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domingo, 15 de noviembre de 2009

La extranjera

Hace años hubo una telenovela llamada Muchacha italiana viene a casarse. La extranjera de Fernando Díaz bien podría tener como título alternativo Muchacha argentina viene a San Luis a descubrir las posibilidades comerciales del arrope de chañar.


La cosa es así. Una argentina de unos treinta y tantos largos, no muy bonita y flaca (ya se sabe que las flacas de protagonistas dan más chic) (María Laura Cali) trabaja en el guardarropas de una disco de Barcelona. La chica se aburre o se deprime tanto que es un milagro que no se haya suicidado antes (una pena, nos hubiera evitado este despropósito). Un abogado la obliga a volver a San Luis a que compruebe el abandono en que ha quedado su herencia, una chacra que era de su abuelo, y decida si la pone a la venta o la remata. El dueño del almacén de ramos generales (Roly Serrano) manifiesta su voluntad de comprarla. Pero San Luis es tan lindo y además pagó la película que nada revelo si digo que se queda. El rico del lugar (Arnaldo André en plan de hacendado aparato) la ayudará a instalarse. Su sirvienta (la gran Norma Argentina, el hallazgo cinematográfico más interesante de los últimos años) la mirará con desconfianza, no sea cosa que le birle el patroncito. La chica llegaría sin duda a finalista de un reality de supervivencia, porque demuestra ser un genio autodidacta en el tema. Sin ayuda de nadie y con sólo mirar las costumbres del lugar, se vuelve una chacarera de la primera hora, y de una aprende a hacer fatay y arrope de chañar. Se le ocurre entonces para salvar la chacra formar una cooperativa que comercialice el arrope.


La película exhibe un conservadurismo que haría palidecer de vergüenza a Enrique Carreras.


El bueno (Arnaldo André) no hace nada porque vive de las rentas que le da participar en un pool sojero. Juega a hacerse el gaucho en San Luis y tiene una esposa en Buenos Aires (que uno imagina viviendo en un country y patinándose la guita en los shoppings) e hijos en la universidad (que uno imagina convenientemente privada).


El malo es Roly Serrano, el pulpero ladino. Un hijo de su madre que si bien medra con las miserias de los lugareños, lo hace por necesidad e imitando las estrategias de los pulcros hacendados. (En una obra de Bertold Brecht o de George Bernard Shaw no llevaría la peor parte, Bertold y George sabían distinguir a los culpables de las injusticias sociales.)


Pero el film no sólo es conservador sino también insultante y condescendiente con los lugareños. Sus costumbres ancestrales y su sabiduría práctica pueden ser duplicadas por la primera paracaidista ex guardarropera de una disco barcelonesa. Y son tan caídos del catre que tiene que venir una citadina para explicarles que con una bolsita de arpillera como packaging pueden llegar a hacer pingues negocios hasta con su insípido arrope de chañar.


Hay además una ironía elemental, cuando nos enteremos de la historia de la muchacha, sabremos que aunque los lugareños la ven como una tilinga, fue tan humilde como ellos ya que es hija de una sirvienta y hasta ella misma fue mucama.


Y el guión hasta se permite banalizar innecesariamente tópicos dolorosos, la chica dice ser hija de un sindicalista asesinado por la dictadura.


La planificación es inexpresiva y el montaje espasmódico. Alterna escenas breves tirando a elocuentes con otras eternas que parecen filmadas en tiempo real. En una secuencia tuve tiempo de contar las nubes y ver cuáles eran las que el viento sacaba de cuadro.


María Laura Cali no es mala actriz, pero el protagónico le queda inmenso. No despierta ni empatía ni simpatía. Por momentos uno tiene ganas de que la agarre el puma que anda dando vueltas, a ver si otro asume el protagonismo y la cosa se pone más interesante. Y hay un par de secuencias en que da pena por los motivos equivocados. Se supone que halló su lugar en el mundo y debe exhibir la alegría liberadora de Alterio cuando gritaba: La puta que vale la pena estar vivo. Pero no, ella exhibe la alegría liberadora de alguien que en una fiesta aprovecha el airecito del balcón para tirarse un pedito.


Arnaldo André está muy bien, arma un personaje claro y llamativo. Lástima que empañe su trabajo un monólogo final imposiblemente torpe y discursivo. Pero ya se sabe, los patriarcas ricos tienen la verdad final y deben instruir a los humildes según su conveniencia. La de los ricos, claro.


Roly Serrano da una lectura impecable de su personaje. Y Norma Argentina tiene tanta vida interior, espesor y misterio que le basta con estar y mirar para darle contundencia a su personaje.


Un bodrio hecho y derecho. Y si no fuera tan ideológicamente enojoso, sería mortalmente aburrido.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 12 de abril de 2009

El niño pez

Voy a cometer un pecado mortal. Voy a decir que una muy buena película me aburrió soberanamente. Perdón, debo ser sincero. A mí, XXY, la ópera prima de Lucía Puenzo me pareció aburridísima. Puedo enumerar largamente sus virtudes, pero nunca conecté con ella.

Entonces ¿por qué iba a ver la segunda película de la Puenzo? Porque Emme me robó el corazón con Rita, la salvaje. Fue el debut teatral más apabullante que vi. Se plantaba en escena como una secuoya, se entregaba, se arriesgaba y casi siempre la pegaba. Lucía la audacia y el aplomo de una veterana, sin embargo ¡era una debutante! Por momentos la obra se caía a pedazos o se iba directa al carajo, y ella permanecía incólume y nuestra compasión con ella.

Por Emme iba, aunque cuando un director elige un actor que respeto, se me despierta una natural empatía. Y si la Puenzo había elegido a Emme...

El niño pez no es tan buena película como XXY, pero esta vez la pasé bien. Quizá porque es audaz, ambiciosa, apasionada.

No es lineal como XXY, tiene una estructura compleja. Se asienta sobre un cruce de géneros, participa tanto de una historia de amor, de un policial y del realismo mágico. Pero es la historia de amor la que le da cohesión.

Lala (Inés Efron) adolescente rica, hija de un juez, ama a, y es correspondida por Guayi (Emme), la sirviente paraguaya de la casa. Un día, el juez aparece muerto. Lala huye. Guayi se queda, es acusada del crimen y enviada a un correccional de menores. De este punto de partida se entroncarán los flashbacks que nos contarán cómo llegamos hasta aquí. Luego Lala regresará y la historia procederá a su desenlace.

Que la familia rica se apellide Brontë no es gratuito, una vez armada la historia veremos que tiene las densidades, las complicaciones melodramáticas y las pasiones descabelladas de una novela de las hermanas Brontë.

No es una gran película, pero es buena. Los cinco para el peso que le faltan son algunos diálogos solemnes y ampulosos a los que una reescritura les vendría bien o un tiroteo que merecía una secuenciación más clara, pero entre los 95 restantes figuran una dirección con un punto de vista preciso, una historia compleja que cuando se completa suena rotunda, porque aunque hay argumento como para tres películas, los detalles han sido atendidos y los vericuetos de los personajes y la trama resultan nítidos y contundentes, y un elenco impecable conducido con firmeza.

Inés Efron ratifica el talento mostrado en XXY y en Amorosa soledad. Arnaldo André quizá fue siempre un buen actor relegado al galán eterno, ahora que la madurez lo ha liberado de la galanura exhibe una ductilidad que sorprende. Tanto este trabajo como el que le vi en la puesta de Los monstruos sagrados de Jean Cocteau muestran un actor que se luce en exigencias hasta hace poco impensadas para él.

Y Emme deslumbra en cada escena. Su personaje tiene como arma de defensa y ataque su propio cuerpo y Emme hace pasar todas las emociones de su personaje por la morbidez de su cuerpo para nada anoréxico. Su cuerpo desata la lujuria, pero también manipula las pasiones. Y es su cuerpo el que se quiebra de dolor. Las actrices suelen ser inseguras y ponen en duda hasta lo obvio. Ojalá Emme sea consciente de la autoridad de su talento, ganaríamos una actriz maravillosa.

Ah, el niño pez del título es un mito personal de Guayi que encierra un dolor inabarcable, una representación simbólica para sobrevivir o hacerlo soportable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros
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