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viernes, 11 de septiembre de 2026

Mayday


 

No hay queja si uno sabe dónde se mete. Por las dudas las fotos y el afiche no me hubieran informado lo suficiente, después de ver el tráiler no me quedaba duda de que Mayday era una buddy movie, que cubría todos los lugares comunes del género.

 

(Por las dudas haya un despistado que no sepa qué es una buddy movie, le cuento que la inefable IA dice que “Una buddy movie (o película de amigos) es un subgénero cinematográfico que se centra en la relación, camaradería y dinámica entre dos protagonistas, tradicionalmente hombres.” No hay que creerle mucho a la IA porque es muy mentirosa. Pero en este caso, como se trata de una definición general le vamos a otorgar la razón.)

 

Confieso que del tráiler de Mayday, dos elementos me generaron una ligera atracción: el debut como héroe geriátrico de acción de Kenneth Brannagh y que transcurriera en la Rusia Soviética. Dado que su exprincesa de la actuación (o sea Emma Thompson) ya había debutado como heroína veterana de acción, no me sorprendía que él lo intentara.

 

(Emma anda a los tiros y patadas en la película Muerte en el invierno (Dead of Winter, Brian Kirk, 2025) y en la serie Down Cemetary Road, el misterio de Oxford, 2025).

 

Y por las dudas esté abriendo interrogantes, los cierro. Hay gente sorprendentemente joven a la que, sucesos anteriores a la pandemia, les resultan tan lejanos como el Medioevo, por eso aclaro que allá en los lejanos años ochenta del siglo XX, Emma Thompson y Kenneth Brannagh irrumpieron como la nueva pareja regia de la actuación inglesa, emulando a los legendarios Vivian Leigh y Laurence Olivier.

 

Esta relación espléndida tuvo sus altibajos, pero cuando trascendió que filmando Mary Shelley’s Frankenstein en 1994, Brannagh se había enamorado de su coprotagonista Helena Bonham Carter, Emma volcó su despecho en todos los medios británicos (los más amarillos ni les cuento cómo lo aprovecharon) con tanta vehemencia que Kenneth y Helena estuvieron a punto de perder la amplia popularidad que gozaban.

 

En septiembre de 1999 (¡estamos ya en el vigésimo séptimo aniversario de la separación! ¡Cómo vuela el tiempo!), Helena dijo: “Bye-Bye, Kenneth”, y Emma, si no cerró la herida, amansó su furia y comenzó a hablar de otros temas. Por eso es que relacioné el debut de Branagh en el heroísmo geriátrico con el de su expareja, doña Emma. Satisfecha la curiosidad por romances viejos, volvamos al film que nos ocupa.

 

Como estaba diciendo, aparte de Kenneth y su inicio en las patadas de vejete indomable, que el argumento de Mayday transcurriera en la Rusia Soviética también me atraía.

 

Troy (Ryan Reynolds), un intrépido (¿hay otros en las películas) piloto estadounidense, en una misión de espionaje, cae detrás de la Cortina de Hierro, bien lejos de una frontera salvadora. Pero su desgracia viene con suerte, lo rescata Nikolai Ustinov (Kenneth Branagh), un oso ruso devoto de todo lo yanqui.

 

(Otra digresión: el apellido de su personaje, Ustinov remite a Sir Peter, actor, escritor, director, al que, si no conocen, procuren conocer, ¡no se arrepentirán en lo más mínimo!, porque Peter Ustinov está en la exclusivísima categoría de los genios que en el mundo han sido)

 

Troy se escapa de la custodia de Nikolai y termina en un bar donde, todavía convaleciente, debe pelear por su vida. Por supuesto es rescatado por Nikilai.

 

Troy, como buen yanqui de película, pelea bien, pero Nikolai es una mezcla de John Wayne con Jackie Chan, o sea, un imbatible. Entonces una pregunta se impone: ¿cómo diablos aprendió a pelear así?

 

Obvio, ¡lo formó la KGB! ¡Era un interrogador! Es decir, ¡un torturador! ¿Por qué abandonó y se convirtió en un fan del capitalismo yanqui? Porque de seguir, podría haber tenido que torturar a su propia hija, Anna (Maria Bakalova), que, por esas cosas de la vida, se candidatea a segura enemiga del Estado Soviético.

 

Y acá viene la rareza de esta película. Ideológicamente es pro-yanqui, por supuesto. ¿Hay algún film Hollywoodense que no lo sea? Pero sin discutir el mandato autoimpuesto de que los Estados Unidos son los guardianes del mundo, los dueños del poder y del orden, aparecen en los considerandos de la conformación de los personajes de esta película unos cuantos grises.

 

Se dice por ahí que el ciudadano soviético es lo que es, porque le llenaron la cabeza, desde el nacimiento, con la convicción de que debe obedecer ciegamente al politburó. Pero esta asunción se complementa con la noción de que lo mismo le pasó al ciudadano norteamericano, solo que el signo político era el opuesto, le taladraron el cerebro con que le debía obediencia ciega al establishment capitalista. ¡Mirá vos!

 

Y cerca del final, Troy sacará, en el juicio, de la manga de su planchado uniforme, la carta imbatible: para el estado capitalista, la vida de los ciudadanos es secundaria o terciaria, ante la consecución de una suculenta ganancia. Pueden condenar a la muerte a generaciones, si el negocio que persiguen es bueno.

 

Además, se desliza aquí y allá que no hay libertad plena en Estados Unidos, que los derechos de la gente común y corriente se pisotean, que la lógica de las corporaciones se impone al cacareado republicanismo, que a la hora de la verdad vale la ley del más fuerte que la representación democrática.

 

Son cosas sueltas, pero están y llaman la atención en un film industrial. Por lo demás, es una buddy movie más. Hay química entre los protagonistas. Reynolds, como ya lo demostró contra Hugh Jackman, en Deadpool & Wolverine (Shawn Levy, 2024) sabe establecer dúos actorales, cuándo hacer el remate y cuándo dejar al otro que lo haga. Y Branagh, como buen actor británico, también sabe cuándo ponerse en la luz y cuándo dar un paso al costado. Hay alguna que otra línea lograda y alguna que otra situación bien planteada. Si uno está dispuesto a divertirse sin cuestionar demasiado trama ni trompadas, puede que la pase bien. ¿La recomiendo? No, cada uno entra por su cuenta y riesgo.

Gustavo Monteros


viernes, 20 de marzo de 2026

Programa doble - Hoy: Muerte en invierno - Dead of Winter


 

Harto de que me suden hasta las ideas, elijo ver películas que transcurran en fríos intensos a ver si me disminuyen el calor, aunque más no sea por ósmosis. Opto por dos que no solo transcurren en invierno, se llaman igual, en inglés y en español (o sea en el original y en su traducción) sino que pertenecen al mismo género, el thriller.

 

La primera que veo es de 2025, la dirigió Brian Kirk y la protagoniza Emma Thomspon. La segunda es de 1987, la dirigió el maestro Arthur Penn y la protagoniza Mary Steenburgen.

 

En Dead of Winter / Muerte en invierno, de 2025, Barb (Emma Thompson), viuda reciente, se dispone a cumplir la última voluntad de su marido, que implica volver a donde tuvieron su primer fin de semana compartido. Como es gente cercana a la naturaleza, se trata de volver a un lago helado en un rincón perdido del mapa. Y como no es mujer a la que va a detener una tormenta de nieve y viento, allá va ella. Con tan poca fortuna (para ella y mucha para el espectador) que se cruza con el secuestro de una mujer joven. Entonces dos preguntas se imponen. ¿Qué hará Barb? ¿Por qué se produjo el secuestro?

 

En Dead of Winter / Muerte en invierno, de 1987 Katie McGovern (Mary Steenburgen) una actriz desconocida y sin trabajo acepta suplantar a otra que “por motivos personales” abandonó una filmación, que se lleva a cabo en una cálida y confortable mansión, alejada de la civilización y perdida entre bosques y montañas heladas. La aislada mansión pertenece al Dr. Lewis (Jan Rubes), un psiquiatra que oficia asimismo de productor de la película. Este médico en silla de ruedas es atendido por un secretario / cocinero / mucamo / mayordomo y para lo que guste mandar, el Sr. Murray (Roddy McDowall). Katie pronto comprenderá que el tándem Lewis – Murray se traen entre manos algo más que una filmación. Algo que puede ser letal para Katie, si no se despabila a tiempo. Entonces dos preguntas se imponen. ¿De qué viene la trama esta del reemplazo? ¿Y el gato encerrado del posible chantaje involucra acaso un asesinato?

 

Para disfrutar plenamente de estos dos thrillers conviene aceptar las convenciones del género y no volverse muy quisquilloso con la lógica. No es que pidan una extraordinaria suspensión de la credibilidad, pero tampoco andarle contando las costillas a la trama, que no en vano cada género viene con sus aspectos fundantes, sus licencias permitidas, sus trampas constituyentes y sus desenlaces insospechados, aunque a veces vengan traídos de los pelos.

 

Porque si en las de amor, por más que no todos se quieran casar, no por eso van a evitarnos la linda boda final que augura que serán felices o algo así y que comerán las perdices. Del mismo modo, los thrillers se permiten balas que no salen, policías despistados e ineficientes y salvaciones sobre la hora.

 

Me enredé. La cosa es sencilla. Si se aceptan las convenciones, las dos películas cuentan con personajes atrayentes y de segura identificación, historias bien perfiladas y actuadas, y finales cortantes y nada abiertos.

 

O sea que me entretuvieron mucho y si no me refrescaron, me hicieron olvidar por un rato el calor insoportable. Y cuando una película te hace olvidar por un rato las situaciones adversas que te atraviesan, es buena. En mi manual y en el de todos.

 

(La de Emma Thompson gira todavía por los cines, la de Mary Steenburgen puede verse hoy por hoy en Prime Video)

Gustavo Monteros


viernes, 17 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Tercera semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.

Sábado 11 de febrero de 2023 


Día 11: Deux (Nosotras, Filippo Meneghetti, 2019)

Madeleine (Martine Chevallier), Madó en la intimidad, es una persona témpano, no porque sea fría como el hielo, en su caso lo contrario, sino porque tiene más por debajo de lo que muestra en la superficie. Es viuda, jubilada con dos hijos en la treintena larga. La hija (Léa Drucker) considera que el padre la tiranizó y que mamá no se separó por privilegiar la familia. El hijo (Jérôme Varanfrain) cree que mamá no quiso a papá lo suficiente y que lo desvaloró. La verdad, como acostumbra, quizá ande por el medio de tanto y tan poco. Madeleine oculta que desde hace más de 20 años está en relación con Nina (Barbara Sukowa) que vive en el otro departamento, el de enfrente al suyo, en el piso que comparten de un viejo y señorial edificio. Planean vender los dos departamentos, comprarse uno en Roma e ir allí a transcurrir los años dorados. Pero Madeleine no se anima a comunicárselo a sus hijos, porque equivale a blanquear la situación. Madeleine sufrirá un derrame cerebral y lo no dicho se revelará de la peor manera. Porque Nina no pasará, así como así, de ser el alma de Madó a la vecina entrometida de tan solícita, nadie, una casi extraña. Entre tanto adulto patético, el nieto de Madó, un chico de 7 años, al ver una foto vieja de un contingente de turistas por Roma deducirá por donde vienen los tiros y como todavía no está contaminado por prejuicios ni religiosidades, aceptará que el amor es amor y que todo lo demás no importa.

 

Domingo 12 de febrero de 2023


Día 12: The Remains of the Day (Lo que queda del día, James Ivory, 1993)

Esta es una tragedia sobre la impotencia, no la que se cura con té de yuyos, un dedo artero donde no da nunca la luz del sol o con la célebre pastilla azul, sino la peor, la más difícil, la que viene de la voluntad, del corazón, del espíritu. El mayordomo Stevens (Anthony Hopkins) ama a y es amado por la señorita Kenton (Emma Thompson), el ama de llaves de la mansión solariega en la que trabajan. ¿Por qué entonces llegado aquel momento de arrebatadora intimidad Stevens no puede cruzar el límite y dar el beso que le arde en el cuerpo? Sí, sí, las rigideces del espacio-tiempo en el que se desenvuelven le dan la excusa perfecta. Está bien, está bien, en los fines de los años treinta, en un palacete inglés, en los rangos de la servidumbre, el amor puede parecer una trasgresión. Tampoco son dos generales en una tienda de campaña, o dos enfermeras en el armario de ropa limpia de un hospital, donde la trasgresión puede ser titánica. Son un hombre y una mujer, el modelo de pareja aceptada en esos tiempos de almidón y pruritos. Sin embargo, cuánto más grande es la trasgresión, más urgente es cruzar el límite. Si es chiquita, se la subestima y no se la reconoce en su dificultad. Y en el fondo, Stevens y Miss Kenton son dos soldados. Inglaterra llegó a ser un imperio y hasta hoy, a pesar de vaivenes y encogimientos, sigue siendo un país (más bien, una nación) fuerte. Y una nación se construye con máscaras, prototipos, mitos. Stevens elige la máscara del sirviente perfecto y desde esa máscara contribuye al engrandecimiento de su nación. Su sentido del deber le impide sacársela aun en la intimidad. Suprema ironía que haya sido el mayordormo perfecto de aristócratas simpatizantes nazis, algo que él supo y no quiso asumir porque el perfecto sirviente no juzga al amo. Y así Stevens se queda solo y le niega a Miss Kenton la posibilidad de ser feliz. El deber a ultranza no hace la felicidad y la miopía política, menos que menos.

 

Lunes 13 de febrero de 2023



Día 13: The French Lieutenant's Woman (La amante del teniente francés, Karel Reisz, 1981).

Vista desde el amor y esos incendios, Sarah Woodruff (Meryl Streep) es una reverenda hija de puta. Y se salva de ser catalogada como una histérica de campeonato porque la maravillosa novela de John Fowles que la concibe, la erige como una protofeminista. Estamos en la Inglaterra de los 1850, o sea en el período victoriano, Sarah trabaja como dama de compañía de una vieja de mierda y se pone a pensar en su futuro. Para no caer en la servidumbre a secas (por ser dama de compañía / institutriz, se considera una sirvienta glorificada) o en la prostitución, la única salida que le queda es casarse bien, para lo cual no cuenta con los dos requisitos básicos, ser de buena familia y tener contactos. Se inventa entonces una historia trágica, la de haber sido seducida y abandonada por un teniente francés. A la falta de prosapia, la sustituye con una leyenda destinada a atrapar curiosos galanes transgresores, y que de paso le asegura espantar a los timoratos o santurrones. Y la fortifica paseándose por las tardes, embozada de negro, por un malecón golpeado por las olas, con la mirada hacia la costa francesa. Cae en la trampa un paleontólogo, Charles Henry Smithson (Jeremy Irons) que llegó a la región a conocer a sus ricos suegros. Sarah logra obnubilarlo de pasión. Charles ya no se casará con la bella y noble Ernestina (Lynsey Baxter), la que le inicia un juicio por ruptura de compromiso (algo que hace por supervivencia, el escándalo le resta posibilidades de conseguirse otro buen partido). Pero cuando Charles, enamorado y libre, va a buscar a Sarah, descubre que esta se ha ido. Desesperado de amor, contrata detectives para que la busquen. Sarah para no ser encontrada se ha cambiado de nombre, ahora pasa por Mrs Roughwood. Tres años más tarde, le da a conocer su paradero a Charles, está como institutriz de los hijos de un arquitecto progresista en Escocia. Se había fugado para encontrarse a sí misma. Charles la putea en todos los idiomas que conoce y en otros que improvisa, aunque termina por perdonarla. (La trama paralela que inventa Harold Pinter en el guion, para dar cuenta del final alternativo en la novela y de las disquisiciones sociológicas, la de los actores contemporáneos que protagonizan el relato victoriano, tampoco deja bien parada a la contrafigura actual de Sarah). Y si no fuera por el amor perruno que tan bien expresa Jeremy Irons, esta no sería considerada una historia de amor nunca de los jamases. Meryl Streep es justamente idolatrada por un currículum impresionante, pero entre sus primeros logros, yo siempre elijo el de La amante del teniente francés, porque solo una grande pudo habernos vendido como heroína romántica a semejante turra.

 

Martes 14 de febrero de 2023


Día 14: Casablanca (Michael Curtiz, 1942).

¿Es posible resumir el argumento de una película transcribiendo algunos de sus diálogos? Intentémoslo.

Casablanca, Marruecos, 1941

En el bar de Rick

Capitán Renault: ¿Qué diablos te trajo a Casablanca, Rick?

Rick: Mi salud. Vine por las aguas termales.

Capitán Renault: ¿Qué aguas? Si estamos en el desierto.

Rick: Me informaron mal

……………….

En el bar de Rick

Rick (viendo entrar a Ilse y a Victor Laszlo): De todos los bares de mala muerte del mundo, ella tiene que venir al mío.

………………..

En el bar de Rick

Ilse: No estaba segura de que fueras el mismo. Veamos, la última vez que nos vimos…

Rick: Fue en La bella Aurora.

Ilse: Qué lindo que te acuerdes. Pero, claro, fue el día que los alemanes entraron a París.

Rick: No es un día fácil de olvidar.

Ilse: No.

Rick: Recuerdo cada detalle. Los alemanes vestían de gris, vos, de azul.

………………..

En el bar de Rick

Rick: Lo felicito.

Victor Laszlo: ¿Por qué?

Rick: Por su trabajo.

Victor Laszlo: Intento hacerlo bien.

Rick: Nosotros lo intentamos, usted lo logra.

…………………….

En el bar de Rick

Rick: ¿Cree que vale la pena pelear por lo que pelea?

Victor Laszlo: Debería preguntar si vale la pena respirar. Si dejamos de respirar, morimos. Si dejamos de combatir a nuestros enemigos, el mundo morirá.

………………….

En el bar de Rick

Ilsa (llorando): Sos nuestra última esperanza, Rick. Si no nos ayudás, Victor Laszlo morirá en Casablanca.

Rick: ¿Y qué? Yo moriré en Casablanca. Es un buen lugar para hacerlo.

……………………

Victor Laszlo: Sé más de usted de lo que sospecha. Sé, por ejemplo, que está enamorado de una mujer. Y es curioso de los dos estemos enamorados de la misma. Cuando entré a este bar por primera vez, supe que había algo entre usted e Ilsa. Como nadie tiene la culpa, no exijo ninguna explicación. Solo le pido una cosa, ya que no me dará los salvoconductos, salve a mi esposa. Sáquela de Casablanca.

Rick: ¿Tanto la quiere?

Victor Laszlo: Usted me considera solo el líder de una causa. También soy un ser humano. Sí, tanto la quiero.

……………………….

En el aeropuerto

Ilsa: Lo decís para que me vaya.

Rick: Lo digo porque es verdad. Los dos sabemos que le pertenecés a Victor. Sos parte de su trabajo. La parte que no lo hace claudicar. Si el avión despega y no estás con él, te arrepentirás. Tal vez, no hoy ni mañana, pero pronto y por el resto de tu vida.

Ilse: ¿Y nosotros?

Rick: Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que volviste a Casablanca. Lo recuperamos anoche.

……………………

En el aeropuerto

Capitán Renault: No solo sos un sentimental, ahora sos también un patriota.

Rick: Parecía el momento para empezar.

Capitán Renault: Te convendría salir de Casablanca por un tiempo. Hay una plaza libre en Brazzaville. Podría ocuparme del pasaje.

Rick: ¿Y mi salvoconducto?

El capitán Renault asiente (…)

Rick: Creo que este es el comienzo de una linda amistad.

………………………

Y NOSOTROS SIEMPRE TENDREMOS CASABLANCA

 

Miércoles 15 de febrero de 2023


 

Día 15: Gone with the wind (Lo que el viento se llevo, Victor Fleming, 1939)

Lo que el viento se llevó es muchas cosas. Un fresco épico de la Guerra de Secesión norteamericana, la visión de la problemática negra de una autora blanca a fines de los años treinta y sobre todo, una formidable historia de amor con una protagonista excepcional. Scarlett O'Hara (Vivien Leigh) más que una heroína romántica, es una heroína a secas. Décadas antes de los principios de autoayuda, ella ya nos formaba con el Mañana será otro día. Y cuando se redondeó el concepto de resiliencia, demostró ser uno de los ejemplos más acabados. A pesar de haber sido criada como una mimada niña rica, no era una frágil muñequita de porcelana, era de armas tomar y a la hora de defender sus caprichos tenía más recursos que almacén de ramos generales. Eso sí, conseguía lo que se proponía sin ninguna consideración ética o moral. Y al final, cuando la horma de su zapato, el hombre de su vida, Rhett Butler (Clark Gable), harto de toda hartura, le cerraba la puerta en la cara con el histórico: Francamente, querida, me importa un bledo, se suponía que debíamos plantearnos si lo recuperaría. Suspenso vano, porque nadie en su sano juicio dudaba de que si así era su voluntad, lograría más temprano que tarde que él volviera a su lado. En lo personal, siempre me he quedado con lo que he dado en llamar "el juramento de los rabanitos". Al final de la primera parte, después de muchas penurias, logra regresar a su heredad, la mansión apenas se mantiene en pie y los campos están arrasados. Muerta de hambre, cae de rodillas y se debate sobre si comer tierra. Mete las manos en la tierra y logra dar con unos rabanitos. Se pone de pie con los rabanitos en la mano y se jura ¡Nunca más! (en mi interpretación desafía a Dios, le jura que ni Él va a volver a ponerla en una situación de vulnerabilidad nunca más) Yo, muchas veces en mi vida, hice el juramento de los rabanitos. No siempre tuve la determinación de cumplir el juramento cabalmente. Es que estar a la altura de Scarlett no es para cualquiera.

 

Jueves 16 de febrero de 2023


 Día 16: Frankie & Johnny.

Si bien Frankie and Johnny (Garry Marshall, 1991) está centrada en la conmovedora historia de amor de Frankie (Michelle Pfeiffer) y Johnny (Al Pacino), la corte de milagros que los rodea en el Apollo Café Grill y adyacencias también nos enamora y aledaños. Porque está cascoteados, boicoteados, negados, resistidos, solos, acompañados, depreciados, valorados, enorgullecidos, embrabecidos, apechugados, amuchados, abúlicos, entusiastas, sorprendidos, elegidos, traicionados, puestos en pie, vencidos, victoriosos, encandilados, despabilados, alertas, somnolientos, esperanzados, muertos de frío, de calor, de hambre, de sed, venidos a menos, a más, con ganas, sin ganas, bellos, feos, regular, bien, mal. Como algunos, como uno, como ninguno. Amados siempre y con ganas de amar más cada vez. Como vos, yo y los de más allá. Como todos, como nadie. Hasta que el amor nos encuentre y la muerte nos separe.

 

Viernes 17 de febrero de 2023

Día 17: Goodbye Mr. Chips (Adiós, Mr. Chips, Herbert Ross, 1969)

Era muy improbable que pasara, pero pasó. Arthur Chipping (Peter O'Toole) era un profesor de Latín (ya en las primeras décadas del siglo XX, importaba poco y nada y junto con su pariente Griego estaban a un tris de desaparecer como insumo pedagógico) que aburría y desagradaba a sus alumnos en partes iguales. Retraído y tímido hasta la exasperación, con solo las imprescindibles argucias sociales, lo evitaban hasta los mosquitos. Salvo a sus colegas del encumbrado colegio donde enseñaba, con su conversión sumía en la somnolencia al mejor predispuesto. Así y todo, deslumbró y sedujo a una estrella del music-hall, Katherine Bridges (Petula Clark). Claro, la conoció en el lugar ideal para que desatara toda su sapiencia y el encanto que se le alborotaba cuando el tema lo apasionaba: ¡en las ruinas de Pompeya! Como fuera, ella supo ver al príncipe y no al sapo. Las vacaciones de verano terminaron y el nuevo año lectivo sorprendió a todos con la llegada de la Sra. Chipping, que no solo alegró la vida del vetusto maestro sino también la del claustro académico y la de los alumnos, que se revolucionaban cuando la farándula teatral caía de visita, porque Katherine había abandonado la vida escénica para ser la esposa más colorida de un opaco profesor. Pero la guerra metió la cola y ella, una auténtica patriota, no se iba a quedar sin entretener a las tropas. Una bomba transformó la felicidad en un recreo. Y a Mr. Chips no le quedaron más que las lágrimas, y asumido el duelo, los recuerdos y los alumnos. Y por increíble que parezca, los alumnos son seres humanos que a veces están a la altura de la circunstancia. A pesar del espinoso Latín, arduamente aprendido, cuando el profesor se jubila, en un homenaje final los alumnos justifican la vida del viejo maestro. Porque como se sabe, nadie que ha aprendido a amar, pasa sin dejar huella.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de junio de 2022

Programa doble: Amor al ocaso - Good luck to you, Leo Grande



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Suk suk y Good Luck to You, Leo Grande

 

En Suk suk (Ray Yeung, 2019) Pak (Tai-Bo) un taxista de setenta años levanta, frente a un baño público de un parque, a Hoy (Ben Yuen), un jubilado de 65 años. Son gays enclosetados, el taxista es jefe de una numerosa familia, el jubilado es padre separado de un hijo rígido, casado y con una hija. No habrá sexo en ese primer encuentro, pero el levante derivará en camaradería que forjará una amistad que no tarda en trocarse en amor. Se preguntarán lo que podría ser vivir juntos y disfrutar de su amor. Algo imposible hasta de fantasear, porque tanto la esposa del taxista como el hijo del jubilado vigilan de cerca, para que no se produzca ningún cambio en el devenir cotidiano, sostenido con dureza, a fuerza de sospechas y silencios, que pretenden jamás dilucidar ni quebrar. El jubilado participa de una organización, asesorada por jóvenes, que pelea por los derechos de los gays mayores de 60 años, para que puedan acceder a una vivienda digna o a cuidados óptimos de salud. Esto subraya el contraste que existe entre las libertades contemporáneas y la vida enclosetada, de amores secretos y furtivos, humillantes y avergonzados, que fue lo único que a lo que pudieron acceder los gays viejos.

 

En Good Luck to You, Leo Grande (Sophie Hyde, 2019) Nancy Stokes, (Emma Thompson) una viuda de 55 años, profesora de religión jubilada, contrata los servicios de un trabajador sexual, Leo Grande (Daryl McCormack) para experimentar lo que su limitada y frustrante vida sexual no le deparó. Conmueve con sus falencias, pero no tarda en revelarse como un personaje complejo, es resentida, cruel e inmisericorde en su opinión sobre sus hijos, mezquina y prejuiciosa respecto a sus exalumnos, entrometida e incapaz de manejar cualquier situación, si no es en sus términos, lo que la lleva a trasgredir el acuerdo entre trabajador sexual y cliente. Que no sea una víctima es lo mejor de la película, y hace natural que, entre tanto cruce y choque, termine por ampliar miras y superarse.

 

Las dos películas tiene escenas finales que interpelan y dan que hablar. Y ratifican que pasadas la menopausia y la andropausia, el sexo cumple a rajatabla la ley de Lavoiser: Nada se pierde, todo se transforma…

 

Suk suk con el nombre de Amor al ocaso puede verse en Netflix. Good luck to you, Leo Grande, acaba de darse a conocer en el Hemisferio Norte y quizá pronto se estrene en cines o recale en una plataforma de contenidos.

 

(Netflix no me domina mucho el español, ¿¡Amor al ocaso!? Supongo que tendría que ser más bien Amor en el ocaso, después de todo no es que los personajes estén enamorados de la puesta del sol (sentido literal) o de la declinación, o decadencia (sentido figurado), sino que, como vimos, se trata de dos adultos mayores enamorados uno del otro. No sé, digo, me parece…)

Gustavo Monteros

jueves, 11 de octubre de 2018

22 de julio



Netflix ambiciona producir contenidos que generen en su lanzamiento la expectativa de un estreno cinematográfico. Competir con las salas de cine y quizá en el futuro reemplazarlas.


Conmigo logró ese objetivo de las expectativas con 22 de julio de Paul Greengrass. El cine de Greengrass es mejor cuando recrea hechos tomados de la realidad. La marcha y posterior masacre a los irlandeses del 30 de enero de 1972, Bloody Sunday (2002); los últimos momentos vividos a bordo de uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001, United 93 (2006); el secuestro de un barco a manos de piratas somalíes en 2009, Capitán Phillips (2013), con otra gran actuación del inmenso Tom Hanks. Su tratamiento de ficciones a secas es eficiente y apenas notable: La supremacía de Bourne (2004), El ultimátum de Bourne (2007) y la menos lograda de toda la saga, Jason Bourne (2016), además de Green Zone – La ciudad de las tormentas (2010), todas con el carismático Matt Damon, y una romántica perdida en el tiempo: The Theory of Flight –Vuelo en busca del amor (1998) con Helena Bonham Carter y Kenneth Branagh, en los tiempos de su breve y tumultuoso amor, asediado por el despecho de Emma Thompson.


22 de julio según su gacetilla de prensa: Narra el atentado terrorista más letal de la historia de Noruega y los sucesos posteriores. El 22 de julio de 2011, un ultraderechista radical detonó un coche bomba en Oslo y luego disparó a los adolescentes de un campamento de verano en la isla de Utøya. Murieron 77 personas. A través de los ojos de un superviviente, y en paralelo a su recuperación física y emocional, "22 de julio" retrata la trayectoria del país para lograr su curación y reconciliación.


Greengrass, fiel a su estilo, narra con brío y urgencia, más técnicas de documental, los aspectos más salientes de la masacre, para después concentrarse en dos contrapuntos, el terrorista por un lado y una de sus víctimas que lucha por recuperarse por el otro, y el que hay entre los abogados defensores y acusadores por el otro, más el dilema del Primer Ministro ante el ataque: ¿pudo preverse?, ¿se actuó con la diligencia necesaria?


Para no sobrecargar las tintas e inclinar la balanza, Greengrass recurre quizá a demasiadas simplificaciones, lo que puede restarle profundidad pero no claridad para repensar este auge de las ultraderechas y los peligros que representan.


Y por eso el film se vuelve ineludible. ¿Qué hay detrás de la xenofobia, del resurgimiento de los nacionalismos exacerbados? ¿Por qué en tiempos de globalización en que la información se supone asequible a todos es posible estimular odios primales y prejuicios raciales más asociados a la ignorancia?

Gustavo Monteros

jueves, 28 de junio de 2018

Lo que queda del día

Para descubrir, para rever, una de las grandes películas de la historia del cine, una de las historias de amor más conmovedoras jamás hechas. 

Ahora disponible en Netflix

Gustavo Monteros

jueves, 3 de noviembre de 2016

El bebé de Bridget Jones

Los críticos anglosajones hacen uso y abuso de una expresión que parece divertirles mucho. Cuando una película les gusta mucho, le adhieren con rapidez el mote de “instant classic”, clásico instantáneo o clásico desde el primer momento. Más una exageración de entusiasmo de la cultura pop que otra cosa. Los que tuvimos la suerte de ver en estreno los que son hoy verdaderos clásicos, a saber, Taxi-driver, Cabaret, Barrio Chino, Tiburón, Luna de papel y esas cosas, ni se nos hubiera ocurrido ponerles instant classic, por no faltarles el respeto a los que eran un poco mayores que nosotros y que habían visto en estreno las obras maestras de Visconti, Bergman, Fellini, Kurosawa y demás gentuza. En aquellos tiempos más moderados y quizá más serios suponíamos que el paso del tiempo era imprescindible para depurar si tal o cual cosa acabaría por convertirse en un clásico. Consideraciones al margen, está más allá de toda duda que El diario de Bridget Jones, dirigido por Sharon Maguire, fue un perfecto ejemplo de eso del instant classic.


Se estrenó por estos pagos el 13 de septiembre de 2001, y fue un bálsamo para la recesión, la inflación, el corralito y demás delicias que nos propinaba, casualmente, la misma dirigencia económica que ahora nos endeuda, despide, emite a lo pavote y nos sube astronómicamente las tarifas. Pero volvamos a Bridget. Se basaba en un libro de Helen Fielding que había vendido casi tanto como los de Harry Potter, y a pesar de ser una comedia romántica dirigida con prioridad a las mujeres fue amada por hombres y mujeres por igual. El hombre heterosexual quizá se vio parcialmente reflejado en esta gordita que se entregaba a los abusos de alcohol, comida, pereza y falta de pulcritud, virtudes generalmente asociadas al varón de la especie. Bridget era también una torpe social, un poco frívola y muy tarambana. Y aunque pretendiera ocultarlo, una romántica incurable, no en vano se castigaba con All by myself, tema que derrocha romanticismo… mucho romanticismo. Y como suele sucederle a tanta desahuciada en la vida y en el cine, después de tanto esperar o probar el príncipe azul o la media naranja, la oportunidad le llegaba por partida doble.


De un lado, Mark Darcy (Colin Firth), un Dirk Bogarde cosecha años cincuenta, elegante, correcto, circunspecto, algo frío y con un sentido del humor en el quinto subsuelo de tan soterrado. Del otro, Daniel Cleaver (Hugh Grant) un Laurence Harvey, cosecha años sesenta, un seductor inveterado, simpático, desenvuelto, irresponsable, superficial, híper-cool y con un sentido del humor tan salvaje como incorrecto.


El cast era soñado, perfecto. Renée Zellweger se animaba a engordar, a aparecer desgreñada, sucia. Su torpeza era muy natural y sincera, con un timing irreprochable que desataba carcajadas. Aunque ya era una figura instalada, este trabajo la catapultó a la categoría de súper-estrella.


En 2004, volvieron con Bridget Jones: Al borde de la razón, otra vez sobre libro de Helen Fielding, esta vez con dirección de Beeban Kidron, y quedaron al borde del aburrimiento y del olvido. Los protagonistas conservaban la magia, al igual que los secundarios, pero el todo no terminaba de ensamblarse. En sus mejores momentos era más de lo mismo, de lo que ya habíamos visto en El diario, en sus peores momentos daba gana de que no la hubieran hecho, de que no la hubieran convertido en una franquicia. Como sea, la simpatía imbatible de Renée Zellweger la salvaba de naufragar, de desbarrancar, de estrellarse.


De dos cosas somos dueños absolutos y sobre las que tenemos absoluta libertad: nuestro cuerpo y nuestro tiempo. Renée Zellweger era, bah, es hermosa, pero su encanto radicaba en que era diferente a todas, en que sus rasgos de tan personales eran únicos. A pesar de su juventud tenía una carita que en la Catamarca de mi infancia llamábamos de “viejita pasa de uva”, o sea surcada de arruguitas por tanto reírse o enfocar los ojos, porque siempre andaba como enfocándolos, como si no viera bien, todo muy sexy, en definitiva una mezcla rara de Marilyn Monroe con Mister Magoo. Una combinación irresistible, que las Sandra Bullock, las Catherine Zeta-Jones, las Meg Ryan se quedaran con sus caras perfectas de muñeca. Renée era otra cosa. Era. Lo que nos encantaba, parecía que a ella no. Un buen día entró a un quirófano y se alisó las arruguitas y se enderezó los ojos. Tenía y tiene toda la libertad del mundo de hacer con su cara, con su cuerpo, lo que quiera, pero en las fotos posteriores a la operación cuesta encontrar, recuperar a la que uno quiso. Ella insistía que eran las fotos, el nuevo maquillaje, el peinado, que era la misma, que no había cambiado. Bueno, decía uno, ella sabrá, ella se ve en el espejo todos los días.


Cuando se anunció que regresaba al papel que la hizo una marca registrada en el mundo, nos preguntábamos si en verdad ella tenía razón, que seguía siendo la misma. De modo que al suspenso de descubrir si la nueva película era buena o no, se sumaba la angustia de corroborar si seguía teniendo el mismo rostro de antes, el que habíamos aprendido a amar, a apreciar.


No diré si sigue siendo la misma, eso se los dejo a ustedes para cuando la vean. En cuanto al resto, la producción procuró reforzar la franquicia para que se pareciera más a la primera que a la segunda. Para ello convocaron a la autora de los personajes, Helen Fielding, más Dan Mazer, guionista de Ali G, Borat y Brüno junto a Sacha Baron Cohen, o sea un experto en la más acabada incorrección política y la guionista ganadora del Óscar por el guión de Sensatez y sentimientos, Emma Thompson (como Emma también actúa, es la obstetra que atiende a Bridget, uno se pregunta ¿habrá armado solo su personaje, escribiendo sus líneas, delineando las situaciones en las que participa o habrá metido mano en el resto de la película?, ¡qué misterio!). El resultado es sólido… por momentos, en otros es solo eficiente… profesionalmente, es decir con más maña que arte, con más oficio que inspiración. Eso sí, está más cerca de la uno, aunque ni ahí llega a ser un instant classic, que de la dos.


Como siempre, Bridget debe estar tironeada entre dos hombres, sabrá Dios por qué sale Hugh Grant, y entra Jack o sea Patrick Dempsey, como un creador de una página de internet de encuentros muy exitosa, tanto que lo ha hecho rico, es también muy inteligente y atractivo, claro. El hombre tiene una fotogenia a prueba de lentes, parece que no hay ángulo que no lo favorezca, encima ahora supera el karma de los galanes de rasgos muy parejos, con mucho ying y poco yang, unas sentadoras y nuevas arrugas dan vuelta la ecuación y ahora hay más yang que ying. En mi modesta opinión está a la altura del personaje de Hugh Grant, al que sin embargo se extraña, porque no se es Hugh Grant por nada. Sigue en carrera Colin Firth con su elegancia y química intacta con su co-protagonista.


El tironeo ahora se centra sobre quién es el padre del bebé en camino, ya que tuvo relaciones con ambos con pocos días de diferencia. Y me callo, porque hasta aquí solo digo lo que se sabe por el afiche.


Bridget no es una chica moderna ni revolucionaria como las que en el film luchan por sus derechos, que de algún modo fueron incluidas para que no dejar obsoleto el mundo de Bridget. Su intención siempre fue casarse, tener hijos, formar una familia. ¿Lo logrará? ¿Habrá una Bridget 4? ¿Una quinta? ¿Una sexta? ¿Será la nueva Guerra de las galaxias? Con productores cada vez menos imaginativos, seguro que sí, hasta la biznieta de Bridget no paramos.

Gustavo Monteros


jueves, 28 de enero de 2016

Una buena receta



Esta película al menos está más cerca de hacerle justicia al título que le pusieron los distribuidores locales (Una buena receta) que al original (Burnt/Quemado). Como el gin tonic o la ensalada caprese, mezcla elementos puros y simples para lograr un resultado gustoso: la película de cocineros con la película de segundas oportunidades.


El cine siempre se ha encargado de la cocina, primero lateralmente y en estos últimos tiempos muy centralmente. Algunos ejemplos, a los que ustedes pueden sumar los propios: Ratatouille (2007), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), La fiesta de Babette (1987), Comer, beber, amar (1994), Las mujeres arriba (2000), Bella Martha (2001), ¿Quién está matando los grandes chefs de Europa? (1978), Fuera de la carta (2008), El hijo de la novia (2001), Vatel (2000), El bueno de la película (o sea Jackie Chan) (1997), Soul kitchen (2009), La gran comilona (1973), Big night (1996), Sin reservas (mala remake de Bella Martha) (2007), Julie & Julia (2009), Espanglish (2004), Chef: la receta de la felicidad (2014), Un viaje de diez metros (2014).


Comer forma parte de las tres grandes Ces (perdón, voy a decir una grosería… o dos): Comer, Coger, Cagar. La última sobre todo tiene tan mala prensa que está cerca del desvalor. Paradoja, que los de tránsito lento, consideran muy injusta. Luis Buñuel, a quien le gustaba jugar con los absurdos sociales, en El discreto encanto de la burguesía, 1972, para demostrarnos lo antinatural o descabelladas que pueden ser las convenciones, invierte los términos: la gente se reúne a cagar y se encierra en los baños, vergonzosamente… a comer. No se preocupen, todo esto es un desvarío mío, este film no es La gran comilona en el que las tres Ces guardaban mucha relación sino que solo se concentra en la primera C, o sea comer, y su anverso, o sea, cocinar.


Del segundo elemento de esta receta o sea el film de segundas oportunidades no daremos detalles ni ejemplos, porque más o menos el 99, 99% de las películas que andan dando vuelta por la televisión, el cable, el cine o el streaming son… de segundas oportunidades. La moraleja de los cuentos ya no está en elegir bien para no equivocarse sino en no arruinar la segunda oportunidad cuando llega. Por segunda, claro, se entiende también, la tercera, la cuarta, etc. A esta altura son como la penitencia para los católicos, tras una buena confesión, llena de mucho arrepentimiento, y un castigo de 14 Ave Marías y 15 Padre Nuestros, uno se redime de cualquier pecado. Como mi alumna adulta con quien discutíamos de política antes del balotaje y yo le enunciaba las devastadoras medidas implicadas en las engañosas palabras de pastor evangélico de Macri y ella me contestaba con la Campaña Bu (o sea la ridiculización de nuestros argumentos reduciéndolos a la agitación de miedos para evitar votos); para cerrar la discusión le decía que al año siguiente cuando la viera en el recreo, como Macri ya habría tomado todas las medidas que le señalaba, yo le reclamaría que lo hubiera votado, a lo que ella me contestaba que no tendría derecho a reclamarle nada, porque ella lo había hecho… de buena fe. Que si ya sospechaba que quizá yo tenía asidero en lo que decía, y que mejor no lo votara, así nos evitara a todos el arrepentimiento de… buena fe, no entraba en sus consideraciones. Así nos va. Pero no nos amarguemos, sigamos hablando de cine.


El bueno de Adam Jones (Bradley Cooper), que fuera un renombrado chef de éxito en la dorada París, después de cumplir una penitencia de abrir un millón de ostras en la abnegada Nueva Orleans, por haber arruinado su vida y la unos cuantos más en el maremágnum clásico de drogas y alcohol, se dirigirá a la benemérita Londres a triunfar con otra estrella Michelin (el Óscar de los cocineros) y obtener el perdón propio y el de algunas de las otras personas que dañó, como Tony (Daniel Brühl), Michel (Omar Sy),  Max (Ricardo Scamarcio), o su ahora enemigo Reece (Matthew Rhys) y en el camino no hacerle la vida imposible a los recién llegados, David (Sam Keeley) y a Helene (Sienna Miller).


Al ratito nomás de empezada la película aparece la divina de Uma Thurman, como una crítica de restaurantes, cita cinéfila que se permite el director y que homenajea al género de cocineros, porque no olvidemos que Uma fue el inolvidable objeto de amor de Vatel que no era ni más ni menos que Gérard Depardieu antes de algunos últimos excesos. Por la mitad aparece, como una psiquiatra, la gran Emma Thompson, a quien le tocan las líneas sentenciosas, que dice con tanta autoridad que evita sonar como el maestro Yoda. Y cerca del final aparece, una de las actrices de moda, talentosa ella, Alicia Vikander, como una ex compañera de juergas de Adam Jones, o sea el bueno de Bradley Cooper.


Dirigió John Wells que viene de dirigir Agosto (2013) con ese elenquito que incluía a Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor y más gentuza de esa calaña, remember? Bueno, el señor sabe dirigir actores y, en esta también, los saca a todos buenos. Daniel Brühl siembra, siembra y obtiene una buena cosecha cuando le llega su escena de desamor. Muy, muy hermosa, con ese consuelo pírrico de “ya ni siquiera sos cómo eras”; será premiado, en otra escena, con un beso, cobarde, porque se da frente a otra persona para evitar peligro, pero un beso es un beso. Matthew Rhys, el de la serie The Americans, también conmueve en su súbita solidaridad con otro inaudito acto de amor que explica más de una violencia anterior. Tampoco era difícil adivinar qué había más que divismo en sus desplantes y en la rotura de mesas y sillas. Sienna Miller repite la buena química que tuviera con Bradley Cooper el año pasado en el Francotirador de Clint Eastwood. Bradley Cooper ratifica que es un buen actor y luce el carisma necesario para justificar todas las tormentas que ha desatado a su alrededor.


En resumen, nada nuevo bajo el sol, nada que no hayamos visto en las películas de cocineros o de segundas oportunidades, sin embargo se vuelve destacable por el compromiso del director y el arte de los actores. Recomendada.

Gustavo Monteros