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viernes, 19 de diciembre de 2025

Historias dos veces contadas - Hoy: El cielo y el infierno - Del cielo al infierno


 

El cielo y el infierno (según título para la Argentina) El infierno del odio (título para España), thriller de 1963 de Akira Kurosawa (Tengoku to jigoku, en el original, High and Low, en su título en inglés) es una de las cumbres del género.

 

Tiene dos partes claramente diferenciables. La primera de 55 minutos (el metraje total es de dos horas, 23 minutos) transcurre por entero en la casa de Kingo Gondô (Toshiro Mifume) sobre todo en su amplio living.

 

Gondô vive allí con su esposa Reiko (Kyôko Kagawa) y su hijo de 10 años, Jun (Toshio Egi). En la casa viven asimismo su chofer viudo, Aoki (Yutaka Sada) que también tiene un hijo de 10 años, Shini’ichi (Masahiko Shimazu).

 

Kingo Gondô es un alto ejecutivo de una compañía de calzados femeninos. La primera escena nos lo muestra en conflicto sobre el manejo de la empresa con la junta parcial de grandes accionistas. La reunión termina abrupta y airadamente. Gondô tomará una decisión audaz que compromete todo el dinero que lleva amasado hasta la fecha.

 

Una llamada telefónica le informará de un secuestro. De inmediato dos cosas no se ponen en duda, pagar el rescate (de ahí que el título de la novela de Evan Hunter o su alias, Ed McBain en la que se basa es El rescate de un rey) y avisar a la policía.

 

Habrá una vuelta de tuerca (muy George Bernard Shaw) que desatará dilemas morales. Saldremos entonces del living de Kingo Gondô y se dará inicio a la segunda parte que se concentra en cómo se lleva a cabo la investigación policial para dar con el secuestrador, o sea pasamos a lo que ahora se denomina policial procedimental.

 

Peculiaridad a destacar, Gondô o sea el inmenso Mifune, salvo muy breves intervenciones, prácticamente desaparecerá de escena en la segunda parte del film.

 

La película es innovadora en muchos recursos técnicos y en dos aspectos inusuales a la época de su realización: el retrato de los devastadores efectos de la heroína y el impacto que provoca el despliegue obsceno de la riqueza desmedida en los que poco o nada tienen.

 

De ahí la importancia que cobra el living casi panorámico de la casa de Kingo Gondô y el doble juego que permite: lo que de allí se ve y lo que puede ser espiado desde abajo.




Spike Lee a lo largo de los años ha declarado gran admiración por esta película de Akira Kurosawa y este año decidió estrenar su versión: Highest 2 Lowest. (Del cielo al infierno, en su título de distribución para la Argentina)

 

Kingo Gondô es ahora David King, es decir Denzel Washington. Ya no es más CEO de una empresa de zapatos sino de una gran discográfica.

 

Pam (Ilfenesh Hadera) es la esposa, el hijo ya no tiene 10 años, sino unos 18 y se llama Trey (Aubrey Joseph). Ahora el chofer es Paul Christopher (Jeffrey Wright), sigue siendo viudo y el hijo, de edad similar a la del de David, se llama Kyle (Elijah Wright) (sí, es hijo en la vida real del gran Jeffrey).

 

Esta vez el living quizá no sea tan destacado, pero el edificio lo es y el departamento de David King y sobre todo el balcón son discernibles. (Estamos ahora en Nueva York).

 

Ya no hay dos partes tan claras como en el original de Kurosawa. No está la claustrofobia desesperante (lograda en un ambiente amplio con gran apertura de cámara y muchos actores en escena, genialidad narrativa si las hubo).

 

En esta versión de Spike Lee no hay mucha concentración de espacios, las escenas son breves y en diversos ambientes. Lo demás se mantiene en equivalencias similares.

 

Está el policial procedimental, aunque esta vez el chofer y su hijo no son los que contribuyen a la pesca del culpable, sino el mismísimo King, o sea Denzel con el chofer Paul como su secuaz.

 

Hay esta vez una persecución a lo Bullit (Peter Yates, 1968) mientras toca en la calle Eddie Palmieri & The Salsa Orchestra (en lo que sería la última aparición de Palmieri en el cine, murió en agosto de 2025).

 

Habrá otras lindezas como Aiyana-Lee Anderson cantando la canción original de la película, una balada en estilo de musical como Dreamgirls (Bill Condon, 2006) que no en vano es el tema final de la película y que conjuga con la apertura, que viene de un musical, la versión de Norm Lewis de Oh, What a Beautiful Mornin’ de la Oklahoma! de Rodgers y Hammerstein II, llevada al cine en 1955 por Fred Zinnemann.

 

La película de Lee no empalidece ante la de Kurosawa, pero tampoco la lleva más allá, a otros logros, a otras alturas. Me pasa aquí lo que me pasó con la Psicosis de Gus Van Sant o la West Side Story de Steven Spielberg. ¿Para qué repetir obras que si no son la perfección se le acercan bastante?

 

Para dar con una respuesta, me fijo qué hacen con la admiración por algunas obras en otros géneros. En la plástica, si bien copiar cuadros y estatuas es un ejercicio habitual, no hay Giocondas de Picasso o Lautrec. A lo sumo en tiempos de parodia, hay cuadros “intervenidos”. Obras a las que se le agregan elementos generalmente humorísticos.

 

En la literatura, generalmente se toman personajes de alguna novela célebre y se los pone en tramas anteriores a los hechos narrados en la ficción de origen (no tan frecuente) o se los usa en tramas posteriores a los entuertos conocidos (más frecuentes).

 

En música, a lo sumo se usan temas de la obra original y se los cita en la composición nueva.

 

Lo más parecido a lo que hacen las remakes cinematográficas es lo que sucede con las obras teatrales. Algunos directores con mucha impronta logran puestas que se consideran canónicas por lo magistrales, pero no pasan décadas antes de que otro director con la misma obra logre impactos que borren o desdigan lo conseguido antes.

 

El cine siempre anduvo revisitando temas. El cine mudo se atrevió con cuanta ficción famosa andaba por ahí. El cine sonoro las rehízo con actores parlantes, lo que, en un punto, era más que lógico.

 

Aunque lo curioso de las remakes, más o menos cercanas en el tiempo, es que nunca se hacen sobre films muy atendibles pero fallidos, sino sobre películas casi impecables.

 

A veces me pregunto si esa admiración por alguna película ineludible no estaría mejor puesta en arreglar con quienes tengan los derechos y reestrenar esas obras maestras en versiones restauradas.

 

Porque si he de ser sincero conmigo mismo, las buenas remakes a lo sumo empatan sus originales, y por más logros a los que lleguen, es un poco como si las abarataran. Es solo un parecer, ojo.

Gustavo Monteros

viernes, 13 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos obras maestras del cine de oro japonés



 

Kiyoko es una de esas heroínas que ya no abundan…menos mal.

 

Estamos en el Japón de los cincuenta. Y aunque las costumbres están cambiando, Kiyoko observó la tradición del casamiento arreglado por casamentera para unirse a Shinji.

 

Mejor no lo hubiera hecho, más que quererse, valorarse o respetarse, se toleran amablemente.

 

Viven en la casa de la suegra, Yumiko, una anciana matriarca viuda, que tiene un almacencito que está más cerca del cierre que de la prosperidad. A Kiyoko, para mejorar la situación económica, se le ha ocurrido iniciar un café en la dependencia que se usa como depósito. Idea que la suegra resiste, vive la innovación como una amenaza a su autoridad. Entre las razones que enuncia la vieja para negarse está el gran gasto afrontado recientemente de la dote para la hermana menor de Shinji, que también va a casarse por concertación.

 

Otro matrimonio que se augura infeliz. El novio se le duerme en las citas y ya al mes de casados, la chica regresa a pasar unos días en su antigua casa porque necesita unas vacaciones de su marido.

 

El que también regresa supuestamente por unos días es el hermano mayor de Shinji, Zenichi, que tiempo atrás, harto de la vida provinciana se fue a Tokio, donde se casó y tuvo una hija. Ahí trabajaba en una empresa que cerró y ahora, con la cola entre las patas, se aparece con mujer e hija a que la casa familiar lo cobije.

 

Kiyoko no abandona la idea del café y por medio del hermano de una amiga, Kenkichi, que trabaja en un banco, consigue un préstamo de 300.000 yenes.

 

Como a la fuerza la visita de Zenichi, esposa e hija de unos siete años se prolonga, el hermano mayor de Shinji termina por reconocer que está sin trabajo y que necesita que le faciliten 300.000 yenes para abrir un restaurante.

 

Yumiko, que se oponía a la idea del café de Kiyoko, está más que de acuerdo con que le den el dinero a Zenichi. Shinji se niega echándole en cara que por qué se fue, él tuvo que quedarse a hacerse cargo del almacén, algo que no le interesaba y que ahora Zenichi no puede venir a exigir nada.

 

Yumiko, Zenichi y esposa, menos la nena que juega y vive en su mundo como todo chico, presionan a que Shinji habilite el dinero. Shinji y Kiyoko resisten como pueden.

 

Un día Yumiko le pide a Kiyoko que interceda ante Shinji para que deponga el resentimiento que tiene contra su hermano. Kiyoko no promete nada, pero Yumiko hace de cuenta de que aceptó y cuando Shinji regresa de una ida a las carreras, Yumiko le dice que Kiyoko está de acuerdo con la entrega del dinero.

 

Entre estas idas y vueltas Kiyoko y Kenkiche fortalecieron una relación de amistad que ya bordea el amor.

 

Shinji termina por adelantarle 200.000 yenes a Zenichi, que desaparece por unos días, en los que todos suponen acertadamente que se está dando la gran vida sin importarle más nada.

 

Shinji le dice a Kiyoko que, si se quiere divorciar, él no se lo impedirá y que haría bien en vivir su amor por Kenkiche. Kiyoko niega estar enamorada de Kenkiche y querer divorciarse.

 

Zeniche le escribe una carta a su mujer en la que le pide que deje a la hija a cargo de la familia y que ella sola regrese a Tokio. La familia acepta y la esposa de Zeniche se va.

 

Shinji y Kiyoko hacen planes para seguir con el café, se dicen que lo comenzarán de a poco y con modestia, pero que lo abrirán.

 

Contado así, parece un relato coral, pero no lo es, todo gira o se supedita alrededor del personaje de Kiyoko. Es la protagonista absoluta.

 

El diccionario de la Real Academia dice que “abnegado/a” significa “que se sacrifica o renuncia a sus deseos o intereses, generalmente por motivos religiosos o por altruismo”

 

Y es el adjetivo que mejor define a Kiyoko, ella es abnegada. Y en estos tiempos de individualismos, su postura sobresale como la mosca en la sopa. Su punto de vista asombra y nos interpela. ¿Por qué insiste en quedarse en una familia que no la valora, en proseguir con un matrimonio que nunca la hará feliz, por qué acepta ayudar a cuidar y crear una hija que no es propia y cuyos padres no merecen ningún respeto, por qué insiste con la idea del café cuando sabe que es una ambición que tarde o temprano los demás boicotearán, porque sus anhelos no le importan a nadie salvo a ella?

 

La respuesta abarcadora quizá sea porque ella es fiel a sus elecciones primeras. Ella eligió casarse sin amor, pertenecer a esta familia con sus más y sus menos, y no desviándose cree que está construyendo algo que a la larga le hará bien a ella y a los demás, a la familia y a la sociedad. En esas cosas pensaban antes.

 

Secreto de esposa o A Wife´s Heart (Corazón de esposa) en inglés es una película idiosincrática del maestro Mikio Naruse. Se dice que de haberse inventado o usado el término en la época en que creaba, su cine se habría considerado “feminista”, porque miraba el universo femenino muy en detalle. Sabrá Dios si Naruse hubiera estado de acuerdo con el mote.

 

Como su cine no me es muy familiar (conozco solo unos pocos títulos) no sé si critica o ayuda a sostener la sujeción opresiva de la mujer a las costumbres antiguas. Dicho de otro modo, la postura de Kiyoko ¿refleja la opinión del autor o este solo la patentiza con la intención de que cambie pronto?

 

Hideko Takamine es Kiyoko, Toshiro Mifune es Kenkichi, Keiju Kobayashi es Shinji, Yoko Sugi es Yumiko, y Minoru Chiaki es Zenichi.

 

Hideko Takamine y Toshiro Mifune, dos gigantescas estrellas del cine japonés volverían a reunirse en 1958 para otra obra maestra, esta vez del director Hiroshi Inagaki: El hombre del carrito o The Rickshaw Man, en inglés.

 

Matsugoro (Mifune) es un portador cargasilla fuerte, expansivo, lábil, bienhumorado generalmente, noble, bromista, agradable, violento si lo provocan, sincero. Un tipo bárbaro, dirían en el bar.

 

Estamos a fines del siglo XIX. Un buen día Matsugoro le devuelve a una madre, la señora Yoshiko Yoshioka (Hideko Takamine) su hijo herido, Toshio, al que le había dado un mal consejo. Le dijo que no fuera llorón, que se subiera al árbol como le pedían sus amigos, que no iba a pasarle nada. Error, cuando el cargasilla volvió a pasar por donde jugaban los chicos, halló al niño en piso con el tobillo esquinzado y llorando, obviamente se cayó y mal.

 

La madre quiere que a Toshio lo vea un médico de inmediato. Matsugoro acepta llevarlos, pero no quiere recompensa ni por el viaje ni por el favor.

 

Cuando el padre de Toshio, el capitán Kotaro Yoshioka (Hiroshi Akutawa) conoce a Matsugoro, queda encantado. Se da cuenta de que es bruto como un arado, tanto en modales como en analfabetismo, pero bueno y generoso como ninguno. Y a pesar de la diferencia de clases y de educación, lo adopta como amigo.

 

El capitán no tarda en morir y Yoshiko le pide a Matsugoro que la ayude a hacer de Toshio un chico fuerte y sano. Y así el cargador se convierte en el tío Matsugoro para Toshio.

 

El tiempo pasa y cuando Toshio parte a la universidad en la gran ciudad, Yoshiko sufre el nido vacío y Matsugoro ya no puede evitar revelarle el amor y la pasión que siente por ella. Yoshiko queda consternada y Matsugoro, rechazado, se propone beber hasta morir.

 

El relato general se construye sobre pequeñas anécdotas o historias. Según dicen, esta no es una película típica de Hiroshi Inagaki, al que se le daban mejor las épicas samuráis de largo aliento, “un gran sentido estético basado en las pinturas del concepto de belleza denominado ukiyo-e”. Aquí si bien hay escenas multitudinarias y majestuosas, predomina lo pequeño, íntimo, delicado casi.

 

Y si en Secreto de esposa todo giraba alrededor de la protagonista Kiyoko, aquí todo gira alrededor de Matsugoro (o Matsu para sus amigos). Personaje conmovedor si los hay, que construye su vida para un chico que siempre lo considerará un sirviente y para una mujer que nunca superará las convenciones sociales que los separan. Yoshiko y Toshio quieren a Matsu, pero ni sueñan con elevarlo a la categoría a la que ellos pertenecen.

 

O sea, no lo querían lo suficiente. Quizá el capitán lo quiso y apreció más. A la hora de la verdad, la diferencia social no le importó, solo que Matsu era un buen hombre, íntegro y a cultivar. Sin embargo, de haber vivido el capitán, Matsu no hubiera tenido preeminencia en la vida de Yoshiko y Toshio. Paradoja tan triste como el amor de Matsu, que fue correspondido, pero hasta ahí.

Gustavo Monteros