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miércoles, 17 de febrero de 2016

Mi gran noche



Mi gran noche es el último Alex de la Iglesia (El día de la bestia, Perdita Durango, Muertos de risa, La comunidad, 800 balas, Crimen ferpecto, Balada triste de trompeta, La chispa de la vida, Las brujas  y la anómala en su producción, Los crímenes de Oxford) y como el hombre ya es una marca, hablamos de un film coral, de humor salvaje, negro, caótico, excesivo y esperpéntico. La presencia de sus fetiches (ya que de historias corales se trata, un auténtico elenco estable) ratifica su marca: Santiago Segura, Jaime Ordóñez, Hugo Silva, Carlos Areces, Enrique Villén, Carolina Bang, Mario Casas, Pepón Nieto y Terele Pávez y en camino de convertirse en fetiches, ya que estarán en la próxima (El bar, que también frecuentará nuestro Alejandro Awada): Blanca Suárez y Carmen Machi. And last but not least, en realidad la raison d'être del proyecto: el eterno Raphael, que hace de Alphonso, también con ph, un hombre de dos caras bien diferenciadas: un demonio en la vida privada y un monstruo sagrado para el público y que casualmente como il vero Raffaello tiene como hitazos Mi gran noche y Escándalo.


Todo transcurre durante la grabación de un especial de fin de año para la televisión. Ya llevan varios días en esto y en esta noche en particular están cercados por una multitud furiosa de técnicos televisivos despedidos (cualquier semejanza con la realidad argentina no es pura coincidencia). Como de una gala se trata, los extras llevan trajes y vestidos de noche, pero en las mesas, el pollo y las tortas son de plásticos y el champán de las copas es trucado. En el escenario, las sonrisas ocultan conflictos irresolubles y el detrás de escena no es menos caótico. Y como en la vieja botica, habrá de todo.


Lo peor que se puede decir de Alex de la Iglesia (todo un elogio encubierto, en realidad) es que ha llegado a una profesionalidad inmanente, que lo pone a salvo de genialidades, pero que le evita también disparidades en los logros. En esta ocasión, hay menos sangre y negritud que de costumbre, salvo el gag inicial del pelado, aunque el disparate que nos enseñó a apreciar está siempre presente. En lo personal, me fascinó cuando Raphael le cuenta a su “hijo” Yuri (Carlos Areces) la verdad sobre su “adopción”, la “versión” que hace Oscar (Jaime Ordóñez) de Mi gran noche (perdón por el spoiler, pero a la canción del título la canta este actor y no el mítico Raphael) y no por menos cantado, el gag del helicóptero o el de la pestaña en el ojo.


Si son del palo del Alex, no se la perderán. Los que no lo son, tomen en consideración que no está nominada para ningún Óscar, es una comedia, y gracias a todos los santos del cielo, no se basa en hechos o personajes reales, es decir, un bienvenido recreo del resto de la oferta en cartel.

Gustavo Monteros

jueves, 9 de julio de 2015

Ocho apellidos vascos



Nada despierta más respeto que ser sin inhibición, con orgullo. Cuando se es lo que se es sin pudor, con altivez.


Ocho apellidos vascos es cine popular que quiere ser popular y que se enorgullece de querer serlo. Abreva en el siempre rendidor esquema de Romeo y Julieta. Un sevillano se enamora de una vasca; pertenencias, que según parece, tienen tan irreconciliables diferencias que dejan a los Caputelo y Montesco a la altura de niños de jardín de infantes dispuestos a reconciliarse después de un ínfimo entredicho.


La historia avanza con las sutileza de un tren expreso, los personajes se arman a puro estereotipo, las situaciones ostentan el grosor de las secuoyas y sin embargo nada de esto importa, porque es lo que es y a mucha honra. Se permite todos los colorinches y las cursilerías. Tantas que es imposible no adherir con simpatía ante semejante avasallador desfile de desvergüenza.


Dirigió Emilio Martínez Lázaro, sobre guión de Borja Cobeaga y Diego San José. Integran la parejita joven, la simpatiquísima Clara Lago y el no menos simpático Dani Rovira. Carmen Machi y Karra Elejalde (que participara en estas tierras en El dedo en la llaga, 1996, de Alberto Lecchi, junto a Darío Grandinetti y Juanjo Puigcorbé) aportan aplomo y encanto a la pareja mayorcita.


Se convirtió en la película española más vista de la historia, o sea que consiguió lo que buscaba: ser popular.


En resumen, si se aceptan sus estridencias, se disfruta. (En este instante se filma la secuela que lleva el tentativo título de Nueve apellidos vascos. Ah, lo de los apellidos es la prosapia indispensable que hay que tener para ser un verdadero vasco)

Gustavo Monteros