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jueves, 28 de mayo de 2015

Mil veces buenas noches



Los  primeros 14 minutos de Mil veces buenas noches (2013) del noruego Erik Poppe no son buenos o excelentes sino directamente óptimos, insuperables. Expresan con contundencia, casi sin una palabra, a pura acción, las contradicciones más íntimas de una fotógrafa de guerra, Rebecca (Juliette Binoche). La señora cubre la última ceremonia y la explosión de una mujer bomba en Kabul. Lástima que el resto, como esos romances de inicios brillantes que se diluyen después en frustración tras frustración, se desbarranca a un valle de obviedades y decepciones.


Es que la señora, a pesar de semejante profesión de riesgo, está casada con un biólogo marino, Marcus (Nicolaj Coster-Waldau) y tienen dos hijas, la mayor, Steph (Lauryn Canny) una adolescente, que resiente su profesión y sus ausencias, y la menor, Lisa (Adrianna Cramer Curtis) todavía una niña que se conforma con reclamar regalos en cada regreso de la madre. Sin embargo, dado que esta vez, mamá Rebecca vuelve herida, aparece en primer plano el conflicto que la separa de papá Marcus y de hijita Steph: su suicida actitud para capturar la mejor foto.


Interesante planteo que Erik Poppe no resuelve a la manera del período crítico-realista de su coterráneo Henrik Ibsen, o sea a puro debate de ideas y pasiones,  sino según el modelo más aburrido y pedestre del telefilm de superación. Los personajes aprenderán, unos más tarde que otros, a comprender sus problemas y a lidiar con ellos. Claro, con la insufrible ayuda de melosos violines como soporte de fondo, faltaba más. La escena final aspira entre otras cosas a la ironía, aunque por lo que pasó en el medio se queda en la más subrayada elementalidad.


De todos modos más allá de algún apunte logrado, la película no se vuelve desdeñable porque cuenta con Juliette Binoche, que no logra que el cobre sea oro pero casi. Su talento es palpable, le otorga humanidad a la muñeca más endeble. Hipnotiza con sus ojos de perro triste. A su lado Nicolaj Coster-Waldau (el famoso Jaime Lannister de Game of thrones) es más apuesto que actor. Nada grave en realidad, el ser de buen ver tiene sus ventajas, no desata antipatías furibundas sin ir más lejos.
 

En resumen, imprescindible para los que admiramos a Juliette Binoche, los demás, con un poco de paciencia hacia la tontería bien intencionada, la lindura de los encuadres y la música dulzona, pueden verla y si se descuidan hasta disfrutarla sin problema. 

Gustavo Monteros