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viernes, 17 de abril de 2026

Programa doble - Hoy: Mastroianni - Pirandello


 

En dos años consecutivos, en 1984 y 1985, Marcello Mastroianni estrenó dos películas basadas en trabajos de Luigi Pirandello. Ambas compitieron también en el Festival de Cannes.

 

En 1984 se presentó Enrique IV (Enrico IV) basado en la obra homónima de 1922 de Pirandello, dirigida por Marco Bellocchio y en 1985 fue el turno de Las dos vidas de Matías Pascal (Le due vite di Mattia Pascal), dirigida por Mario Monicelli, basado en la novela de 1904 de Pirandello, El difunto Matías Pascal (Il fu Mattia Pascal).

 

Durante años Enrique IV de Marco Bellocchio fue conocida por la banda de sonido creada por Astor Piazzolla, que incluía el tema “Oblivion”. La película en sí había sido un fracaso de público y la crítica no fue muy entusiasta. Un caso indiscutible de algo hecho antes de su tiempo, porque hoy tiene una vigencia inusitada.

 

El argumento es sencillo. Bellocchio la circunscribe en el momento de su realización o sea 1984. Enrique (Marcello Mastroianni) está desde hace 20 años encerrado en un palacio creyéndose el rey alemán medieval, Enrique IV.

 

La “locura” comenzó 20 años atrás, en una fiesta de carnaval, cuando un grupo de ricos aristócratas hicieron una cabalgata histórica disfrazados de personajes históricos. El futuro Enrique se cayó del caballo y se golpeó la cabeza. Recuperado asumió la identidad del personaje histórico del que estaba disfrazado.

 

Ahora, un psiquiatra intenta una cura. Los integrantes de aquella cabalgata, incluida la mujer (Claudia Cardinale) de la que estaba enamorado Enrique, se presentarán ante el monarca disfrazados, luego se despedirán y a la noche, luces eléctricas mediante, le crearán un antichoque y lo obligarán a asumir su verdadera identidad.

 

El tema de la obra y de la película es el límite de la identidad. ¿Existe la identidad independiente de su entorno? Si se asume un rol y los que lo rodean pretenden creerlo, ¿quiénes son los locos y quiénes los cuerdos? Si el engaño es consentido, ¿existe la mentira o es un caso de lógica invertida, otra forma de verdad?

 

Puede que, en 1984, las ideas de Pirandello no encontraran correlación con el público, preocupado por otras cuestiones, pero hoy en día, con las fake news, el algoritmo que puede sostener lo que sea que elijas creer, con el triunfo de la subjetividad emocional por sobre la lógica y la verdad científica, más la noción de la autopercepción, el planteo Pirandelliano interpela con contundencia.

 

Mastroianni, que andaba en 1984, por sus 60 años, da una actuación extraordinaria, excelsa, antológica. Y el maestro Bellocchio lo rodea de una puesta en escena de mucha belleza. Dato curioso, la película dura una hora con 23 minutos. De donde se comprueba que la profundidad no tiene por qué ser larguera.

 

En mi opinión Las dos vidas de Matías Pascal del maestro Monicelli está en las antípodas. Dura 3 horas con 20 minutos, y, reitero, según mi entender, no está lograda, aunque no aburre y se sigue con interés. La único en común con Enrique IV, aparte de la presencia del inmenso Mastroianni, es que transcurre en el momento de su realización, es decir 1985.

 

Quizá el mayor escollo de esta adaptación cinematográfica esté en la esencia de la novela original, que si se la trae a la pantalla al pie de la letra puede pasear por varios estilos y géneros.

 

Para empezar, Matías Pascal, es un personaje muy desagradable: está malcriado, es cómodo, indolente, inmaduro, irresponsable, un inútil en toda la regla. Muere el padre, y la familia, integrada ahora por la madre y un hermano, pierde la fortuna reunida por el difunto, a manos de quien fuera el administrador de los bienes, Malagna (Néstor Garay).

 

A pesar de que la tía Scolastica (Helen Stirling) se los advierte, ni Matías ni su hermano hacen nada. El hermano al menos tiene la disculpa de vivir en la ciudad y estar casado.

 

Matías, cual patriarca medieval, le mete mano a Olivia (Clelia Rondinella), hija del cuidador de las viñas. El “romance” no prospera porque Olivia se casará con Malagna.

 

Pasada la boda, una pariente política de Malagna, Romilda (Laura del Sol), a instancia de su insoportable madre, la viuda Pescatore, le tira los galgos a Matías.

 

Comienza entonces una clara farsa sexual. Matías embaraza a Romilda, pero esta se va con Malagna, que dejará a Oliva porque esta no le da el hijo que busca, prefiere criar el que tendrá Romilda.

 

Matías embaraza a Oliva y le pide que le diga a Malagna, que es hijo de él.

 

Malagna deja a Romilda que es obligada a casarse con Matías. Matías y su madre (Flori Cantori) terminan viviendo en casa de Romilda y su madre, la viuda Pescatore (Rosalia Maggio). Romilda tiene una hija, que muere al poco tiempo de nacer.

 

La viuda Pescatore tortura y humilla constantemente a la madre de Matías. Cuando se entera la tía Scolastica se la lleva a su casa, pero ya es tarde, la madre de Matías muere de tristeza casi de inmediato.

 

Matías, en el interín, consiguió por intermedio de su amigo, Mino Pomino (Alessandro Haber) un trabajo de asistente del bibliotecario municipal, (Carlo Bagno).

 

A todo esto, el entierro de la madre de Matías se hace a todo lujo y lo paga la tía Scolastica.

 

Y como el hermano de Matías no vino a las exequias, le envió un dinero a Matías, que va a compartirlo con su esposa y su suegra, pero como lo insultan, no se los da y se va.

 

De casualidad se sube a un tren que va a Montecarlo. Se hace de una pequeña fortuna y cuando decide volver, se entera que en el pueblo del que viene lo han dado por muerto.

 

Entonces se va a Roma y asume el nombre de Adriano Meis.

 

Hasta aquí, a pesar de cambios menores, puede decirse que Monicelli es fiel a la primera vida de Matías, según Pirandello, pero cuando comienza la de Adriano se permite unas cuantas licencias.

 

En el libro original, Adriano (el ex Matías) termina en una pensión, en la que el género dominante es el de una comedia dramática con romance.

 

El dueño de casa es un viejo que cree en el espiritismo, creencia estimulada por el nuero, viudo de la hija mayor del viejo. Este tipo estafó a una profesora de canto madurita, a la que le quitó un dinero importante. Esta profesora actúa de médium. Ahora el malandra anda detrás de la hija menor de la que se enamoró Matías / Adriano, hasta aquí, Monicelli se ajusta al original.

 

En la novela de Pirandello, el nuero estafador le roba a Matías / Adriano una buena tajada de dinero. Como este no puede ir a la policía sin traicionar la doble identidad, a pesar de su amor por la hija menor del viejo, finge un suicidio y vuelve al pueblo, a recuperar su rol de Matías.

 

En la película de Monicelli hay toda una subtrama para conseguir documentos a nombre de Adriano, y antes de volver al pueblo, se lleva a la hija menor del viejo de luna de miel anticipada a Venecia. Gasta toda la plata que le queda en casinos, y cuando se queda sin un centavo y la chica le dice que está embarazada, se hace el suicidado y se va.

 

El género de esta parte es más bien de policial negro, y Matías que en la novela no queda bien parado, en la versión Monicelli es lisa y llanamente un hijo de su mala madre. Eso sí, Monicelli respeta el final original, que no contaré.

 

Monicelli es uno de los grandes de cine italiano, pero fue tan prolífico que no todas sus películas tienen el nivel de excelencia indiscutida que alcanzan, por ejemplo, La armada Brancaleone o La grande guerra o Los desconocidos de siempre.

 

Esta es una película fluida, prolija, bien contada, pero sin un punto de vista claro. No se inmiscuye con el tema que Pirandello trata en la novela original: ¿se puede tener una identidad no contaminada por la visión de los otros, que por la estructura social dominante pueden determinar quienes tenemos que ser? Monicelli se inclina más por los vaivenes del destino, como los trata el policial negro.

 

Como sea, no empañan un recuerdo que aprecio. Mastroianni, como actor, y Monicelli, como director, hicieron una de las películas que más amo y nunca me canso de ver, un capolavoro de aquellos: Los compañeros.

Gustavo Monteros

viernes, 15 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: La velada más hermosa de mi vida - Un burgués pequeño, pequeño



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La velada más hermosa de mi vida – Un burgués pequeño, pequeño

 

En La più bella serata della mia vita / La velada más hermosa de mi vida (Ettore Scola, 1972) Alberto Sordi hace una de sus especialidades, un personaje que es vano, amoral, machirulo. Un tal Alfredo Rossi que anda por Suiza para cobrar un dinero que no se supone muy limpio. Cuando va a depositarlo, el banco ya ha cerrado y debe esperar hasta el día siguiente. En vez de ir al hotel donde se aloja, persigue con su auto a una bella motociclista con la intención de tener un encuentro sexual. Ella lo aleja de la ciudad y lo pierde entre las montañas. El auto se le descompone, pide auxilio y un carro lo deja en una especie de palacio fortificado, propiedad del conde de La Brunetière (Pierre Brasseur), un noble, exabogado de profesión, que viene de una cacería, acompañado de viejos colegas, como el exfiscal Zorn (Michel Simon), el exjuez Dutz (Charles Vanel) y el asesor legal Bouisson (Claude Dauphin). Todos lo invitan a pasar la noche en el castillo mientras le arreglan el auto. Y para que la cena sea más atractiva le proponen un juego, le harán unas preguntas para interiorizarse de su vida y lo juzgarán por algún delito que consideren haya cometido en algún momento de su vida. Alfredo Rossi, encantado de ser el centro de atención, contará más de una indiscreción y les fundamentará a estos viejos leguleyos más de una acusación penal. La cena es pantagruélica, literalmente, en comida y bebida. Y a pesar de los excesos etílicos, Rossi comienza a darse cuenta, de que el juicio no es tan juguetón como se pretende y quizá vaya más en serio de lo que quiere admitir. Esta extrañeza va ganando el ánimo del espectador y uno comienza a dilucidar hasta dónde es un juego, hasta dónde es realidad, si se trata de una comedia que los viejos y aburridos abogados montan para recuperar por un rato los laureles perdidos o si es un proceso legal un poco sui generis, pero formal y de condena firme. Mientras lo dilucidamos, se nos instala la pregunta de qué es en realidad un proceso legal, ¿una representación teatral o una convención ritual para impartir justicia? ¿En qué consiste lo que llamamos justicia? Cuando no se trata de una falta concreta, como el asesinato de alguien, el robo perpetrado o el abuso comprobado, ¿qué se juzga en realidad? ¿La intención, lo que elegimos entender o los prejuicios enquistados? La trama se basa en un relato de Friedrich Dürrenmatt, al que Scola profundiza con maestría para que surja con meridiana claridad la ironía encerrada en el título. ¿La más bella? Hum…

 

En un Un borghese piccolo piccolo / Un burgués pequeño, pequeño, (Mario Monicelli, 1977) Sordi redondea otro tipo de personaje al descrito arriba, aunque es asimismo otra de sus especialidades, un personaje gris, cauto, medroso. Aquí es un tal Giovanni Vivaldi, casado con Amalia (Shelley Winters) y con un hijo veinteañero, Mario (Vincenzo Crocitti) recién recibido de contador. Giovanni trabaja en una dependencia pública que se ocupa de las jubilaciones. Quiere que su hijo entre a una oficina igual a la suya, con un cargo igual al suyo conquistado después de toda una vida de trabajo, aunque en el caso del hijo, por el título universitario no será la culminación de una carrera, sino el inicio de un camino seguro y empinado, porque el Estado nunca se funde. Pero el puesto no se gana por acomodo sino por examen, al que se presentan miles de participantes de todo el país. Aunque para lograr alguna ventaja como asegurarse de que se lo puntee alto o de conocer los temas del examen, Giovanni no duda en chuparle las medias a su jefe, el Dr. Spaziani (Romolo Valli), que le recomienda que se haga masón. Para Giovanni esto transgrede sus creencias católicas de toda la vida, pero no duda ni un instante, para asegurar el futuro de su hijo atravesaría el fuego si fuera necesario. Se lo comprende, pertenecen al estamento más bajo de la clase media. Viven en un departamento chiquito, de una sola habitación, Mario duerme en el living-comedor, con un balcón a la autopista, el auto que poseen es viejo y modesto, tienen una casucha de fin de semana con un muelle mohoso y podrido que da a un lago o río, feo como el más feo de los lagos o ríos, la heladera del departamento está rota y no pueden cambiarla ni arreglarla y todos visten apenas decorosamente dignos, tanto que a fuerza de esmeros le sacan provecho a una vieja corbata de seda, que hace mucho tiempo pasó por lujosa. Es decir que, si Mario gana el puesto, muchas cosas mejorarían. Pero el destino no es piadoso y en un segundo un giro sorpresivo pone todo patas para arriba…Y Giovanni, por casualidad o designio superior, termina en juez y jurado de presuntos inocentes de arraigada culpabilidad. ¿Acaso el bosque elige derribar algunos árboles para mantener su fortaleza? ¿Acaso la naturaleza mantiene el equilibrio a mansalva y suprime lo que la debilita? O ¿es la mala suerte, a secas y sin pretensiones, la que determina quién gana y quién pierde? Estipulando de paso algún equilibrio de manutención o supervivencia. Algo así como que sobreviva el más fuerte…O no.

 

Alberto Sordi fue una estrella atípica, un capo-cómico de excepción, tanto en los resultados como en los talentos. El hombre no es muy agraciado de ver, la voz es de horrible a fea, y sus comportamientos corporales desconciertan o causan estupor. Pero le afloran por todos los poros una humanidad flagrante. Y su personaje puede ser un miserable como Alfredo Rossi o un chivo expiatorio (solo Dios sabe de qué) como Giovanni Vivaldi, pero Sordi sabrá redimirlos con la carcajada de quién sabe de qué va la vida (Alfredo Rossi) o con el golpe de quién castiga no para vengarse sino para poder seguir viviendo (Giovanni Vivaldi). En definitiva, a algunos actores no se los respeta por ser llamativamente lindos u ostensiblemente feos, sino por ser honradamente humanos.

Gustavo Monteros

 

viernes, 28 de julio de 2023

Programa doble - Hoy: Vida de perros - Aquí río yo



 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Vida de perros – Aquí río yo

 

El teatro es a la vez un templo pagano de deidades efímeras y un rito pernicioso que, en su esplendor pasajero, sella destinos trágicos o tangueros, tanto de oficiantes como de integrantes del público.

 

Vitta da cani / Vida de perros (Mario Monicelli / Steno, 1950) y Qui rido io / Aquí río yo (Mario Martone, 2021) hacen del teatro su razón de ser.

 

En Vida de perros, salvo el prólogo que presenta a uno de los personajes, toda la acción transcurre entre dos viajes en tren que llevan a una compañía de revistas en gira por el interior de Italia a fines de los cuarenta. Y si bien parece centrarse en las andanzas y trapisondas del capo cómico, Nino Martoni (Aldo Fabrici), ilustra en realidad las peripecias que determinan la suerte de tres chicas del elenco: la bailarina Vera (Delia Scala), la abre telones Franca (Tamara Lees) y la inesperada vedette Margherita, luego Rita Buton (Gina Lollobrigida). Una logrará el estrellato, otra la dicha conyugal y la tercera el romance con la muerte. Tres cosas llaman la atención. A pesar de suicidios, mugre, humillaciones, atropellos, vejaciones, los personajes tienen unas ganas locas de vivir, ni que salieran de una guerra. Dos, la canción cómica que hace la Lollobrigida es de una gracia y de una picardía tan gozables como indiscutibles. Y tres, el amor no anda con distingos, se tenga la pinta de un Mastroianni joven o se sea el hombre más feo de la historia, Cupido depara amarguras y no correspondencias para todos. Como si quisiera estar más acorde con la realidad y se negara a prodigar finales felices en los que le cuesta creer. Retaceos que no impiden que uno la pase de lo más bien mientras transcurre. Y la metáfora de la vida de perros no solo se aplica al otro lado del espejo del mundo del espectáculo, sino al trasfondo de la vida misma, un día cucha, caricias y comida y al siguiente, pulgas, patadas y desamparos. Como sea, nunca falta quien llene los escenarios y a pesar de los llantos y quejas, el mundo sigue y sigue. No en vano, los perros sueñan.

 

En Aquí río yo, el capo cómico Eduardo Scarpetta (Toni Servillo) no tiene de qué quejarse. En la Nápoles de principios del siglo XX, espectadores fieles y entusiastas le llenan el teatro todas las funciones. Ha creado un tipo, una máscara, Felice Sciosciammocca, que ha desterrado al olvido al hasta ayer rey de la risa napolitana, el personaje infaltable en casi todas las comedias, el celebérrimo Polichinela. Tanto éxito desata odios, recelos y envidias. El mismísimo Gabriele D’Annunzio, por celos artísticos quizá, le tiende una trampa. Lo deja embarcarse en la parodia de una obra suya, prometiéndole la autorización que nunca le otorga. El día del estreno le manda abucheadores y más tarde le entabla un juicio por plagio. Y el pobre Scarpetta más que regurgitar las hieles del éxito, descubre las fragilidades de una fortaleza que creía inexpugnable. La máscara se resquebraja y vemos lo que él no puede ver: que es un déspota, un prepotente, un ególatra sin remedio, un reverendo hijo de su madre en ropajes de falsa generosidad, nula buena intencionalidad y un presunto poliamor que no es más que narcisismo. El hombre tiene un harén, literalmente. Una esposa legítima y numerosas amantes (una de ellas hermana de su esposa) que habitan la misma casa y las colindantes. Con todas tiene hijos, a los que no reconoce, y presenta al mundo como sus “sobrinos”. La prole es adiestrada en los secretos del oficio teatral y si alguno se rebela, se lo encauza y si tiene talento cero para el escenario, se lo instruye en labores adyacentes, como la contabilidad. Uno de sus “sobrinitos” quiere saberlo todo sobre el arte escénico. Es apenas un niño, pero hace copias de las comedias, se sabe el papel propio y el de los otros por si le toca sustituirlos, estudia al detalle los modismos, las técnicas, las intuiciones con las que Scarpetta seduce a su público. Es que este pequeño es el futuro Eduardo de Filippo (gloria de la escena italiana y mundial, actor insoslayable, director inventivo como pocos y dramaturgo sencillamente genial). Cuando su hermano menor, Peppino se resista a actuar, lo convencerá que debute señalándole el escenario y diciéndole: Ahí está nuestra libertad. La hermana apenas mayor de ambos, Titina, ya es más que una promisoria primera actriz con brillo propio. Eduardo (hasta su muerte, el público italiano llamará a Eduardo de Filippo solo Eduardo, como si no hubiera otro) resiente el poder de Eduardo Scarpetta. Y si no lo odia, le pasa raspando. La supeditación indolente de su madre al poder inmarcesible de Scarpetta lo rebela, pero se traga la lengua porque sabe que ya llegará su momento. Scarpetta supuestamente cederá la jefatura de la compañía a su hijo primogénito y legítimo, Vincenzo (un tal Eduardo Scarpetta lo interpreta y aparte de homónimo del personaje principal de este filme es un pariente directo), pero no termina por decidirse y Vincenzo, harto de tanto coqueteo, quiere abandonar la empresa familiar y dedicarse al incipiente cinematógrafo. Eventualmente, cuando alcancen la mayoría de edad, Titina, Eduardo y Peppino de Filippo iniciarán su propia compañía que además de exitosa influirá en el desarrollo del teatro italiano y mundial del siglo XX. Terminada la Segunda Guerra, Eduardo revivirá el tipo Polichinela, ¿en venganza contra el legado de su padre? El título de esta película reproduce la frase inscripta a la entrada de la mansión de Scarpetta: Aquí me río yo. Este film se complementa con otro que espero ver pronto, I Fratelli De Filippo (2021) de Sergio Rubini, sobre la juventud y triunfo de los hermanos De Filippo.

 

De algunas películas me quedan frases. De esta Qui rido io, creo que no olvidaré la que dice la madre de los De Filippo. La pobre anda desazonada porque han confinado a Peppino a vivir en el campo. Entonces Eduardo le aconseja: “Mamá, ¿por qué no se recuesta y descansa?” La mujer que no hace otra cosa que estar lista para Scarpetta le contesta: “¡Descansar! ¿De qué? ¡Si no hago nada en todo el día!” Y esta réplica más que quedárseme, me reverbera, me obsede. Es que la envidia me sofoca y me hace pensar que el infierno de esta señora se parece mucho a mi idea de paraíso. Y aquí yo no río.

Gustavo Monteros

martes, 1 de julio de 2008

Los compañeros

Cuando tenía 9 u 11 años, vi Los Compañeros en un ciclo auspiciado por la embajada italiana en el Cine Teatro Catamarca… y fue una epifanía. La deslumbrante revelación de que el cine podía ser esencialmente bello y conmocionante. ¡Las pantallas podían albergar algo más que las aventuras de Tiburón, Delfín y Mojarrita!


En los últimos meses me di cuenta de que en distintas conversaciones y por diferentes motivos, se me aparecían Los Compañeros. Y una tarde, en la que por razones que no vienen a cuento, me arrastraba el ánimo, para contrarrestar tanta tristeza me fui al centro a ver si entre los kioscos de 7 encontraba el DVD de Los Compañeros que hace 3 ó 4 años sacó Página 12.


Lo encontré, pero en el camino de vuelta a casa, me asaltó la duda. ¿Y si había envejecido muy mal como tantas otras películas? ¡No! Sigue tan fresca, joven y vital como cuando la estrenaron.


Cuenta un modesto capítulo de las sangrientas luchas que llevaron a la aceptación y promulgación de los derechos del trabajador. Estamos en Turín a fines del siglo XIX. Hay una fábrica textil en la que se trabaja 14 horas diarias, con un breve recreo que no alcanza ni para merendar decentemente. Un operario, por cansancio o por la monotonía del trabajo mecánico, pierde un brazo en un descuido. Los demás comprenden que, de ahora en más, él y su familia dependerán de la esporádica caridad pública para escapar por un rato a la miseria más absoluta. Comenzarán primero una protesta y luego una huelga que tendrá imprevisibles consecuencias.


Es una obra maestra. No hay fotograma que no esté contando algo, no hay escena que no esté sumando para concebir un todo maravilloso. Es como si un talentoso pintor fuera pintando un fresco grandioso ante nuestros ojos, y cuando la película termina es como si nos alejáramos unos pasos y contempláramos esta creación de gran belleza que atestiguamos trazo a trazo y que ya nunca olvidaremos.


Es profundamente humana. Muestra más de una miseria, pero también noblezas y generosidades que podrían llegar a rescatarnos de la ira divina.


Todos los actores están impecables, pero anda por ahí el gran Marcello. Si el oficio de actuar es primordialmente iluminar o hacer asequible el comportamiento humano, muy pocos lo ejercieron con la genialidad y la humildad de Mastroiani. Actuaba como si jugara. Hacía todas esas cosas complicadísimas que le pedían los grandes directores como si no le costara nada. Actuaba sin alharacas ni narcisismos, como si lo único que lo diferenciara del carpintero, tiracables o chofer de la filmación fuera que él estaba delante de la cámara. Aquí interpreta a un intelectual hambreado y muy chicato. Hay una escena en que todos corren perseguidos por la policía. Es un plano general, él está perdido en la multitud, y corre (doy fe porque uso anteojos desde la cuna) con la torpeza del que no ve el suelo que pisa, con miedo de perder los anteojos que mucho no le sirven, pero sin los cuales estaría perdido. No hay para él un plano detalle, es uno más, sin embargo incluso en esa toma multitudinaria se toma la molestia de contarnos su personaje. Un grande. Un genio. Algo bueno debemos haber hecho para que Dios o el Big Bang nos regalara semejante artista.


Unos días más tarde veía Bajo el sol de Toscana, una comedia romántica tópica que había grabado de la TNT. Es sobre los que descubren su lugar en el mundo en forma fortuita e inesperada. La protagonista, Diane Lane, a lo largo de la película, ve desde su balcón a un viejito que le cambia las flores a una imagen que está en una pared al otro lado de su calle. Es un viejito mala onda, de mirada límpida y profunda, como la de alguien que no ha vivido al pedo. Ella lo saluda, pero él la ignora. Ella quiere ser saludada por él, siente que sería la ratificación definitiva de que es aceptada, de que al fin pertenece a ese lugar. La película está por terminar y ella vuelve a verlo. Como yo estaba viendo el video entre dos clases, decía para mis adentros: “que no la salude, que no la salude, que quede como cuenta pendiente,” porque no se trataba de que yo fuera a mi próxima clase conmovido hasta los tuétanos. (A mí, los súbitos gestos de solidaridad y generosidad me matan, porque siento que es ahí cuando amamos la humanidad, no ya en nosotros sino en cualquiera de los otros). Y ella lo mira y él no la saluda y se va. Pero de repente se da vuelta, la mira y se lleva la mano al sombrero. Y quedo ahí, conmovido, mirando los títulos, aunque llegue tarde a mi clase, para saber quién hace el papel de viejito. No es ni más ni menos que ¡Mario Monicelli, el director de Los Compañeros! Y memorizo el nombre de la directora de Bajo el sol de Toscana, Audrey Wells. Porque quien teniendo la oportunidad, valora, reconoce y convence a Monicelli (que no es actor) para que haga ese papelito, merece que se la recuerde.


Un amigo mío dice que el mejor cine del mundo lo hicieron los italianos. Es una generalización y una exageración. Pero cuando veo Los Compañeros, El Gatopardo, La Strada, Umberto D, Érase una vez en América, Un día muy particular o Pasqualino 7 bellezas, me dan ganas de darle toda la razón.

Un abrazo
Gustavo Monteros