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jueves, 2 de marzo de 2017

La chica sin nombre - El viajante


Dado que la casualidad de la distribución así lo quiere y las estrenan juntas, hoy me referiré a estas dos películas a la vez, porque tienen más en común de lo que las diferencia. Algo que podría comprobarse fácilmente si hacen con ellas un programa doble y las ven una después de la otra.


Comencemos por sus puntos de partida, que es lo único que podemos contar.


En La chica sin nombre (La fille inconnue, 2016, de Jean Pierre Dardenne y Luc Dardenne), una joven médica, Jenny (Adèle Haenel) junto a su más joven practicante, Julien (Olivier Bonnaud) trabajan después de hora en la salita de un pequeña ciudad belga, Lieja. Él termina el papeleo, ella lo reprende por un comportamiento que tuvo ante un paciente. Suena el timbre, Jenny le ordena a Julien que no vaya al portero eléctrico con cámara a ver quién es, que ya es tarde, que si es importante tocará de nuevo. No hay un segundo timbre. Al día siguiente Jenny sabrá por los policías que la visitan que quien llamaba era una chica negra que apareció muerta cerca de allí y que no saben su nombre. Jenny hará lo que esté a su alcance para averiguar el nombre.


En El viajante (Forushande, 2016) de Asghar Farhadi (director de la gloriosa La separación, 2011 y del megabodrio El pasado, 2013) Emad (Shahab Hosseini) un profesor de literatura y también actor, está casado con Rana (Taraneh Alidoosti) ambos ensayan una versión de La muerte de un viajante de Arthur Miller. Deben abandonar el edificio donde vivían, porque una excavación vecina, lo ha puesto en peligro de derrumbe. Un compañero de elenco, Babak (Babak Karimi) les ofrece un departamento de su propiedad que acaba de ser desocupado por la inquilina anterior, que ha dejado sus cosas detrás. Se mudan. Una noche, Rana regresa sola al departamento y es atacada. Emad procurará saber quién la atacó y por qué.


Ambas películas son obras de autor.


Ambas ponen puntos suspensivos después del momento que motoriza el relato. Sólo oímos el timbre en La chica sin nombre. Y no vemos el ataque a Rana en El viajante. Dichos puntos suspensivos irán llenándose de a poco, a medida que avanza el relato.


En ambas los personajes femenino principales se lamentan, una y otra vez, no haber recurrido al portero eléctrico. Jenny podría quizá haber evitado el trágico destino de la chica sin nombre. Rana, sin duda, habría evitado ser golpeada físicamente y lastimada psicológicamente. Cuando oyó el timbre, por la hora, supuso que era Emad, no preguntó por el intercomunicador y dejó abierta la puerta, porque iba a bañarse.


En ambas, los personajes deciden no recurrir a la Policía y juegan a ser detectives aprovechándose de los beneficios que otorgan sus profesiones. Jenny es médica y sabe que alguno de sus otros pacientes puede darle información alguna sobre la chica desconocida. Emad, como dijimos aparte de actor, es profesor de literatura y como lo saben todos los que han ejercido la docencia, con un mínimo de curiosidad uno se entera de las actividades que ejercen sus alumnos, si son adultos, y si son niños, los padres de sus alumnos, y a lo largo del tiempo si hay una mínima relación con ellos, uno puede armar una base de datos que puede resultar útil. De todos modos, es llamativo que tanto la película belga como la iraní prescindan de la fuerza policial.


En ambas se logra la confesión del culpable y se busca sino un castigo, al menos un resarcimiento de los hechos brutales.


Ambas, más allá de su cercanía con el policial o el mismísimo thriller, son dramas morales de culpa y castigo.


Ambas echan luz sobre las costumbres de las sociedades que las crearon. Gracias a La chicas sin nombre sabremos que en Bélgica y en Francia, los hospitales no están obligados a denunciar a los inmigrantes indocumentados, si no tienen documentos se los atiende igual bajo el nombre que dicen tener (al menos en el momento de la filmación, después no se sabe, la derecha avanza por todas partes y hace moco los derechos de los ciudadanos, ¡si lo sabremos nosotros, desde que Macri está en el poder, no pasa día en que no perdamos algún beneficio social). Gracias a El viajante, sabremos que, en Teherán, los taxis son comunitarios, o sea hay que compartirlos con hasta tres personas más, o cuatro, según el tamaño del auto. Sabremos también que incluso en los edificios las puertas de entrada de los departamentos, aparte de la usual de madera, tienen una anterior de rejas o rejilla como protección extra. Y cuando vemos la obra que presentan (La muerte de un viajante) si bien no modifican el lugar de la acción original, o sea los Estados Unidos, todos los personajes femeninos llevan cubierta la cabeza, algo imprescindible en esa sociedad, pero sin uso en la norteamericana.


Por último, intentaremos por separado, una valoración crítica.


La chica sin nombre es un traspié en la carrera de los hermanos Dardenne. Luce muy menor ante la anterior, la soberbia Dos días, una noche y lo que es peor se nota demasiado su estilo de cámara en mano, documentalista, con sus planos cortos y nerviosos que parecen querer invadir la intimidad de sus personajes. Se percibe, esta vez, que más que un estilo, es una intervención (para no ser insultantes con personas tan creativas y llamarlo receta) que puede aplicarse a cualquier historia, por mínima e insulsa que sea. No es un desastre, es solo que las implicancias sociales que se desprenden de sus historias no son aquí muy elocuentes y no van más allá de los problemas de comunicación entre las personas. Aunque como siempre con las películas de los Dardenne, está actuada con gran verdad y, aparte de los mencionados, en su bastante extenso elenco, se destaca como el padre de un paciente, Jérémy Renier, veterano de sus filmes, y que por aquí participara en Elefante blanco (Pablo Trapero, 2012).


Asghar Farhadi con El viajante (que acaba de ganar el Óscar a la Mejor Película Extranjera) no llega a las alturas de La separación, pero al menos se redime del insoportable bodrio de El pasado, película tonta y pagada de sí misma como pocas (lo peor que le puede pasar a un director es asumirse como genio, sin ir más lejos remítanse a lo que pasó con la carrera de Almodóvar). Comparaciones al margen, El viajante es una muy buena película, que establece un paralelo con la obra de Miller de la que toma parte de su título. Si en La muerte de un viajante, Miller expresa su desencanto ante el engaño o muerte (si alguna vez existió) del sueño americano, Farhadi pareciera decir que la sociedad a la que pertenece ofrece flancos igual de decepcionantes. Eso sí, Miller es más tajante, Farhadi es más esperanzado en su lectura parabólica.

Gustavo Monteros

jueves, 22 de octubre de 2015

Dos días, una noche



Dos días y una noche es el tiempo que tiene Sandra (Marion Cotillard) para revertir una primera votación que le resultó adversa. Es que los compañeros de Sandra enfrentan una difícil decisión. Su jefe los ha puesto a elegir entre mantener un bono de mil euros o hacer que Sandra conserve su trabajo. La pobre estuvo de licencia por depresión, y en ese tiempo el jefe comprendió que 16 bien pueden hacer el trabajo de 17, así que con la excusa de la crisis los obliga a elegir. Sandra se lanza durante ese fin de semana a visitar a sus compañeros para conseguir los votos de apoyo que le hacen falta para no quedarse en la calle. La película trata sobre si los consigue o no.



Esta excelente película de los hermanos Jean-Pierre et Luc Dardenne (La promesa, Rosetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna, El chico de la bicicleta) como la estupenda La loi du marché de Stéphane Brizé que se verá en el próximo festival de Mar del Plata es astutamente insidiosa y pone el ojo en las consecuencias del capitalismo salvaje. Porque si el hilo se corta por lo más delgado, es en la vulnerabilidad de las víctimas donde se ve con mayor precisión la imperdonable abominación de la práctica infame de una teoría repugnante.



Si el mundo fuera apenas un poco más justo, el neoliberalismo obtendría el mismo rechazo que generan el nazismo, las purgas estalinistas o la peste bubónica. Todos comparten el mismo olímpico desprecio por el ser humano. El neoliberalismo deshumaniza al hombre, lo reduce a una variable, a una cifra, a la coma de un guarismo. No hay nada peor que la ciega lógica de los mercados, la flexibilidad de los negocios, la razón del capital. No se trata de refundar la era moderna, pero el hombre debe ser la medida de todas las cosas, no un dato. Parece fácil de comprender e imposible de no adherir, sin embargo cuesta luchar contra el falso orden establecido y las corporaciones mediáticas, que presentan, día tras día, analista tras analista, experto tras experto, la mierda como si fuera nutritiva u oliera a rosas.



Marion Cotillard, que ganó por este trabajo unos cuantos premios y que hasta le significó otra nominación para un Óscar, deslumbra como suele ser su costumbre. Aunque la verdad sea dicha, el naturalismo puro es el más fácil de los registros actorales y para su talento, esta labor es como un picnic de primavera. De todos modos, otra actriz quizá no hubiera despertado la inmediata y fuerte empatía que desata Cotillard.



En resumen, una historia sencilla y contundente para no olvidar que no hay que votar nunca de los jamases a quien anteponga el mercado, el capital, los negocios por sobre todo. Hay que empezar a ver más allá de las apariencias, de aprehender lo que hay detrás de las engañosas propuestas económicas. O seguirán atomizándonos, aislándonos, apartándonos de la más elemental solidaridad con las cuentas de colores. No hay copa que rebalse cuando la codicia es infinita.

Gustavo Monteros

viernes, 6 de julio de 2012

El chico de la bicicleta


Syril (Thomas Doret) es pelirrojito y tiene unos 11 años. Sostiene el teléfono e insiste en llamar. El adulto que está con él le dice que es inútil, que ya sabe la respuesta. Syril de todos modos llama. El mensaje automático le dice que ese número ya no existe, que ha sido dado de baja. Syril quiere entonces llamar al portero del edificio donde vivían. El adulto le dice que ya lo han hecho, que sabe la respuesta. Syril no puede comprender que su padre se haya mudado sin decírselo, sin haberle traído la bicicleta como prometió. Comprendemos así que Syril está en un hogar de acogida en el que su padre lo ha dejado y que el adulto es un tutor de la institución. Syril intenta escapar, lo agarran. Al día siguiente escapará de la escuela, llegará al edificio de su domicilio anterior, hablará con el portero, quien le dirá que su padre se ha ido, que no tiene la nueva dirección, que el departamento está vacío. Pero Syril es como un perro abandonado, tenaz y obcecado, no en vano después lo apodarán Pitbull. Toca entonces el timbre de unos consultorios médicos de la planta baja, dice que se cayó y que se lastimó y que necesitan que lo vean. Le abren la puerta. Syril sube al quinto piso, al viejo departamento. Golpea, golpea. Un vecino le dice que no hay nadie, que está vacío, que se vaya. Se sienta en las escaleras y ve venir a los tutores del hogar de acogida. Trata de huir. Cercado, se meterá en los consultorios médicos. Los tutores lo siguen. Syril se abraza a una mujer sentada en la sala de espera y la hace caer. Sólo se calmará cuando el portero le asegure que puede dejarlo entrar al departamento en el que vivía. Comprueba que no hay nada, que su bicicleta no está. Días más tarde, aparecerá la mujer del consultorio a la que se aferró. Se llama Samantha (Cécile de France) y le trae su bicicleta. Le cuenta que se la compró a un chico del vecindario a quien su padre se la vendió. Syril dice que no es posible y que si no es su bicicleta no la quiere. Comprueba que el rayón que le hizo sigue ahí, que es la suya, dice que su padre no debe haberla vendido, que se la deben haber robado. Samantha parte en su auto, recorre el callejón hacia la calle, pero cuando está por trasponer los portones de entrada, Syril le pide que lo saque los fines de semana. Samantha dice que no cree que sea fácil. Syril le asegura que sí, que es fácil, que siempre están escasos de familias adoptivas temporarias para los fines de semana. Entonces…

Y no crean que conté media película, no, conté sólo los primeros tres o cuatro minutos. Los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne (La promesa, Rossetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna) narran a acción pura. Sus personajes son “físicos”, pragmáticos, hablan poco y cuando lo hacen son directos. No se andan por las ramas y lo que no pueden decir, lo callan a cal y canto.

Los hermanos Dardenne aborrecen la sensiblería habitual. Jamás hay planos bonitos y violines llorones. La única música con sentido dramático que se usa es un brevísimo fragmento del “Adagio un poco mosso” del Concierto para piano N° 5 “El emperador” de Beethoven. Pero préparez vos mouchoirs (preparen los pañuelos) porque la emoción que provocan es pura y fuerte. Proviene de la acción, del movimiento, del hecho, no de la manipulación berreta seca-lagrimales yanqui. Lo de ellos no es el melodrama, no, es el drama seco, parco. Es como un bofetón. Como un bofetón merecido y bien dado, del que no hay que disculparse.

El chico de la bicicleta es un film de tres íes: insoslayable, imperecedero, inolvidable.

Un abrazo, Gustavo Monteros
(Ah, el padre de Syril es Jérémie Renier, el que hace de curita belga en Elefante blanco de Trapero.)