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jueves, 31 de agosto de 2017

Dos son familia

Durante años y años, Omar Sy buscó su lugar bajo el sol. Sin consecuencias notables. Por suerte en 2011, Olivier Nakache y Eric Toledano lo eligieron para el cuidador de un parapléjico en Intouchables (Amigos intocables en Argentina) y todo cambió. Se convirtió en una estrella internacional, con la velocidad con que se difunde un secreto.


Toda estrella necesita proyectos que acrecienten su talento o su fama. A estos últimos se los llama Vehículos de Lucimiento. Dos son familia (Demain tout commence, en el original de 2016) de Hugo Gélin es eso. Solo eso.


Abramos un paréntesis. Sabrá Dios por qué, en el cine contemporáneo se han puesto de moda, no las remakes (aunque técnicamente se las consideraría así) si no lo que podríamos llamar Las Películas Calcadas, o sea aquellas que sin muchos cambios se rehacen en otras cinematografías. Por ejemplo, la argentina Elsa y Fred, 2005, de Marcos Carnevale, con China Zorrilla y Manuel Alexandre, que se transformó en 2014 en los Estados Unidos en Elsa and Fred de Michael Radford con Shirley MacLaine y Christopher Plummer. Otro ejemplo de Carnevale, la argentina Corazón de León, de 2013 con Guillermo Francella como un hombre de muy poca altura que se enamora de una mujer de estatura normal, o sea Julieta Díaz, se convirtió en la mexicana Corazón de León, 2015 de Emiliano T Caballero con Marlon Moreno y María Nela Sinisterra, y en la francesa Un homme à la hauteur, 2016, de Laurent Tirard con Jean Dujardin y Virginie Efira.


Todo esto viene a cuento porque Omar Sy con su Intouchables se inscribe en esta nueva tendencia, que casualmente continuó en Argentina cuando se transformó en Inseparables, 2016, dirigida por alguien cuyo nombre es reincidente en esta nueva moda, Marcos Carnevale (ahora como copiador y no como generador), y protagonizada por  Oscar Martínez en el rol del cuadripléjico y Rodrigo de la Serna en el papel que hizo Omar Sy. Y se acaba de completar una versión yanqui aun no estrenada, The upside, 2017 de Neil Burger, con Bryan Cranston en la silla de ruedas y Kevin Hart como el cuidador, ah, anda también por aquí la tan alta como talentosa Nicole Kidman.


Y como toda va y vuelve cual boomerang, le toca ahora a Omar Sy protagonizar una Película Calcada. Demain tout commence / Dos son familia fue originalmente en 2013 la mexicana No se aceptan devoluciones de Eugenio Derbez con el propio Derbez en el rol principal.


Omar Sy es, en Dos en familia, Samuel, un tarambana irresponsable que sobrevive en el sur de Francia. Un buen día se le aparece Kristin (Clémence Poésy) una chica con la que el verano anterior tuvo una aventura,  quien viene con el resultado de aquella aventura, una beba hermosa llamada Gloria. Samuel intentará devolvérsela a Kristin, en Londres, donde supuestamente vive la chica. Como no sucederá, se quedará con la bebé y la criará. Contará con la ayuda de Bernie (Antoine Bertrand) un productor cinematográfico, que  convertirá a Samuel en un doble de riesgo.


No me desgarraré las vestiduras ante la pobreza del argumento, la cortedad de ingenio de las situaciones, la sequedad de las réplicas, la melosidad de algunas vueltas de tuerca, o la extremidad del desenlace, que le hubiera dado urticaria hasta la mismísima Libertad Lamarque, una de las reinas  del melodrama mexicano clásico (bueno, de México es el film madre de modo que bien podríamos decir que por historia el desmadre más desvergonzado no le es ajeno).


No, no me desgarraré las vestiduras porque yo también he tenido y tengo mis estrellas de las que, más que fan, soy devoto. Y celebro, cuando no tienen un Scorsese a mano, que aparezcan en tal o cuál Vehículo concebido para su Lucimiento. Algo diseñado para mostrarlxs en su esplendor, donosura o simpatía es preferible a no verlxs y extrañarlxs. He salido caminando por las nubes después de verlxs en tremendos bodrios indefendibles, que no impedían en lo más mínimo que yo disfrutara como si estuvieran en una obra perdurable de un Spielberg. Las estrellas son lo que son y todo se lo deben a su querido público, que no pide más que oportunidades de verlxs con aquellos atributos que hicieron que lxs amáramos. Encanto, sensualidad, simpatía, belleza o lo que fuera. Si no pueden ser un personaje de Shakespeare, que sean el de un engendro vistoso que podamos espiar y disfrutar.


Omar Sy me cae bien, pero dista mucho de ser un favorito, pero como tengo los míos, entiendo con creces a la gente que lo sigue. Esta película es para ellos, sus devotos. Los que no lo son, abstenerse, mucho. Y los que estamos en el medio, también. No nos aburrirá, pero tampoco la apreciaremos. Bah, los Vehículos de Lucimiento son una misa solo para los fieles fervorosos.


Gustavo Monteros

jueves, 9 de marzo de 2017

Monsieur Chocolat


Chocolat, dirigida por el también actor, Roschdy Zem, es una película biográfica (comúnmente llamadas, biopic) que cuenta el ascenso artístico y caída del primer payaso negro de Francia, a fines del siglo XIX y comienzos del XX.


Chocolat cae en muchos vicios habituales de las biopics, esquiva algunos y se anota unos pocos triunfos.


Si bien el título refleja a una sola persona, en realidad es la historia de una relación, la que se da entre el payaso George Footit (James Thierrée, actor de gran prosapia como se verá) y Chocolat (Omar Sy, que se ganó fama internacional con Amigos Intocables, 2011, o Intouchables, en el original de Olivier Nakache y Eric Toledano).


Footit es un Carablanca, o sea en la clasificación de los payasos, el que lleva la máscara de Pierrot, es decir, maquillaje blanco, cejas dibujadas en la frente, pintura roja en los labios, nariz y orejas, y es elegante, orgulloso, autoritario y malicioso. Chocolat será una variante del Augusto, o sea el de la nariz roja, zapatos enormes, maquillaje que combina el negro, rojo y blanco, peluca grotesca y ropa de colores brillantes, y es impertinente, promueve travesuras y desestabiliza al payaso blanco o Carablanca.


Esta información es necesaria, puesto que en los títulos finales nos ratificarán algo que la película ya ilustró ampliamente, y es que Footit y Chocolat revolucionaron el número del Carablanca y el Augusto llevándolo a alturas inauditas.


Insiste como El aviador (Martin Scorsese, 2004) en el flasback pedagógico que nos informa el origen de un trauma (a su favor diremos que el de Chocolat no es tan torpe ni tonto como el del film de Scorsese, quizá porque en Francia la psicología conductista no es el único modelo psicológico en uso). Es casi tan larga como La môme (La vie en rose, 2007) de Olivier Dahan, igual de “ilustrativa” o sea más que contar hechos, los ilustra, como si se tratara de las vidas de los héroes contadas en las historietas de las viejas Billiken y Anteojito. También como dicha película de Dahan, cuenta con grandes actuaciones, eso sí, no llegan a ser tan monumentales como la que Marion Cotillard dio de la Piaf, a lo que voy es que no salvan esta película del montón, como lo hizo Marion con aquel film bastante pobre que la convirtió en estrella internacional. También a favor de Chocolat está que no sea solemne como suelen serlo casi todas las biopics, quizá por tratarse de payasos.


El problema principal de Chocolat es primero político y después de punto de vista.


Chocolat en la cima de la fama parece haber olvidado que es negro. Una irresuelta cuestión de papeles lo manda a la cárcel, temible porque por entonces ni había nacido la noción de derechos humanos, bah, la de derechos de cualquier tipo. Allí lo desnudan, lo humillan, lo torturan, lo golpean, más que nada porque los guardias resienten la aberración de ser un negro rico y famoso. Después lo tirarán a una celda, donde está también Victor (Alex Descas) un haitiano preso por difundir ideas políticas opuestas al stablishement. Víctor le hará comprender que su actuación puede verse como una burla al negro ignorante, una aseveración del estereotipo, una ratificación de que el negro no merece más que este retrato indigno y denigrante. Cuando vuelve a ser libre, Cholotat intenta hacer algo para revertir ese lugar común, pero no toma en cuenta que carece de sustento ideológico y que tampoco puede defender su caso sin elocuencia. Hasta ese momento ha vivido hedonísticamente y ni pensaba en los estereotipos humillantes que una vez lo paralizaron. El dinero repentino calma los nervios de los necesitados como pocas drogas. Germinará sí otra idea de Víctor, la de hacer Otelo, pero sin la reversión de los lugares comunes reservados al cómico, negro para peor, probará ser una mala idea.


Esta visión claramente política de la cuestión no es expuesta ni a fondo, ni con superficialidad, es simplemente “ilustrada” como si fuera otro traje, otro auto, otra pieza de mobiliario.


El film tampoco asume el punto de vista de George. No se necesita ser Sherlock Holmes, Hercule Poirot, Jules Maigret o Philip Marlowe, para darse cuenta que George ama a Chocolat, y que nunca lo dirá. Pertenece a la época en que la ambición a la felicidad entre integrantes del mismo sexo que se aman era directamente utópica de tan lejana, y que había quienes preferían morir en silencio, antes que exponerse a un revelación oprobiosa, que consideraban inútil y desesperanzadora. Y sin embargo, como creador y director de los números que hacían, George, al menos en escena, sin ceder su espacio de payaso importante y triunfador, se permitía amar a Chocolat. Puede que ese amor fuera pobre y limitado, pero ese punto de vista podría haberle dado a la película la profundidad que carece.


O ver la historia desde la perspectiva exclusiva de Chocolat. Siglos atrás, Bob Fosse tomó el punto de vista de su retratado, Lenny Bruce, en Lenny y  nos regaló uno de los pilares de las buenas biopics.


Claro, la verdad sea dicha, Chocolat no aspira al arte, es solo un pretexto para explotar y expandir la fama internacional de Omar Sy, dándole otro papel carismático, seductor y de segura empatía. El hombre es una estrella innata, pero hasta las estrellas necesitan de buenas películas para que sus halos prosperen.


James Thierrée es un actor excelente, antes dijimos que tiene una gran prosapia, juzguen ustedes. Es hijo de Victoria Chaplin y Jean-Baptiste Thiérrée, sí, sí, es nieto de Charles Chaplin y Oona Chaplin, biznieto de Eugene O´Neill y tataranieto del gran actor teatral, James O’Neill, o sea fruto de un ilustrísimo árbol genealógico.


En resumen, a pesar de las cortedades mencionadas, merece verse por las actuaciones, por la impecable reconstrucción de época, por la buena banda de sonido y por las maravillosas rutinas payasescas, que entroncan al menos en el cine con una trayectoria que se inicia con Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Douglas Fairbanks padre, Gene Kelly, Burt Lancaster hasta llegar a Jackie Chan, pasando por Belmondo, o sea la del histrión acróbata, que deslumbra siempre.

Gustavo Monteros


jueves, 28 de enero de 2016

Una buena receta



Esta película al menos está más cerca de hacerle justicia al título que le pusieron los distribuidores locales (Una buena receta) que al original (Burnt/Quemado). Como el gin tonic o la ensalada caprese, mezcla elementos puros y simples para lograr un resultado gustoso: la película de cocineros con la película de segundas oportunidades.


El cine siempre se ha encargado de la cocina, primero lateralmente y en estos últimos tiempos muy centralmente. Algunos ejemplos, a los que ustedes pueden sumar los propios: Ratatouille (2007), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), La fiesta de Babette (1987), Comer, beber, amar (1994), Las mujeres arriba (2000), Bella Martha (2001), ¿Quién está matando los grandes chefs de Europa? (1978), Fuera de la carta (2008), El hijo de la novia (2001), Vatel (2000), El bueno de la película (o sea Jackie Chan) (1997), Soul kitchen (2009), La gran comilona (1973), Big night (1996), Sin reservas (mala remake de Bella Martha) (2007), Julie & Julia (2009), Espanglish (2004), Chef: la receta de la felicidad (2014), Un viaje de diez metros (2014).


Comer forma parte de las tres grandes Ces (perdón, voy a decir una grosería… o dos): Comer, Coger, Cagar. La última sobre todo tiene tan mala prensa que está cerca del desvalor. Paradoja, que los de tránsito lento, consideran muy injusta. Luis Buñuel, a quien le gustaba jugar con los absurdos sociales, en El discreto encanto de la burguesía, 1972, para demostrarnos lo antinatural o descabelladas que pueden ser las convenciones, invierte los términos: la gente se reúne a cagar y se encierra en los baños, vergonzosamente… a comer. No se preocupen, todo esto es un desvarío mío, este film no es La gran comilona en el que las tres Ces guardaban mucha relación sino que solo se concentra en la primera C, o sea comer, y su anverso, o sea, cocinar.


Del segundo elemento de esta receta o sea el film de segundas oportunidades no daremos detalles ni ejemplos, porque más o menos el 99, 99% de las películas que andan dando vuelta por la televisión, el cable, el cine o el streaming son… de segundas oportunidades. La moraleja de los cuentos ya no está en elegir bien para no equivocarse sino en no arruinar la segunda oportunidad cuando llega. Por segunda, claro, se entiende también, la tercera, la cuarta, etc. A esta altura son como la penitencia para los católicos, tras una buena confesión, llena de mucho arrepentimiento, y un castigo de 14 Ave Marías y 15 Padre Nuestros, uno se redime de cualquier pecado. Como mi alumna adulta con quien discutíamos de política antes del balotaje y yo le enunciaba las devastadoras medidas implicadas en las engañosas palabras de pastor evangélico de Macri y ella me contestaba con la Campaña Bu (o sea la ridiculización de nuestros argumentos reduciéndolos a la agitación de miedos para evitar votos); para cerrar la discusión le decía que al año siguiente cuando la viera en el recreo, como Macri ya habría tomado todas las medidas que le señalaba, yo le reclamaría que lo hubiera votado, a lo que ella me contestaba que no tendría derecho a reclamarle nada, porque ella lo había hecho… de buena fe. Que si ya sospechaba que quizá yo tenía asidero en lo que decía, y que mejor no lo votara, así nos evitara a todos el arrepentimiento de… buena fe, no entraba en sus consideraciones. Así nos va. Pero no nos amarguemos, sigamos hablando de cine.


El bueno de Adam Jones (Bradley Cooper), que fuera un renombrado chef de éxito en la dorada París, después de cumplir una penitencia de abrir un millón de ostras en la abnegada Nueva Orleans, por haber arruinado su vida y la unos cuantos más en el maremágnum clásico de drogas y alcohol, se dirigirá a la benemérita Londres a triunfar con otra estrella Michelin (el Óscar de los cocineros) y obtener el perdón propio y el de algunas de las otras personas que dañó, como Tony (Daniel Brühl), Michel (Omar Sy),  Max (Ricardo Scamarcio), o su ahora enemigo Reece (Matthew Rhys) y en el camino no hacerle la vida imposible a los recién llegados, David (Sam Keeley) y a Helene (Sienna Miller).


Al ratito nomás de empezada la película aparece la divina de Uma Thurman, como una crítica de restaurantes, cita cinéfila que se permite el director y que homenajea al género de cocineros, porque no olvidemos que Uma fue el inolvidable objeto de amor de Vatel que no era ni más ni menos que Gérard Depardieu antes de algunos últimos excesos. Por la mitad aparece, como una psiquiatra, la gran Emma Thompson, a quien le tocan las líneas sentenciosas, que dice con tanta autoridad que evita sonar como el maestro Yoda. Y cerca del final aparece, una de las actrices de moda, talentosa ella, Alicia Vikander, como una ex compañera de juergas de Adam Jones, o sea el bueno de Bradley Cooper.


Dirigió John Wells que viene de dirigir Agosto (2013) con ese elenquito que incluía a Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor y más gentuza de esa calaña, remember? Bueno, el señor sabe dirigir actores y, en esta también, los saca a todos buenos. Daniel Brühl siembra, siembra y obtiene una buena cosecha cuando le llega su escena de desamor. Muy, muy hermosa, con ese consuelo pírrico de “ya ni siquiera sos cómo eras”; será premiado, en otra escena, con un beso, cobarde, porque se da frente a otra persona para evitar peligro, pero un beso es un beso. Matthew Rhys, el de la serie The Americans, también conmueve en su súbita solidaridad con otro inaudito acto de amor que explica más de una violencia anterior. Tampoco era difícil adivinar qué había más que divismo en sus desplantes y en la rotura de mesas y sillas. Sienna Miller repite la buena química que tuviera con Bradley Cooper el año pasado en el Francotirador de Clint Eastwood. Bradley Cooper ratifica que es un buen actor y luce el carisma necesario para justificar todas las tormentas que ha desatado a su alrededor.


En resumen, nada nuevo bajo el sol, nada que no hayamos visto en las películas de cocineros o de segundas oportunidades, sin embargo se vuelve destacable por el compromiso del director y el arte de los actores. Recomendada.

Gustavo Monteros

viernes, 3 de agosto de 2012

Amigos intocables

Para no perder la esperanza, a veces cosas extrañas suceden. Alguien comprende y pide disculpas, un alumno aprende o Dios deja de hacer bromas chejovianas y quienes deben conocerse se encuentran.

Philippe (François Cluzet) es un francés cincuentón rico, aristocrático, culto, sin ninguna necesidad a satisfacer,  con un pequeño problema, está tetrapléjico después de un accidente en parapente. Driss (Omar Sy) es un senegalés treintañero pobre que acaba de salir de la cárcel, sin oportunidades, con todas las necesidades a satisfacer. Driss está en la casa de Philippe, bueno, un palacete de aquellos en realidad, para ser rechazado en el trabajo que se ofrece o sea cuidarlo. Tres rechazos le permitirán acceder al seguro de desempleo. Sin embargo el desparpajo, la espontaneidad, la indiferencia o más bien la falta de lástima por su condición conquistan a Philippe y a Driss le ofrecen el trabajo. Cada uno tiene lo que el otro carece y más allá del contrato que los une, surgirá una amistad incondicional.

Amigos intocables, si no se basara en un documental que registra esta historia verdadera, sería desestimada como el colmo del caradurismo de un guionista manipulador a ultranza. Tiene todos los elementos de un melodrama ramplón y el catálogo completo de las triquiñuelas marketineras berretas, pero más allá del derroche de encanto que se permiten en la narración, el hecho existió y confirma que  la vida se comporta de vez en cuando como un cuento de hadas.

Esta película de Olivier Nakache y Eric Toledano fue un tremendo éxito en las pantallas francesas el año pasado y se vendió muy bien en los países en los que fue distribuida. Es comprensible. Está filmada con elegancia clásica, sensibilidad astuta y bastante buen gusto. Como si se hubieran dicho: Tenemos una historia linda y “buena”, hagámosla lo más linda y buena posible (según los cánones comerciales de “bondad” y belleza más estandarizados, claro).La musicalización es tan dulce que si uno obvia la culpa y el prejuicio el oído se deja acariciar con placer.  Y los actores redimen la historia de todos sus excesos de seducción y de su obstinada voluntad de agradar.

Cuando comenzó, pensé que iba a detestarla, pero la convicción con que está contada, el nivel de compromiso con los personajes es tal que terminé “comprándola”. El  final certifica que es honesta y que todo cinismo fue inútil. Que se le va a hacer, habrá que aceptar que los milagros también se dan.
Un abrazo, Gustavo Monteros