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viernes, 12 de junio de 2026

Programa doble - Hoy: La cena y Fackham Hall

 


Los españoles (¡Dios los bendiga!) han logrado circunscribir comedias (irremediablemente dramáticas, pero comedias al fin) durante y en las postrimerías de la Guerra Civil. Ejemplos notables: ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984), ¡Biba la banda! (Ricardo Palacios, 1987), Madregilda (Francisco Regueiro, 1993), La corte de Faraón (José Luis García Sánchez, 1985), Espérame en el cielo (Antonio Mercero, 1988), entre otras.

 

El secreto para poder reírse hasta de la Guerra Civil quizá radique en no juzgar a ningún personaje de antemano, incluso a los más nefastos, y darles a todos, los buenos y los crueles, motivaciones claras para sus acciones. Así cuando accionen, lo harán con propósitos discernibles, y el público puede que no condone, se identifique o compartan lo que hagan, pero los comprenderán, incluso cuando los rechacen. Algo así como rechazo que mengano mate a zutano, pero entiendo por qué lo hace. Tener presentes motivaciones claras quita monstruosidad, los personajes serán deleznables, pero siguen siendo humanos. El drama y la comedia son siempre efectivos, en la medida de lo humano, si se inclinan para las excelsitudes o las monstruosidades se vuelven distantes y aburridos.

 

Ahora vuelven a las andadas con La cena (Manuel Gómez Pereira, 2025). La excusa argumental es sencilla y complejas sus derivaciones.

 

Es 1939, la Guerra Civil hace dos semanas que ha terminado y el General Franco decide que haya una cena de festejos en el Hotel Palace.

 

Hay unos cuantos inconvenientes a vencer, el principal y no menor de ellos, es que el lujoso hotel no está en funcionamiento. Sus instalaciones se usan temporariamente como un hospital.

 

Tampoco hay cocineros o camareros disponibles, los que desempeñaban esos puestos, algunos están prisioneros a punto de ser fusilados y otros, los del lado triunfante, están tan pobres y hambrientos como los perdedores.

 

Pero como dice el dicho inglés “When there´s a will, there’s a way”, que bien se traduce como “Querer es poder”, porque hasta lo imposible puede allanarse si hay ganas.

 

La cena es una comedia coral (tanto de texto como de enredos) con doble comando, por el lado de la Milicia, está el teniente Medina (Mario Casas) y por el lado de los civiles, el gerente del hotel, Genaro (Alberto San Juan).

 

La cosa se basa en una obra de teatro de José Luis Alonso de Santos, con guion del dramaturgo mencionado y de Yolanda García Serrano, Joaquín Oristell y el director Manuel Gómez Pereira, que tiene copiosos antecedentes en la comedia, como que ha dirigido, entre otras, Salsa rosa (1992), ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? (1993), Todos los hombres sois iguales (1994), Boca a boca (1995), El amor perjudica seriamente a la salud (1996), Entre las piernas (1999), Off Key (2001) (su incursión en Hollywood, el elenco lo conformaban Joe Mantegna, Danny Aiello y George Hamilton), Cosas que hacen que la vida valga la pena (2004) y Reinas (2005). O sea, el hombre tiene su experiencia y aquí la luce.  



Los ingleses no solo se superan en policiales de crímenes de pueblitos, también saben reír, no en vano se habla del British Humour. Y a la hora de la parodia no serán el Mel Brooks de El joven Frankenstein (1974) o el Jim Abrahams, el David Zucker o el Jerry Zucker de ¿Dónde está el piloto? (Airplane!, 1980), pero si se lo proponen les pueden competir en logros y carcajadas.

 

En Facklam Hall (Jim O’Halon, 2025) con la complicidad de los guionistas Steve Dawson, Andrew Dawson y Tim Inman se ríen (¡Dios los perdone!) de nada más ni nada menos que de ¡Downton Abbey! Catedral televisiva de Julian Fellowes de 52 episodios, divididos en 6 temporadas, que inició en 2010 y terminó en 2015 y que concluyó en tres películas, Downton Abbey, la película (Michael Engler, 2019), Downton Abbey: A New Era / una nueva era (Simon Curtis, 2022) y Downton Abbey: The Grand Finale / El gran final (Simon Curtis, 2025).

 

Este monumento serial, como algunos otros que han sido o que serán (The Sopranos, Breaking Bad, Game of Thrones, entre los indiscutibles) para algunos más que una serie es una religión.

 

De ahí que, a los más devotos, esta película que comentamos, les parezca una herejía. Aunque los menos solemnes y con restos de humor, la hallarán regocijante y la más de las veces, muy cómica.

 

La parodia es el género bastardo por excelencia. Y es parasitario, depende de algo ya establecido. Carece de toda originalidad y pureza. Y si en el drama o en la alta comedia premiamos la corrección, la prolijidad, el esmero y la elegancia, en la parodia, para que sea efectiva, hay que permitirse todo, la vulgaridad, el doble sentido, la escatología, sin privarse de buenas líneas, gags certeros y resoluciones brillantes.

 

Hay que respetar a rajatabla la máxima del music-hall que ante un chiste flojo decía: “Es malo, pero va sumando”. Sumar, sumar, sumar es el mandamiento. Porque un chiste malo puede dar pie a uno bueno y este a uno muy bueno y así se va sumando, hasta que la riqueza alcanzada se prodiga en sonrisas, risas y carcajadas incontenibles.

 

El argumento, como corresponde al género, es tenue y burla al original. Eric (Ben Radcliffe), un huérfano criado por las monjas (que sospechamos no es tan huérfano) recibe el encargo de llevar una carta para Lord Davenport (Damian Lewis), cabeza de Fackham Hall. Accidentalmente lo confunden con alguien que viene a buscar trabajo y termina de lacayo, olvidándose de la carta a entregar.

 

Lord Davenport y su nobilísima esposa, Lady Davenport (Katherine Waterson) pueden perder la propiedad si Rose (Thomasin McKenzie) o Poppy (Emma Laird) no se casan con el primo Archibald (Tom Feldon).  Rose no quiere saber nada de casarse y la tarea recae en Poppy, pero no se necesita ser vidente para presumir que Poppy y Archibald ni serán felices ni comerán perdices.

 

Fackham Hall (que puede pronunciarse para que suene como Fuck them all (algo así como “A la mierda con todos ellos”) como buena parodia que es respeta aquello de no privarse de nada y es una sucesión de gags y chistes, que van desde los más nuevos hasta algunos manidos y antediluvianos.

 

Usan todos los recursos verbales y van desde la literalidad (o sea no entender metáforas y tomar todo racional o lógicamente (ejemplo, el policía toca la puerta y dice cuando le abren: “Vengo por el asesinato de Lord Tanto”, que obtiene como respuesta “Llega tarde, ya lo cometieron”), a la puntuación errada, que es cuando alguien al leer no hace el punto seguido donde va y al unir con la oración siguiente dice una barbaridad. Ejemplo: un cura dice en una boda: “Pueden besarse los chicos del coro” cuando en realidad debe leer: “Pueden besarse. Los chicos del coro cantarán el Ave María”.

 

Y los gags van desde el viejísimo de enganchar la rueda de la bicicleta en la raya del culo de alguien hasta el novedoso de que los nobles son tan vagos e inútiles que los sirvientes parados detrás de ellos les sostienen las tazas con las que beben.

 

Cuando los tiempos son malos, suelen florecer distintas formas de comicidad. Estos tiempos son tan malos que hasta la comicidad escasea. Bienvenidas entonces estas dos comedias que hacen reír con buenas armas y muy oportunamente.

Gustavo Monteros


viernes, 20 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos de una palabra - Blitz - Joy



 Y en la letra chica de los datos inútiles, el 2024 pasará a la historia como el año cinematográfico con preeminencia de películas con títulos de una sola palabra. Ejemplos al paso, hay más, muchos más: Joy, Blitz, Here, Maria, Absolution, Ghostlight, Kill, Heretic, Queer, Cónclave, Thelma, Twisters, Megalopolis, Anora, Challengers, Vermiglio, Babygirl, Lee, Nightbitch.

 

Concentrémonos en los dos primeros. Se llama Blitz al bombardeo continuo que los alemanes ejecutaron sobre el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, entre el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941. Si bien varias ciudades lo padecieron, Londres se llevó la peor parte. La entereza que demostraron los londinenses enorgullece a la nación entera y fortifica la noción de un temple histórico, infatigable e indómito, que los británicos dicen tener. Grandes partes de la ciudad eran reducidas a escombros cada noche. Al amanecer, los ciudadanos emergían de los refugios subterráneos y continuaban con su vida como si nada, a pesar de las ruinas de sus casas y las muertes de familiares, amigos y vecinos. Durante guerras diversas, muchas ciudades fueron bombardeadas, pero ninguna ostentó resiliencia semejante a la mostrada por Londres. Muchas películas tienen al Blitz como tema central o como telón de fondo. No es para menos, pocos padecimientos dejan tan bien parados a sus protagonistas.

 

Se dice del director Steve McQueen (homónimo del inolvidable astro hollywoodense) sobre todo por sus películas Hunger (2008), Shame: Sin reservas (así se la conoció por estos pagos, 2011) y 12 Years a Slave (12 años de esclavitud, 2013) que trata temas difíciles con un estilo brutal e implacable. De ahí que sus estrenos se esperen con ansía y con expectativa de escándalo. Blitz demolió tales ansias y expectativas.

 

Las primeras críticas describieron al film como sorprendentemente convencional y anticuado, contracara negativa de lo que se llama “clásico” cuando a lo mismo se lo quiere ensalzar.

 

La trama es sencilla. Rita (Saoirse Ronan) una madre soltera, bonita y joven que vive con su padre anciano y músico (Paul Weller) envía a George (Elliott Hefferman) el hijo que tuvo con un hombre negro, al interior del país al cuidado (circunstancial o duradero, nunca se sabe) de otra familia (generalmente voluntaria, aunque muchas fueron obligadas) como lo aconsejan las autoridades, para evitar que los chicos mueran en los bombardeos. George se escapa del tren en el que viaja, mucho antes de llegar a destino y en el camino de regreso a casa, vive aventuras y desventuras. (Si a alguien esto le recuerda a Dickens, no anda muy errado)

 

McQueen, esta vez secundado por el director de fotografía, Yorick Le Saux, sigue deslumbrando con sus elocuentes planos secuencias y las tomas de cámara en mano casi sin contraplano.

 

Se suma a la tradición de resaltar el encomiable espíritu heroico de los londinenses, pero lo contrapone con una actitud revisionista que provocó más de un prurito. Algunos londinenses a pesar de ser conscientes de que debían enfrentar unidos la desgracia que se les venía encima, no depusieron un enojoso e inveterado racismo. McQueen es negro y debe haber oído de primera mano relatos de incidentes discriminadores durante la guerra. Tampoco obvió, como lo señalan documentos de época, que hubo saqueos a joyerías, bancos y casas de antigüedades, y rapiña a los cadáveres. Circunstancias que retratos ficcionales anteriores eligieron ignorar.

 

El relato atrapa y emociona. Y depara escenas inolvidables, como la que abre la película, con el edificio en llamas imparables y la manguera que serpentea literalmente. Y al igual que toda película de guerra usa el tropo de que, en el fragor de la lucha, vivir o morir, más que nunca es una lotería. Muestra también que hay ricos que, por no haber padecido nunca restricciones, se creen a salvo de lo que sea, y que los ninguneados de siempre, como el enano que comanda un refugio, saben en los huesos por haber padecido las más variadas restricciones que, en la adversidad, la solidaridad no es una contingencia, sino un imperativo insoslayable.

 

Joy (Alegría en inglés, como dice un subtítulo clave) es una película dirigida por Ben Taylor y estrenada en la plataforma Netflix el 22 de noviembre de 2024. Transcurre desde mediados de la década del sesenta hasta el final de la década del setenta y atestigua los esfuerzos de Jean Purdy (Thomasin McKenzie), enfermera y embrióloga, del Dr. Edwards (James Norton), científico y del Dr. Steptoe (Bill Nighy), cirujano, por concluir con éxito la primera fertilización in vitro, lo que los medios de entonces llamaron bebé de probeta.

 

Las innovaciones científicas muy incorporadas a la vida cotidiana parecen existir desde siempre y se olvida que alguna vez se probaron, que hubo dificultades, errores, infructuosidades.

 

Con el diario del lunes en la mano, se allanan los problemas, se olvidan las polémicas, se niegan las resistencias, las negaciones, los rechazos. Todas las innovaciones que cambiaron la vida de la gente tuvieron que sortear impedimentos morales, religiosos, de usos y costumbres, de recelos y envidias profesionales, de mezquindades ignorantes.

 

Dos vicisitudes conmueven: los precios que tiene que pagar Jean Purdy por participar en el proyecto y la solidaridad de las mujeres que se ofrecen de voluntarias, ellas rezan, cruzan los dedos, acumulan ansias porque les toque a ellas llevar a cabo el proceso con éxito, pero saben que, si no es así, su participación no habrá sido en vano, que le habrán facilitado el camino a las que vendrán. En estos tiempos de individualismo muy acendrado, el altruismo inesperado se valora más que un tesoro perdido. Como escribió el viejo y querido John Donne, tan citado en un momento y tan olvidado ahora: Ningún hombre es una isla.

Gustavo Monteros