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viernes, 7 de junio de 2024

Querido diario - Hoy: Un match en el infierno


 

Por fin una película a la que no le tenía que poner fuerza para que me gustara.

 

Esto de ponerle fuerza o ganas viene a cuento, gracias a una amiga, desde fines de los noventa. Ella acababa de ver una película con Anthony La Paglia, en la que era un cura, en amores con una chica de la resistencia, en la Italia de la Segunda Guerra y cuando le pregunté si le había gustado, me dijo: Y si le ponés ganas, te gusta, ¿viste que ahora con muchas películas, hay que ponerle fuerza, hacer como que te gustan, para no dejarlas y ver otra cosa. Yo me reí, pero la observación tenía verdad y se me pegó. Son pocas las películas que nos gustan naturalmente, a la mayoría le ponemos ganas, garra, fuerza.

 

Bueno, a esta no le tenemos que agregar ningún aditamento extra, nos gusta, nos atrapa, nos interesa, por lo que cuenta y por como lo cuenta.

 

Y si el argumento nos recuerda a una de principio de los ochenta, muy glamorosa y estelarizada, con Stallone, Michael Caine, Max Von Sydow, Osvaldo Ardiles y ¡Pelé!, que se llamó Victory, en el original, o Escape a la victoria en el título que le pusieron para estos pagos, es porque es una remake de esta de la que hablo ahora. Que se llama, Két félidö a pokolban, que en húngaro vendría a ser: Dos medios tiempos en el infierno, que en 1961 dirigió Zoltán Fábri y que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, y que por aquí se estrenó como Un match en el infierno.

 

Y es sobre un partido de fútbol entre un equipo de prisioneros húngaros y un seleccionado de guardias alemanes durante la Segunda Guerra, claro.

 

Hay un campo de prisioneros de Hungría bajo el mando ruso. Si decimos que los pobres presos están mal es casi un eufemismo. Apenas los alimentan con un menjunje, con buena voluntad digerible, que les refuerza el hambre, más que quitárselo. Visten harapos, las frazadas son unos remedos de abrigo, y se roban unos a otros unas botas rotosas para ver si pueden soportar mejor el frío y sobrevivir unos días más.

 

Entre ellos, está Ónodi (Imre Sinkovits) que fue jugador profesional de fútbol, al que muchos le tienen envidia por su pasado de gloria.

 

Se viene el cumpleaños de Hitler, y como ningún elenco teatral de los que alegran el frente puede venir a este asentamiento perdido en las montañas, y como ni siquiera se pueden conseguir putas para armar un prostíbulo provisorio, es que a uno de los comandantes alemanes se le ocurrió la idea de armar un partidito de presos y guardias.

 

El crack Ónodi primero dice que no, pero después, cuando lo convencen sus compañeros más cercados de que puede sacar algunas ventajas, como más comida para todos o que los que integren el equipo dejen de trabajar algunos días para entrenar, acepta (dicho sea de paso, el supuesto “trabajo” es esclavizante, en sentido literal),

 

El equipo se completa con un rebelde ideologizado que los insta a escapar durante un entrenamiento. Eso hacen, pero son capturados. Y cuando creen que los van a ejecutar, les dicen que antes deben jugar el partido.

 

Menuda motivación saber que la muerte los espera al final del encuentro. Pero la esperanza es lo último que se pierde y si dan un buen espectáculo (¡ni sueñan con ganar!) esperan que se apiaden y los perdonen.

 

Entonces llega el partido y los espectadores nos comemos las uñas, nos llevamos unas cuantas sorpresas y no podemos menos que conmovernos con estos pobres desgraciados, que hacen tripas corazón y rescatan desde el fondo del tarro, una dignidad que ya creían perdida.

 

Los actores son maravillosos y dan y lucen el personaje. Mientras que Stallone, Caine, Ardiles y compañía estaban más a dieta que con hambre, en aquella película que dirigió John Huston en 1981, a estos unos los ve y dan ganas de llevarles un plato de comida.

 

Tendría que ser de visión obligatoria para nuestros neo fascistas contemporáneos que eligen no conmoverse ni con los chicos que se duermen llorando de hambre. Si la ven es imposible que no recuperen algo de la humanidad que alguna vez tuvieron. O al menos en mi desesperación es lo que elijo creer.

Gustavo Monteros


viernes, 3 de marzo de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Quinta semana

Y llegué nomás al final y completé la lista. Y el desafío cumplió con el propósito de crearme una línea secundaria de pensamiento y así no me encerré en las decisiones a tomar y en los condicionamientos a aceptar. Me dijeron que la premisa era falsa, que con la cantidad de películas de amor que había, cómo no iba a encontrar 28. Sí, pero la dificultad radicaba en el “que de verdad me gustaran”. Uno es uno y soy parcial, por ejemplo, con el policial negro, con la comedia o con el musical, pero con las de amor, soy peculiar y quisquilloso. Aunque no solo llegué a completar la lista sino que hasta me quedaron muchas en el tintero. No sé si llegan a otras 28, cosa que no comprobaré porque no se trata de llegar al fondo del baúl sino de entretenerse un rato con juegos de charla de café.

Sábado 25 de febrero de 2023


Día 25: Notting Hill (Un lugar llamado Notting Hill, Roger Michell, 1999)

Estamos siempre tan hambreados de justicia que cada vez que nos cuentan una versión de la Cenicienta, como la copita de ginebra holandesa, nos estimula y sienta bien. Notting Hill es eso, una Cenicienta invertida en la que él (Hugh Grant) es la fregona y ella (Julia Roberts) el príncipe azul que no destiñe. Claro que como todo es moderno, él no friega sino que tiene otros encantos. Es un librero, que entre los mercachifles, es el más encumbrado. Vende al menos sustento para el alma y el intelecto y no cigarrillos o tuercas. Ella es perfecta como toda estrella. Pero como sabemos los que tuvimos la suerte de conocer alguna de entre casa, las estrellas son como todos los demás, solo que con las ventajas y peculiaridades del empleo elegido. Por eso le puede decir aquello de Soy solo una chica parada frente a un chico pidiéndole que la quiera, que es el fino y poético de Soy accesible hasta para vos, chabón. Claro que él todavía tiene que perder el zapato que en su caso es enredarse con la baja estima y comportarse como un reverendo pelotudo. Pero como no es una novela rusa clásica, el final feliz está en ciernes y entonces ponen She de Aznavour cantado por Elvis Costello y si bien ya veníamos enamorados de Julia Roberts desde los tiempos de Pretty Girl (otra Cenicienta), la canción nos recordaba todos los motivos para amarla y obedientes nos volvíamos a enamorar de Julia hasta la masmédula, que no existe, que es un invento de Oliverio Girondo, pero que debería existir. Y por más policiales negros que consumamos, siempre nos van a gustar las versiones de la Cenicienta porque es un cuento de progresión social ascendente y por más que el garcaje le enseñó a algunos de nosotros a odiar a los que de mal van para bien en términos de ascenso, los demás nos vamos a enganchar con la esperanza secreta de que alguna vez nos toque echar buena y quedarnos con la Julia Roberts que liguemos, porque con ella hasta el pan y cebolla va a ser caviar y centolla.

 

Domingo 26 de febrero de 2023


 Día 26: Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, Brian G. Hutton, 1972)

Preguntas del millón. ¿Qué es el adulterio? ¿Cuándo empieza? ¿Por qué? Es una enfermedad de pareja monogámica. En parejas abiertas o poliamorosas no aplica. ¿Es venial si es solo sexual? ¿Es mortal si involucra sentimientos? ¿Es ignorado o negado? ¿Es un juego de poder? ¿Surge para salpimentar una relación agotada? ¿Comienza en la mente mucho antes de ocurrir o solo se da? La o el tercero en discordia ¿ambiciona ocupar el lugar del o de la traicionada? ¿Acepta participar en un juego en el que tiene más para perder que ganar? Ya sea que se supere ¿el fantasma de lo que pasó queda de por vida? ¿Es consentido si no se hace nada para evitarlo? ¿Gana el o la que se queda con la convivencia del objeto de pasión? ¿Hay ganadores o solo perdedores? ¿Hay verdadero amor en una relación que nace en la clandestinidad y que implica traición? ¿Surge de la insatisfacción ante la pareja o de un impulso ingobernable de una de las partes? Una vez establecido y tolerado ¿es para toda la vida como el matrimonio católico? ¿Hay víctimas y victimarios o solo victimarios? Si surge como una aventura y no se corta a tiempo ¿se complica? ¿Es más grave entre los tradicionalistas que entre los bohemios? Elizabeth Taylor como la esposa, Michael Caine como el marido y Susannah York como la amante barajan respuestas en Salvaje y peligrosa. Pero ¿hay respuestas correctas cuando se presenta una anomalía donde no debería haberla?

 

Lunes 27 de febrero de 2023

 
Día 27: The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, Ernest Lubitsch, 1940)

Con una falta de originalidad digna de ninguna causa, en las aulas, ante las peleas reiteradas, se intenta disuadirlas con un perogrullo que se supone freudiano: Los que se pelean, se quieren. Casi nunca es verdad y en escasísimas oportunidades es disuasorio, pero en el caso de Klara Novak (Margaret Sullavan) y Alfred Kralik (James Stewart) es cierto de toda certeza y se puede jurar sobre su veracidad no sobre una, sino sobre siete Biblias. Los dos trabajan en el Bazar Matuschek que queda a la vuelta de alguna esquina en el centro de Budapest. Estamos en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial y nada presagia los funestos delirios expansionistas de Hitler. En este ¿bazar? que es más bien una marroquinería, su vendedor estrella, el mencionado Kralik y su vendedora más reciente, la susodicha Novak, en persona, se detestan a más no poder, pero, por carta, (sin saber quiénes son en realidad porque usan seudónimos) están más que cerca de formalizar un noviazgo. Solo hace falta el detonante para que la tensión sexual ya desatada y el amor en ciernes exploten, se fusionen y comiencen los prolegómenos de cazar perdices. El bazar de las sorpresas es una de las piezas claves del maestro Ernest Lubitsch y reapareció en 1949 como un vehículo de lucimiento para Judy Garland (In the Good Old Summertime, llamado aquí La novia incógnita) dirigida por Robert Z, Leonard, acompañada por Van Johnson (en la escena final hace su debut en el cine una nena de tres años llamada Liza Minnelli) y en 1998, convenientemente aggiornada, para que otra vez se enreden sentimentalmente Tom Hanks y Meg Ryan (You've Got Mail / Tienes un e-mail) con dirección de Nora Ephron) Y desde 1963 es un delicioso y logradísimo musical de Broadway con el título de She Loves Me, con libro de Joe Masteroff, música de Jerry Bock y letras de Sheldon Harnick. Todas se basan en la obra teatral de 1937, Parfumerie, del húngaro Miklós László. Pero como suele suceder en algunas familias es la primigenia la más agraciada y querida. Los que vienen detrás, a llorar a la iglesia o a rumiar a terapia.

 

Martes 28 de febrero de 2023

Día 28: New York, New York (Martin Scorsese, 1977)

Fue un fogonazo de luz, calor y belleza, cuando en la calle hasta el aire diáfano olía a sangre, los alaridos sospechados te desvelaban en el silencio de la siesta y el miedo nos atería de frío incluso en el ardiente calor del verano. Se estrenó el 5 de enero de 1978. Y menos mal que no era ni crédula ni jovial. No andábamos como para ingenuidades ni optimismos. María von Trapp nos hubiera fastidiado hasta la indigestión. Scorsese dice que es un noir musical y no le falta razón. La Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y él, el saxofonista Jimmy Doyle (Robert De Niro), quizás por haber visitado el Infierno, es un desencantado que por más que lo intenta no puede confiar ni querer y la rabia por no poder hacerlo se le vuelve violencia y desprecio por sí mismo. Ella, la cantante Francine Evans (Liza Minnelli) no es perfecta, muchas veces no sabe qué hacer con él, pero comparte el perfil de las nobles minas del tango, es fiel y de gran corazón, y hasta le da un hijo. Cuando él por fin consigue un poco de paz y aquieta sus demonios, ella ya está en otra y no quiere volver atrás. La frase matadora del afiche decía: El amor es como una canción, es hermoso mientras dura. Y yo, un veinteañero reciente que alcanzaba la edad de oro en años de plomo, mientras duraba esta película casi no tenía miedo y el mundo me parecía menos hostil y doloroso. Por eso la amo. Fin.

Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2022

Programa doble: El libro del amor - Best Sellers






Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El libro del amor – Best Sellers

En Book of Love (El libro del amor, Analeine Cal y Mayor, 2022) a Henry Copper (Sam Claflin) la suerte solo le alcanzó para que le publicaran su libro. Una pena que el libro revelara que no es un autor con muchas cosas para decir ni con los recursos imprescindibles para comunicarlas. El libro no se vende y acumula polvo en los estantes y una crítica peor que la otra en los medios. Curiosamente en México donde fue traducido por una tal María Rodríguez (Verónica Echegui) el libro se vende y gusta mucho. La firma editorial, ni lerda ni perezosa, manda a Henry a México a una gira promocional para asegurar el éxito y ver si se puede después remontar el fracaso en el Reino Unido. En la gira no tarda en salir a la luz que la tal María hizo algo más que traducir el libro, prácticamente lo reescribió, por eso atrapa y encanta, entonces…

 

En Best Sellers (Lina Roessler, 2021) a Lucy Stanbridge (Audrey Plaza) la suerte le alcanzó solo para hacerse cargo de la firma editorial de la familia. Una pena que no la acompañara en las primeras decisiones sobre los libros a publicar y los autores a promover y que hoy firma y ella estén al borde de la bancarrota. En busca de una salida posible repasa la nómina de autores publicados y descubre que el mítico autor de un solo libro hasta la fecha, Harris Shaw (Michael Caine) recibió hace una punta de años el adelanto por un libro que jamás entregó. Va a cobrárselo justo cuando un huraño y alicaído de salud Harris acaba de terminar uno. A regañadientes Harris acepta que se lo publique y sin ningún espíritu colaborativo accede a una gira promocional con Lucy. El anciano gruñón por sus actitudes iconoclastas se convierte en la nueva estrella punk de las redes sociales, pero no vende un libro. Entonces…

 

Book of Love y Best Sellers son películas de género dirigidas por mujeres y ambientadas en el mundo editorial. Book of Love es una comedia romántica y Best Sellers es una buddy movie (o sea una protagonizada por dos personajes con poco o nada en común que deben llegar a un objetivo mancomunado). Book of Love se apega demasiado a la fórmula y no aprovecha la excelente situación inicial, la de que una traductora traicione por todo lo alto su cometido y reescriba un libro. La película deja de lado muy pronto esta original premisa y se pone a abonar el romance. Best Sellers, en cambio, patea la fórmula y nos sorprende paso a paso. Todos sabemos que sus personajes deben terminar congeniando, comprendiéndose, respetándose y queriéndose, pero cuando creemos que tal o cual cosa va a suceder, no pasa del modo que prevemos sino de otro que nos intriga. Hay algo agridulce en la decrepitud del personaje de Michael Caine, nos recuerda la frase que dijo la actriz Nora Cárpena ante la muerte del colega Rodolfo Bebán: “Somos una generación en retirada”. Caine es un sobreviviente de la generación que triunfó en los sesenta y nos guste o no, está en retirada. Cada nuevo trabajo suyo nos acerca a la despedida profesional o definitiva. Pero a no llorar de antemano, el futuro es hoy qué joder.

Gustavo Monteros

Book of Love puede verse en Prime Video y Best Sellers en Movistar+


viernes, 15 de mayo de 2020

Programa doble: Un detective curioso - El halcón negro



Ningún adolescente solitario que hubiera leído un libro de Raymond Chandler o Dashiell Hammett volvía a ser el mismo. Quedaba marcado de por vida con el amor al noir más puro y excelso. Y si con los años, el tal adolescente se inmiscuía en los caminos del arte, en algún momento sentía que tenía que exorcizar ese temprano amor en la recreación, la copia, la parodia o la burla.


Desde mediados de los sesenta hasta bien entrados los ochenta, hubo una ola de reformulaciones del noir clásico de los cuarenta. Y se erigieron dos cumbres irremontables, en cine: Chinatown (1974, Roman Polanski, con guión de Robert Towne) y en la novela (gracias a Dios nos tocó a nosotros) Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano.


Y en medio de esa ola, en 1975 los estudios hollywoodenses concretaron dos proyectos similares en estilo e intención (para no quedarse atrás, se copian y así todo viene de a dos o tres): unas comedias de detectives privados a la manera de los de Chandler / Hammett. Una un poco más lograda que la otra, aunque ambas fallidas.


Peeper (Un detective curioso, 1975) gira alrededor de Leslie C. Tucker (Michael Caine) un inglés que a fines de los cuarenta se gana la vida en Los Ángeles como investigador. Una noche le aparece en su oficina/dormitorio un perseguido (literal) cliente, Anglich (Michael Constantine) que le pide ubique a una hija que años atrás dejó en un orfanato, porque quiere entregarle un dinero que se ganó. Tucker terminará desovillando enredos que incluye a dos hermanas, Ellen (Natalie Wood) y Mianne (Kitty Winn) y otras ramificaciones familiares.


Caine, desentendido de hacer un acento americano, fluye encantador y devuelve la entrada a puro talento. Por lo que fuera, no era un buen momento para Wood, a pesar de un profesionalismo irreprochable, se la adivina tristona, opaca, sin el brillo que le supo dar a comedias como Penélope (Arthur Hiller, 1966) o La carrera del siglo (Blake Edwards, 1965)




The black bird (El halcón negro, David Giler, 1975) es contemporánea a los tiempos en que fue producida o sea transcurre en los setenta. A Sam Spade Jr (George Segal), hijo del Sam Spade de El halcón maltés (John Huston, 1941, según novela de Hammett, of course) le ofrecen pagarle una gran suma si encuentra y entrega el famoso pajarraco negro sobre el que giraba la acción de la novela clásica y de la posterior película (también clásica). A Sam Junior la oferta le parece sospechosa y se pone a investigar qué puede haber detrás. En la trama terminará por aparecerle una femme fatale de ascendencia rusa, Anna Kemidov (una deliciosa Stéphane Audran). En un elenco variopinto sobresalen Lionel Stander y Signe Hasso, gloriosa en su falsamente remilgada experta en lenguas antiguas.


Ambas películas están atravesadas por el fantasma de Humphrey Bogart. No olvidemos que corporizó a los dos detectives emblemáticos de Hammett y Chandler. Hizo a Sam Spade en El halcón maltés y a Philipe Marlowe (la creación de Chandler) en Al borde del abismo (The Big Sleep, Howard Hawks, 1941).


En Peeper / El detective curioso no hay créditos iniciales sino que un actor personificado de Bogart le dice a la platea el título y los nombres que cubren los rubros principales. En The Black Bird / El halcón negro, George Segal es tan esmirriado como Humphrey y la actriz (Lee Patrick) que hace de secretaria es la misma que hizo igual rol (Effie Perine) en El halcón maltés del 41.


Ambas comedias no llegan a buen puerto. Peeper es un poco más coherente, más cohesionada que The Black Bird que es irremediablemente deshilachada, ilógica, incongruente.
Al margen de la importancia de los actores, ¿qué hace que estas comedias no sean desestimadas y a otra cosa? Los diálogos, que son chispeantes, ocurrentes, ingeniosos, verdaderamente brillantes. David Giler, Gordon Cotler y Don Mankiewicz firman los de The Black Bird y W.D. Richter, según novela de Keith Lautner los de Peeper. El “bantering” la devolución de réplicas es irresistiblemente irónico en casi todos los casos.


Cuando repasamos la carrera de George Segal durante los setenta nos sorprende que no haya defendido después su status de primera figura. Era normal que con el paso del tiempo, los protagonistas jóvenes resignaran su preeminencia y pasaran al reparto, pero al extenderse el promedio de vida y la entereza que lo acompaña, Jack Lemmon, Paul Newman, Walter Matthau, Robert Redford, Michael Caine, Alan Arkin, Donald Sutherland o Christopher Plummer mantuvieron en su otoño su cargo de estelaridad y si bien participaron en ciertos proyectos como secundarios, no dejaron de ser protagonistas. Otros, como Elliott Gould o George Segal, en cambio, un buen día pasaron a los repartos y no volvieron a estar antes del título. Elecciones que se hacen. A veces por necesidad, otras por convicción.


Cuando uno se reencuentra con Segal en un reparto, cuesta reconocer al rey del cartel y de la boletería de antaño. Sin embargo, se lo ve cómodo y feliz, que a la larga es lo único que importa.

Gustavo Monteros

jueves, 11 de abril de 2019

Annie

El director John Huston podía hacer cualquier cosa. No porque su versatilidad fuera prodigiosa, sino porque su profesionalismo era a prueba de balas. A lo largo de su carrera había probado ser un profesional hábil y sobre todo confiable. Puede que el proyecto no se aviniera a su sensibilidad, su interés o su talento, pero no por eso dejaría de entregar un producto serio y vendible y a tiempo, sin demasiadas demoras que engrosaran el presupuesto inicial.


A principios de los ochenta, andaba por los setenta y pico y procuraba tachar de su lista los proyectos que quería hacer y que comprometían su arte. Su salud declinaba y no era un hombre proclive a restringirse placeres de alcohol y tabaco, sobre todo. A lo largo de su vida se había bebido un par de destilerías y se había fumado un par de cosechas de Cuba. Había tenido a todas las mujeres que había querido y no extrañaba las hazañas de la cama. Las drogas no lo habían hecho adicto y podía prescindir de ellas por un whisky, incluso uno regular.


Entre sus ambiciones no realizabas, figuraba llevar al cine la novela de Malcolm Lowry (considerada infilmable) Under the volcano/Bajo el volcán. Como era considerado un proyecto muy poco rentable, no había productores dispuestos a aventurarse, por lo que el viejo Huston debía producirla él mismo. Para ello necesitaba trabajar y aceptaba lo que le propusieran. Aunque fuera una de terror, terrorífica en todo aspecto comenzando por un muy pobre guión (Fobia, 1980) o una de fútbol en un campo de concentración de la Segunda Guerra en la que había que hacer magia, porque el presupuesto era magro, el elenco numeroso, y encima había que recrear “época”. Le salió bastante bien y fue por estos pagos todo un éxito. Porque somos futboleros y aparte de las rutilancias de Stallone y Michael Caine, andaban en este argumento el mundialista Osvaldo Ardiles y el rey Pelé. Victory, a secas, era el título original, ampliado aquí como Escape a la victoria, 1981.


A poco de terminarla, el productor Ray Stark, muy amante de llevar obras de teatro triunfadoras en Broadway al cine, le ofreció el éxito más comentado por aquellas temporadas: el musical Annie.


Cuando la vi en ocasión de su estreno en 1982, me pareció que no se había esmerado demasiado, pero ahora que se supone sé más, o que al menos tengo muchísimas más horas de cine, comprendo que estaba equivocado.


Para empezar se aseguró de tener en el reparto amigos y talentos que le resolvieran los personajes sin obligarse a estar excesivamente sobrio al dirigirlos. Albert Finney, convenientemente pelado para el rol, era el ricachón que necesitaba invitar una huerfanita a su palacete (literalmente) para mejorar su imagen de sociópata. Su asistente era la alta de piernas eternas Ann Reinking. A John le divirtió la idea de equiparla a la también maravillosa bailarina de piernas eternas, Cyd Charisse. La directora del orfanato era la infaliblemente cómica Carol Burnett, secundada por los “malos” Bernardette Peters y Tim Curry, dos delicias en estado puro. Y claro, un ejército de niñitas.


Para sorpresa de todos, dirigirlas fue su mejor contribución a la película. El hombre tenía en su currículum unas cuantas historias de malandrines sin suerte. Quizá las huerfanitas no llegaran a dedicarse a una vida de delito, pero que tenían poca  o ninguna suerte era muy comprobable. Y ¿cuál es la diferencia ente una cárcel y un orfanato de melodrama tipificado? La edad de los internos. Esto, supongo, que fue lo que más estimuló su morbo creativo. Como sea, insisto, lo mejor de la película son las escenas en el encierro del orfanato. También tiene mucho nervio la persecución final, el final feliz está garantizado, pero que no sea óbice para no someter a la pobre Annie a unas cuantas torturas previas.


La nena Aileen Quinn fue una Annie tan pelirroja como simpática secundada por el peludo y pulguiento perro Sandy.


Annie tiene unas cuantas canciones muy logradas y de mejor oír.


Lo ganado en esta  película redondeó finalmente el presupuesto para rodar Bajo el volcán en 1984, el protagónico recaería de nuevo en el muy talentoso Finney, con pelo esta vez.


Annie ha regresado a Netflix y merece verse o reverse porque después de todo “Seguro que hay sol…mañana”


Gustavo Monteros









En colores imágenes de la película. En blanco y negro, el director John Huston y las chicas de Annie.

jueves, 3 de marzo de 2016

La juventud



A Paolo Sorrentino  (L'uomo in più, 2001, Las consecuencias del amor, 2004, El amigo de la familia, 2006, Il divo - La spettacolare vita di Giulio Andreotti, 2008, This must be the place, 2011, La grande bellezza, 2013) se le puede culpar de muchas cosas menos de falta de ambición. En La juventud (Youth, 2015), considerado por muchos críticos europeos como un film menor (¡?) se propone nada más ni nada menos que desentrañar el sentido de la vida. Sus personajes discurren sobre la vida y la muerte, y se asientan en tres ejes: el paso del tiempo y sus consecuencias, el amor y la creación. Dicho así puede parecer que todo es sesudo, profundo, demandante, pero no, es de fácil acceso, fluye y es altamente entretenido.


Pasan unos días de verano, en una mezcla de hotel, spa y sanatorio de Suiza (escenografía compuesta por varios hoteles de lujo, porque de existir en un solo lugar tantas comodidades como se muestran, uno haría lo imposible por procurar visitarlo) Fred Ballinger (the one and only Michael Caine) un compositor y director orquestal retirado, que resiste la invitación de la reina de Inglaterra a salir de su exilio artístico; su amigo de toda la vida, Mick Boyle (Harvey Keitel) un director de cine, que rodeado de un grupo de jóvenes guionistas ultima el borrador de su próxima película; Jimmy Tree (Paul Dano) un astro cinematográfico que procura aceptar las dificultades de su próximo papel; un innominado ex jugador de fútbol latinoamericano (nuestro Roly Serrano), considerado un dios, reconocido internacionalmente, muy excedido en peso y con dificultades para respirar, que se halla en recuperación y reposo, y que provoca una respetuosa deferencia de los mencionados anteriormente (cualquier semejanza con Diego Armando no es pura coincidencia), entre muchos otros huéspedes. Más tarde irrumpirá, Lena (Rachel Weisz) hija de Fred/Michael Caine y también su asistente; Julian (Ed Stoppard) el esposo de Lena con su nueva pareja, la estrella pop Paloma Faith, representándose a sí misma. Y claro, los médicos, las enfermeras, las masajistas, los recepcionistas, los entrenadores de distintas disciplinas, los botones, las prostitutas, los artistas que noche tras noche los entretienen con un show, y hasta la nueva y tremendamente escultural (como puede apreciarse en el afiche) Miss Universo (Madalina Ghenea). Ah, y cerca del final, Jane Fonda haciendo de ícono del cine, algo que salvo ella y tres más pueden hacer.


Este variadísimo elenco charlará sobre sus problemas, a veces los enfrentarán, otras veces no, resolverán alguna cosa o no, de tanto en tanto se entregarán a diálogos sentenciosos, pero en el jamás de los jamases, aburrirán.


Paolo Sorrentino es el rey del gran angular, de las tomas panorámicas, de los barridos abarcadores y épicos, de las grandiosas tomas multitudinarias; es también un insobornable buscador de belleza, que a veces encuentra y otras se queda en lo meramente “lindo” y casi publicitario; y como ya dijimos, un ambicioso que no se anda con chiquitas. Puede que sus logros no estén a la altura de sus ambiciones, pero se gana el respeto por salirse de la medianía, de lo seguro, de lo transitado. Como trabaja con constancia, de a poco nos vamos familiarizando con su estilo, con sus modismos, con sus obsesiones, y en un día no muy lejano comenzaremos a considerarlo un maestro. Esta vez no está el actor Toni Servillo, su protagonista frecuente, y en un papel que se adivina pensado para Servillo, Michael Caine le saca lustre a su inmenso talento. Su actuación no solo es deslumbrante, es antológica.


En resumen, no será perfecta, lejos de ello, pero es imperdible. Sobre todo para los admiradores de Caine, que le andábamos deseando un gran papel, y para los jóvenes cinéfilos, que por obvias razones ya no podrán decir “vi un Visconti, un Fellini, un Bergman en estreno”, pero que podrán enorgullecerse de haber visto Sorrentinos en estreno.

Gustavo Monteros

jueves, 30 de octubre de 2014

El último amor



Si el mundo fuera justo, Michael Caine sería declarado patrimonio cultural de la humanidad, porque en esto de jugar a expresar emociones, grandezas y flaquezas humanas, el hombre es único. De allí que uno se alegre cuando tiene un personaje a desarrollar (como en este caso) y que uno se apene cuando está en una historia que no lo merece (también como en este caso).


Último amor es una de esas películas partidas, con una primera mitad buena apuntando a óptima y una segunda tan mala que cae pésima.


El Sr. Morgan (Caine, claro) es un norteamericano que deambula, como los tan de moda zombis, por París (la ciudad luz siempre es un plus). Solo perdura hasta que le llegue la hora de morir. La depresión que lo aqueja es muy comprensible porque ha quedado viudo nada más ni nada menos que de Jane Alexander (que lo ronda como un fantasma ya que cuando se recuerda a quien se ama, no hay muerte vencedora). Un acto de gentileza en un bus le permite conocer a Pauline (la luminosa Clémence  Poésy). Entonces el Sr. Morgan parece despertar a la vida otra vez. Todo nuestro interés y nuestra simpatía están con él. Hacemos mal porque la historia tiene otros derroteros, más crasos y vulgares. Para colmo de males la aparición de los hijos del Sr. Morgan, un antipático Justin Kirk y una algo sobreactuada Gillian Anderson termina por empeorar la cosa y mandarla bien al carajo.


Dirigió con poco tino esta vez Sandra Nettelbeck que en el 2001 nos regalara ese banquete que fue Deliciosa Martha sobre aquella chef alemana muy particular (Martina Gedeck) que de repente tenía que hacerse cargo de la sobrina, una chiquita de ocho años muy terca, mientras se sentía amenazada por la llegada de un nuevo cocinero italiano (Sergio Castellitto). Film que no mereció la horrible remake que le propinó Hollywood con Catherine Zeta-Jones y Aaron Eckhart rebautizada Sin reservas. Si pueden vean o revean el primero y huyan mucho del segundo.
 

Y en cuanto a este Último amor, no huyan demasiado, más que nada por Michael Caine, que vuelve visible hasta el bodrio más atroz. Aquí tiene un par de escenitas antológicas, con las que es imposible no conmoverse o sonreír, a pesar del dudoso acento norteamericano que intenta. Pequeña imperfección que ratifica su genio.

Un abrazo, Gustavo Monteros