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viernes, 9 de octubre de 2026

Miss Julie


 

Como el tango, hay historias que te esperan hasta que estás listo para adentrarte en ellas. Siempre dejé para otro momento lo que August Strindberg tuviera para decirme con Miss Julie.

 

Strindberg (1849-1912) fue un dramaturgo sueco con una opinión no muy edificante del ser humano, basada en una mirada aguda y perniciosa, que te deja de una sola pieza y con pocas ganas de discutirle.  Miss Julie es una de sus obras más populares. Tanto que tiene varias (muchas) versiones cinematográficas.

 

Me concentraré solo en cuatro de ellas. Iré de atrás para adelante. En 2014, tenemos la que dirigió Liv Ullman con Jessica Chastain como Julie, Colin Farrell como John y Samantha Morton como Kathleen.




En 1999, está la que dirigió Mike Figgis con Saffron Burrows como Julie, Peter Mullan como Jean y Maria Doyle Kennedy como Christine.



 

 En tercer lugar, la de 1951, dirigida por Alf Sjöberg, con Anita Björk como Julie, Ulf Palme como Jean, Märta Dorff como Kristin y Anders Henrikson como el Barón.




Por último, en este recorte de cuatro versiones, la de 1946 que se llamó El pecado de Julia, dirigida por Mario Soffici con Amelia Bence como Julia, Aída Luz como Cristina y Alberto Closas como Juan.

 

Antes de empezar a detenernos en cada una de ellas, veamos los resúmenes de sus argumentos según distintas páginas. Estas sinopsis suelen ser muy reveladoras.

 

De la dirigida por Liv Ullman en 2014, dice Wikipedia: "La película se desarrolla en 1890, en el condado de Fermanagh (Irlanda), durante la noche de San Juan. La señorita Julie, hija de un terrateniente anglo-irlandés, intenta seducir a John, el criado campesino de su padre. El romance —marcado por las dinámicas de poder y clase— pronto toma un rumbo oscuro."

 

De la de 1999 que dirigió Mike Figgis, Filmaffinity la resume así: “Verano de 1894, Norte de Suecia. Una sociedad rígidamente clasista constituye un obstáculo que se opone a la relación entre Miss Julie, la hija de un conde, y Jean, un sirviente. La víspera de San Juan, mientras el padre de Julie asiste a la celebración del solsticio en la ciudad, su hija, abatida por la reciente ruptura con su prometido, es seducida por Jean durante la fiesta que se celebra en la propiedad campestre.”

 

De la de 1951 que dirigió Alf Sjöberg, resume Rotten Tomatoes: “En la Suecia de finales del siglo XIX, Julie, una joven aristócrata hermosa y audaz, rompe su compromiso tras humillar a su prometido y decide impulsivamente iniciar una relación con el criado Jean, a pesar de que este está comprometido con Kristin, la cocinera. Para su sorpresa, Julie se enamora sinceramente de Jean, pero comprende que las convenciones de clase les impiden estar juntos.”

 

Y de la de 1946 dirigida por Mario Soffici dice Filmaffinity: “El amor de una aristócrata por su criado la desquicia, cuando tras haber robado por él es abandonada.”

 

Las cuatro versiones tienen en común el tiempo de la acción: fines del siglo XIX en la noche de San Juan. La de 2014 difiere en el lugar, transcurre en Irlanda en vez de en Suecia.

 

Las de 2014 y 1999 son más fieles al ideario de Strindberg, las de 1951 y 1946 son adaptaciones muy libres.

 

Como informan todas las sinopsis, el argumento se centra en un triángulo amoroso, lugar común de la comedia burguesa, generalmente picaresca. Pero Strindberg subvierte toda intención humorística y hace un drama que culmina trágicamente.

 

La señorita Julie siente una fuerte atracción sexual por Jean, el criado de su padre. Atracción que es correspondida por el fulano y resentida por su novia, Kristin. Son tres personajes que no saben qué hacer con los que les pasa, constreñidos por fuertes condicionantes sociales.

 

La atracción sexual entre Julie y Jean se concreta en un coito extraño, con más desesperación que fulgor. Julie quiere verlo como el colmo de un enamoramiento, el inicio de un romance.

 

Ilusión que Jean corta de raíz, él ve la incipiente relación como la posibilidad de una mejora económica, que puede derivar eventualmente en un ascenso social. Fantasea con concretar sus sueños de poner un hotel en un lugar turístico con el dinero que aportaría Julie. Y una vez conseguido el éxito con esta empresa, procuraría conseguir un título nobiliario. Lástima que Julie no dispone de dinero propio.

 

Kristin ve todo como una aberración, para ella las clases sociales no se mezclan, los criados y los nobles deben relacionarse por su cuenta, separadamente.

 

Para los espectadores la situación es tan atrapante como dolorosa. Strindberg nos presenta tres personajes muy débiles que no pueden vencer los condicionantes sociales que los restringen. Superaron circunstancialmente las barreras que los separaban, gracias al embrujo efímero y festivo de la noche del solsticio. Pero la trasgresión no los empodera, los empequeñece (valga la paradoja) y tropiezan, una y otra vez, con sus perfiles psicológicos y los entornos sociológicos.

 

Julie caerá en una sinrazón que terminará trágicamente. Jean profundizará su miseria, su egoísmo, su servidumbre esclavizante. Kristin se refugiará en las convenciones asfixiantes, como la rutina, la aceptación de un lugar inmodificable en el mundo, la religiosidad mediocre y la carencia de ambiciones de mejora personal o avance social.

 

No andemos con vueltas, Strindberg es un poco sádico: mientras nos hace verlos explorar sus límites, nos invita a reconocer los que podamos tener nosotros.

 

Verlos deambular por todas las posibilidades que se les ocurren sin encontrar nunca una alternativa liberadora o una salida digna es cruel y morboso: no podemos apartar la vista, por más desgarradoras que sean sus peripecias.

 

Tanto Liv Ullman como Mike Figgis (aunque más Ullman) respetan la importancia de los simbolismos originales del texto (la noche, la navaja, las botas, el canario) al pie de la letra, aunque hoy nos parezcan obvios o redundantes (en el momento de su estreno eran relevantes e innovadores).

 

Cuando vean alguna de estas películas, coincidirán que la noche de San Juan y el canario son dos insoslayables catalizadores de situaciones, la primera promueve el coito que desestabilizará a los personajes sin vuelta atrás y el segundo desatará el irreversible destino de Julie.

 

Soffici ya desde el título (El pecado de Julia) nos anuncia que supeditará la trama y el destino de los protagonistas a la culpa católica. La lectura es válida, claro, aunque deje afuera las aristas políticas.

 

Y la versión del sueco Sjöberg debería en realidad llamarse La madre de la señorita Julia, porque esta adquiere una importancia que soslaya/reduce a Julie a una mera herramienta de su venganza. En esta lectura, el barón es un personaje determinante, y no una mera sombra que ejerce poder. Y la importancia que adquiere la madre de Julie circunscribe la anécdota de la obra al policial, porque los personajes ya no enfrentan los condicionantes sociales o personales, sino el capricho de los destinos imprevisibles. Entonces Sjöberg ya no hace Strindberg sino una derivación de Strindberg. Porque si el drama y la tragedia siempre habitan lo político; el policial, en cambio, se mueve en lo metafísico. Y no es lo mismo la cancha de tenis que la de fútbol.

 

La profundidad de Strindberg radica en que no se la hace fácil, ni para él, ni para sus personajes ni para sus lectores y espectadores. Escarba en las situaciones que plantea y en las voluntades de sus personajes hasta que no queda nada por decir o descubrir.

 

Y cuando el telón final está cayendo, nos desafía: ahora vos, querido espectador, me tenés que decir en qué medida todo pude haber sido diferente. Estos personajes no encontraron sosiego ni gozo ni bienestar, ¿vos cómo hallarías lo que ellos no pudieron ni buscar?

 

Las respuestas que le des pueden que no te hagan sabio, pero sí muy consciente de que tenés que cambiar el mundo, antes de que él acabe con vos. Porque terminar como la señorita Julia es fácil, pero es de débiles y cobardes.

Gustavo Monteros

viernes, 2 de octubre de 2026

Miss Sloane o Sola contra el poder


 

La Srta. Sloane (Jessica Chastain) hace su trabajo tan bien que los que la rodean, o trabajan con ella, la resienten y desprecian. Sus jefes la detestan, porque siempre tienen razón. Nadie la envidia, porque no tiene vida privada. Aunque se la pasa de evento en evento, y es más conocida que el Papa, nadie se relaciona con ella.

 

Es que tiene menos escrúpulos que una garrapata y si cuadra, vende al padre, al hijo, y te hace una rebaja por el espíritu santo. Miente a la perfección y manipula sin que se la caiga un remordimiento.

 

No tiene tiempo para disfrutar de las comidas, por eso come en un restaurant de comidas ultra rápidas. De coqueteos ni hablar, se las arregla con un servicio de sexo en hoteles. Sufre de insomnios machazos y los tranquilizantes son sus amigos más fieles.

 

Fuera de su círculo de acción, no puede vanagloriarse por lo bien que hace lo que hace, porque es lobista.

 

La democracia sigue siendo el modelo o pacto de gobierno más apreciable. No es perfecta, requiere de ajustes constantes. Sobre todo, cuando alguno de sus poderes tiende a salirse de cauce o sobrepasar a los otros.

 

Cada modelo democrático tiene sus lacras, una de las más perniciosas del sistema norteamericano es la existencia de los lobbies, la intermediación a la que recurren las grandes empresas para convencer a los representantes (diputados, senadores, gobernadores, etc.) de que sus representados necesitan sus servicios. En el mejor de los casos esa intermediación es innecesaria y sospechosa, y en el peor es un soborno encubierto.

 

Sin embargo, a pesar de la mugre de la profesión, a lo largo del relato, nuestro corazoncito está siempre con Jessica Chastein.

 

Entonces una pregunta se impone: ¿por qué simpatizamos con un personaje tan desagradable? ¿Porque lo hace Jessica Chastain, a la que aprendimos a querer por películas vistas anteriormente? ¿Porque estamos tan habituados a adherir a la protagonista que ya no consideremos sus cualidades morales? ¿Porque de tanto comprar lo que nos venden, suspendemos por completo la incredulidad, incluso cuando deberíamos discernir con más claridad y sin tanto apego?

 

La Srta. Sloane será la protagonista, pero es una persona horrible, a la que no querríamos ni por asomo en nuestra vida.

 

El género de la película oscila entre el retrato de un personaje singularísimo y el melodrama de juicio (Courtroom melodrama es su nombre técnico en inglés) Porque si bien no transcurre en un juzgado, sino en una audiencia en el Senado, tiene las vueltas y sorpresas de un melodrama de juicio.

 

Por supuesto hay una lógica maniquea para que la Srta. Sloane goce de nuestra simpatía. Al principio de la película, ella está en una empresa inescrupulosa, que está por aceptar ser promotora del uso indiscriminado de armas. Sloane se pasa a una empresa contraria que atiende a las necesidades de lobby de las ONG (los buenos) que en esta instancia se oponen al acceso libre de armas.

 

Pero, por más que Sloane se haya pasado al bando de los “buenos” sigue usando las triquiñuelas sucias del oficio lobista.

 

En el final habrá premiados y castigados, pero de basarse en hechos reales, Sloane no contaría en cuento. Los ricos y poderosos son malos perdedores y eliminan a los contrincantes que les hicieron daño o que podrían volver a ocasionárselo.

 

Pero Miss Sloane es una película de los dos mil y pico y no de los años setenta del siglo pasado, que tendían a pasarse de realistas cuando se trataba de enfrentar las consecuencias de embestir contra los intereses empresariales. De ahí que tenga más de cuento de hadas que thriller paranoide.

 

Y si el miedo no es tonto, entonces la paranoia bien fundada debería considerarse sabia. Porque gato confiado no llega a tener nueve vidas. Eso sí, sea como sea, la Srta. Sloane entretiene y mucho.

 

Miss Sloane o Sola contra el poder (John Madden, 2016) puede verse en Prime Video.

 

Gustavo Monteros


jueves, 15 de octubre de 2015

La cumbre escarlata



A Guillermo del Toro le gusta decir: "Es más fácil encontrar la belleza en lo bello. Pero el verdadero poder reside en buscar belleza en el horror", de ahí que no bien puede se pone a inventar criaturas fantásticas (monstruitos, bah) de retorcida hermosura. Como en Cronos (1993), Mimic (1997), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del Fauno (2006) (en Blade II, 2002, Hellboy, 2004, Hellboy-El ejército dorado, 2008, Titanes del Pacífico, 2013, si los había, ya venían de fábrica, él a lo sumo los retocaba). Y entre los monstruitos, los fantasmas le tiran. Parece que siempre anduvo con ganas de intentar el relato gótico, con su heroína finisecular, rebelde, fuerte, que cae víctima del amor ante un hombre dual y peligroso (al que en su caso le agrega una hermana, firme y manipuladora que se las trae).



Estamos a principios del siglo XX, en una Nueva York, que es más un pueblo grande que una ciudad, hasta calles de barro tiene. Edith Cushing (Edith por Warthon, Cushing por Peter, interpretada por Mia Wasikowska) hija de un rico industrial tiene pretensiones de novelista. Eso sí, no escribe lo que se espera de una señorita de esa época, novelas de amor sino historias de fantasmas, en realidad como ella misma dice, historias con fantasmas, algo que abarca a la mismísima película. En su círculo de privilegio y riqueza anda dando vueltas un baronet inglés, Thomas Sharpe (Tom Hiddleston) que busca financiación para una construir una máquina extractora de arcilla roja del suelo donde está asentado su palacio natal, que literalmente se hunde en dicha arcilla. Lo acompaña su hermana, Lucille (Jessica Chastain) una bella y fría mujer que toca el piano como la Argerich pero con cara de póker. Al padre de Edith, el self-made-man Carter Cushing (Jim Beaver) el baronet y la hermanita le caen como patada en las canillas, y decide con la ayuda de un detective (el ubicuo Burn Gorman) desenterrar el pasado escabroso que supone tiene el baronet y la hermanita. Algo surge, Carter lo utiliza y se saca a los hermanitos temporariamente de encima. Pero sufre un “accidente” y Edith se casa con el baronet, para desazón de Alan (Charlie Hunnam) el doctorcito que le arrastraba el ala a Edith.



Esta parte (de la que solo conté la cáscara sin ningún spoiler) es la más interesante de la película. Está llena de detalles reveladores, diálogos jugosos y caracterizaciones certeras.  La segunda que transcurre en Cumberland, Inglaterra, en el mentado palacio de la arcilla, salvo por la música y los “primores” de la ambientación es menos atractiva, más apegada a los lugares comunes del género: el viejo y peludo thriller gótico. Eventualmente los secretos saldrán a la luz, las verdades serán reveladas, y se llegará a un final, sino “sanador” al menos lógico.



El relato tiene una impronta freudiana, hace pie en Jane Eyre de Charlotte Brönte, Cumbres borrascosas, de su hermana Emily, La caída de la casa Usher de Poe, y en el cuento El amigo de mi amigo de Henry James; se recuesta la casa que “respira” de la novela de Shirley Jackson, The haunting of Hill House, que ya fue llevada al cine dos veces, la primera por Robert Wise, La casa embrujada, en 1963 y la segunda por Jan de Bont, La maldición, en 1999, con dirección de arte del argentino ganador del Óscar, Eugenio Zanetti. Cinematográficamente abreva, of course, por esto de gente que no te da precisamente la bienvenida a tu nueva casa, en la vieja y querida Rebecca de Hitchcock, y en el giallo italiano, en especial el de Darío Argento y Lucio Fulci, más en el terror de la productora inglesa Hammer, en especial el de Terence Fisher, abraza también la casa de Dragonwick de Joseph L Mankiewicz, los palacetes de Roger Corman para sus adaptaciones de los cuentos de Poe, y ya que estamos, la arcilla roja remite a la tierra misionera de los cuentos de Horacio Quiroga. Nada de lo que acabo de consignar es pretensión de erudición, Guillermo del Toro usa las redes sociales para denunciar sus influencias y recomendar sus lecturas favoritas (no es mala alternativa a las frases de almanaque y las chicanas políticas de cuarta con que llenamos las nuestras).



Todo muy bonito, pero esta vez, la ambientación le ganó a la historia, porque prima más que nuestro interés por los destinos de los protagonistas, tanto es así, que cuando el amor finalmente se desnuda, es más un dato que una conmoción. De todas maneras, un film muy atendible porque del Toro es un narrador de primera. Y uno de los pocos que todavía hace películas y no pastiches audiovisuales que se dicen filmes porque se estrenan en los comedores de pochoclo que antes se llamaban cines.


Gustavo Monteros

viernes, 1 de febrero de 2013

La noche más oscura

Se supone que lo que veremos pasó. Se supone que atestiguaremos la labor de la agente Maya (Jessica Chastain) gracias a cuya dedicación, constancia y empeño se logró ubicar y matar al hombre más protegido y buscado del planeta o sea Osama bin Laden. Se supone que aceptemos la lógica de trabajo de la CIA. Insisto con que “se supone” porque, salvo las torturas, les creí poco o nada de lo que muestran. No porque se glorifiquen o se autocongratulen sino porque aprendí que con la CIA toda desconfianza es poca. De todas maneras que les crea no tiene ninguna importancia. Lo importante es si lo que cuentan es plausible o entretenido. Plausible, lo que se dice plausible, es. ¿Entretenido?, bueno, ese es otro cantar.
 


Para empezar la línea argumental es sencilla y exigua. Chica llega y no le gusta la tortura y la estrategia laboral. Chica se acostumbra a la tortura y la estrategia laboral. Chica se equivoca. Chica no se da por vencida. Chica la pega de casualidad o por insistencia. Osama muere. 60 minutos sobrarían para el desarrollo de tal trama. Pero no, inflados de trascendencia e importancia la hacen durar ¡157 minutos! Largos minutos. Y eso que la directora Kathryn Bigelow le pone garra, el elenco se comporta como si interpretara a Shakespeare y el guionista Mark Boal, con la excusa de la ficcionalización, se permite cuanto cliché de películas de acción le viene a la mente. Por ejemplo, si alguien pasa de ser un burócrata a mostrar detalles humanos identificables y simpáticos es porque… lo van a liquidar.
 


Quizá al público yanqui esta película le dice algo significativo, relevante, clarificador. Al resto del mundo, salvo que justifican la tortura por el bien de Occidente, no sé, creo que no le dice mucho. En cuanto a este espectador en particular no le dice nada, pero nada de nada. Si no me levanté y me fui las 378 veces en que tuve ganas de hacerlo fue por amor a la Chastain. Qué se la va a hacer, la chica me deslumbra. Pero hay amores que no ennoblecen sino que te hacen sentir un idiota. Jessica de mi corazón, no me hagas estas cosas.
 


En resumen, tres horas sobre un supuesto hecho real, que si hubiera sido ficción pura, sería una película larga y aburrida, que ni enfebrecidos hasta el delirio hubieran nominado para el Óscar. Ah, de lo que podría haber despertado algo de morbo no muestran nada: qué hicieron con el cadáver y por qué. Por ahí dentro de unos años hacen otra película y lo cuentan. Pero, por favor, no pongan a la Chastain, así me salvo de verla.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Según pude averiguar el título original Zero dark thirty (Cero oscuro/oscuridad treinta) es jerga militar y se refiere a alguna hora sin especificar antes del amanecer. Y lo eligieron porque el ataque a bin Laden se llevó a cabo entre la medianoche y las dos de la mañana del 2 de mayo de 2011, y se supone que simboliza también el manto de oscuridad y secreto bajo el que se emprendió durante 10 años la misión de localizarlo. Así que no es tan “traidor” el título elegido en español, aunque sin duda La noche más tediosa hubiera sido más fidedigno.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ilegales


Corrían los años 1920 hasta que los agarraron porque el epílogo de esta película ocurre en otra década. Perdón, corría el año tal hasta que lo agarraron es una vieja rutina de music hall que siempre quise homenajear. Listo, ya lo hice, juro que de ahora en más me portaré bien. Comienzo de nuevo. Estamos en el condado de Franklin que sabrá Dios donde queda, los yanquis confunden Río de Janeiro con Buenos Aires, ¿y yo tengo que saber en qué estado queda el condado de Franklin? Perdón, me fui otra vez. Prometo que ahora me concentro y no me disperso más. Bueno, estamos en el condado de Franklin y corren los años 1920, o sea hay ley seca, elaboración ilegal de alcohol, gánsteres, ametralladoras, trajes a rayas, sombreros y esas cosas. Pero esta nueva película de John Hillcoat está más cerca de un western (como su primer film The proposition, 2005) que de Boardwalk Empire, la estupenda serie de HBO con la que supuestamente comparte época y tipo de personajes y delitos. Más allá de las peculiaridades de la historia (atropello y posterior venganza, tema bastante “vaquero” si los hay, re-Los hijos de Katie Elder, por ejemplo), quizá sea fácil homologarla a un western porque transcurre no en Chicago sino en el ya mencionado condado de Franklin, zona medio montañosa llena de bosques, laguitos y esas cosas, re-Temple de acero.
 


Es la historia real (¿real hasta dónde?, sabrá Dios) de los hermanos Bondurant y se supone que empaticemos con estos protagonistas, ¡tres forajidos! El mayor es Frank (Tom Hardy, que, créase o no, tiene labios más gruesos que los de Angelina Jolie, ¡recórcholis!) Un hombre tosco y taciturno capaz de súbitos ataques de violencia sádicos que deja a Hannibal Lécter a la altura de La novicia rebelde (mejor no lo enojes). El del medio es Howard (Jason Clarke) un borrachín que aprovecha que elaboran bebidas alcohólicas y toma, toma, toma, total le salte al costo. Y el menor, Jack (Shia LaBeouf), un tarambana que tiene como “role model” (modelo a emular) no a Newton o Mark Twain sino a ¡Floyd Banner! (Gary Oldman), un gánster sanguinario como pocos. Y no va que sí, que simpatizamos con estos tremendos bandidos, quizá por la excelencia de los actores, la astucia del guión, la destreza de la dirección o por nuestra pasiva ingenuidad de espectadores que nos lleva a identificarnos con los que nos pongan de protagonistas. Sea por lo que sea, nos preocupa el destino de estos atorrantes. De modo que le damos a esta historia plausibilidad o credibilidad y no nos aburrimos ni ahí. Otro rasgo no menor de este film es la violencia, gráfica, gráfica. Damas y caballeros impresionables, abstenerse. Se siente como se rompen los huesos, los cortes de venas y carnes son como de cirugía sin anestesia, y se percibe como los golpes con nudilleras de acero destrozan músculos, dientes y cartílagos. Gráfico, gráfico, mire. Los trucos en el cine avanzan a pasos agigantados. Los despanzurramientos de Salvando al soldado Ryan hoy parecen tan antiguos como los trucos de Méliès. Aunque pensándolo bien, recién ahora se me ocurre, que la violencia sea tan detallada contribuye quizá a que seamos más partícipes de la película.
 


Lo que tira abajo un poco la veracidad ficcional es que dos de estos sátrapas se queden con algunas de las mujeres más exquisitas del cine contemporáneo. Frank entablará relación con Maggie (Jessica Chastain) una ex corista que quiere dejar de desandar las angustias del camino del cinismo. La Chastain está más cerca de la sofisticación de Marlene Dietrich que del hembrón rotundo garantizador de erecciones estilo Jane Russell. Su primera aparición en escena derrama glamour y parece fuera de lugar en un ambiente tan sórdido. Pero lo que es tan tangible como su elegancia es su maravilloso talento. A la chica le basta pitar un cigarrillo y derramar un  par de lágrimas para comunicar que ha sido víctima de una violación inenarrable por la que ninguna mujer quisiera pasar. Todo un prodigio la rubita. Y Jack conquistará a Bertha (Mia Wasikowska) una de las pocas actrices que deslumbra a cara lavada o con poquísimo maquillaje. Aquí hace de la hija de un pastor religioso estricto, un poco Amish o algo así; las variaciones del culto protestante me son un poco ajenas. Le toca pasar por un momento que es pura fantasía cinematográfica. Como dijimos la chica es medio Amish o algo por el estilo y por lo tanto luce una moda muy poco sentadora. En un momento Jack le compra un vestido a ojo, la chica se lo pone y no le chinga la sisa (sabrá Dios también qué es eso, pero las mujeres de mi casa decían cosas así) ni le queda un chiquitín holgado, no, le queda como si los diseñadores de vestuario de una película acabaran de acabaran de cortarlo y coserlo sobre su cuerpo, ¡andá!
 


A los actores y actrices mencionados, hay que sumarle el súper villano que hace Guy Pearce. Con cejas depiladísimas y un corte de pelo que hay que ver para creer, no me pongo de acuerdo conmigo mismo, no sé si el hombre hace una gozosa caracterización de un maldito o una sobreactuación antológica. Como sea se deduce que no pasa desapercibido para nada.
 


John Hillcoat filma bien, pero abandona esta vez las honduras a las que llegó con su obra anterior, La carretera, en la que un  padre, Viggo Mortensen debía poner a salvo a su hijo en un mundo que se había ido bien al carajo tras una apocalíptica explosión nuclear. Aunque hay aquí temas como el honor, los lazos familiares, el erguimiento de un mito y esas cosas, el asunto no pasa de la superficialidad de un título.
 


En resumen, una película vistosa, entretenida, violenta como una buena historieta de la vieja revista El Tony.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Ah, parece que el condado de Franklin queda en Virginia. Y el guión, al igual que el de The proposition, es de Nick Cave. El muchacho, aparte de ser un músico de lo más creativo, ahora también me escribe. Sigue así.