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domingo, 28 de marzo de 2010

El cine de Berón

Como nada digno de mención se estrena en nuestros cines esta semana, aprovecho para completar una crónica que quedó pendiente cuando hablé de Confidencialmente tuya: la del cine de Berón.


El de Berón era un cine fantasma, trashumante. Funcionaba los domingos en el patio de la cuadra de la panadería de los Beltramelo. La panadería estaba frente a la plaza, sobre la calle que lleva a La Barrera y más allá, a la cuesta del Portezuelo.


Como todo cine al aire libre, dependía de las inclemencias del tiempo. Desde mediados de junio hasta los primeros días de septiembre no había función, los rigores del frío lo impedían. Y si el invierno se adelantaba, desde mediados de abril raleaban las funciones. Su temporada fuerte era la primavera y el verano. Siempre y cuando no se presentaran demasiado lluviosas.


Los domingos, entre la misa de once y el partido de la Liga de Fútbol que arrancaba a la una, pasaba una chatita con altoparlantes anunciando el programa de la fecha. Generalmente el programa consistía en viejas películas argentinas o mexicanas. Aunque la campaña de alfabetización amenazaba con desterrar el analfabetismo, todavía había gente que no sabía leer, de ahí la importancia de que fueran películas habladas en castellano. Recuerdo que sólo una vez dio una película hollywoodense hablada en inglés: Sinuhé, el egipcio. Ese día la chatita para compensar la desventaja del idioma, acentuaba que era en rutilante Tecnicolor.


La función era a las nueve. A eso de las seis llegaba Berón en un camioncito en el que transportaba un centenar de sillas plegables de madera y de lata, y el proyector, claro. Los Beltramelo que eran un batallón con dos reinas de la belleza lo ayudaban a descargar y a instalar las sillas en el patio. Las dos reinas eran las hermanas del medio, tan hermosas como las estrellas de cine.


Se entraba por un portoncito de lata, frente al cual a eso de las ocho se instalaba Don Berón en una mesita de madera para ver pasar la vuelta al perro y esperar a sus clientes. Tenía a mano una caja de zapatos con las entradas y el cambio, y un vaso de vino tinto con el que se mojaba los labios porque siempre estaba lleno. La tía Martina decía que había tenido mala bebida, que las monjitas le habían quitado la sed, pero no la costumbre. A mí la frase me sonaba críptica aunque nunca pregunté qué significaba. Un buen día la entendí. Supongo que son esas cosas las que nos indican que ya no somos chicos.


Al contrario del cine del cura, al que sólo se accedía si se tenía el monto completo de la entrada, el cine de Berón tenía una entrada negociable. Si no se tenía plata, pero sí la voluntad de ayudarlo a cargar las sillas al final de la función, se entraba. Si se era chico y se tenían sólo unas monedas, se podía entrar y ubicarse en las ramas del árbol que separaba el patio del gallinero de los Jalil. Y si su clientela femenina, consistente en señoras que se ganaban la vida limpiando casas, cuidando chicos o ayudando en las huertas, había tenido una mala semana, aceptaba huevos, quesillos o algún frasco de arrope. Aclaraba siempre que le convenía que le pagaran con plata, pero que no por ese detalle se iban a quedar sin entretenimiento si tenían algo que canjear. Algunas de sus clientas que hallaban duras las sillas traían mullidos almohadones de plumas.


La única vez que tuvo poco público fue durante el reinado de La novicia rebelde en el Cine Teatro Catamarca. Pero no la maldijo porque le había gustado. Además opinó que la Julie Andrews aunque cantaba finito tenía buenas tetas, y que menos mal que no terminaba de monja porque hubiera sido un desperdicio de mujer.


Sus grandes éxitos eran las películas de Tita Merello y en menor escala, las de Libertad Lamarque. Si daba Mercado de Abasto o Pasó en mi barrio venía gente hasta de Sumalao y tenía que pedir prestado sillas a los clubes vecinos. Esos días no aceptaba trueque, cantante y sonante o nada. No era necesario que lo aclarara. Su clientela femenina de la mala semana, aunque las hubieran visto dos o tres veces, sacaban plata de donde no fuera y si no quedaba más remedio hasta pedían prestado, pero a la Merello no se la perdían. En las escenas dramáticas se oían sollozos y lamentaciones tan profundas que parecía el velorio de alguien muy apreciado. La película se interrumpía dos o tres veces para el recambio de rollo. Y si nos pescaba en un revés del destino de la pobre Tita, hasta a los hombres que no debían llorar se los veía pelear con los lagrimones. Es que el sufrimiento de Tita no le era ajeno a nadie. De la Lamarque nos llegaban sus tremebundos melodramas mexicanos, llenos de madres abnegadísimas e hijo pérfidos que sólo se redimían al final, después de haberle ocasionado infinitas penas a la sufridísima madre.


Entre los hombres, el más popular, incluso más que Sandrini, era Cantiflas. Su buscavidas rotoso y querible hallaba eco inmediato. Curiosamente Niní Marshall, aunque respetada y venerada, no era tan popular. Sospecho que hallarían su humor demasiado “urbano” para el gusto norteño.


Como en el cine Mayo de La Plata, uno entraba por el lado donde estaba la pantalla, ya que la colgaban sobre la pared y puerta trasera de la panadería. A la derecha, en la puerta de la cuadra, los Beltramelo ponían una tabla y vendían sándwiches, empanadas y una especie de churro relleno de dulce de leche, que no puedo recordar cómo los llamábamos por más que rastrille mi memoria. No vendían alcohol, sólo gaseosas. Las bellas Beltramelo recibían con gusto todo tipo de piropos, pero si alguien se propasaba papá Beltramelo ponía orden. Un gesto inútil porque las niñas, criadas con una cuadrilla de hermanos sabían muy bien cómo lidiar con cualquier hombre por más pesado que se pusiera.


Baños no había, los hombres se desaguaban en los árboles de la plaza y las damas iban a la esquina, donde estaban el Club Obrero y el Marcos Avellaneda. También se podía recurrir al baño de la comisaría, sita también en la esquina.


Me dejaron ir solo al cine de Berón desde que tenía siete años. Estás más seguro ahí que en el cine del cura, me decían. Cuando pregunté por qué, me contestaron que iban todos los que nos conocían. Era verdad. Volvía pisando la medianoche, caminando por la calle con Doña Cacho, que era jefa de la hinchada de San Martín, o en el caño de la bicicleta del Mingo, de Don Hilario o de Don Quintero.


Si hacía frío en otoño, nos abrigábamos bien. Sabíamos que teníamos que estar unas tres horas a la intemperie. Las funciones dudosas eran cuando relampagueaba. En primavera o en verano, a veces relampaguea mucho, pero no llueve. Una vez, se desató un aguacero en medio de la segunda película, Don Berón nos dijo que faltaba una media hora y preguntó si nos queríamos quedar porque no podía volver a traer el mismo film el próximo fin de semana. Dijimos que nos quedábamos. Le hicieron un techito con lonas al proyector y vimos el final, empapados y felices. Hacía mucho calor y la lluvia nos atemperaba. Para combatir los mosquitos y zancudos, quemaban guano, o sea caca seca de caballo o vaca, una hora antes de la función.


Por supuesto, el cine de Berón era itinerante. Cada día de la semana abría en un lugar distinto de la provincia. En otoño e invierno andaba por lugares alejados donde daba funciones bajo techo, en clubes o escuelas.


Durante mi primaria en Catamarca, el cine de Berón funcionó con éxito. En algún momento de mi secundaria en La Plata, dejó de existir. En unas vacaciones, la tía Martina me contó que se cruzó con Don Berón en la fiesta de la Virgen y le preguntó de su vida, no por curiosidad propia (sí, tía, claro) si no porque sabía que a mí me interesaría. Don Berón le contó que había vendido el proyector a un cine del interior, que nadie había querido seguir con su itinerario y lo bien que habían hecho, porque con la proliferación de la televisión que llegó a Catamarca con el Mundial del 78, ya a nadie le interesaba el cine. Nada zonzo, el hombre se había separado de su esposa, una mujer amargada que lo había empujado al camino y a la bebida porque no lo quería, y se había aquerenciado con una buena moza de Andalgalá que le cambiaba entradas por una cama caliente y cariñosa. Estaba muy bien y ya andaba por el tercer retoño, dos changuitos y una chinita que eran su alegría. La vida lo había premiado. Lo bien que hizo. La buena fortuna siempre debería sonreírles a los hombres que ennoblecen la vida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 24 de julio de 2009

Confidencialmente tuya

De todos los grandes maestros del cine, François Truffaut siempre fue el más cercano. Al menos para mí. Era brillante sin ser pedante. Era genial y no lo pregonaba con un séquito de chupamedias. Además me perdonó. Bueno, él no personalmente, pero hizo una película Los 400 golpes que me enseñó a perdonarme un pecadito de infancia.


Como ya conté, pasé mi infancia en Catamarca. Vivíamos en San Isidro, a 9 kilómetros de la ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca. San Isidro tenía una plaza central adonde daban la iglesia, la escuela Normal de Maestros Gobernador José Cubas, el club, la estafeta postal, dos copetines, la panadería, la carnicería y el cine. (En realidad en San Isidro había dos cines, porque los domingos abría el cine de Berón, pero ese cine “fantasma” era tan especial que merece una crónica por sí mismo.)


Del que quiero hablar hoy es del cine oficial, el cine del cura. Llamado así porque era un cine parroquial que quedaba al lado de la iglesia. Era un gran salón rectangular, con sillas durísimas de madera, un par de ventiladores y una pantalla amarillenta que siempre fue vieja. La puerta de entrada tenía dos hojas, que abrían para afuera y era allí donde se colocaban los afiches. La boletería era diminuta con una escalerita que llevaba al proyector. Al lado de la pantalla, a la izquierda, había una puerta que daba a un patio trasero donde había un par de baños raquíticos. Entre los baños, un piletón con pedazos de jabón blanco para lavarse las manos. También junto a la pantalla, pero sobre la pared de la derecha, una gran puerta que daba a la iglesia.


Había funciones nada más que los viernes, sábados y domingos. El viernes, sólo función noche, que empezaba a las 20:30. Los sábados y los domingos, una matiné con un programa para niños y la función nocturna. Sólo dos programas por fin de semana, las dos películas de la matiné y las dos de la noche. Un adepto irredento al cine como yo tenía la oportunidad de acrecentar su experiencia cinematográfica con cuatro películas por fin de semana.


Era lo que se llamaba un cine de cruce, es decir jamás daba un estreno, para eso estaban los cines de la ciudad. Daban antiquísimas películas de Hollywood, clase A, B y C. Y mucho Disney reciclado. Todo estrictamente acto para todo público. Si no les quedaba otro remedio, daban en la función nocturna, algún film inconveniente para menores, y la chatita con los altoparlantes que anunciaba los programas pasaba dos veces, no sea cosa que a alguien no le quedara claro. Nada tan prohibido como una de la Coca Sarli. No, apenas con una insignificancia que sólo notaría una afiebrada mente mojigata. Un beso de más, una mano sugerente o un fundido a negro que inequívocamente proclamaba que los personajes hacían el amor. (Desde los treinta hasta los sesenta, todo el mundo hacía el amor en los fundidos a negro.) Que el cine del cura diera un film inconveniente no despertaba el morbo de nadie, ni traía más público. Ya todos sabían que se trataba del desmedido exceso de celo de la censura eclesiástica, que siempre fue medio estúpida y miope. Era más interesante ver lo que se les “pasaba” que lo que “notaban”.


Para los niños había un sistema de vales. A la salida del catecismo y de misa, nos daban un vale. Cuando juntábamos cinco, podíamos entrar gratis a la matiné. Los que podíamos pagar la entrada, regalábamos las vales a los que no podían y así nadie se quedaba afuera. Eran muy estrictos, cinco vales o nada. Recuerdo que una vez, un compañerito de la escuela había juntado sólo cuatro y no lo dejaban pasar. Habíamos salido del catecismo que era los sábados y para que lo dejaran entrar, yo tuve que jurar que no faltaría a misa el día siguiente y que con mi vale completaría los cinco. Cumplí y a la salida de misa, el cura me dijo: A vos no te toca el vale, porque ya lo usamos ayer.


Frente a la boletería, colgaban los afiches de las películas que darían más adelante. En esa época yo perdía la cabeza por Hayley Mills, una niña actriz dulce y pecosa que actuaba en films de la Disney como Pollyanna, Operación Cupidos, Los hijos del Capitán Grant, etc. Una vez en esa cartelera pusieron fotos de una película suya; Mientras sopla el viento. Mientras pujábamos por entrar a la matiné, yo me tenté y me robé una foto. Era invierno, la puse entre la camisa y el pullover y durante toda la función procuré que no se me arruinara. Llegué a casa feliz y la oculté en los diccionarios que sólo yo usaba. Durante tres días fue mi tesoro.


Al miércoles siguiente, mientras yo hacía los deberes, cayó de visita Don Vera, el Jefe de la Acción Católica, quien era también el administrador del cine. Habló largo rato en el comedor con mi tía Martina, mi tutora, porque mis padres estaban en La Plata. La tía entró en la pieza, me acarició la cabeza y me dijo: Necesito la foto. Yo creí que me moría de vergüenza. No lloré, pero me puse pálido. Sin decir una palabra, fui hacia los diccionarios, miré por última vez a Hayley Mills y Alan Bates y le entregué la foto. Me senté en la cama y me puse a mirar el patio por la ventana. Quería que se desatara un temblor y que me tragara la tierra. O que no, pero un temblor al menos haría que pasara a un segundo plano el robo. Después de un temblor, sólo se hablaba del temblor. Al rato volvió la tía, se sentó a mi lado, me abrazó y me dijo: El “Bragueta Santa” te la cambia por ésta, y me dio una estúpida foto de Sammy, la foca loca. Intenté explicarme, decirle algo, pero no pude. Ella me dio un beso y me dijo: Deje m’hijo, los chupacirios son así. Era devota, pero como vivía en el pecado por compartir la cama de su supuesto “pensionista”, se vengaba de las lenguas santurronas poniéndoles motes. A Don Vera le había tocado el de “Bragueta Santa”.


Al viernes siguiente, no quise ir al cine del cura. (Me dejaban ir a la función nocturna, por que esperaba que cerrara el cine y me venía caminando con Don Vera, que vivía más allá, en Villa Dolores.) Yo te acompaño, dijo la tía, y fuimos. Compró un paquete de Rumba y vimos Artistas y modelos y La última vez que vi París. Con la boca llena de sabor a cacao y almendras de las galletitas, sentí que Don Vera desde la cabinita de proyección ahora también a mí me señalaba, éramos “la concubina” y “el ladrón.” Nunca más me volví caminando con Don Vera. Le pedí a la tía que me dejara venir solo, que casi todos los que iban a la función venían para este lado, que eran dos cuadras nada más, que qué me iba a pasar. Ella me dejó. De todos modos, durante dos años me sentí observado, estigmatizado por Don Vera. Verlo me hacía sentir sucio, yo había robado, no para comer, que podría estar bien, sino por placer, por egoísmo, para hacer daño. Él lo sabía y quién sabe a cuántos más se los había contado. Era otra afrenta que achacarle a la “Niña Martina” y no se la iban a perder. Suponía que todos los de la parroquia lo sabían y que se llenaban de santa indignación. A la tía Martina (después de quedar plantada prácticamente en el altar y haberse recuperado de las anfetaminas para adelgazar, el famoso Diminex) lo que comentaran le importaba un bledo, pero a mí sí. Viví amenazado por los fuegos del infierno hasta que François Truffaut llegó a mi vida.


Los jueves, la Embajada Francesa organizaba un ciclo de películas en el cine Ideal de la ciudad. Fui de casualidad, porque teníamos que ir al zapatero y la tía me dijo: Si querés andá al cine mientras yo visito a mis primas. Acepté encantado. Daban Los 400 golpes. En un momento determinado, el chico protagonista roba una foto de un cine. El cine está cerrado, bloquea el hall una puerta plegable de metal. El chico ata una ganzúa a un palo, acerca una gran cartelera con rueditas, mete la mano por entre un rombo de la cortina y se roba una foto. Y para mí fue la alegría, la revelación, el fin de la culpa. Robar la foto de una película no era una monstruosidad, era el ímpetu infantil de coleccionar algo, el deseo de prolongar en un recuerdo tangible lo que nos había deslumbrado. No estaba solo. Si era un monstruo, era un monstruo como Truffaut. Un nuevo amigo que provocaba alegría hasta con su nombre, porque hacía cosquillas cuando se lo pronunciaba: fransuá trufó.


Confidencialmente tuya es un policial en blanco y negro en clave de comedia. Un homenaje más a su ídolo de toda la vida Alfred Hitchcock (escribió dos libros esenciales sobre él, uno con el análisis de sus películas y otro con las entrevistas que se dio el gusto de hacerle). Al dueño de una inmobiliaria (Trintignant) lo acusan del asesinato de su mujer y del amante de su mujer. Su secretaria (Ardant) con la que se lleva muy mal y que lo ama en secreto lo ayudará a demostrar su inocencia. Es una reformulación pícara y alambicada de Cuéntame tu vida de Hitchcock con Fanny Ardant como una especie de Ingrid Bergman y Jean Louis Trintignant como un improbable Gregory Peck. (Hasta le hace un guiño al fetichismo y al voyeurismo de Hitchcock cuando Ardant camina ante la claraboya. )



El destino determinaría que Confidencialmente tuya fuera la última película de Truffaut. A poco de su estreno le diagnosticaron la enfermedad que en pocos meses se lo llevaría. Es difícil saber si intuyo que sería su despedida, nada hay de melancólico en ella. Sobrevuela todo el tiempo un espíritu burlón. Frívola por momentos, en otros, profunda y reveladora. Exuda alegría y la celebración del gozo de vivir. Como si dijera que la vida es una broma de Dios que en algún momento entenderemos, compartiremos y celebraremos. Consolidaba lo iniciado en su film anterior, La mujer de la próxima puerta: catapultaba a su mujer (Ardant) al estrellato. Ésa quizá sea la clave del film: es un acto de amor.


Ella recibió la noticia de su muerte mientras actuaba en Les enragés. Resolvió seguir filmando para extrañeza de todos. Yo creo que había un acuerdo entre ellos, que él quería que no interrumpiera por algo tan banal como su muerte lo que había amado tanto. Ya habría tiempo de llorar. Además en los últimos momentos, ya no era él, era otro.


Un amigo es un amigo para siempre. Y nunca se van, dejan lo que fueron, lo que compartimos, los recovecos del cariño. Los artistas tienen además una ventaja, dejan una obra concreta detrás. Y uno puede seguir dialogando con ellos a través de los siglos, ¿acaso no seguimos hablando con Flaubert, Jane Austen o José Mármol? No me duró mucho tiempo la tristeza de que se fuera. ¿Cómo podría si hasta pronunciar su nombre me despertaba una sonrisa? fransuá trufó. Nos dejaba sus películas. Vigentes y hermosas como todo clásico. Divertidas, zumbonas, profundas. Siempre dialogo con sus películas y no sólo por que me haya perdonado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Europa, Europa (el canal 35 en mi cable) da Confidencialmente tuya el domingo 26 a las 12:10 y a las 18:10 y el viernes 31 a las 10:00 y a las 16:00.