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domingo, 15 de agosto de 2010

Chloe

Chloe es un despropósito. Una de esas películas que al terminar de verlas, uno se pregunta: ¿por qué la hicieron?, o lo que es peor: ¿para qué la vi?


Se trata de una remake de un buen film de Anne Fontaine: Nathalie con Fanny Ardant, Gérard Depardieu y Emmanuelle Béart. Ante una remake que no reformula ni mejora el original, una pregunta se impone: ¿por qué corno se tomaron la molestia? La respuesta que generalmente se da es: porque el público yanqui detesta leer subtítulos. Ahora bien, gastarían la tercera parte que cuesta una remake doblando el original e imponiéndolo con una agresiva campaña publicitaria. Pero, en fin, la mente de los productores es un misterio insondable.


La trama se centra en una esposa despechada (Julianne Moore) que contrata a una prostituta (Amanda Seyfried, la Chloe del título) para que ponga a prueba los límites de la fidelidad de su marido (Liam Neeson). Las insospechables (bah, es una forma de decir) derivaciones de esta situación mutarán el melodrama de celos (intenso) a drama psicológico (leve) que desembocará (¡otra vez!) en thriller con psicópatas.


El egipcio-canadiense (siempre me divirtió que sus nacionalidades remitan a países tan distintos, uno tan soleado y el otro tan nevado) Atom Egoyan es famoso por su erotismo y sus climas hipnóticos y sugerentes. Aquí parece que se autoparodiara. El erotismo le salió estilo soft porno de los setenta (sin las desmesuras gozosas de una de Armando Bo con la Coca Sarli), y la atmósfera resulta tan hipnótica y sugerente como el show de Tinelli (Bueno, Tinelli no será hipnótico ni sugerente, pero sí peligrosamente adictivo, hace como 20 años que muchos no pueden dejar de verlo).


Uno le agradece siempre a Julianne Moore que inunde sus personajes con intensidad emotiva, pero aquí, sin una historia plausible que la contenga, parece una diva de ópera desmelenada y absurda. (Estos triángulos tan raros son más creíbles en francés). Amanda Seyfried, que ensayó todas las variables de la chica buena en ¡Mamma mía!, Querido John y Cartas a Julieta, se calza los tacos de la perversita y se revela como una actriz prometedora. Lo que no quiere decir que redondee el personaje, aunque la chica le pone garra y es un placer ver a alguien en la pantalla con un cuerpo normal con morbideces ante tanta flaca falsa, víctima de dietas abusivas. Y ésta es la película que Liam Neeson rodaba cuando perdió a su esposa en un estúpido accidente de esquí, la querida Natasha Richardson. Mientras la cosa se pone obvia, uno puede jugar al detective emocional y discernir si la escena que le vemos fue antes o después del infausto cercenamiento, eso se nota porque no hay profesionalismo que disimule el dolor de una ausencia inesperada.


No es un bodrio a secas. Es algo mucho más nocivo: un film que nadie necesitaba.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 24 de marzo de 2009

Nuestra Natasha

Odio profundamente los obituarios y aquí estoy escribiendo uno. Como diría Walt Whitman: What the hell if I contradict myself (Qué carajo importa si me contradigo a mí mismo)

El miércoles estaba mirando Boca-Guaraní, el partido estaba aburrido e hice zapping. La CNN me informaba que Natasha Richardson había muerto. Fue como un golpe en el estómago y me agarró la tristeza infinita. No es que no supiera que estaba grave, los diarios internacionales lo advertían, pero acostumbrado a la prensa local que mata a la gente cada vez que le sale un callo (¿cuántas veces mataron a Sandro? el pobre anda muy cachuzo pero todavía vive), pensé que por ahí zafaba.

Volví al partido que se puso interesante o al menos se llenó de goles, pero yo ya no lo veía. Acudían a mi mente en tropel, sin orden ni concierto las películas protagonizadas por la Richardson: La condesa blanca, Asylum, Gótico, Entre la furia y el éxtasis, El monte de las viudas, Una relación indecente, Éxito por los pelos, Zelda.

Aunque el gran público quizá la recuerde más como la tercera en discordia de Jennifer López y Ralph Fiennes en Sueño de amor, o como la doctora de Jodie Foster en Nell, film en el que conoció a Liam Neeson con quien se casaría y tendría dos hijos.

Tenía (¡qué feo es hablar en pasado!) todo para ser una estrella de cine: talento, presencia, magnetismo, pero nunca se tomó muy en serio lo de ser estrella. Por venir de una familia de actores de ilustre abolengo y encumbrada prosapia, (fue hija de Vanessa Redgrave y el director Tony Richardson, sobrina de Lynn Redgrave, hermana de Joely Richardson, y nieta del gran Michael Redgrave) sabía que el estrellato es un campo minado, se recogen carretilladas de rosas mientras no se pise una mina y se vuele por los aires.

Lo que sí se tomaba en serio y amaba con fervor era el teatro. El crítico teatral en jefe de The Guardian dijo que su muerte era “Una tragedia para el teatro”. No parece una hipérbole desmadrada si se toma en cuenta que protagonizó Anna Christie de O’Neill, De repente en el verano (con Maggie Smith) y El tranvía llamado deseo de Williams, La gaviota de Chejov, Espectros y La dama del mar de Ibsen, los musicales Alta sociedad y Cabaret (en la puesta de Sam Mendes) y como buena inglesa anduvo por algunos Shakespeares, fue Helena en Sueño de una noche de verano y Ofelia en Hamlet. A fines de este año planeaba hacer Señorita Julia de Strindberg.

Broadway le rindió el conmovedor homenaje que le tributa a los grandes. El jueves a las 8, hora en que comienzan las obras, el público y los elencos de todos los teatros hicieron un minuto de silencio, mientras que en la calle se apagaban todas las luces y marquesinas por un minuto. Ver esa calle siempre extremadamente iluminada sumirse en las penumbras provoca una congoja atenazadora.

Cada vez que muere un artista, el mundo se pone un poquito más feo. Parafraseo el título de una obra de Alejandro Casona y digo Nuestra Natasha se fue porque Dios estaba armando un elenco de repertorio en el cielo y necesitaba una primera actriz. Sin duda le iluminará cada papel que le otorgue.