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jueves, 15 de octubre de 2015

La cumbre escarlata



A Guillermo del Toro le gusta decir: "Es más fácil encontrar la belleza en lo bello. Pero el verdadero poder reside en buscar belleza en el horror", de ahí que no bien puede se pone a inventar criaturas fantásticas (monstruitos, bah) de retorcida hermosura. Como en Cronos (1993), Mimic (1997), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del Fauno (2006) (en Blade II, 2002, Hellboy, 2004, Hellboy-El ejército dorado, 2008, Titanes del Pacífico, 2013, si los había, ya venían de fábrica, él a lo sumo los retocaba). Y entre los monstruitos, los fantasmas le tiran. Parece que siempre anduvo con ganas de intentar el relato gótico, con su heroína finisecular, rebelde, fuerte, que cae víctima del amor ante un hombre dual y peligroso (al que en su caso le agrega una hermana, firme y manipuladora que se las trae).



Estamos a principios del siglo XX, en una Nueva York, que es más un pueblo grande que una ciudad, hasta calles de barro tiene. Edith Cushing (Edith por Warthon, Cushing por Peter, interpretada por Mia Wasikowska) hija de un rico industrial tiene pretensiones de novelista. Eso sí, no escribe lo que se espera de una señorita de esa época, novelas de amor sino historias de fantasmas, en realidad como ella misma dice, historias con fantasmas, algo que abarca a la mismísima película. En su círculo de privilegio y riqueza anda dando vueltas un baronet inglés, Thomas Sharpe (Tom Hiddleston) que busca financiación para una construir una máquina extractora de arcilla roja del suelo donde está asentado su palacio natal, que literalmente se hunde en dicha arcilla. Lo acompaña su hermana, Lucille (Jessica Chastain) una bella y fría mujer que toca el piano como la Argerich pero con cara de póker. Al padre de Edith, el self-made-man Carter Cushing (Jim Beaver) el baronet y la hermanita le caen como patada en las canillas, y decide con la ayuda de un detective (el ubicuo Burn Gorman) desenterrar el pasado escabroso que supone tiene el baronet y la hermanita. Algo surge, Carter lo utiliza y se saca a los hermanitos temporariamente de encima. Pero sufre un “accidente” y Edith se casa con el baronet, para desazón de Alan (Charlie Hunnam) el doctorcito que le arrastraba el ala a Edith.



Esta parte (de la que solo conté la cáscara sin ningún spoiler) es la más interesante de la película. Está llena de detalles reveladores, diálogos jugosos y caracterizaciones certeras.  La segunda que transcurre en Cumberland, Inglaterra, en el mentado palacio de la arcilla, salvo por la música y los “primores” de la ambientación es menos atractiva, más apegada a los lugares comunes del género: el viejo y peludo thriller gótico. Eventualmente los secretos saldrán a la luz, las verdades serán reveladas, y se llegará a un final, sino “sanador” al menos lógico.



El relato tiene una impronta freudiana, hace pie en Jane Eyre de Charlotte Brönte, Cumbres borrascosas, de su hermana Emily, La caída de la casa Usher de Poe, y en el cuento El amigo de mi amigo de Henry James; se recuesta la casa que “respira” de la novela de Shirley Jackson, The haunting of Hill House, que ya fue llevada al cine dos veces, la primera por Robert Wise, La casa embrujada, en 1963 y la segunda por Jan de Bont, La maldición, en 1999, con dirección de arte del argentino ganador del Óscar, Eugenio Zanetti. Cinematográficamente abreva, of course, por esto de gente que no te da precisamente la bienvenida a tu nueva casa, en la vieja y querida Rebecca de Hitchcock, y en el giallo italiano, en especial el de Darío Argento y Lucio Fulci, más en el terror de la productora inglesa Hammer, en especial el de Terence Fisher, abraza también la casa de Dragonwick de Joseph L Mankiewicz, los palacetes de Roger Corman para sus adaptaciones de los cuentos de Poe, y ya que estamos, la arcilla roja remite a la tierra misionera de los cuentos de Horacio Quiroga. Nada de lo que acabo de consignar es pretensión de erudición, Guillermo del Toro usa las redes sociales para denunciar sus influencias y recomendar sus lecturas favoritas (no es mala alternativa a las frases de almanaque y las chicanas políticas de cuarta con que llenamos las nuestras).



Todo muy bonito, pero esta vez, la ambientación le ganó a la historia, porque prima más que nuestro interés por los destinos de los protagonistas, tanto es así, que cuando el amor finalmente se desnuda, es más un dato que una conmoción. De todas maneras, un film muy atendible porque del Toro es un narrador de primera. Y uno de los pocos que todavía hace películas y no pastiches audiovisuales que se dicen filmes porque se estrenan en los comedores de pochoclo que antes se llamaban cines.


Gustavo Monteros

viernes, 1 de febrero de 2013

La noche más oscura

Se supone que lo que veremos pasó. Se supone que atestiguaremos la labor de la agente Maya (Jessica Chastain) gracias a cuya dedicación, constancia y empeño se logró ubicar y matar al hombre más protegido y buscado del planeta o sea Osama bin Laden. Se supone que aceptemos la lógica de trabajo de la CIA. Insisto con que “se supone” porque, salvo las torturas, les creí poco o nada de lo que muestran. No porque se glorifiquen o se autocongratulen sino porque aprendí que con la CIA toda desconfianza es poca. De todas maneras que les crea no tiene ninguna importancia. Lo importante es si lo que cuentan es plausible o entretenido. Plausible, lo que se dice plausible, es. ¿Entretenido?, bueno, ese es otro cantar.
 


Para empezar la línea argumental es sencilla y exigua. Chica llega y no le gusta la tortura y la estrategia laboral. Chica se acostumbra a la tortura y la estrategia laboral. Chica se equivoca. Chica no se da por vencida. Chica la pega de casualidad o por insistencia. Osama muere. 60 minutos sobrarían para el desarrollo de tal trama. Pero no, inflados de trascendencia e importancia la hacen durar ¡157 minutos! Largos minutos. Y eso que la directora Kathryn Bigelow le pone garra, el elenco se comporta como si interpretara a Shakespeare y el guionista Mark Boal, con la excusa de la ficcionalización, se permite cuanto cliché de películas de acción le viene a la mente. Por ejemplo, si alguien pasa de ser un burócrata a mostrar detalles humanos identificables y simpáticos es porque… lo van a liquidar.
 


Quizá al público yanqui esta película le dice algo significativo, relevante, clarificador. Al resto del mundo, salvo que justifican la tortura por el bien de Occidente, no sé, creo que no le dice mucho. En cuanto a este espectador en particular no le dice nada, pero nada de nada. Si no me levanté y me fui las 378 veces en que tuve ganas de hacerlo fue por amor a la Chastain. Qué se la va a hacer, la chica me deslumbra. Pero hay amores que no ennoblecen sino que te hacen sentir un idiota. Jessica de mi corazón, no me hagas estas cosas.
 


En resumen, tres horas sobre un supuesto hecho real, que si hubiera sido ficción pura, sería una película larga y aburrida, que ni enfebrecidos hasta el delirio hubieran nominado para el Óscar. Ah, de lo que podría haber despertado algo de morbo no muestran nada: qué hicieron con el cadáver y por qué. Por ahí dentro de unos años hacen otra película y lo cuentan. Pero, por favor, no pongan a la Chastain, así me salvo de verla.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Según pude averiguar el título original Zero dark thirty (Cero oscuro/oscuridad treinta) es jerga militar y se refiere a alguna hora sin especificar antes del amanecer. Y lo eligieron porque el ataque a bin Laden se llevó a cabo entre la medianoche y las dos de la mañana del 2 de mayo de 2011, y se supone que simboliza también el manto de oscuridad y secreto bajo el que se emprendió durante 10 años la misión de localizarlo. Así que no es tan “traidor” el título elegido en español, aunque sin duda La noche más tediosa hubiera sido más fidedigno.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ilegales


Corrían los años 1920 hasta que los agarraron porque el epílogo de esta película ocurre en otra década. Perdón, corría el año tal hasta que lo agarraron es una vieja rutina de music hall que siempre quise homenajear. Listo, ya lo hice, juro que de ahora en más me portaré bien. Comienzo de nuevo. Estamos en el condado de Franklin que sabrá Dios donde queda, los yanquis confunden Río de Janeiro con Buenos Aires, ¿y yo tengo que saber en qué estado queda el condado de Franklin? Perdón, me fui otra vez. Prometo que ahora me concentro y no me disperso más. Bueno, estamos en el condado de Franklin y corren los años 1920, o sea hay ley seca, elaboración ilegal de alcohol, gánsteres, ametralladoras, trajes a rayas, sombreros y esas cosas. Pero esta nueva película de John Hillcoat está más cerca de un western (como su primer film The proposition, 2005) que de Boardwalk Empire, la estupenda serie de HBO con la que supuestamente comparte época y tipo de personajes y delitos. Más allá de las peculiaridades de la historia (atropello y posterior venganza, tema bastante “vaquero” si los hay, re-Los hijos de Katie Elder, por ejemplo), quizá sea fácil homologarla a un western porque transcurre no en Chicago sino en el ya mencionado condado de Franklin, zona medio montañosa llena de bosques, laguitos y esas cosas, re-Temple de acero.
 


Es la historia real (¿real hasta dónde?, sabrá Dios) de los hermanos Bondurant y se supone que empaticemos con estos protagonistas, ¡tres forajidos! El mayor es Frank (Tom Hardy, que, créase o no, tiene labios más gruesos que los de Angelina Jolie, ¡recórcholis!) Un hombre tosco y taciturno capaz de súbitos ataques de violencia sádicos que deja a Hannibal Lécter a la altura de La novicia rebelde (mejor no lo enojes). El del medio es Howard (Jason Clarke) un borrachín que aprovecha que elaboran bebidas alcohólicas y toma, toma, toma, total le salte al costo. Y el menor, Jack (Shia LaBeouf), un tarambana que tiene como “role model” (modelo a emular) no a Newton o Mark Twain sino a ¡Floyd Banner! (Gary Oldman), un gánster sanguinario como pocos. Y no va que sí, que simpatizamos con estos tremendos bandidos, quizá por la excelencia de los actores, la astucia del guión, la destreza de la dirección o por nuestra pasiva ingenuidad de espectadores que nos lleva a identificarnos con los que nos pongan de protagonistas. Sea por lo que sea, nos preocupa el destino de estos atorrantes. De modo que le damos a esta historia plausibilidad o credibilidad y no nos aburrimos ni ahí. Otro rasgo no menor de este film es la violencia, gráfica, gráfica. Damas y caballeros impresionables, abstenerse. Se siente como se rompen los huesos, los cortes de venas y carnes son como de cirugía sin anestesia, y se percibe como los golpes con nudilleras de acero destrozan músculos, dientes y cartílagos. Gráfico, gráfico, mire. Los trucos en el cine avanzan a pasos agigantados. Los despanzurramientos de Salvando al soldado Ryan hoy parecen tan antiguos como los trucos de Méliès. Aunque pensándolo bien, recién ahora se me ocurre, que la violencia sea tan detallada contribuye quizá a que seamos más partícipes de la película.
 


Lo que tira abajo un poco la veracidad ficcional es que dos de estos sátrapas se queden con algunas de las mujeres más exquisitas del cine contemporáneo. Frank entablará relación con Maggie (Jessica Chastain) una ex corista que quiere dejar de desandar las angustias del camino del cinismo. La Chastain está más cerca de la sofisticación de Marlene Dietrich que del hembrón rotundo garantizador de erecciones estilo Jane Russell. Su primera aparición en escena derrama glamour y parece fuera de lugar en un ambiente tan sórdido. Pero lo que es tan tangible como su elegancia es su maravilloso talento. A la chica le basta pitar un cigarrillo y derramar un  par de lágrimas para comunicar que ha sido víctima de una violación inenarrable por la que ninguna mujer quisiera pasar. Todo un prodigio la rubita. Y Jack conquistará a Bertha (Mia Wasikowska) una de las pocas actrices que deslumbra a cara lavada o con poquísimo maquillaje. Aquí hace de la hija de un pastor religioso estricto, un poco Amish o algo así; las variaciones del culto protestante me son un poco ajenas. Le toca pasar por un momento que es pura fantasía cinematográfica. Como dijimos la chica es medio Amish o algo por el estilo y por lo tanto luce una moda muy poco sentadora. En un momento Jack le compra un vestido a ojo, la chica se lo pone y no le chinga la sisa (sabrá Dios también qué es eso, pero las mujeres de mi casa decían cosas así) ni le queda un chiquitín holgado, no, le queda como si los diseñadores de vestuario de una película acabaran de acabaran de cortarlo y coserlo sobre su cuerpo, ¡andá!
 


A los actores y actrices mencionados, hay que sumarle el súper villano que hace Guy Pearce. Con cejas depiladísimas y un corte de pelo que hay que ver para creer, no me pongo de acuerdo conmigo mismo, no sé si el hombre hace una gozosa caracterización de un maldito o una sobreactuación antológica. Como sea se deduce que no pasa desapercibido para nada.
 


John Hillcoat filma bien, pero abandona esta vez las honduras a las que llegó con su obra anterior, La carretera, en la que un  padre, Viggo Mortensen debía poner a salvo a su hijo en un mundo que se había ido bien al carajo tras una apocalíptica explosión nuclear. Aunque hay aquí temas como el honor, los lazos familiares, el erguimiento de un mito y esas cosas, el asunto no pasa de la superficialidad de un título.
 


En resumen, una película vistosa, entretenida, violenta como una buena historieta de la vieja revista El Tony.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Ah, parece que el condado de Franklin queda en Virginia. Y el guión, al igual que el de The proposition, es de Nick Cave. El muchacho, aparte de ser un músico de lo más creativo, ahora también me escribe. Sigue así.