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jueves, 4 de julio de 2019

El fin del sueño americano





Y a 17 años de una experiencia en el corto, en 2016 Ewan McGregor debutó en el largo. No se la hizo fácil. Eligió una novela de Philip Roth, American Pastoral, que a la complejidad del tema le suma un largo reparto y es de época. Aquí le pusieron un título revelador de la trama: El fin del sueño americano.


El Sueco Levov (Ewan McGregor) y su esposa Dawn (Jennifer Connelly) son la personificación hecha y derecha del famoso Sueño Americano. Él fue una estrella deportiva en la escuela, fue a la guerra y volvió sin un rasguño, llevó el negocio familiar a nuevas cumbres, es un pequeño Rey Midas. Ella fue una reina de la belleza, con su hermosura y la fuerza de su carácter logra torce el brazo de su suegro y ser aceptada en la familia de su novio. Ellos tienen una hija que es un sol, aunque algo le pasa, de niña tiene  un tartamudeo que no se debe a razones fisiológicas y cuando crece y se convierte en Dakota Fanning, es tentada por los grupos más radicalizados de los sesenta.


McGregor más que contar la historia, la ilustra. A su trabajo le falta rugosidad, espesor. Todo se nombra y se ve más que lo que transmite o se vive. Sin embargo, su labor es bella y fluida y obtiene grandes trabajos actorales.


Jennifer Connelly está espléndida y deslumbra con los innumerables matices con los que abunda su caracterización. Los que me conocen más cercanamente saben que Dakota Fanning no es santo de mi devoción y blanco de cuanto chiste se me ocurra. Sin embargo, debo admitir que aquí está impecable. Las mejores actuaciones son para mí aquellas que uno ve sólidas pero en las que los actores no develaron todas sus trampas, en las que uno si se topara con ellos quisiera averiguar en qué pensaba cuando la armó, qué sentía o qué secreto se guarda. Aquí doña Dakota logra eso, me encantaría preguntarle para ella qué es lo que lleva el personaje a hacer lo que hace.


El único pero del elenco es el propio Ewan, en otra película menos compleja quizá pudiera autodirigirse mejor, aquí solo alcanza la corrección. No es poco, pero suena a poco en lo que nos suele entregar.


De todos modos creo que merece verse, porque el material es bueno y habilita preguntas y discusiones. Si las historias de amor duradero son un misterio irresoluto, las de las frustraciones entre padres e hijos son el colmo de la intriga. ¿Qué se pudo hacer para que lxs hijxs no se fueran tan al carajo? ¿Qué se hizo mal? ¿Se pudo evitar? Ah, si supiera las respuestas sería sabio y rico.


El fin del sueño americano puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros






jueves, 6 de octubre de 2016

Un traidor entre nosotros

En un principio su novelística se concentró en los soterrados enfrentamientos de la Guerra Fría con sus bandos bien diferenciados, de un lado La Rubia Albión con su socio obligado, el Tío Sam, y del otro La Madre Rusia. Agotada que fue la vertiente, más la caída del Muro de Berlín que volvió obsoleto su mundo anterior, John Le Carré amplió sus horizontes y resaltó las diferentes formas internacionales de la plutocracia que se sobreimponen a las democracias y nos señaló que las compañías farmacéuticas, por ejemplo, nada tiene que envidiarle a las mafias o los carteles narcos, hasta pueden ser incluso más dañinas. Su esquema novelístico comenzó a usar inocentes que quedan en el centro de la puja entre intereses poderosos, generalmente los de la Inteligencia Británica y los antagonistas de turno, mafias varias, lavadores de dinero, empresas armamentísticas, etc.


Esta vez, los inocentes son una pareja, Perry (Ewan McGregor) y Gail (Naomie Harris) en vías de recomposición de una relación que se sabe dañada y que buscan reencausarla en una paradisíaca Marruecos. La casualidad hace que se topen con un mafioso ruso, Dima (Stellan Skarsgard) que necesita hagan llegar a la Inteligencia Británica un pendrive con información confidencial, que bien podría valerle a él y su familia asilo en Gran Bretaña, algo que deberá negociar Hector (Damian Lewis), que así  podría hacerle pagar a su exjefe, Aubrey (Jeremy Northam) una afrenta muy personal.


A contramano de anteriores logros de Le Carré, la trama no es perfecta. Las motivaciones de algunos personajes tienden a la endeblez extrema, hay giros argumentales que exigen más de un salto de fe y ciertas resoluciones son harto discutibles. En el guión, al menos, el conflicto entre Hector y Aubrey está más vociferado que desarrollado, nunca se entiende demasiado por qué Perry y Gail están tan dispuestos a arriesgarse por Dima y su familia, se vislumbran razones que jamás se explicitan, y demanda una gran suspensión de la incredulidad que gente tan paranoica soslaye que adolescentes y teléfonos celulares van en tándem y ni se les ocurra secuestrárselos o pedirles que no los usen.


El elenco es parejo y efectivo, aunque sobresale el gran Stellan Skarsgard como el patriarca ruso, su labor se agiganta en comparación con lo conseguido en la imperdible serie River que puede verse en Netflix. El contraste entre estos dos personajes tan dispares revela la inmensidad de su talento.


Dirigió con esmero Susanna White de gran experiencia en la televisión, lo que tomando en cuenta la excelencia que alcanzó en los últimos tiempos la ficción televisiva no es poco aval. La trama pasea sus personajes por Marruecos, Londres, París, Berna entre otras atractivas locaciones, algo que siempre suma.


En resumen, si se está dispuesto a ser crédulo y dejarse llevar sin exigir rigores argumentales, entretiene. No es poco, ostenta debilidades, pero no insulta la inteligencia.


Gustavo Monteros

jueves, 22 de enero de 2015

Mortdecai



Mortdecai es la gozosa recuperación de un género que surgió a fines de los cincuenta, floreció en los sesenta y languideció en los setenta: la comedia policial o de acción con paisajes, llena de personajes torpes que se creen estrambóticos y son puro estereotipo. Ejemplos arquetípicos, si los hay, son los dos primeros Peter Sellers-Blake Edwards-Jacques Clouseau: La pantera rosa (1963) y Un disparo en la sombra (1964) antes de que redujeran al querido Clouseau a un artificio mecánico.


Mortdecai (Johnny Depp) es un sofisticado comerciante de arte a quien se le pide recupere una pintura que podría tener el número de una cuenta bancaria con oro nazi. El hombre está casado con una noble dama, Johanna (Gwneth Paltow) y cuenta con la ayuda de un lacayo, Jock Strapp, (nombre que juega con jockstrap, o sea suspensorio) (Paul Bettany). En la trama no será menor la participación del inspector Martland (Ewan McGregor), unos rusos, un terrorista y otras yerbas.


En estas películas al margen de los gags y de las líneas cómicas, importan mucho el vestuario y la dirección de arte, aquí muy convenientemente estilizados y cuidados.


Detalle para los que dominan el inglés, los estadounidenses con residencia en Inglaterra, Depp y Paltrow, y el escocés McGregor se divierten como perros imitando el acento de las clases altas inglesas, una impostada posh received pronunciation (que para evitar la traducción textual, equivaldría a algo así como “pronunciación educada de clase alta”) que es una auténtica delicia.
Cruzo los dedos para que sea un éxito mundial y se transforme en franquicia. Como primera aventura no está mal, por momentos se extraña más ingenio, pero este cuarteto protagónico (Depp, Bettany, Paltrow, McGregor) podría llegar a alcanzar cumbres de delirio en sucesivas desventuras.Dirigió David Koepp.


Esta película se destaca entre los estrenos de esta semana porque no está nominada para ningún premio, lo cual es una tranquilidad que le suma encanto. La disfrutamos porque sí, por lo que es, sin la presión del imperativo social a que nos guste por estar nominada a algo por gente que se supone sabe de algo. 


viernes, 7 de febrero de 2014

Agosto

  


August: Osage County (Agosto para los íntimos) fue primero una obra de teatro perteneciente a la categoría (denominada por mí en broma o no tanto) de drama potente. La escribió el actor Tracy Letts, lo que de antemano garantizaba conflictos fuertes y caracterizaciones nítidas. Los actores cuando escriben teatro no olvidan que hay que poner el cuerpo, despertar y mantener la atención del espectador todas las noches durante toda la función.  Saben pues que conflictos y personajes poderosos valen más que las palabras lindas, los juegos estilísticos o las ideas ambiciosas. Y Tracy Letts se aseguró, como decimos en Argentina, de poner toda la carne al asador. La obra se inscribe en la tradición de las familias disfuncionales, en este caso con secretos inconfesables e inconfesos que bien podrían vertebrar una tetralogía. Como relaciones complejas y secretos más o menos oscuros tenemos todos, la obra fue un éxito internacional. Aquí se la conoció en una puesta intachable dirigida por Claudio Tolcachir con inmejorables actuaciones de todo el elenco y en especial de Norma Aleandro y Mercedes Morán, quién firmó también la fluida adaptación (no la trasladó a Chubut o Catamarca, pero universalizó o “argentinizó” con buen tino las peculiaridades estadounidenses). (En lo personal me es imposible olvidar que fue la última participación escénica de Juan Manuel Tenuta en un gran personaje vertido con la nobleza que lo distinguía).


El argumento se centra en una reunión familiar debida a… no, mejor eso no lo cuento. De a poco se perfilarán las personalidades de los integrantes, las relaciones que mantienen y, claro, los secretos insospechados jamás develados. El trámite es atrapante, apasionante incluso. El éxito, como el miedo, puede ser distraído pero jamás es tonto. Un texto valioso ensombrecido, en mi discutible opinión, por la resolución del conflicto de Julianne Nicholson y Benedict Cumberbatch, el autor pretende que roce la tragedia griega, aunque para mí está más cerca del culebrón clásico. Detalles, nomás.


El propio Letts se ocupó de la adaptación cinematográfica. La obra tiene muchos personajes y es larga, alrededor de tres horas. No escamoteó personajes para el cine, aunque podó unos cuantos conflictos (luce acotada la escena del porro entre Abigail Breslin y Dermot Mulroney,  por ejemplo) y eliminó subtramas por completo (aquí el sheriff interpretado por el incipiente Will Coffey es solo una breve presencia y luego una referencia) hasta que redondeó las saludables dos horas que dura el film.


Los títulos iniciales del film consignan en primer término al director de casting (el responsable de elegir el elenco). No es gratuito. La obra y ahora el film son un artefacto de actores. Y este elenco, tal como el argentino del estreno teatral, es soñado. Combina estrellas, con secundarios de lujo y promisorios recién llegados. Todos restallan talento, sin embargo (era previsible) el espectáculo, como siempre que tiene un papel jugoso, lo da Meryl Streep. ¿Qué decir de ella que albergue todo su talento, el que catapulta a nuevas alturas con cada nueva creación? Resumamos con un “es prodigiosa” y crucemos los dedos para no quedarnos cortos. Aquí el guión y la dirección le dan una entrada a escena al estilo clásico, como la que se prodigaba a Bette Davis o Greta Garbo, por ejemplo, en el viejo Hollywood y que Meryl aprovecha para volverse inolvidable desde el primer segundo. Después, en la escena de la comida graduará su arsenal para provocarle a la Roberts la reacción física apropiada. Y no sigo para no engolosinarme y ponerme pesado, pero a cada línea, a cada mirada, a cada intención la calibra el genio. Perdón, pero lo que hace en el monólogo de las botas es una master class de cómo se maneja el aquí y el ahora. A Julia Roberts el haber hecho teatro en Broadway le vino muy bien, ha aprendido a bastonear (comandar una escena marcando el tempo del conflicto) sin depender de los planos o de la secuenciación, que tanto le facilitan la vida al actor de cine. Está gloriosa y sutil en la escena del auto con Juliette Lewis, en el cuento de los loros, en las discusiones con el bueno de Ewan McGregor, en la escena con las otras dos hermanas y en cada momento que comparte con Streep. Es hasta la fecha su actuación más lograda, más en dominio de todos sus recursos. Los demás, sin excepción, hasta el breve médico o el más breve dueño de la licorería, dan con la carnadura precisa y ejemplar de sus personajes.


Dirigió, procurando no entorpecer el superlativo trabajo actoral, John Wells (The company men). Es asimismo muy bella la partitura de Gustavo Santaolalla.


En resumen, un texto seductor para que actores y espectadores nos demos un festín.

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 28 de marzo de 2013

6 estrenos 6

Estas crónicas son ante todo un servicio. Elegimos uno de los títulos que se estrenan y lo analizamos para que ustedes puedan saber si les interesa o no verlos. Esta semana se estrenan no uno ni dos, sino ¡seis! films. Ninguno de los cuales tengo ganas de ver, más que nada porque estoy de ánimo para un policial negro tipo Barrio Chino, El halcón maltés o La novicia rebelde (uy, La novicia rebelde no es un policial negro, pero como hace dos milenios la daban en Semana Santa, se me coló) y no hay. Bueno, la cuestión es que por más que yo no tenga ganas de ver nada, esto no es óbice (óbice, ¡qué linda palabra!) para que no cumplamos con el servicio, así que al menos reseñaremos dichos estrenos. Allá vamos.



 El primero es una película de terror. La memoria del muerto de Valentín Javier Diment con Horacio Acosta, Raquel Albéniz, Jimena Anganuzzi, Lola Berthet, Belén Brito, Ana Celentano, Rafael Ferro y Gabriel Goity. En general, salvo alguna excepción como El orfanato no hacemos crónicas de películas de terror, por tres motivos. 1) No somos adeptos al género. 2) Debido al punto uno, salvo los viejos clásicos como Frankenstein, el Drácula de Lugosi o los de Christopher Lee o los Halloween de John Carpenter no hemos seguido el desarrollo del género y no sabemos mucho, y como ya hay demasiada gente que habla de lo que no sabe, no queremos sumarnos a la sanata generalizada. Y 3) Los fanáticos del género no necesitan análisis para ver un film, se estrena uno y allá van. Lo sé, soy fana del musical y he visto hasta ¡Grease II!


El segundo estreno es Jack, el cazagigantes de Bryan Singer (Los sospechosos de siempre, El discípulo, X - Men, Superman regresa, Operación Walkiria). Reformulación del cuento infantil clásico de Jack y las habichuelas mágicas en versión súper producción pochoclera. Habrá fantasía, hallazgos visuales, alguna humorada lograda y buenas actuaciones. También… ¡con ese elenco!: Nicholas Hoult, Eleanor Tomlinson, Ewan McGregor, Stanley Tucci, Eddie Marsan, Ewen Bremner, Ian McShane.



El tercero es Proyecto 43, película dividida en cortos de Bob Odenkirk, Elizabeth Banks, Steven Brill, Steve Carr, Rusty Cundieff, James Duffy, Griffin Dunne, Peter Farrelly, Patrik Forsberg, Will Graham, James Gunn, Brett Ratner, Jonathan van Tulleken de humor grueso, absurdo, políticamente incorrecto, de espíritu adolescente, escatológico, con afán de escandalizar. La novedad es que cuenta con un elenco de estrellas como Dennis Quaid, Greg Kinnear, Hugh Jackman, Kate Winslet, Liev Schreiber, Naomi Watts, Emma Stone, Richard Gere, Justin Long, Uma Thurman, Gerard Butler, Seann William Scott, o Terrence Howard. No sé el todo, pero en estos casos, uno que otro corto puede estar logrado.


El cuerto es GI Joe el contraataque de Jon M. Chu con Dwayne Johnson, D.J. Cotrona, Channing Tatum y ¡Bruce Willis! O sea la típica película con músculos, testosterona y cosas que explotan cada cuatro minutos. La veremos en algún momento porque siempre hay un domingo a la tarde de lluvia en el que las opciones son planchar las camisas para la semana o ver una peli de acción elemental y ¡adivinen qué elegimos! Y porque siempre vemos las pelis de Bruce Willis, aunque, querido Bruce, no te digo que hagas Shakespeare (bien podrías, talento no te falta) pero de vez en cuando ¿no podrías elegir un proyecto con alguna clase de argumento o con algo que se parezca a personajes? De más está decir que el querido Bruce ya tomó nota de mi objeción y ya está volando a Suecia para buscar con Liv Ullman un guión perdido de Ingmar Bergman y transformarlo en Duro de matar XVIII.

Respecto del quinto y sexto estreno, copiaremos a The guardian (que decimos que es de Londres, aunque por origen es de Manchester) que analiza tráileres (la viejas y queridas colas). Los tráileres son reveladores. Pueden vender mal una buena película, aunque las bondades de la misma trascienden y se “ven”. Se registra en toda la historia del cine que sólo hubo un caso, uno, de una excelente cola que vendió un film malísimo transformándolo en interesante, atractivo, caso del que nos ocuparemos en alguna otra ocasión.




Según el tráiler, Verano del 79 (Le skylab) de Julie Delpy (actriz identificada por la serie de films de Richard Linklater que compartió con Ethan Hawk: Antes del atardecer, Antes del amanecer, Antes de medianoche) es el viejo y querido relato costumbrista-pintoresco de relaciones familiares y del paso epifánico de la niñez a la adolescencia. Si no anduviera en ánimo de policial negro, quizá me hubiera aventurado a verla.



Y por último La reconstrucción de Juan Taratuto (No sos vos, soy yo, ¿Quién dice que es fácil?, Un novio para mi mujer) con Diego Peretti, Claudia Fontán y Alfredo Casero. Este tráiler es muy pero muy singular: cuenta toda la película. Promete ternura, lecciones de vida y por la naturaleza del elenco, actuaciones destacadísimas.

Esperamos haber sido de utilidad. ¡Felices Pascuas! ¡Feliz Fin de Semana Súper Largo!
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 11 de enero de 2013

Lo imposible


Misterio respecto del argumento no hay. Lo imposible es de esas películas de las que uno sabe de qué van antes de entrar. En este caso, la historia de una familia que sobrevivió al tsunami de Tailandia en 2004. El desastre primero los separó aunque luego pudieron reencontrarse. Cuando el qué se conoce, las expectativas se centran en el cómo. ¿Lograran interesarnos? ¿Caerán en golpes bajos? ¿Podrán comunicarnos en imágenes la dimensión humana de esta peripecia única? Las respuestas son Sí, No, Sí.
 


Un padre (Ewan McGregor), una madre (Naomi Watts) y sus tres hijos, Lucas (Tom Holland) el mayor, de unos 13 años, Thomas (Samuel Joslin) de unos 7 años y Simon (Oaklee Pendergast) de unos 5 años van a pasar las vacaciones de Navidad a Tailandia, entendida como uno de los paraísos terrenales (¿por qué los paraísos son siempre con playas, palmeras, vegetación exuberante y cielos refulgentes?, ¿por qué la montaña y el bosque no califican de “paraíso”?). Bueno, la cuestión es que la están pasando de lo más bien cuando de repente lo impensable sucede. La naturaleza pega un sacudón y el paraíso queda patas para arriba. Mamá Naomi y Lucas, el mayor, son arrastrados por la ola gigante. Papá Ewan y los dos menores sobreviven cerca del complejo hotelero donde se alojaban. La historia se centra más en la supervivencia de Mamá Naomi y Lucas que en la de los demás, de allí que sobre todo Watts padezca los impecables efectos especiales. Como en Más allá de la vida (2010) de Clint Eastwood, la secuencia del tsunami alcanza una conmoción sobrecogedora (literalmente sobrecogedora). La escena es elocuente, precisa, arrolladora (también literalmente).
 


La supervivencia, la búsqueda, el reencuentro pudieron ser un festival de golpes bajos, pero no, gracias a la pericia de Juan Antonio Bayona (El orfanato, 2007) la sobriedad se impone. A decir verdad es lo mejor que se podía hacer, la historia de por sí es fuerte y no necesita agregados ni subrayados. La hermosa música de Fernando Velázquez se mueve también en esos parámetros, no abusa jamás del efecto violín llorón, mientras que la fotografía de Óscar Faura, alineada asimismo en la mesura, no se pierde en el preciosismo de tarjeta postal en un principio ni después se regodea en la miseria.
 


La historia real fue protagonizada por una familia española, y por una cuestión comercial que facilitaría la venta internacional, se cambió la nacionalidad y pasaron a ser anglosajones. Sé que tendría que quejarme por este colonialismo industrial, pero no lo haré. Jamás podría quejarme de un reparto presidido por el bueno de Ewan McGregor y por uno de mis amores cinematográficos, la bella y talentosa Naomi Watts, quien lleva cosechados algunos premios y varias nominaciones por este trabajo. Ewan me mató cuando se desarma en el teléfono. Los chicos no les van a la zaga, Tom Holland, que fue uno de los Billy Elliot en el musical homónimo tomado de la película ídem, muestra el aplomo de un profesional hecho y derecho; los dos menores son unos DeNiritos deliciosos.
 


Perdón, no me voy a reprimir y voy a hacer el juego de palabras obvio. Ahí va. Imposible no conmoverse con Lo imposible.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 23 de junio de 2012

Un amor imposible



Lasse Hallström es un director sensible, muy sensible. Pero su eficacia deriva de las bondades de los originales. Si el material es bueno como en ¿A quién ama Gilbert Grape? o Las reglas de la vida logra un resultado decente, que perdura. Si es malo, no es de redimir con arte lo espurio. Querido John es tan bodrioso y berreta como la novela que le dio origen.

Esta vez el original (una novela de Paul Torday) parecía promisorio. Al menos para una farsa política de primer nivel, género tan infrecuente como el famoso unicornio. Después de volar una mezquita que hace la participación de los ingleses en Afganistán más antipática todavía, la jefa de prensa del primer ministro (Scott-Thomas), necesita una noticia amable de alguna coincidencia de intereses entre ingleses y musulmanes. Entonces “fabrican” una que estaba en proceso de realización. Un sheik (Amr Waked) pretende armar un río para pescar salmones en tierras desérticas de Yemen. Una asesora de inversiones (Blunt) se contacta con un experto ictícola (McGregor) para viabilizar el proyecto y entonces…

Pero como indica el anodino título que aquí le pusieron, Amor imposible, Hallström se concentró en lo que más conoce o en lo que mejor le sale: la comedia romántica, con más romance que comedia. Todo bien, pero se nota mucho que desvirtúa algo que en el frente y en el todo apunta para otro lado: la incorrección política, la ironía y el cinismo revelador.

Es inevitable que venga a la mente el recuerdo de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder, farsa política modélica que también se motorizaba por una historia de amor. Ésta podría haber sido una respuesta contemporánea a aquel clásico inoxidable, pero optaron por la habitual venta de pochoclos sentimentales. Una pena, que sin embargo puede disfrutarse por los actores.

Ewan McGregor está muy bien en su primer galán maduro (Dios mío, cumplió 40 años, ayer nomás, era el adolescente de Trainspotting). Su personaje es el que hace que el amor sea “imposible”. Es tan reservado, estirado, metódico y reprimido que si no fuera interpretado por Ewan sería muy difícil desarrollar la más mínima empatía con un ser tan enojoso. Claro, cambiará, a fuerza de las “lecciones de vida” que le propinan  Hallström y sus guionistas.

Emily Blunt destella belleza y talento. (Por favor, que alguien le dé pronto un papel que la catapulte a la fama imperecedera, es una de las pocas actrices jóvenes que no le teme al superestrellato).

Kristin Scott-Thomas (espléndida como el primer día, pero resignada desde hace rato a que le den sólo papeles de dama madura) brinda una interpretación briosa que se agradece. Está como en otra película, la película que debió haber sido.

Para contrarrestar la demonización habitual a los musulmanes, los guionistas se dejan ganar por una corrección política tan acendrada que el sheik de Amr Waked es poco menos que un santo, un ejemplo de sabiduría con una tendencia al misticismo, al mantra de autoayuda y la frase altisonante. Habla muy bien de este actor egipcio que logre un personaje digerible.

En resumen, Salmonfishing in the Yemen (según su título en inglés o sea La pesca del salmón en Yemen) pudo haber sido un peliculón pero es apenas una peliculita.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 26 de septiembre de 2010

Una pareja despareja - I love you Phillip Morris

Ya se sabe, la realidad supera siempre a la ficción. La ficción debe ser ordenada, plausible y a veces hasta verificable para ser creíble. La realidad, en cambio, se da el lujo de ser voluble, caótica y hasta increíble, libre de todas las presiones que encorsetan a la ficción. Steven Jay Russell, el personaje que interpreta Jim Carrey, hasta la fecha lleva vividas como 14 vidas en una y el máximo mérito de I love you, Phillip Morris es haber encontrado un registro prolijo en su desmesura para abarcarlas todas. ¿Prolijo en su desmesura? Que convide lo que anda tomando, dirán ustedes. Pero no estoy enajenado, demente, borracho o drogado. Por desatinada que parezca, la cosa es así. Conviven en este film la sátira de costumbres, el melodrama familiar, la comedia de estafas, el drama romántico y el testimonio carcelario. Y por extraño que resulte, la convivencia es armónica porque (y juro que no estoy bajo el embrujo de la primavera) la gobierna el amor. Ya que ante todo y por sobre todo es una historia de amor. Me niego a ahondar en el argumento para no arruinarles la diversión. Además contarlo, enumerar las peripecias es simplificar, acotar, reducir, algo que los directores Glenn Ficarra y John Requa, gracias a todos los cielos, se niegan a hacer. No recalcan estúpidamente que el personaje es así por tal o cual trauma de infancia. No, sólo cuentan y que cada espectador saque sus propias conclusiones. El mejor camino para desandar desde la ficción una vida real tan llena de cambios, dobleces y vericuetos. (Eso sí, la draconiana sentencia que cumple el protagonista, sólo puede explicarse en la híper capitalista sociedad yanqui, en la que el pecado imperdonable no es atacar otra vida humana sino atentar contra el poder del dinero.)


Jim Carrey es un cómico genial y no embromen los que lo odian. Sean sinceros, hay que ser genial para ametrallar con cara de goma cientos de morisquetas a la velocidad de la luz y retorcer el cuerpo en gags prodigiosos en su multiplicidad, efectividad y rapidez. Su deseo de agradar, inherente en todo cómico, lo llevó a dividir su carrera en dos vertientes. La cómica, desvergonzada en su hambre de contundencia y repercusión (un cómico, al revés de un actor dramático, será popular o no será nada) y la dramática, afanosa en su seriedad y preocupación por conquistar a los espectadores que lo desprecian en su versión cómica. La faz dramática registra ya una maravilla (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos), una excelencia (The Truman show), una obra interesantísima (El hombre en la luna) y un melodrama logrado aunque un poco largo (El Majestic). De la faz cómica, huelga mencionar los títulos por harto conocidos. Mérito justificadísimo. Si alguien se merece la popularidad ganada es el Sr. Carrey. En I love you Phillip Morris, puede unir las dos vertientes. El registro elegido para el film exige que ponga en juego su histrionismo y su sensibilidad. Y apabulla. Hay que ser psicópata para no quererlo un poco al final de esta película. Ni los Romeos, los Armandos Duval, los Prisioneros de Zenda son capaces de amar como ama el personaje, equivocado en su magnificencia de macho proveedor, que corporiza Carrey. Y valiente porque el objeto de amor es otro hombre. Condenado, eso sí, a la injusticia crítica como todo cómico. Cuando lo logra Heath Ledger en El secreto de la montaña, todos se hacen pis de la emoción, cuando lo logra Jim Carrey, sólo le palmean el hombro y le dicen: Muy lindo lo tuyo, pibe, con una condescendencia insultante. Y bueno, así es la vida.


Ewan McGregor también se atreve y está a la altura del reto. El hombre que supo jugarla de galanazo en más de una oportunidad (en esa vena, Moulin Rouge! es mi favorita) se pone ahora en un rol que lo equipara con el de la “damita joven”. Lo juega con entrega, desprejuicio y creatividad. Es inolvidable la réplica que conjuga candor y comicidad, amor y lujuria en la escena de la cárcel cuando hacen el amor por primera vez.


Y el brasileño Rodrigo Santoro, que ya cargara perlas y plumas en la testoterónica 300, se mueve con fluidez en los gaycismos.


En Yanquilandia no saben cómo venderla, temen una reacción negativa y ya postergaron cinco veces el estreno. Imbuido de ese temor, quizá, a un descerebrado marketinero local se le ocurrió cambiar el preclaro título original por el de Una pareja despareja, que huele a eufemismo en naftalina. Muchacho, por si no te enteraste, somos la sociedad que supo poner en su lugar la homofobia atávica y conceder el matrimonio igualitario, así que bien podemos aceptar Te amo Phillip Morris sin que se nos caiga un anillo.


Película en el fondo inclasificable es a la vez jocosa y conmovedora. Como sólo puede serlo su estrella.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 16 de mayo de 2010

El escritor oculto

Los que nos hemos aquerenciado más de una vez de una butaca de cine, tenemos nuestra película favorita de Roman Polanski. En una rápida encuesta que hice con los amigos y colegas que me fui encontrando, obtuve estas respuestas. Alguno optó por El bebé de Rosemary, otro por La danza de los vampiros, una por Tess, otra prefirió su etapa pre Hollywood no pudiendo decidirse por Cul-de-sac o Repulsión, un hermano prefirió El pianista, y hasta hubo alguien, quien para espanto de otro amigo, eligió Perversa luna de miel. La mía es Chinatown. Sea como fuere, el polémico Polanski viene ahora a poner a prueba nuestra elección con El escritor oculto.


Es una película en la que uno no sabe qué admirar primero o más, si la maestría de la dirección, la esplendidez del elenco, la astucia de la historia, la precisión del guión o las exquisiteces técnicas de la fotografía, la dirección de arte, la música, etc.


Ewan McGregor (impecable) es un escritor fantasma (un negro en la jerga del mercado local), un autor de biografías de celebridades en primera persona, que desaparece en el momento de la publicación para que el famoso en cuestión finja haber escrito una autobiografía. Le piden que complete las memorias de Adam Lang (Pierce Brosnan, perfecto, parece haber nacido para el papel), un ex primer ministro inglés caído en desgracia. Su predecesor ha muerto, no se sabe si por accidente o suicidio. El libro lo mató, dice alguien. La cosa pinta mal, pero por suerte para la gloria del cine, el escritor se mete y ya que está en el baile, baila.


Estamos de buena racha quienes gustamos paladear un buen policial, thriller o enigma. Primero, la espléndida La isla siniestra; después, la magnífica Carancho y ahora la gloriosa El escritor oculto.


Permítanse una siesta reparadora, péguense un baño reconfortante, pónganse la ropa de domingo, perfúmense rico, prepárense para una fiesta de la inteligencia y disfruten el banquete. Es unos de esos deleites irrepetibles que se dan muy de vez en cuando.


En cuanto a mí, el tiempo dirá si me terca fidelidad permanece con Chinatown o si mi preferencia cambia por esta maravilla.

Un abrazo,
Gustavo Monteros