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viernes, 15 de noviembre de 2024

Historias dos veces contadas - Hoy: The End of the Affair


 


En las historias de amor, ¿qué impedimentos obstaculizan el final feliz a toda orquesta? A juzgar por Romeo y Julieta, La dama de las camelias, Titanic, Juventud divino tesoro, La strada, Ojos negros o Lo que queda del día, para mencionar algunos ejemplos pertinentes, los sospechosos de siempre serían el destino, la muerte, los mandatos sociales, las fallas personales insalvables o el peor de todos los castigos, la maldita mala suerte.

 

En su novela The End of the Affair (El fin de la aventura, según la traducción de Ricardo Bazza para la editorial Sur en 1952), Graham Greene, como no era hombre de andarse con chiquitas, elige como impedimento para el final feliz al supremo obstáculo si los hay: Dios, el mismísimo, el único que viste y calza. Por eso la novela por título y trama parece ser de amor, pero en realidad es de fe y las dificultades para acceder o permanecer en ella.

 

En cine la novela tiene hasta la fecha dos versiones, que como en el caso de Speak No Evil, que comentábamos hace poco, pueden verse una detrás de la otra, sin que perdamos interés, y esta vez no porque haya dos finales distintos, si no porque las circunstancias menores o aledañas son distintas y compararlas o contrastarlas le da sabor a la visión de las dos en sucesión.

 

La primera es de 1955, (que se dio con el título de la traducción de la novela o sea El fin de la aventura) la dirigió Edward Dimytryk, con guion de Leonore J. Coffe y el protagónico (nos ponemos de pie y cantamos un himno) de Deborah Kerr y Van Johnson (elegimos un comportamiento caballeroso y reprimimos la chiflada). Y llegué a ella por andar repasando la carrera de la Kerr en los años cincuenta. (El cinéfilo es un inadaptado con sus paraísos intransferibles, a veces soy feliz, ¡envídienme!)

 

La segunda es de 1999 (buen año para mí, escribí y protagonicé una obra que fue apreciada, angelada y exitosa) y es una de mis favoritas. La dirigió Neil Jordan, sobre guion propio y la protagonizaron Ralph Fiennes, el talentoso, y su majestad (nos ponemos de pie y vivamos tres hurras por su majestad) Julianne Moore. (Se la distribuyó rebautizada como El ocaso de un amor)

 

Y sin olvidar ni menoscabar, el cuarto en discordia (el tercero es Dios) o sea el marido, en la primera versión es Peter Cushing (en una de sus actuaciones más “serias” dado que el hombre sería uno de los reyes del género de terror) y en la segunda versión, nada más ni nada menos, que el bueno de Stephen Rea en una actuación tan conmovedora que dan ganas de adoptarlo.

 

La trama viene de triángulo habitual. Durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial (el Blitz que le dicen), un novelista, Maurice Bendrix (Van Johnson / Ralph Fiennes) se enamora de Sarah Miles (tocaya de la actriz que descolló en los años sesenta y setenta, sobre todo en La hija de Ryan, David Lean, 1970) (o sea Deborah Kerr / Julianne Moore), que está casada con un alto funcionario, Henry Miles (Peter Cushing / Stephen Rea). La relación es pasional y poco les importa el bombardeo, tanto es así que uno los sorprende en plena cama. Él se había levantado para ver si la casera se había ido al refugio y Sarah podía salir del departamento y la explosión lo agarró en el pasillo. Sarah lo cree muerto y vuelve al cuarto a rezar y pedirle a Dios lo imposible, que lo devuelva a la vida, a cambio ella ofrece el sacrificio de no verlo más. Y al rato no va que Maurice se le aparece vivito y coleando. Cueste lo que le cueste, ella decide cumplir la promesa, ¿podrá?

 

Este es el núcleo y está respetado en las dos películas, todo lo demás es distinto. La relación entre Henry y Maurice, el hombre de fe que ayuda a Sarah, en un caso un polemista, en otro un sacerdote, la relación entre Maurice y Albert Parkis, el detective que contrata Maurice en nombre de Henry para que espíe a Sarah, cuando ya no está relacionada con Maurice, el hijo de Albert Parkis, un detalle en la primera, crucial en la segunda, el breve período en el que Sarah y Maurice son felices, que ocupa un momento en la primera y otro muy diferente en la segunda, el resurgimiento de la pasión en Maurice, bastante torpe en la primera (¿quizás más cercana a la novela original?, no lo sé, leí mucho Greene, pero me salteé esta novela, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa), más lógica en la segunda versión, etc.

 

Eso sí, la segunda versión corrige la ridiculez de la primera de sacar a Sarah de la cama en la que está convaleciente para mandarla otra vez a la cama a los minutos. Y enriquece de paso la relación de Maurice con el detective, en la primera más allá de la impecable actuación del gigante de John Mills (como la mencioné digo de paso que Mills ganó el Oscar como Mejor actor de reparto por La hija de Ryan, ¡quien lo ha visto, no lo olvida!) luce desperdiciado, en cambio el bueno de Ian Hart, en la segunda, tiene una relación más desarrollada con el personaje de Maurice, que se agradece con creces, porque tanto Fiennes como Hart pulen sus papeles y están maravillosos.

 

Y la verdad sea dicha, es tan espléndido lo de Julianne Moore que uno tiende a descuidar a Fiennes, que está glorioso en su relación con todos los demás personajes, sean estos la Sarah de Moore, el Henry de Rea o el Albert de Hart, y por supuesto el omnipresente (a la vez no presente, por problemas de cachet) Dios.

 

Dios es Dios y cuando se inmiscuye, la cosa se complica (dos Testamentos hay para comprobarlo), pero aquí no hay motivo para que desate su ira porque nadie toma su santo nombre en vano.

Gustavo Monteros


viernes, 3 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: The night we called it a day - Strictly Sinatra



 

Leo que Scorsese retoma su abandonado proyecto de la vida y obra de Frank Sinatra y me acuerdo de que en mi lista de películas para ver o rever tengo un par de comedias referidas a su mito. The Night We Called a Day (también llamada All the Way), de Australia, dirigida por Paul Goldman en el 2003 sobre la accidentada visita de Frankie a Sídney en 1974 dentro de su gira australiana. Y Strictly Sinatra (rebautizada localmente como A su manera), film inglés de 2001 de Peter Capaldi, sobre un cantor de pubs con un repertorio exclusivo de temas de La Voz que se mete en problemas con la mafia de Glasgow.

 

Empiezo con The Night We Called a Day. Rod Blue (un jovencísimo y atlético Joel Edgerton) es un productor de roqueros que sueña con traer a Frank Sinatra (Dennis Hopper) a Australia por primera vez. El representante de Blue Eyes, Mickey Rudin (David Hemmings) se muestra escéptico, pero gracias a la mano que le da la peculiar secretaria de Mickey, Doris (una encantadora Jennifer Hagan), Rod consigue su oportunidad.

 

Rod tiene a su vez la ayuda inconmensurable de su secretaria, Penny (Victoria Thaine) embarazada de un roquero del que no quiere ni acordarse y de Audrey (una incipiente y ya ultra brillante, Rose Byrne), una aspirante a productora, que supo ir al secundario con Rod y del que está enamorada desde esa época, cuando él era el surfer que deslumbraba a media escuela.

 

Sinatra no viene solo, lo acompañan Barbara Marx (Melanie Griffith) que será su última esposa, el mencionado Rudin, un guardaespaldas con antecedentes mafiosos, Jilly Rizzo (Stephen O’Rourke) y un peluquero Phil (Nicholas Hope) que además de atender los peluquines (por esta época, Frank estaba pelado, pero no iba al baño sin su tupé) debía asegurarse que la taza de té, que Frank utilizaría en escena, estuviera rebosante de gin.

 

En el aeropuerto, una periodista sin escrúpulos, Hilary Hunter (Portia de Rossi) molesta a Frank con preguntas agresivas e insultantes. Los guardaespaldas la empujan y ella asegura que uno de ellos, o que el mismísimo Frank, la escupió. Los productores lo niegan, aunque igual se disculpan.

 

Pero Frank en su primera actuación improvisa una respuesta a Hilary, en la que la llama de todo menos bonita. Hilary logra que los sindicatos de Australia declaren persona non grata a Frankie y se nieguen a atenderlo en su hotel, en el que queda prácticamente secuestrado, porque hasta el ascensor le cortan, sin las atenciones esperables, como el acostumbrado room service, hasta llegar al colmo de cortarle el agua.

 

Pese a todo esto, Frankie se niega a dar el brazo a torcer. El jefe de los sindicatos un singularísimo Bob Hawke (David Field), que llegará a ser primer ministro de Australia por unos cuantos años, termina por sentarse en un comité de emergencia con los representantes de Sinatra para destrabar el conflicto.

 

El único personaje que me queda por consignar es el padre de Rod, Ralph (Tony Barry) un empresario con conexiones importantes (no del todo legítimas) que es tan llamativo y expansivo como su hijo.

 

No es una comedia antológica, aunque sí eficiente. Con varios puntos a su favor. Dennis Hopper se divierte haciendo de Sinatra, pero su caracterización fluye mejor fuera de escena, que cuando su personaje mítico está en escena (no es fácil estar en los zapatos de Sinatra) Melanie Griffith está muy bella y luce ropa impecable. Portia de Rossi no disculpa a su turra hija de puta como pocas. Rose Byrne ya es fabulosa, virtud que disfrutamos ahora en toda su plenitud y Joel Edgerton demuestra que los protagónicos no le quedan grande, exuda talento y magnetismo. Y todos, todos, lo que se dice todos los demás contribuyen a que al desarrollo no le falte encanto y sonrisas.

 

No fue un éxito en su estreno, la crítica la vapuleó un poco y prácticamente ni los radares de curiosidades la detectaron, sin embargo, si uno se la cruza, sin duda, pasará unas sorpresivas casi dos horas muy gratas. Eso sí, puede que el tratamiento que recibe el personaje de Portia de Rossi hoy alce las cejas de las feministas a ultranza, que no encuentran reprobables el comportamiento de esas malas mujeres, llamadas vulgar y hasta cariñosamente, unas yeguas de aquellas (chicas de mi corazón, no se pongan fundamentalistas, porque que las hay las hay, y no soy retrógrado por reconocer su existencia)

 

Pero lo que más disfruté fue que reverdece el mito y sus raíces para serlo. El hombre fue un grande, y no solo en escena. Defendió el trabajo de los músicos. Luchó por los derechos de los negros, en tiempos en los que la discriminación reinaba, se atrevió a no aceptarla y darle batalla en todos los frentes. El establishment se vengó asociándolo a la mafia, y ampliando sus peculiaridades de estrella, volviendo escandaloso hasta que reservara mesas apartadas en los restaurantes.

 

En la vida privada le costaba no estar siempre a la altura del mito. Cuanta más seguridad fungía era cuando más frágil se sentía. Era generoso, sensible y solidario. De todo esto, el filme da cuenta no en primer plano, pero sí en los detalles. No obstante muestra, y eso me emocionó mucho, que cuando desplegaba su magia, desataba en quienes lo escuchaban algo que si no era la felicidad, se le parecía bastante.

 

La película no usa su voz, sino la del australiano, Tom Burlinson, y está bien que así sea, porque hasta la sombra de la sombra, hasta el último reverbero del eco, demuestran que la leyenda no fue un fenómeno inventado y pasajero.

 

En Strictly Sinatra, Toni Cocozza (Ian Hart) no solo ha redescubierto el talento de Sinatra, sino que lo ama hasta el punto de dedicarse en exclusividad a su repertorio. Lo secunda el pianista, Bill (Alun Armstrong). En un casino en el que va a actuar conoce a Irene (Kelly Macdonald) que vende cigarrillos en una caja calzada a la nuca con una correa, como los viejos carameleros de los cines. Y como corresponde cuando uno se cruza con Kelly Macdonald, nuestro Tony se enamora de ella hasta la masmédula.

 

Esa noche se deslumbra también con el mafioso, Connolly (Ian Cuthbertson) y su entorno, que incluye al mejor perderlo que encontrarlo Chisolm (Brian Cox), un lugarteniente feroz, impredecible. Toni comienza una doble vida que oculta a Bill e Irene. Cuando se enteran, estos le piden que la abandone. Algo que no será fácil, porque hay errores que se pagan caro.

 

Strictly Sinatra, en los papeles no es una mala película. Es claro lo que intenta, pero no termina de levantar vuelo y menos llega a buen destino. Puede que las imprecisiones y el desánimo tengan que ver con el luctuoso detrás de escena. El papel que al final interpretó Alun Armstrong lo iba a hacer Ian Bannen, que murió en un accidente de tráfico unos pocos días antes de iniciarse el rodaje. Fue reemplazado con rapidez, claro, pero el duelo de su ausencia quizá no tuvo el tiempo necesario de elaboración y terminó por colarse e impregnar de melancolía ineficiente el desarrollo del proyecto.

 

Era chico cuando comencé a ver cine y los monstruos sagrados del viejo Hollywood no admitían iconoclasias ni sacrilegios. Se los aceptaba con la naturalidad y reverencia con que se admiten los cambios de estaciones, los eclipses o los caprichos del mar. Y yo obedecí sus designios sin chistar, sin preguntarme cuáles me caían bien, quiénes no me caían, o cómo algunos hicieran lo que hicieran siempre me dejarían afuera. Con el tiempo comprendería que podía discernir y elegir algunos y rechazar otros, que no estaba obligado a que todos fueran santos de mi devoción. No se trataba de juntar todas las figuritas para llenar un álbum, sino de elegir las preferidas para llenar tu propio álbum. Durante muchos años no supe qué hacer con Frank Sinatra, pero desde que lo subí a mi Olimpo ya no lo bajé más.

Gustavo Monteros


viernes, 18 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: Marlowe - Confiesa, Fletch




 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas que tienen aspectos en común.

Hoy: Marlowe – Confiesa, Fletch.


Algunos detectives tienen garantizada la vida eterna. A la vida natural que le dieron sus autores originales se le suma la adicional que le dan los que se anotan para ser los continuadores del legado. Sherlock Holmes es uno de ellos y Philip Marlowe, claro, también. Raymond Chandler lo creó y apareció por primera vez en 1939 en The Big Sleep (El sueño eterno). Se extendió en novelas y cuentos inolvidables, y cuando Chandler murió en 1959, Marlowe sobrevivió en los cuatro primeros capítulos de Poodle Springs que quedó inconclusa hasta que Robert B. Parker concluyó la novela en 1989. Y a Marlowe se le hizo costumbre que otros autores lo escribieran. Algunos muy célebres y celebrados como John Banville que, con su seudónimo de autor de policiales, Benjamin Black, publicó en 2014 The Black-Eyed Blonde, una secuela a The Long Good-Bye (El largo adiós). Y como Marlowe se lleva bien con el cine, era mera cuestión de tiempo que volviera a la gran pantalla. Y así esta Rubia de ojos negros pergeñada por Banville / Black se transformó en una película que llamaron Marlowe (Neil Jordan, 2022), así, a secas, para que no hubiera confusión de quien era el protagonista y el pasado que se buscaba convocar. Y con acuerdo general, explícito en los que tienen voz y voto de producir y decidir, y tácito en los que pagan la entrada o consumen (o no) los que se les presenta, se eligió a Liam Neeson para encarnarlo. La elección no sorprendió (bordeaba la casi falta de imaginación), pero al menos no ofendió la sombra y buen nombre del evocado. Y así el viejo y peludo Liam Neeson se unió a la prestigiosa lista de los que corporizaron en el cine: (en orden de aparición) Dick Powell, Humphrey Bogart, Robert Montgomery, James Garner, Elliott Gould y Robert Mitchum (otros, muchos, lo hicieron en teatro, radio y televisión, pero los de cine son solo esos que enumero).

 

Y esta vez, una rubia que se adivina sino fatal al menos peligrosa, una tal Clare Cavendish en cuerpo y alma de Diane Kruger le pide a Marlowe / Neeson que le encuentre un amante perdido. La chica no viene sola, trae su entorno, una madre con pasado de estrella de cine, Dorothy Quincannon (Jessica Lange), un marido mano larga (Patrick Muldoon), el director de un club exclusivo (Danny Huston), un mafioso refinado y perverso (Alan Cumming) con un chofer fiel, pero sin exagerar (Adewale Akinnouye-Agbaje) y otros no menos sinuosos. Marlowe aporta al juego un par de policías inolvidables (Colm Meaney y Ian Hart). Y sin crear más suspenso, digamos que el entramado y la resolución están a la altura de las circunstancias y los antecedentes.

 

Algunos críticos que para decir que se ganan el dinero honradamente le buscan la quinta pata al gato, dijeron que Neil Jordan entregaba un producto desganado. Y a mí que se me da por discutir diría que más que desganado, posible. El film se rodó durante la pandemia de la COVID, por eso creo que luce más cuidadosamente profesional que inspirado. Por eso quizá también la mansión que habita la Clare Cavendish / Diane Kruger se parece mucho al club tan exclusivo que dirige el personaje de Danny Huston, tanto se parecen que se diría la entrada principal y la del costado o trasera de alguna imponente finca de esta Los Ángeles, que es en realidad Barcelona. O sea, al mal tiempo, buena cara y en pandemia, lo que se puede.

 

El detective Irwin Maurice Fletcher, Fletch para amigos o enemigos, creado por Gregory McDonald no sé si tendrá una continuación a manos de otros autores, porque por ahora, aunque su autor original ya no está entre nosotros, anda gastando las aventuras que le legó. Si no las dilapida le alcanzan para un ciclo de películas. No creo que tenga ni tendrá la prosapia de Marlowe, sin embargo, ya anda por el segundo actor que lo corporiza, por lo que mejor no subestimarlo. Lo encarnó Chevy Chase en 1985 y en 1989 y ahora lo hace Jon Hamm (Confess, Fletch, Greg Mottola, 2022). Y si lo hacen cómicos o comediantes, uno puede suponer que se tratan de parodias del policial negro. Sí y no. Gregory McDonald más que inclinarse por la parodia que implica burla o desdén por el material elegido, va más para el lado del homenaje desde el humor hacia el noir retinto.

 

Fletch (Jon Hamm) un experiodista con un vasto conocimiento en artes plásticas anda por Roma, donde se agenció una novia italiana, la heredera Angela de Grassi (Lorenza Izzo) que le pide recupere en Boston la colección de su padre, el Conde Clementi Arbogastes de Grassi (Robert Picardo), para darla de rescate por el secuestro del Conde. La colección se halla supuestamente en manos del comerciante de arte, Ronald Horan (Kyle MacLachlan). Pero cuando Fletch llega a la casa alquilada por Angela, se topa con el cadáver de la barista Lauren Goodwin (Caitlin Zerra Rose), lo que lo pone en la mira del experimentado policía, el Inspector Morris Monroe (Roy Wood Jr.) y su subalterna novata, Griz (Ayden Mayeri). El dueño de la casa alquilada, Owen (John Behlmann) aporta peculiaridades y sospechas, ventiladas al detalle por su vecina Eve (Annie Mumolo) y su exesposa, Tatiana (Lucy Punch). Para no ser menos, la esposa del secuestrado, la Condesa Sylvia de Grassi (Marcia Gay Harden) añade no pocas excentricidades no muy confiables. Pero el exjefe de Fletch, Frank Jaffe (John Slattery) dará a regañadientes alguna que otra mano para aclarar las cosas. Confess, Fletch no es para descorchar champanes ni tirar fuegos de artificio, aunque se deja ver con agrado, se sigue con interés y se sonríe a menudo. En estos tiempos de sequía de buenas comedias, policiales o de las otras, no es poco.

 

En resumen, estas dos películas no serán perfectas ni una gloria, pero cumplen.  Y como en la vida, que te cumplan compensa (un poco) tantas falsas promesas.

Gustavo Monteros