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viernes, 5 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Octava jornada


 

Se podría decir que esta octava jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé con películas que en su momento no vi es de Retrospectiva porque la componen películas con algún grado de antigüedad.


La primera es de 1995. Se trata de Total Eclipse (distribuida en Argentina como El fuego y la sombra y en España como Vidas al límite) dirigida por Agnieszka Holland con guion de Christopher Hampton. Y se centra en el tormentoso amor que mantuvieron los poetas Verlaine (David Thewlis) y Rimbaud (Leonardo Di Caprio) La frase de venta del afiche decía: “Tocados por el genio, maldecidos por la locura, enceguecidos por el amor”. A confesión de partes. Por el tema se inscribe en la tradición conocida como “amor entre artistas”. Subgénero que se centra en amantes fuera de toda convención social, a los que las ataduras morales que constriñen al resto de los mortales no los abarcan. Después de los créditos introductorios, unos subtítulos nos informan que Verlaine fue un poeta de talento, pero que Rimbaud fue un genio adelantado a su época y precursor de lo que se conoció como poesía moderna. Bien, si con toda esta información no sabemos a qué atenernos, somos más despistados de lo que creemos. Pero cuando el genio de Rimbaud entra a escena está más cerca de ser un idiota (en el sentido médico del término) que en un genio. La supuesta genialidad nunca será expresada, es a lo sumo mencionada. Y cuando leen un poema suyo y el que lo escucha pone cara de anonadamiento, se le dice que el oscuro poema es literal y que dice lo que dice. Como el Mozart del Amadeus Peter Shaffer, llevado al cine por Milos Forman en 1984, Rimbaud tiene malos modales en la mesa, come con la boca abierta, eructa sonoramente y hasta se sube a la mesa y patea platos y fuentes. Pero en el caso de Amadeus, basta que la banda sonora inicie una melodía de Mozart para que nos enteremos (si no lo sabemos de antes) que el muchacho es un genio. En cambio aquí al no haber contraprestación de genialidad, Rimbaud queda como un bobalicón desesperado por llamar la atención. En otros momentos parece jugar con los límites de lo permitido en asuntos más graves como el dolor y la muerte. Y clavará un puñal en una mano, por ejemplo, para expresar que lo único insoportable es que no hay nada insoportable (sic). Verlaine lo imitará y tirará a su mujer embarazada al piso y más tarde dará con el moisés con el recién nacido contra la pared. Puede que eso les sirva a los creadores para sentir que expresan el corrimiento de los límites de la sensibilidad burguesa a los que nuestros poetas protagonistas hacen caso omiso. Puede ser, pero ningún espectador los premiará con la corona de Miss Empatía. Admiro a Di Caprio sin peros, sin embargo esta es la peor actuación que le vi. “Actúa” cada momento, con mucha “mecánica” los que están fuera todo mandato social, los otros con distintos grados de “sensibilidad”, pero su personaje carece de cohesión, y hasta de sentido. Thewlis sale ligeramente mejor parado, porque casi todo el tiempo baila al son que le toca Di Caprio, y la supeditación lo salva. Holland se aferra a un par de ideas visuales para prefigurar la muerte (el lienzo batido por el viento y la voz que dice: Adelante, adelante, adelante; además de la del soldado enemigo dormido / muerto) y pone su morbo creativo en desentrañarlas al final, cuando ya es tarde. Christopher Hampton es un dramaturgo / guionista de inmenso talento, pero aquí no tiene idea de lo que anda contando ni para qué, cubre su confusión con palabras esdrújulas, altisonantes que fracasan en darnos gato por liebre. Puede que en los noventa la propuesta pareciera “importante” (esos tiempos eran muy vacuos), pero hoy se rebela boba, infantil, insustancial, atentatoria contra la mínima inteligencia y el más ligero sentido común.




Por suerte, me va mejor con Behind the Candelabra de 2013, dirigida por Steven Soderbergh y guión de Richard LaGravanese sobre el libro de Scott Thorson con Alex Thorleifson. Trata de los seis años que compartieron cama y techo, el rimbombante pianista Liberace (Michael Douglas) y el joven Scott Thorson (Matt Damon). En realidad da cuenta del paradigma con que Liberace trataba a sus amores. Scott reemplaza a Billy Leatherwood (Cheyenne Jackson), otro pianista de talento, y Scott será reemplazado por Cary James (Boyd Holbrook) el cantante líder de un grupo pop, con coreografías incluidas, tipo los Jackson Five o The Osmond Brothers. El título es muy apropiado, veremos lo que se oculta detrás de los candelabros aparatosos que adornan el escenario y el piano en los números de Liberace. Este pianista de espectacular (nunca más literal el adjetivo) vestuario aislaba a sus jóvenes amantes en casas / palacios que alguien equipara a los castillos de Ludwig II de Baviera. Los trata y viste como príncipes, los hace a su imagen y semejanza (en el caso de Scott la cuestión incluye una cirugía estética para darle rasgos de parentesco genético), dieta de anfetaminas primero y cocaína después para controlar el peso, seguridad económica con regalo de casas, joyas, pieles (es ¡Liberace!) y la amenaza de una adopción legal para que en el futuro, nadie puede disputarles el testamento, etc. Pero más tarde que temprano, la jaula de oro se nota, porque por más de oro que sea no deja de ser jaula y el amante aislado quiere libertad, rebelarse. Para cuando esto sucede, Liberace ya está cansado de su capricho y la relación cae pendiente abajo. Y como se basa en el libro de Scott conoceremos con detalles las circunstancias. Un detalle, el Scott verdadero tenía 18 años cuando comenzó la relación y 23 cuando se acabó. Su reemplazante, Cary James también tiene 18 cuando el nuevo ciclo comienza. En el film tanto Damon como Holbrook ni por asomo dan tan chicos, pero sí jóvenes. Me parece que no se quiso acentuar ese aspecto para que nuestro morbo como espectadores se concentrara en otros. Tampoco falsean nada, Liberace no estaba fuera de la ley. La película de Soderbergh es iluminadora porque no juzga, ni pretende escandalizar. Y si no olvidamos que eran tiempos de clóset riguroso, en los que se podía jugar con la ambigüedad pero nunca con la verdad, el análisis se vuelve si no piadoso, muy comprensible. En resumen, un film valioso que da tela para cortar. Gran actuación de Douglas que da una caracterización respetuosa, que su padre, Kirk Douglas, haya sido en algún momento vecino del verdadero Liberace y que el gran Kirk fuera la única gran estrella que asistiera al servicio fúnebre de Liberace quizá tuviera algo que ver. Debbie Reynolds (solo 12 años mayor que Michael) hace de madre de Liberace en un par de escenas deliciosas. Fue su última película. Long live the queen! (or queens)




Termino con una antigualla, Staircase / La escalera (Stanley Donen, 1969). Fue la primera película de abierta problemática gay con estrellas. Hubo otras con estrellas por esas fechas (The Sergeant / El sargento, John Flynn, 1968, con Rod Steiger y John Phillip Law, Reflection in a Golden Eye / Reflejos en tus ojos dorados, John Huston, 1967) con Marlon Brandon y Elizabeth Taylor, pero estos ejemplos, los personajes (muy enclosetados) eran gay, no la temática de la película. Staircase fue un sonado fracaso de crítica y público. Se la tildó de burlona y despreciativa. Ni tanto ni tan poco. Es un poco cruel, pero no del todo impiadosa. Es verdad que refuerza los estereotipos que se manejaban por entonces, el gay afeminado, gritón, de lengua viperina, bitchy, digamos. Se trata de una pareja veterana de 30 años de vida en común, que no se quieren mucho individualmente ni al otro. Manejan una peluquería de hombres. Harry (Richard Burton) cuida una madre senil y postrada que está en el mismo departamento. Charlie (Rex Harrison) espera la visita de una hija de 20 años a la que nunca vio y la vista por una demanda legal que le hizo un policía por “solicitation” (requerir acceso carnal), la trama transcurre en Londres y en aquellos tiempos la homosexualidad era delito en Inglaterra. Las dos estrellas aceptaron participar en el film, siempre y cuando estuviera el otro. Pero cuando la filmación comenzó, Harrison, sobre todo, estuvo a disgusto con el personaje y los textos que le tocaba decir. Se nota, pero su profesionalismo, en especial en el manejo de tiempos y subtextos, hace que la sangre no llegue al río. Su personaje no está redondeado, pero lo perfila bien y nos comunica cómo debería ser. Burton está impecable. Y si se me permite un juego con el tiempo, Richard parece estar imitando a la Judi Dench de hoy, algo imposible, por supuesto. Harrison quedó tan enojado que se alejó del cine por 8 años, regresaría en 1977 con The Prince and the Pauper / El príncipe y el mendigo (Richard Fleischer) y con el pie izquierdo, tenía escenas con Charlton Heston al que no aguantaba desde cuando compartieron cartel en The Agony and the Ecstasy / La agonía y el éxtasis (Carol Reed, 1965) en la que la supuesta homosexualidad de Michelangelo Buonarotti era gambeteada olímpicamente. Es que Heston era muy machirulo y tenía el sentido del humor de una hormiga renga.  

Fin de la octava jornada

Gustavo Monteros

jueves, 4 de febrero de 2016

Anomalisa



Con ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze, 1999) a Charlie Kaufman le dieron patente de genio y no queda más remedio que lustrársela si no querés que te echen del club de la “cool”tura. Algo que me importaría si no estuviera demasiado viejo para pelotudeces. Y no lo digo por voluntad de ser iconoclasta, sino porque hay que tener muchas ganas de respetarlo después de Synecdoche, New York-Todas las vidas, mi vida, tremendo bodrio de proporciones épicas. Como sea, Anomalisa no me devolvió la admiración que alguna vez le profesé por su Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (guión que también firmaron el director del film, Michael Gondry,  y Pierre Bismuth), pero al menos no quise trompearlo cuando terminó.


Anomalisa (palabra que surge de la mezcla de Anomalía y el nombre Lisa) es un film animado para adultos, codirigido por Charlie Kaufman y Duke Johnson. Michael Stone (voz de David Thewlis) es un motivador que mejora la relación entre los vendedores de servicios, preferentemente por teléfono, y sus clientes. Se dirige a dar una charla en Cincinnati. No parece pasar por su mejor momento ni con su mujer ni con su hijito que quedaron en Los Ángeles. Aprovechará esta estadía para reconectarse con una mujer que dejó plantada años atrás. Encuentro que lejos estará de ser satisfactorio. La casualidad lo llevará a Lisa (voz de Jennifer Jason Leigh) con quien tendrá una aventura. ¿Duradera? ¿Efímera? Se verá. 


Según el diccionario, anomalía es 1) desviación o discrepancia de una regla o de un uso. 2) defecto de forma o de funcionamiento. 3) (Astronomía) ángulo que fija la posición de un astro en su órbita elíptica, contado a partir de su eje mayor y en sentido de su movimiento. 4) (Biología) malformación, alteración biológica, congénita o adquirida.


Este ataque etimológico viene a cuento, porque Lisa es una anomalía en más de un sentido, pero fundamentalmente porque aporta un “color” a la uniformidad y monotonía “auditiva” que se venía manejando. Hecho que suscita lo más interesante de esta propuesta. En el film se oyen solo tres voces, la de Michael, que como dijimos es del actor David Thewlis, la de Lisa, que es de Jason Leigh, mientras que las de todos los demás personajes, sean hombres o mujeres, pertenece a Tom Noonan. Y hasta la aparición de Lisa, existe una notable monocromía auditiva (si se me permite la sinestesia) que su voz viene a desbaratar.


La súbita aparición de este nuevo elemento hace que de repente sintamos empatía por personajes, que hasta ese instante, nos parecían francamente antipáticos. Si es un experimento, funciona. Inconscientemente volcamos nuestra simpatía, renovamos nuestra atención a lo que pasa en escena, erradicada la uniformidad hasta entonces manejada. Creo que esto interesará más a los que hacen teatro, cine o artes performativas que al espectador común, pero es algo valioso o novedoso y merece destacarse.


Ahora bien, ¿sufre Michael una crisis existencial muy años sesenta, tipo nouvelle vague o La tregua benedittiana o es un hombre que no puede hacer que las relaciones le duren como el Grandinetti de El lado oscuro del corazón? Y… eso dependerá de cada espectador. También las mil interpretaciones que están en el medio de ambas premisas.


En resumen, interesante, aunque a muchos puede exasperar… mucho

Gustavo Monteros

jueves, 21 de enero de 2016

Leyenda



Los gemelos Ronald y Reggie Kray son una leyenda en la historia criminal inglesa. Reinaron la mafia londinense durante los años sesenta, o sea en pleno swinging London. Y como no es cuestión de que el cine inglés pase por alto una leyenda, esta película se inscribe en lo que ya podríamos denominar como la tradición Kray, y así como hay una serie de filmes sobre El cuento de Navidad de Dickens, los Kray van camino a ser igual de revisitados por la cinematografía. Entre las numerosas películas ya existentes, mi memoria rescata El clan de los Kray que Peter Medak dirigió en 1990 con los hermanos Gary y Martin Kemp en los protagónicos. En esta, los hermanos son interpretados por el mismo actor: Tom Hardy. (Otros ejemplos de histriones que hicieron de gemelos: Jeremy Irons, Pacto de Amor, 1988; George Hamilton, La última locura del zorro, 1981; Bette Davis, Una vida robada, 1946; Jackie Chan, Twins and Dragons, 1992 y Leonardo Favio, Todo el año es Navidad, 1960.) Como sea, para los admiradores de Tom Hardy, no hay nada mejor que dos por el precio de uno.


Y sin más preámbulos digo que esta película es muy buena y no es para menos, porque en el guión y en la dirección está Brian Helgeland, que no será una marca como Tarantino o Hitchcok, pero al que conocemos si vimos alguna película en los noventa. Fue el coguionista de Asesinos, 1995, esa con Stallone y Banderas; de, me pongo de pie, Los Ángeles al desnudo, 1995; el guionista de El complot, 1997, ¿remember? Julita Roberts, Mel Gibson y el grandioso Patrick Stewart: de The postman o El cartero, 1997, esa aventura futurista con el bueno de Kevin Costner; ya en los 2000, para Clint Eastwood guionó Deuda de sangre, 2002, con Clint, Angelica Huston y Jeff Daniels, y, me pongo de pie otra vez: Río Místico, 2003, con los maravillosos Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Bacon, Lawrence Fishburne, Marcia Gay Harden y Laura Linney; para el malogrado Tony Scott, guionó Hombre en llamas con Denzel y Dakota Fanning; también fue para Tony la siguiente Rescate del metro 1-2-3 con Denzel (Washington, of course, ¿hay otro?) y John Travolta, 2009; para Paul Greengrass guionó La ciudad de las tormentas con Matt Damon y Jason Isaacs; y para el hermano mayor de Tony o sea Ridley Scott, hizo Robin Hood con Russell “vos cavernosa” Crowe y Cate “puro talento” Blanchett. (Perdonen los que no son de andar down-memory-lane que me ponga “datoso” y por lo tanto latoso, pero hay gente a la que le gusta rememorar películas que han visto).


Como guionista y director hizo Revancha, 1999, una de las mejores películas como actor de Mel Gibson, honor no mejor porque Mel-actor tiene unas cuantas buenas;  Corazón de caballero, 2001, delicia de delicias con el recordado Heath Ledger, y Rufus Sewell, Paul Bettany, Mark Addy, Alan Tudyk, entre otros; Devorador de pecados o The order, 2003, una de exorcismos y esas cosas, otra vez con el inolvidable Heath Ledger; y antes de la que nos ocupa, 42 de 2013, una de beisbol con Chadwick Boseman y Harrison Ford. Como pueden comprobar, alguna que otra película, como guionista o director le vieron. Y sea cual sea la que vieron, ya comprobaron su talento. De modo que para el memorioso, antes incluso de los títulos, Leyenda viene con ventajosa prosapia. A la que no solo desentona sino más bien, honra.


Esta vez el gimmick está en contar la historia desde la perspectiva de Frances (la muy hermosa Emily Browning) quien fuera esposa de Ronald (el “inestable” gemelo Reggie, como el mismo lo declara con involuntario humor más de una vez, era gay). Y al ratito nomás, para que nos vayamos acostumbrando a que habrá líneas brillantes, Frances dice: “Créanme, se necesitó mucho amor para odiarlos como los odio”. Y brillantes serán también las actuaciones del resto del elenco que mezcla a próceres como Christopher Eccleston, Tara Fitzgerald, David Thewlis, Chazz Palminteri, con talentosos recién llegados como Taron Egerton, Colin Morgan o Chris Mason. Brillantes son también la recreación de época, el vestuario, la fotografía y la música.


Y esta vez, sin ningún pero, brillante está Tom Hardy en su doble composición. Hardy es un grande, pero hace notar mucho que se esfuerza, que toma toda la sopa y hace todos los deberes. A veces, como en La entrega o Crímenes ocultos, hasta parece actuar el subtexto, como si aparte de actuar nos estuviera dando una conferencia o un reportaje de lo que él opina del personaje. Como si a la vez fuera actor y comentador. Aquí, como antes en El topo, está muy bien y punto.


Sin embargo, tanta brillantez sin casi opacidad no redondea una película inolvidable. Quizá sea porque uno jamás crea empatía con ninguno de los personajes. Por cómo está estructurada quizá deberíamos remitirnos a Frances o sea a la hermosa de Emily Browning, pero algo se nos omite o no está presente del todo, ya que nunca nos identificamos con ella, nuestro punto de acceso a la historia. El narrador, esta vez, crea una distancia brechtiana que nos aparta de lo emocional, que nos hace notar el ascenso, gloria y caída de los Kray, sin involucrarnos. Algo que está muy bien cuando es buscado, y no parece ser este el caso. Ojo, que no enamore, no desmerece ninguno de sus estimables logros. Sin ir más lejos, compáresela con el tremendo bodrio de tema similar que nos propinaron el año pasado, Pacto criminal o Black mass, con Johnny Depp, entre otros notables, eso sí que era padecer una historia de mafia. Esta no entrará en el cuadro de honor, pero si el tema interesa, perdérsela es… un auténtico crimen.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de febrero de 2015

La teoría del todo



Como es temporada de premios, quiero que me entreguen uno al mejor espectador por haber visto La teoría del todo de principio a fin, sin saltarme un fotograma, ni evitar chistando o masticando ningún acorde de violín. Es el tipo de películas que los entregadores de premios adoran, o sea un drama esperanzador sobre una persona real que padece una enfermedad terrible.


En este caso se trata de Stephen Hawking, el famoso físico teórico, astrofísico, cosmólogo y divulgador científico, de sus años mozos en la universidad de Cambridge, de cómo conoció a Jane, le diagnosticaron una enfermedad motonueronal, de cómo igual se casó con Jane, tuvo hijos con ella y esas cosas, hasta que se separaron. Sí, el guión se basa en el libro que escribió Jane, de allí que el film cuente solo la historia del primer matrimonio de Hawking.


Como se trata de una biografía oficial, las agachadas, los renuncios, las traiciones, los conflictos inconfesables están entre escena y escena, en los puntos suspensivos, los que con discreción inglesa se esbozan, pero jamás se explicitan. Todo bien, muy humano eso de mostrar solo lo que se puede o quiere mostrar y ocultar lo que avergüenza o intimida. Eso no quita que la pregunta del millón se imponga, no para Jane, claro, que en su biografía cuenta lo que le sale, sino para los creadores que acometieron con este material: ¿para qué jugar con el morbo de los efectos de una enfermedad muscular atrofiante y degenerativa para dejar cerradas las puertas del baño y del dormitorio? Ojo, no es que yo quiera saber con detalles qué es lo que pasa en esos lugares, es más, podría haber prescindido de toda la película, insisto, detesto las películas de enfermedades, porque son la forma menos imaginativa de hacer drama o melodrama, pero si van a jugar con el morbo, después no sean hipócritas y se comporten como pudorosas señoronas de la acción católica.


Eddie Redmayne (a quien vimos en Los miserables y como el breve enamorado de la Monroe en Mi semana con Marilyn) hace bien los deberes y reproduce con detalle todas las contorsiones a los que la horrible enfermedad condena a Hawking. Como con Daniel Day Lewis en Mi pie izquierdo, Mathieu Amalric en La escafandra y la mariposa o John Hawkes en Las sesiones) uno se apabulla ante los logros físicos de una actuación tan exigida, lo que hace que los dadores de premios se predispongan generosamente. Felicity Jones como Jane ejecuta una faena impecable, aunque en mi modesta opinión ni tan nominable ni tan premiable. Es impecable, insisto, pero no destacable entre las “mejores” del año. Tuvo la suerte que no tuvieron Charlie Cox como Jonathan o Maxine Peake como Elaine, ambos impecables también, pero sin ligar ninguna nominación. David Thewlis y Simon McBurney pasean su autoridad y la gran Emily Watson dice una línea inolvidable de involuntario humor que remata Felicity.


En resumen, que se yo, no soy el espectador requerido para estas películas. No puedo negar que cumple con creces lo que promete, un personaje célebre, una enfermedad temible y mucho violín. Si les atrae este tipo de temas, la incluirán entre sus favoritas.Dirigió James Marsh.

viernes, 2 de agosto de 2013

Red 2





El cine pochoclero será eficiente o no será. Y sí, me salió a consigna política. Al estar en tiempos electorales, el estilo se me pega. La cuestión es que esa eficiencia narrativa a menudo se confunde con calidad, si el producto nos atrapa, nos apasiona, nos deleita. Conste que no hago un juicio de valor sino la descripción de una tendencia. En estas vacaciones de invierno, mucha gente aprovechó para ir al cine, ahora a la vuelta me preguntan mi opinión sobre El llanero solitario, Guerra Mundial Z o Titanes del Pacífico, ninguna de la cuales vi todavía. Como disfruto el diálogo, devolví la pregunta y escuché sus opiniones. Recibí comentarios laudatorios y detractores por exactamente los mismos motivos. Deduzco, entonces, que el cine industrial yanqui es hoy un producto equiparable a las galletitas, elegimos ésta por sobre aquella, nada más que porque se aviene mejor a nuestros paladares. Lo cual no está mal, muerto el cine clásico y el cine de autor cada vez más relegado, es lógico que las fórmulas y las triquiñuelas del cine de productor se impongan como parámetros de excelencia, según nuestra disposición a comprar dichas fórmulas y triquiñuelas. Dadas así las cosas, la mediación crítica ya no tiene sentido, (por eso yo hago crónicas), nadie consumirá galletitas que no le gustan porque un crítico las recomiende, ni nadie dejará de hartarse con galletitas que le gustan porque un crítico las denueste. El cine contemporáneo hollywoodense se instaló como producto y es el consumidor quien tiene la última palabra, la razón, bah. De modo que si tal o cual película te gustó, es buena y punto. Y si tal o cual te disgustó, es un bodrio y punto. Una galletita, perdón una película, tiene una receta de tan similar casi idéntica a otra, con detalles menores que las distinguen. Y uno compra lo que se le ocurre.

Red fue una sorpresa en la que Bruce Willis, Morgan Freeman, John Malkovich, Brian Cox, Helen Mirren, Richard Dreyfuss y la “joven” Mary-Louise Parker tenían buenos papeles, mejores situaciones y excelentes líneas. Un éxito inesperado que hoy genera una secuela que celebro porque es el tipo de masita que no dejo de comer hasta acabar el paquete. Un thriller irónico con toques de comedia o una comedia irónica con toques de thriller. A veces en broma a mi Perrito le digo Jackie Chan porque aunque viejo sigue dando pelea. Y eso es lo que hacían en aquella (hoy) primera película dar pelea sin importar canas, arrugas, ni huesos y músculos con retardo para responder. Y que ahora sin Morgan Freeman ni Richard Dreyfuss, pero con Catherine Zeta Jones, David Thewllis y Anthony Hopkins abordo siguen dando pelea, nada más que porque pueden, siguen vivos y (años al margen) mantienen el magnetismo intacto. Los elegí antes, los elijo ahora y elegiré una tercera, una cuarta, una quinta, si las hay, porque me hacen bien y las considero buenas. ¿Lo son? Creo que ya respondí, como me hacen bien, lo son. Y punto.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Ah, el título no se refiere al color sino que es una sigla: Retired Extremely Dangerous o sea Jubilados Extremadamente Peligrosos. Dirigió Dean Parisot (La quiere matar, Galaxy Quest y Las locuras de Dick y Jane).

viernes, 10 de agosto de 2012

La fuerza del amor



Luc Besson es más francés que le croissant, la baguette o l’éclair. Sin embargo es el más hollywoodense de los realizadores europeos. A las pruebas me remito: Azul profundo, Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento. Aunque le ha dado un toque de finesse, d’auteur a la estandarizada receta yanqui del cine de acción.

La fuerza del amor (The lady, en el original) es su segunda biopic (película biográfica) si consideramos como tal su pochoclerísima Juana de Arco. Se centra en Aung San Suu Kyi, una líder pacifista birmana que se opone a una dictatorial Junta Militar. Ya se sabe, en las dictaduras la vida no vale nada y Suu conserva su pellejo primero por la superstición de un general y después por la siempre atendible razón de que contra un enemigo vivo se puede luchar mientras que con un mártir no queda otra que verlo agigantarse. La dama, que lo es en todo el sentido de la palabra, cuenta con el apoyo incondicional del marido y padre de sus dos hijos, Michael Aris, un erudito inglés en cuestiones orientales.

The lady comete todos los pecados veniales y mortales de una biopic. Idolatra a su protagonista, simplifica lineamientos políticos que se intuyen más complejos y banaliza dilemas éticos inconmensurables. Con buen criterio Besson muestra cuidado y reserva en el registro de las atrocidades de una dictadura, lo que resulta paradójico en alguien que no tuvo restricciones en pergeñar sadismos varios en producciones anteriores. Pero claro aquello era ficción pura y esto realidad amarga: la crueldad de los dictadores supera la imaginación descabellada de cualquier autor. De todos modos el peor pecado del film, la santificación de su protagonista (de la que se ríen en un tierno diálogo) es absuelto por la franqueza que exhibe. Es una película militante, el problema sigue sin resolverse, Birmania continúa bajo una dictadura y se dice por ahí: Ustedes que tienen libertad ayúdennos a obtener la nuestra. La señora ganó en 1991 el otrora significativo Premio Nobel de la Paz, devaluadísimo ahora desde que se lo dieron a ¡Obama!

El film triunfa o sea gana en temperatura emocional cuando se concentra en detalles: la radio sin pilas, el teléfono espasmódico que incomunica más que comunica, el piano que enseña la palabra música o los dedos del asesino que se despiden en el gesto de disparar un arma. Es cuando lo político se convierte en peripecia humana que se logra la conmoción y la solidaridad del espectador.

Me costó entrar en la película, un problemita que tengo últimamente. Es que el cine contemporáneo es tan previsible, tan verificable, tan fácilmente decodificable que uno al segundo fotograma ya sabe de qué viene el trámite y se padece un déjà vu que dura toda la proyección. Como siempre los actores vinieron a mi rescate. Una mirada desesperada, triste y piadosa de Michelle Yeoh me hizo entrar y la historia ya no me soltó. Yeoh nació en Malasia y tiene una carrera muy particular. Estudió danza en Londres, fue reina de la belleza, triunfó en el cine haciendo acrobacias y artes marciales en películas de acción, hasta coprotagonizó un par con, nos ponemos de pie y hacemos una reverencia, el genial Jackie Chan. Occidente la conoció cuando James Bond era Pierce Brosnan en El mañana nunca muere y alcanzó notoriedad mundial con la inolvidable El tigre y el dragón. Después Hollywood la usó en varios despropósitos, pero no importó, porque ya sabíamos que era una actriz maravillosa. Aquí deslumbra. Hay una foto del estreno, en la que Besson se inclina y le besa la mano. No es un aspaviento francés, es el reconocimiento sincero a una grande. El bueno de David Thewlis es el marido, que hace una cosa medio rara, por momentos su actuación tiene profundidad y sutileza y en otros un trazo grueso con acabado de hilo chanchero. Sea como fuere, tamaño contraste lo vuelve hipnótico.

Un abrazo, Gustavo Monteros