia, pero también de humildad, y no estoy haciendo un juego de palabras. Hay que pavonearse y agigantarse, pero también bajar la cerviz ante el director y escucharlo como si revelara la palabra divina. Cuando un actor no puede dominar la soberbia y cree que sabe más que el director o que quien sea, está en problemas. Y el público también.
 


Pacino se supone que hace un personaje fastidioso, pero en realidad hace uno insoportable. Uno tiene ganas de quitarle el arma a Walken y pegarle dos tiros de una vez para que deje de actuar así. Arkin y Walken, que no tienen necesidad de sacar chapa todo el tiempo de ser los mejores del mundo ni los más inteligentes de la clase, entregan actuaciones medidas, sensibles y elocuentes. Pero no bastan para que no queramos sacar a Pacino de escena de una vez.
 


En resumen, van por su cuenta y riesgo. Y perdón si aman a Pacino hasta en sus mayores equivocaciones. Yo lo quiero, pero a tanto no llego.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros