Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Quentin Tarantino. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de agosto de 2018

De cómo me enamoré de Cecilia Suárez


Entré a La Casa de las Flores por prepotencia de información. La noticia y la publicidad de que a partir de tal día, a tal hora, iba a estar disponible en Netflix me aparecían por todos los lados. Entré con desconfianza, pero como una de las ventajas de Netflix es que uno puede salirse en cuanto algo te aburre o te disgusta y  probar otra cosa, y no volver jamás a la primera, me aventuré. Un nombre se destacaba del resto, el de Verónica Castro, reina madre indiscutida del culebrón de México para el mundo, y no era ilógica su presencia porque el proyecto rumbeaba para el lado del homenaje a tan noble género. No recuerdo haber visto, seguido o vislumbrado ningún teleteatro con ella, pero como vi hasta el cansancio una participación suya en un sketch de Alberto Olmedo y estaba deliciosa, le guardo afecto. Al no sostener prejuicio alguno contra la Chaparrita protagonista, se me franqueaba  más que a otrxs el paseo por la casa.


La propaganda y la información no me habían engañado, dicha casa es una reformulación u homenaje al culebrón clásico en clave del primer Almodovar, el de los ochenta. Manolo Caro, su autor-director-creador, siente una debilidad demasiado manifiesta por el manchego, debilidad que debería curar fortaleciendo su personalidad y olvidando a don Pedro. Pero a poco de empezar la serie, no me ganaba el colorido de las casas, las ropas o los personajes, ni sus leves semejanzas formales a Amas de casa desesperadas, primera temporada, con una fantasma de narradora en off, ni que cada capítulo tuviera el nombre de una flor, por lo que representa en el lenguaje de las flores (en Amas de casa desesperadas, los capítulos tenían por título el nombre de una canción de Stephen Sondheim), no, lo que me ganaba era un personaje en particular, Paulina, aunque a decir verdad era su forma de hablar la que me hacía recalar en ella y gozar cada vez que entraba en escena.


En el primer episodio es la que sabe todos los secretos y la que se las ingenia para, si no solucionar todos los problemas, capear todos los temporales. Lo bueno, bah, lo inmejorable es que no había artificio en cómo hablaba, arrastrar palabras con lentitud se integraba a su personaje con una maestría descollante. ¿De dónde había salido esta actriz maravillosa? ¿Acaso me la había cruzado antes?



Internet me dijo que sí, que la había visto, primero en 1999, al inicio de su carrera como integrante del impecable y sólido elenco de la muy interesante comedia de Antonio Serrano, Sexo, pudor y lágrimas. Pero si ahora solo tenía ojos para ella, en Sexo, pudor y lágrimas solo tuve ojos, como media humanidad que vio esa película, para Demián Bichir, que no en vano dicha película le abrió las puertas internacionales, que lo llevó a estar entre los favoritos de directores de fuste como Tarantino o Ridley Scott, y hasta obtener una nominación para el Óscar como mejor actor protagónico por el conmovedor padre de Una vida mejor (Chris Weitz, 2011). Y que la había visto muy brevemente como asistente de Lito en Sense8 (2016-2017), tan breve debe ser que ni la recuerdo, además Sense8 es tan de fuegos de artificio, que si no matás o tenés sexo con cuatro o cinco, pasás desapercibidx. Y que también está en la película que Tommy Lee Jones, dirigió en 2005 con guión de Guillermo Arriaga, Los tres entierros de Melquíades Estrada, donde tampoco la recuerdo, pero que es una buena excusa de rever esta película muy buena.




Ah, la chica se llama Cecilia Suárez y nació el 22 de noviembre de 1971.


¿Qué que me pareció La casa de las flores? No sé, está ella y por estar ella y hablar como habla me encantó cada segundo que está en escena. Me enamoré, el entorno pasa a ser bueno, porque ella lo ilumina. Creo que si no se le pide mucho, entretiene, lo que no es poco.


Pongo su nombre en el buscador de Netflix para ver en que otras películas disponibles en la plataforma está. Me da dos dirigidas y escritas también por Manolo Caro: Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (2014) y La vida inmoral de la pareja ideal (2016).





Comienzo por la más antigua, y no solo el título es de una gran belleza Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (¡Guau!, no en vano los mexicanos son campeones de los boleros, “te daría mi vida, pero la estoy usando” ¡Tomá mate!) la película también, pero no de gran belleza porque sea linda, sino por lo conmovedora. Parte del viejo cuento del que se fue a comprar cigarrillos y no volvió. Gustavo se llama el sujeto y está casado con Elvira, atada a su casa por dos hijos chicos, uno de ellos ¡bebé! Pero Elvira no es de dejarse estar, va a salir a buscar a su Gustavo, a como dé lugar, aunque sepa pronto por una foto de qué lado viene la balacera, igual necesita verlo con sus propios ojos, escuchar lo que le tengan que decir, porque ama y cuando se ama, las medias tintas no bastan. Insisto Manolo Caro debe curarse su obsesión con Almodóvar, cuando se aleja de su Pedrito surge lo mejor, y que cuando se apega al español (el chantaje cuando va a vender zapatos, por ejemplo) el devenir se empantana al divino botón. Pero son reparos muy pequeños, el todo suma y es excelente. Y cuando se llega a la frase del título, esta se resignifica para no olvidarla jamás. Altamente recomendable esta Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

La otra (La vida inmoral de la pareja ideal) es más ambiciosa, tiene más personajes y situaciones, pero no es tan lograda… porque se apega en demasía al modelo Almodóvar. En la búsqueda de una supuesta originalidad, se despeña por el abismo del artificio, del rebuscamiento, del manierismo. La situación base es el de una pareja que vivió un romance adolescente cercano al ideal, pero que no prosperó, y que veinte años después se reencuentra. Como no quieren dar el brazo a torcer de entrada de que no hicieron más que esperar al otro, se inventan maridos/mujeres/hijxs y esas cosas. Dos desenlaces intrigarán al espectador: saber cuándo y cómo se caerán las máscaras y qué, cómo y por qué se separaron en la adolescencia. Se deja ver, tiene buenos momentos y entretiene, a pesar de que armado todo el cuento, haya cosas que no cierran. Eso sí, al lado de Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando pierde por goleada.
Doña Cecilia Suárez también está en Macho (2016) de Antonio Serrano (sí, el mismo de la mencionada Sexo, pudor y lágrimas, 1999) con Miguel Rodarte en el protagónico. Aquí Cecilia toca el segundo violín, o sea es la partener, la que posibilita la jugada para que el protagonista haga el gol. De todos modos este rol confirma la amplitud de su talento. Pero antes de adentrarnos brevemente en el argumento, recalquemos que lo más significativo de Macho es su guionista Sabina Berman, conocida internacionalmente por su obra teatral Testosterona. Por aquí se la vio en el verano de 2015 dirigida por Daniel Veronese y protagonizada por Viviana Saccone y Osmar Núñez y ahora puede vérsela con un título cambiado,Todo o nada,con Paula Cancio y Miguel Ángel Solá en los protagónicos. La obra se centra en un juego de poder entre hombre y mujer por un codiciado puesto de trabajo. Berman también a principios de este año fue la autora, fotógrafa y la dueña del concepto de puesta en escena de la obra sobre el poeta Fernando Pessoa y sus múltiples personalidades: Ejercicios fantásticos del yo, protagonizada por Gael García Bernal, en su debut en los escenarios porteños, acompañado por un elenco de lujo, compuesto entre otros por Rita Cortese, Vanesa González, Fernán Mirás y Martín Slipak, la dirección general fue de Néstor Valente. Más allá de las muchas virtudes del espectáculo, sufrió la crisis económica que atravesamos, fue una apuesta importante de producción que convocó poco público.



En Macho, Sabina Berman juega con las percepciones sociales y personales de la sexualidad. El diseñador de ropa, Evaristo Jiménez (Miguel Rodarte) es supuesto gay y admirado por serlo, pero en realidad es un hétero de lo más batallador. Un crítico quiere desenmascararlo, entonces su socia, Alba (Cecilia Suárez) lo conminará a que comience un noviazgo fingido con Sandro (Renato López), el problema es que Sandro es gay de verdad y no sabe nada del entuerto. Unas cuantas peripecias harán que Evaristo se enfrente a la posibilidad de ser también gay. El guión es desparejo, hay situaciones muy bien armadas y otras para nada, gruesas, de cine industrial de explotación. De todos modos, su protagonista, Miguel Rodarte, es muy talentoso y carismático y vuelve muy visible el trámite de verla.


La casa de las flores, Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando, La vida inmoral de una pareja ideal, Sexo, pudor y lágrimas y Macho pueden verse en Netflix.


Yo recomiendo fervientemente que no se pierdan Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

Gustavo Monteros

jueves, 14 de enero de 2016

Los 8 más odiados



Supongamos que alguien que jamás haya visto una película de Tarantino nos preguntase cómo es el cine de este señor. ¿Qué le contestaríamos? Algo así como que es muy diestro con la puesta en escena, que le gusta citar y referir sus influencias cinematográficas, las que van de los grandes maestros como Sergio Leone a los directores más bizarros en todas las acepciones de esta palabra, y sin embargo, paradojalmente, cuánto más los cita más personal se vuelve, que le gusta culminar sus películas en un festival de sangre, tan pero tan gore que más que intimidar invita a sonreír. Y por sobre todo, es un dialoguista de primera. Como Ingmar Bergman, salvando todas las distancias, es un dramaturgo cinematográfico. Algunos consideran sus diálogos su talón de Aquiles, que demoran la acción innecesariamente y que persisten hasta la enajenación en sus vanos fuegos de artificio; otros los consideran su cima de gloria y reniegan que no sean más. Como sea, unos y otros reconocen que el hombre sabe escribir un buen diálogo.


Los 8 más odiados filmado en Ultra Panavisión 70 mm remite por formato y duración (dos partes con un intervalo en medio) a los operáticos westerns de Leone o las grandes superproducciones que con su sola presencia reemplazaban el habitual programa doble de los cines de antaño (sí, en la época de las carretas se daban dos películas). Y de movida veremos que la fabulosa fotografía de Robert Richardson oscila entre nevados paisajes panorámicos e interiores, que no por acotados son claustrofóbicos. Siempre con la  superlativa banda sonora del maestro Ennio Morricone.


Los 8 en cuestión son John Ruth (Kurt Russell) un caza-recompensas que lleva en una diligencia tirada por seis caballos, en un invernal ventoso y nevado Wyoming, a la asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a que la cuelguen en Red Rock. Deberán socorrer a otro caza-recompensas varado en la nieve, al mayor Marquis Warren (Samuel L Jackson), “héroe” de la Guerra de Secesión que tiene una carta de Abraham Lincoln dirigida a su persona. Más adelante deberán volver a parar para recoger a Chris Mannix (Walton Goggins) quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock. Como la tormenta arrecia, en vez de solo parar para estirar las piernas, comer algo o hacer descansar a los caballos,  en la Mercería de Minnie, deberán permanecer en ella hasta que el temporal amaine. El lugar está temporariamente a cargo del Señor Bob (Demián Bichir) y allí ya están refugiados, un inglés que dice ser un verdugo itinerante camino a Red Rock, Oswaldo Mobray (Tim Roth), un veterano general que lucho por el Sur, Sandy Smithers (Bruce Dern), y un parco cowboy, Joe Cage (Michael Madsen) que dice regresar a visitar a sus padres por la Navidad. Hasta ahí los 8 del título, que en realidad son 9, porque está también el conductor de la diligencia, O. B Jackson (James Park). No es que le fallen las matemáticas a Tarantino, quizá sea un chiste, o que uno de los mencionados no cae en la categoría de “más odiado”.


Y como bien se sabe por las novelas de Agatha Christie y sus versiones cinematográficas, el encierro de personajes peligrosos no es aconsejable ni saludable, al menos no para todos. Más que un “quién lo hizo”, aquí habrá más “un quién lo hará y por qué”.


El film se estructura en dos partes muy definidas, una primera parte en que presenta los personajes y sus peculiares circunstancias, con un clímax a punta de pistola, telón, y después del intervalo, una segunda parte con resolución de intrigas a puro vertimiento de sangre, tanta que el final de la Carrie de Brian De Palma parece, en comparación, un pinchacito para una curita. Como en la ópera o en su Perros de la calle, que haya personajes heridos mortalmente no es óbice para que dejen de hablar o de ser un peligro para sus congéneres.


Recomendar un Tarantino es, no sé, como recomendar el fernet con cola. Los que lo prefieren beberán con fruición y se deleitarán con cada trago. A los que les disgusta, se abstendrán o esperarán a ver qué otras bebidas trae la temporada. Y a los que no lo conocen, se recomienda probar. Un nuevo adepto o detractor habrá nacido.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de diciembre de 2013

Machete kills




Machete kills es un delirio gozoso como pocos. A los que ya vieron Machete (2010) no tengo nada que explicarles, a los que no, les cuento que es otro sinsentido mayúsculo de Robert Rodríguez (El mariachi, La balada del pistolero, Del crepúsculo al amanecer, Mini espías, Érase una vez en México, Planet terror) en el que parodia, como su socio frecuente Quentin Tarantino, los deliciosos absurdos del peor o mejor (en la desaforada explotación comercial suelen ser lo mismo) cine B.

Dany Trejo es Machete y ahí está el primer chiste. Se supone que es un súper héroe de acción y el hombre es madurito, para decirlo con amabilidad, y como corresponde a la raigambre de ciertos protagónicos, pétreo. Su única expresión monolítica le sirve para todo. Como en el arquetípico caso del recordado Charles Bronson, su atractivo radica en una pronunciada fealdad.

En este film por requerimiento del presidente de los Estados Unidos (nada más ni nada menos que ¡Charlie Sheen!, quien figura en los créditos con su nombre verdadero, Carlos Estévez) se ve envuelto en la tarea de recuperar un explosivo en manos de un narcotraficante dual (esto de la dualidad hay que verlo) encarnado por el talentoso, Demian Bichir. Habrá complicaciones varias a cual más desmelenada y aparecerán indescriptibles personajes variopintos como una reina de la belleza con ingredientes, la bella Amber Heard, una madama de armas tomar, la contundente Sofía Vergara, una ex compañera de correrías de puntería infalible y eso que tiene un parche que le tapa un ojo, la escultural Michelle Rodríguez. Y un asesino tan pero tan misterioso que se llama El Camaleón y que permite, no, eso mejor no lo cuento. El súper villano es ahora Mel Gibson (en la anterior lo fue Robert De Niro) y como todo villano de película ofrece chances de gran lucimiento que Gibson aprovecha a ultranza (sus escándalos en la vida real tienden a hacer olvidar que el hombre es un actor muy completo de envidiables recursos). Bah, todos en realidad están tan deliciosos como sus personajes. Hay, claro, un poco de gore (truculencias sanguinolentas), nada que espante a nadie por el humor con que está inserto.

Como en toda parodia, los que estén familiarizados con los desbordes del cine B o hayan leído unas cuantas historietas, disfrutarán mejor los  guiños. Aunque como se trata de cine popular no es necesaria cultura alguna para ver este supremo disparate y liberar endorfinas.

En algún momento hay un chiste que promete la continuación de la saga, ojalá no sea un chiste y haya Machete para rato.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 1 de febrero de 2013

Django sin cadenas

Django sin cadenas es Tarantino en estado puro, que es lo mejor que le puede pasar al espectador. Es un film desmesurado, provocador, digresivo, de violencia ultraestilizada, con personalísimos diálogos envolventes y farragosos, con personajes y situaciones que mucho le deben al cine olvidado de grandes maestros del B, con interminables capas de cinefilia y con la pasmosa y envidiable libertad de hacer lo que se le viene en gana, con la inquebrantable voluntad de entregarse a todos sus caprichos.
 


El modelo de maestro elegido para la ocasión es Sergio Corbucci, uno de los santos patronos del spaghetti western, y de su vasta obra, se centra en un título muy amado por estos lugares, el inolvidable Django con Franco Nero. Se le cuelan también citas al grande entre los grandes, Sergio Leone y al Richard Fleischer de Mandingo. Claro, son solo la punta del iceberg de una cinefilia tan desvergonzada como bien asumida. Y si algunos westerns de los 50 elegían la problemática del indio para hablar por elevación de la cuestión racial, Tarantino opta por el spaghetti western para poner en primer plano la aún no cerrada cuestión del pasado esclavista de los defensores a ultranza de las “bondades” de Occidente, o sea los “benditos” estadounidenses. Y lo hace a su manera, por supuesto. A juzgar por la ventolera que está levantando, su encendida pasión por perturbar ha hallado el eco buscado. Su película ha provocado debates acalorados más cercanos al quid de la cuestión que otras obras tan bienintencionadas como asépticas, la miniserie Raíces, por ejemplo.
 


Pero por más política y altisonante que sea la propuesta de la que parte, Tarantino la articula en un film de género, lo cual es astuto e inteligente, ya que el desmadre que el género permite, hace que la discusión no muera o se pierda en intelectualismos que convierten a las barbaridades que se debaten en signos desprovistos de sudor y sangre. Por más que les pese a los “buenos” de los norteamericanos parte de su capitalismo triunfante estuvo fundado en el comercio humano, espejito del que huyen como de la peste. Y ahora Tarantino los enfrenta no con una épica lindita y grandiosa sino con un western sucio y lúcido.
 


Como buen film de género y de Tarantino en particular, el devenir de la trama es apasionante, atrapante y muy entretenido. Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo Di Caprio, Kerry Washington y Samuel L. Jackson están a cual mejor. Aunque todos, desde el primer secundario hasta el último extra brindan lo mejor de sí y se hacen notar en buena ley.
 


El año recién asoma y puede parecer aventurado e irresponsable decirlo, pero es tal la contundencia y la maestría de esta película que sin ambages digo que Django sin cadenas es una de las grandes películas del año.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 1 de diciembre de 2012

7 psicópatas


 El bueno de Colin Farrell en un arrebato de entusiasmo cae en una barrabasada lógica para describir esta película, dice que es “muy única”. Algo así como el viejo chiste de la mujer que insiste en que sólo está un poco embarazada. La unicidad como el embarazo no admite aumentativos, diminutivos ni medias tintas. Pero por puras ganas de embromar, aceptemos por un rato el absurdo que nos propone Colin (después de todo, despropósitos mucho peores y menos simpáticos hemos aceptado en nuestra vida) y preguntémonos ¿es tan así? ¿Es tan muy única esta película? La respuesta es quizá, aunque para evitar discusiones, yo focalizaría la descabellada descripción en la figura de su autor y director, Martin McDonagh. El hombre de quien conociéramos por estos parajes La reina de la belleza de Leenane y The pillowman (en teatro) y Escondidos en Brujas (en cine) es de verdad “muy único”. Dos notorios atributos le dan singularidad: un salvaje humor irlandés y un peculiar manejo de la violencia. Más otros que no le son privativos y que (gracias a Dios) comparte con muchos otros: un ejemplar manejo de la estructura dramática y una desbocada imaginación.
 
Ahora bien, ¿por qué no coincido con Colin y le atribuyo lo de muy único a McDonagh? A las pruebas me remito. Marty (Farrell) es un guionista empantanado que debe escribir un guión llamado 7 psicópatas. Un amigo, Billy (Sam Rockwell) que se dedica junto con Hans (Christopher Walken) al secuestro de perros para luego pedir rescate, lo ayuda a salir del paso contándole historias de asesinos. Pero no va que Billy y Hans secuestran el Shih Tzu de un mafioso (Woody Harrelson) de lo más apegado a su mascota, quien no dudará de apretar el gatillo para recuperarlo.
 
Como puede verse todo es muy “Tarantino” con un juego metacinematográfico (se discuten las dificultades de un guión que se reflejan en lo que uno ve en pantalla) muy “Charlie Kaufman”. Eso sí, los personajes y los diálogos son muy “McDonagh”. El resultado es desparejo aunque disfrutable y entrañable. Porque McDonagh es un hombre de talento y cuando la pega, vuela alto muy alto.
 
Contribuye al deleite el antológico desempeño del elenco mencionado, al que se suma el gran Tom Waits, y el lujo de contar en breves participaciones con Michael Pitt, Michael Stuhlbarg, Harry Dean Stanton y Gabourey Sidibe (la inolvidable protagonista de Preciosa).
 
7 psicópatas ganó el Premio del Público en el último festival de Toronto, lo que es muy comprensible, porque más allá de (o debido a) sus desniveles, su violencia feroz, su provocadora incorrección política (hay líneas poco halagüeñas sobre las mujeres, los gays, los negros, los ingleses, etc.) el todo es muy irreverente, absurdo y altamente divertido (al menos para los que gustamos de ciertas excentricidades y buenas actuaciones.)
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 24 de marzo de 2012

El guarda


Puedo ver un bodrio con Bette Davis o Humphrey Bogart con la misma fascinación con que descubro intrincadas sutilezas en un film de Bergman. Después no me arrepiento ni siento que perdí el tiempo. Quizá porque considero cada encuentro con una película, un libro, un cuadro, un disco, etc. como un diálogo. Y como en la vida cotidiana, no todas las conversaciones son brillantes, las cenas, exquisitas y las citas, maravillosas. Los actores a veces se equivocan y eligen un proyecto que no los favorece. Sin embargo pusieron el cuerpo, se maquillaron y cambiaron, aprendieron las líneas y expusieron su talento. Hay actores con los que siempre me gusta dialogar, sin importar qué sea donde se hayan metido. Cuando estudiaba teatro, a veces nos preguntábamos unos a otros si habíamos visto tal o cual película. La respuesta podía ser escueta pero contundente: “…y estaba Mastroianni”. Si pertenecíamos a la secta que admiraba al divino Marcello, sabíamos que no debíamos perdernos esa película aunque se nos fuera en la entrada la plata del boleto de vuelta, lo que nos obligaba a colarnos en el tren.

A lo que voy es que más allá de cómo fuera el resultado final, no me iba a perder una película con Brendan Gleeson, Dan Cheadle, Liam Cunningham y Mark Strong. Me encanta dialogar con ellos por separado y la perspectiva de charlar con todos juntos anticipaba una fiesta. Si después, más que una fiesta, era un encuentro pedorro, no me iba a lamentar, la vida es un riesgo que se corre con cada elección.

Y fue una fiesta nomás. Desconcertante en un principio. Sin globos, sandwichitos ni torta pero con mucha bebida. Arranca como una buddy movie (comedia liderada por dos actores con personajes contrapuestos) pero irlandesa. Con todo lo que eso implica. O sea con un  humor salvaje, para decirlo en un eufemismo.

A un peculiar sargento de policía (Brendan Gleeson) de un pueblo costero (el último de los independientes, se define), le asignan un agente de Dublín (Rory Keenan). Y al agente, que tenía pinta de coprotagonista, al ratito ¡lo matan! Hay un entrevero con drogas que trae a un representante del FBI (Dan Cheadle), que, como nosotros, cada vez que abren la boca, dudará si se trata de una broma mayúscula o de la inaprensible idiosincrasia de un pueblo inclasificable. Es lo último, claro. ¿O la reformulación de tramas tan antiguas como el mundo traducidas al irlandés?

Por momentos todo es muy post Tarantino, por los diálogos digresivos. En otros, todo es muy post Martin McDonagh (Escondidos en Brujas) de tan irlandés, macabro, vital y regocijante. Las subtramas de la viuda (Katarina Cas) y de la madre moribunda (Fionnula Flanagan) podrían virar hacia el melodrama y desembocan, sin embargo, en la poesía pura. Los personajes parecen brutos y son más cultos que críticos literarios. Los maleantes podrían ser candidatos al Premio Nobel de la Paz. Total, si se lo dieron a Obama. Como Driver (que finalmente no se estrenó en estos parajes) todo terminará en el viejo y querido western, con sus duelos a pistoletazos más un final que remite al mismo cine de tan cínico y postmoderno.

Brendan Gleeson vale el doble de su peso en oro. Mark Strong está perfecto, no al borde de un ataque de nervios, sino al borde de un ataque filosófico. Liam Cunningham destella en un personaje que ostenta la norteamericanización como mácula. David Wilmot, no lo ofendamos, es sociópata no psicópata, y más vale que no le falte el litio. Las damas, como en todo cuento irlandés, por lo que se ha visto ficción machista como pocas, detentan los secundarios con ímpetus de primadonna y vaya que se hacen notar. Dan Cheadle es nuestro alter ego en el film, va de la fascinación al desconcierto pasando por el repudio. Como él, parpadeamos de asombro y más de una vez tragamos saliva para no escupirlos en la cara.

En fin, esta opera prima del guionista John Michael McDonagh redondea una velada que persiste en la memoria. Sobre todo por el arte de actores que no decepcionan. Jamás. Y con los que siempre nos gustará dialogar. Gracias Dios por ellos. Y por Humphrey, Bette y Marcello también.
Un abrazo, Gustavo Monteros

lunes, 7 de septiembre de 2009

Bastardos sin gloria

Como los grandes directores, Quentin Tarantino es un cinéfilo militante. Eso sí, su cinefilia es muy democrática. Abarca de las formas más excelsas a las más bajas, aunque su corazón se inclina más hacia los géneros abyectos y bastardos.


Después de disfrutar las mieles del éxito, ver su testa coronada de laureles y disfrutar el asedio de las reinas de la belleza, todo gracias a su sensacional Kill Bill, se estroló contra el piso con Death Proof, la segunda parte de su proyecto Grindhouse, homenaje al cine berreta de terror de los programas dobles de los cines de cruce (como el viejo, querido y glorioso Belgrano). Dicho proyecto lo compartía con Robert Rodríguez, cuya primera parte, Planet Terror, fue también un gran bodrio.


Fiel a sí mismo, en vez de refugiarse en formas más clásicas como las que practicara en Jackie Brown, que despiertan siempre el unánime beneplácito crítico, duplicó la apuesta de sus excentricidades y entregó una película cuanto menos desconcertante.


Como ante cada estreno de un film de Tarantino se navegaron ríos de tinta, se caminaron kilómetros de papel y se necesitaron eternidades de horas para remontar cada influencia y escalar cada logro. Los pobres pelafustanes como yo, que gustan leer sobre cine, quedamos sepultados por la avalancha de datos. (Pasa algo parecido con los estrenos de Almodóvar.) A lo que voy es que es casi imposible llegar más o menos virgen a un film de Tarantino. Tanta información chamusca la sorpresa.


Yo a mi vez no los fatigaré con erudiciones y sapiencias y procuraré desempolvarme las influencias recibidas.


Como siempre la narración es fragmentaria, hay en este caso cinco capítulos. (Tarantino más que un bordador de tapices, es un joyero que engarza perlas y arma collares deslumbrantes.) Hay diálogos ingeniosos y caprichosos, más artificiosos y rebuscados en este caso porque al tratarse de un film de época, los personajes no pueden discurrir sobre hamburguesas o las canciones de Madonna. Su regusto por la hiperviolencia está presente, aunque en menor medida de lo que podía esperarse. Y es su película con la mayor cantidad de referencias cinéfilas, si esto es posible en un director que hace de las citas y guiños su marca de fábrica. Es larga y se le nota. Es despareja y la menos orgánica de todas sus películas.


No me adentraré demasiado en el argumento, muy mentado en las críticas nacionales e internacionales, lo que arruina la expectativa. Por lo que sigue, sólo diré que un grupo de judíos furibundos más una bellas de armas tomar, después de darle a los nazis una sopa de su propio chocolate, ganan literalmente la segunda guerra volando incluso al mismísimo Hitler.


Ideológicamente plantea un dilema que es imprescindible resolver. ¿Estamos ante un disparate fenomenal o ante la seria elaboración de una metáfora del arte como reparación justiciera de la historia? La mayoría de los críticos optó por la variante de la metáfora (construida con nociones harto inflamables y polémicas) y firmaron sesudas interpretaciones alabando o denostando la instauración de semejante atrevimiento. Unos pocos, a los que adhiero, la consideran una broma colosal, tan nociva o influyente como una historieta desmadrada de la vieja revista El Tony. El tiempo dirá cuál de los dos grupos tuvo razón. (En lo personal digo que no sé si será por pertenecer a un país en el que las Nazarenas Vélez hacen cualquier cosa por los dos minutos de fama, pero me cuesta darle entidad a tamaña concatenación de disparates. Creo que Tarantino sólo se aseguró de volver a ser el eje de la polémica. Y como el payaso genial que es, lo logró.)


Al igual que toda película de un cinéfilo, los rubros técnicos son de primerísimo nivel. La banda sonora, como la de Moulin Rouge! mezcla libremente canciones de diferentes períodos. El reparto incluye actores de distintas extracciones, experiencias y talentos. Va desde el inolvidable villano del austriaco Christoph Waltz, pasando por un irreconocible Rod Taylor como Churchill, los atendibles Michael Fassbender y Daniel Brühl, dos mujeres bellas y talentosas, Diane Kruger y Mélanie Laurent, hasta otros que fueron elegidos por la cara o por ser amigos del director como Eli Roth. Y Brad Pitt, claro. Sorpresivamente, este prototípico muñeco lindo de madera balsa da su mejor actuación y alienta la esperanza de que, después de todo, quizá haya un actor detrás de su celebrada y anodina donosura.


Creo que más allá de los reparos que puedan hacérsele, esta ucronía merece verse. Aunque más no sea porque hay un par de escenas que de tan bien resueltas, rozan la genialidad indiscutida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros