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jueves, 1 de diciembre de 2016

Capitán Fantástico

Ben (Viggo Mortensen) ha cumplido el sueño de muchos adolescentes: vivir con su familia apartado de la civilización y según sus propias reglas. Entrena físicamente a sus hijos con rigores de marine, saben cazar, escalar y robar, tienen acceso libre a una biblioteca con libros de todo calibre y así pueden debatir y analizar literatura, política, ciencia o filosofía. Su peculiar pedagogía da resultados sorprendentes, las principales universidades de Estados Unidos mueren por tener entre sus alumnos al hijo mayor, Bodevan (George MacKay). Que su nombre sea tan raro no debe llamarnos la atención, todos sus hijos tienen nombres inventados que celebran el ser único e irrepetible. Como se observa ideas inspiradas conviven con tonterías medio hipponas o de la peor autoayuda. Claro, por el aislamiento, los seis hijos carecen de los más elementales protocolos sociales que tenemos todos los que vivimos en un ambiente más “integrado”. Este mundo personalísimo está por entrar en eclosión con la realidad tal como la conocemos. Se verán obligados a abandonar su hábitat y confrontar con la civilización.


El viaje de este Capitán Fantástico abarca mucho terreno. Es tanto la épica de un individualista y los límites que encuentra para llevarla a cabo, un ensayo de educación alternativa con sus logros y fallas, la aceptación de fracasos luminosos y la asunción de ausencias dolorosas.


Ben es un personaje apasionante, porque es falible y se lo ve en más de un dilema. Podría dar más detalles de su personalidad o de las peripecias que atraviesa, pero eso aniquilaría algunas sorpresas y los predispondría según tal o cuál visión y arruinaría el placer de descubrir las aristas de un personaje y de una película que (para usar una palabra de moda) nos interpela.


El también actor Matt Ross entrega una película, en más de un sentido, única. Viggo Montersen ratifica ser un animal cinematográfico, la cámara lo ama y se ocupa de amplificar sus sabidurías actorales que se acrecientan con cada trabajo, y para felicidad del personaje de Roger Bart en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004) se lo ve con toda su masculinidad al aire.


Y aunque Ben me vetaría el uso de una palabra tan anodina, lo desobedeceré y diré que es una de los filmes más “interesantes” del año.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de abril de 2015

De amor y dinero



De entrada la cosa pinta bien. Es el debut de un guionista con trabajos impecables en su currículum: Las alas de la paloma, 1997, Las cuatro plumas, 2002 y Drive, 2011. Sí, el anglo iraní Hossein Amini sabe escribir un guión.


La cosa sigue bien porque se basa en una novela de Patricia Highsmith, autora con suerte en el cine, sus trabajos inspiraron películas notables: Extraños en un tren, Alfred Hitchcock, 1951, A pleno sol, René Clément, 1960, El amigo americano, Win Wenders, 1977.


Y la cosa inclusive mejora porque protagoniza Viggo Mortensen, uno de los pocos actores contemporáneos que entiende el estrellato a la manera de la vieja escuela hollywoodense, en algún recodo del camino comprendió que para ser estrella de cine no basta con la apostura, el talento y la fotogenia, sino hay que dejarse amar por la cámara, hallar los gestos que den mejor en pantalla, desprenderse de los que enturbian la nitidez de la expresión y profundizar un perfil intransferible de seducción o encanto. Y hoy es como el correlato de un Gary Cooper.


Además está filmada en Grecia y en Turquía, que se ufanan y con razón de tener paisajes de ensueño. De modo que en los papeles, al menos, la cosa pinta inmejorable.


Por suerte y gracias a todos los dioses del Olimpo, el mitológico y el cinematográfico, la cosa está a la altura de los papeles.


Estamos en Grecia en 1962, un guía turístico estadounidense que habla muy bien el griego, Rydal (Oscar Isaac) mientras le presenta la Acrópolis a un grupo de turistas, observa con detenimiento a una pareja, Chester (Viggo Mortensen) y Colette (Kirsten Dunst). Él le llama la atención en particular porque lo halla parecido a su padre que acaba de morir. Colette contratará sus servicios, una cosa llevará a la otra y acabarán en un entramado de celos, deseos, asesinatos y fugas.


La historia es apasionante y está contada con elegancia, fluidez e interés creciente. Y el impecable guión hará que hasta retumben ecos de los mitos de Teseo y Edipo, que deleitará a los helénicos, pero no ensombrecerá para nada el deleite de los que jamás han oído sus nombres.


El trío protagónico no ignora el secreto de la buena actuación y lo devela. La música del vasco Alberto Iglesias es muy hermosa y para nada intrusiva, dominante o ensordecedora. Todos los rubros técnicos son de una apabullante excelencia.


En los títulos finales, Hossein Amini agradece a Anthony Minguella y Sydney Pollack, artífices de lo que terminó siendo el mejor Minguella, El talentoso Sr Ripley, también sobre novela de la Highsmith. Lo hace porque inscribe De amor y dinero en el estilo de El talentoso Sr Ripley, o sea luminosa recreación de época, rubias hermosas, deslumbrantes paisajes veraniegos, elegantísima ropa clara y mucho sombrero. Otro peligro salvado, un estilo ambicionado y no logrado queda en un artificio tonto y hueco, pero cuando se lo logra, se lo agradece y disfruta.


En resumen, como nunca nos sobran ni el amor ni el dinero, sería aconsejable no perderse esta desventura.

Gustavo Monteros

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las estrellas también cumplen años


Reproduzco esta nota más que nada porque a todos nos interesa estar al tanto de la edad de los actores.

Domingo 24 de noviembre de 2013 | Publicado en edición impresa

Hollywood

Estrellas que no se apagan

Los protagonistas envejecen sin sucesores; films para caras nuevas, como 50 sombras de Grey, ponen en aprietos a los estudios

Por Javier Porta Fouz  | Para LA NACION

 Sylvester Stallone: 67. Arnold Schwarzenegger: 66. Bruce Willis: 58. George Clooney: 52. Robert De Niro: 70. Al Pacino: 73. Robert Downey Jr.: 48. Harrison Ford: 71. Viggo Mortensen: 55. Brad Pitt: cumple 50 en diciembre. Tom Cruise: 51. Adam Sandler: 47. Daniel Day Lewis: 56. Denzel Washington: 58. Clint Eastwood: 83. ¿Y Leonardo Di Caprio? Un niño realmente, cumple 40 recién el año que viene, las ventajas de haber empezado muy joven y haber participado en un éxito descomunal como Titanic (1995) muy pronto.

El promedio de edad de estas dieciséis estrellas del cine de hoy (incluido el niño Di Caprio), de esas que convocan público por su propio nombre, es 59 años ¿Pueden encontrar una cantidad similar de estrellas taquilleras, pero con un promedio de edad de 49 años? ¿Y con 39? Prueben: cuando hizo El padrino II, Al Pacino tenía 34, y De Niro, 31 años. Simplificando y generalizando mucho, podemos decir que las grandes estrellas masculinas jóvenes son un invento del cine de décadas pasadas, y que lo que hay ahora es apenas un eco de eso, ¿o será un último estertor? ¿Dónde están los Pacino y De Niro actuales?

 Cuando se estrenó Volver al futuro Michael Fox tenía 24 años, ¿dónde está el nuevo Michael Fox? Sí, claro, hay estrellas más nuevas: Matt Damon tiene 43 y Ben Affleck, 41 ¿Justin Timberlake? 32 años ¿Jesse Eisenberg? 30. Podemos bajar la edad y encontrar algunos nombres más (no tantos), pero al compararlos con los citados al principio nos alejamos cada vez más de la noción de estrella: nombres inmediatamente reconocibles por el espectador (es decir, sin necesidad de aclarar "Jesse Eisenberg, el de Red social"). En el caso del cine de acción, un surgimiento rutilante de los últimos años fue el inglés Jason Statham, que llegó a la fama con poco pelo y hoy tiene 46 años. El éxito, para los actores en el cine de hoy, está lejos de estar asociado automáticamente con la juventud.

 Sí, hay éxitos que tienen actores jóvenes. Crepúsculo por ejemplo. Pero si nos detenemos en el veinteañero Robert Pattinson, veremos que su éxito proviene de la serie vampírica y que él, por sí solo, no puede trasladarlo automáticamente a otra película. Lo mismo ha ocurrido con los jóvenes actores de Harry Potter. Y megaéxitos globales como la serie -por ahora sin fin- Rápidos y furiosos tampoco transfieren su atractivo a otros proyectos de los actores principales, que ya no son unos niños.

 En el siglo XXI, muchos éxitos se construyen con una marca (best sellers como punto de partida es una fórmula muy utilizada) que puede prescindir de un director especialmente conocido y de actores superestrellas. Ahí están las mencionadas Harry Potter y Crepúsculo: estas películas hacen famosos a sus actores y no al revés. Y así tal vez será con la adaptación de 50 sombras de Grey y Jamie Dornan.

 Las películas de animación más grandes, si bien suelen contratar a muchos actores conocidos para que aporten sus voces, tienen éxito también dobladas a otros idiomas, lo que probaría que tampoco para ellas son tan necesarias las estrellas. De esto podemos derivar una hipótesis rápida sobre por qué hoy no surgen tantas estrellas jóvenes: buena parte del cine sigue haciendo negocios sin necesitarlas. Sí, hay otra zona del cine que, impulsada por el nombre de los actores, continúa generando éxitos, pero esos éxitos no son necesariamente la porción más grande de la torta.

Era distinto en el pasado: en los setenta no había estas series de secuelas y más secuelas y el cine de animación estaba muy, pero muy lejos de generar (en términos absolutos y en términos relativos) los ingresos de hoy en día. Pero en esa década ya estaba el germen de las películas que basan su venta mucho van más allá de las estrellas: Tiburón (1975) de Steven Spielberg (Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss eran conocidos, pero no estaban por delante de los dientes del asesino acuático en el afiche) y, por supuesto, La guerra de las Galaxias (1977) de George Lucas, que ayudó a construir como gran estrella a Harrison Ford (y falló con Mark Hamill). Spielberg y Lucas, si bien a partir de hacerse exitosos lograron trabajar con otras estrellas, empezaron a probar que quizá no eran tan necesarias, y el cine de hoy sigue utilizando sus enseñanzas. Habría que preguntarles a los actores prometedores de hoy en día si no hubieran preferido ser jóvenes promesas (o realidades consumadas) en los setenta o en los ochenta.

 Hay otra manera de ver este fenómeno: a edad similar, los actores de hoy en día parecen mucho más jóvenes que los actores de décadas pasadas. Es fácil de entender: gracias a diversos factores (algunos más naturales, otros menos) estrellas que son muy conocidas y que portan una larga carrera previa parecen de mucha menos edad que la que tienen. Y entonces, otra hipótesis: no habría tanta necesidad de estrellas nuevas porque las estrellas establecidas (de cuarenta o de mucho más) lucen cada vez más jóvenes. En una nota reciente de Vulture se hacía una comparación entre actores de hoy y del pasado con edades similares. Un par de ejemplos: Harrison Ford es hoy dos años mayor que Burgess Meredith cuando hizo de Mickey en Rocky . Y Bruce Willis tiene la misma edad que Spencer Tracy cuando hizo El viejo y el mar. Las actrices también están en la nota de Vulture, pero es un tema que se podrá tratar en otra ocasión: aunque algunas se comparten, entran a jugar otras variables dignas de verse por separado.

¿Y en cuanto a los actores argentinos? La estrella más grande del cine nacional en este momento es Ricardo Darín, ¿Edad? 56 años. ¿Y los otros dos nombres que llevan mucho público en el cine argentino? Guillermo Francella tiene 58 y Adrián Suar, 45. Por otra parte, a juzgar por la recepción en la Argentina de los nombres más nuevos de Hollywood, es aún más difícil instalar una estrella joven aquí que en los Estados Unidos. Por ejemplo, Channing Tatum (33) no es una estrella para el mercado local y las magras cifras de sus estrenos lo prueban. En cambio, Johnny Depp sigue llevando mucha gente a los cines: El llanero solitario funcionó en el mercado local mejor que en el promedio mundial. Claro, Depp, de eterna cara de joven y que recién cumplió los 50, un niño al lado de los largamente septuagenarios Stallone y Schwarzenegger..
 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ilegales


Corrían los años 1920 hasta que los agarraron porque el epílogo de esta película ocurre en otra década. Perdón, corría el año tal hasta que lo agarraron es una vieja rutina de music hall que siempre quise homenajear. Listo, ya lo hice, juro que de ahora en más me portaré bien. Comienzo de nuevo. Estamos en el condado de Franklin que sabrá Dios donde queda, los yanquis confunden Río de Janeiro con Buenos Aires, ¿y yo tengo que saber en qué estado queda el condado de Franklin? Perdón, me fui otra vez. Prometo que ahora me concentro y no me disperso más. Bueno, estamos en el condado de Franklin y corren los años 1920, o sea hay ley seca, elaboración ilegal de alcohol, gánsteres, ametralladoras, trajes a rayas, sombreros y esas cosas. Pero esta nueva película de John Hillcoat está más cerca de un western (como su primer film The proposition, 2005) que de Boardwalk Empire, la estupenda serie de HBO con la que supuestamente comparte época y tipo de personajes y delitos. Más allá de las peculiaridades de la historia (atropello y posterior venganza, tema bastante “vaquero” si los hay, re-Los hijos de Katie Elder, por ejemplo), quizá sea fácil homologarla a un western porque transcurre no en Chicago sino en el ya mencionado condado de Franklin, zona medio montañosa llena de bosques, laguitos y esas cosas, re-Temple de acero.
 


Es la historia real (¿real hasta dónde?, sabrá Dios) de los hermanos Bondurant y se supone que empaticemos con estos protagonistas, ¡tres forajidos! El mayor es Frank (Tom Hardy, que, créase o no, tiene labios más gruesos que los de Angelina Jolie, ¡recórcholis!) Un hombre tosco y taciturno capaz de súbitos ataques de violencia sádicos que deja a Hannibal Lécter a la altura de La novicia rebelde (mejor no lo enojes). El del medio es Howard (Jason Clarke) un borrachín que aprovecha que elaboran bebidas alcohólicas y toma, toma, toma, total le salte al costo. Y el menor, Jack (Shia LaBeouf), un tarambana que tiene como “role model” (modelo a emular) no a Newton o Mark Twain sino a ¡Floyd Banner! (Gary Oldman), un gánster sanguinario como pocos. Y no va que sí, que simpatizamos con estos tremendos bandidos, quizá por la excelencia de los actores, la astucia del guión, la destreza de la dirección o por nuestra pasiva ingenuidad de espectadores que nos lleva a identificarnos con los que nos pongan de protagonistas. Sea por lo que sea, nos preocupa el destino de estos atorrantes. De modo que le damos a esta historia plausibilidad o credibilidad y no nos aburrimos ni ahí. Otro rasgo no menor de este film es la violencia, gráfica, gráfica. Damas y caballeros impresionables, abstenerse. Se siente como se rompen los huesos, los cortes de venas y carnes son como de cirugía sin anestesia, y se percibe como los golpes con nudilleras de acero destrozan músculos, dientes y cartílagos. Gráfico, gráfico, mire. Los trucos en el cine avanzan a pasos agigantados. Los despanzurramientos de Salvando al soldado Ryan hoy parecen tan antiguos como los trucos de Méliès. Aunque pensándolo bien, recién ahora se me ocurre, que la violencia sea tan detallada contribuye quizá a que seamos más partícipes de la película.
 


Lo que tira abajo un poco la veracidad ficcional es que dos de estos sátrapas se queden con algunas de las mujeres más exquisitas del cine contemporáneo. Frank entablará relación con Maggie (Jessica Chastain) una ex corista que quiere dejar de desandar las angustias del camino del cinismo. La Chastain está más cerca de la sofisticación de Marlene Dietrich que del hembrón rotundo garantizador de erecciones estilo Jane Russell. Su primera aparición en escena derrama glamour y parece fuera de lugar en un ambiente tan sórdido. Pero lo que es tan tangible como su elegancia es su maravilloso talento. A la chica le basta pitar un cigarrillo y derramar un  par de lágrimas para comunicar que ha sido víctima de una violación inenarrable por la que ninguna mujer quisiera pasar. Todo un prodigio la rubita. Y Jack conquistará a Bertha (Mia Wasikowska) una de las pocas actrices que deslumbra a cara lavada o con poquísimo maquillaje. Aquí hace de la hija de un pastor religioso estricto, un poco Amish o algo así; las variaciones del culto protestante me son un poco ajenas. Le toca pasar por un momento que es pura fantasía cinematográfica. Como dijimos la chica es medio Amish o algo por el estilo y por lo tanto luce una moda muy poco sentadora. En un momento Jack le compra un vestido a ojo, la chica se lo pone y no le chinga la sisa (sabrá Dios también qué es eso, pero las mujeres de mi casa decían cosas así) ni le queda un chiquitín holgado, no, le queda como si los diseñadores de vestuario de una película acabaran de acabaran de cortarlo y coserlo sobre su cuerpo, ¡andá!
 


A los actores y actrices mencionados, hay que sumarle el súper villano que hace Guy Pearce. Con cejas depiladísimas y un corte de pelo que hay que ver para creer, no me pongo de acuerdo conmigo mismo, no sé si el hombre hace una gozosa caracterización de un maldito o una sobreactuación antológica. Como sea se deduce que no pasa desapercibido para nada.
 


John Hillcoat filma bien, pero abandona esta vez las honduras a las que llegó con su obra anterior, La carretera, en la que un  padre, Viggo Mortensen debía poner a salvo a su hijo en un mundo que se había ido bien al carajo tras una apocalíptica explosión nuclear. Aunque hay aquí temas como el honor, los lazos familiares, el erguimiento de un mito y esas cosas, el asunto no pasa de la superficialidad de un título.
 


En resumen, una película vistosa, entretenida, violenta como una buena historieta de la vieja revista El Tony.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Ah, parece que el condado de Franklin queda en Virginia. Y el guión, al igual que el de The proposition, es de Nick Cave. El muchacho, aparte de ser un músico de lo más creativo, ahora también me escribe. Sigue así.

sábado, 31 de marzo de 2012

Un método peligroso


Si he de decir la verdad (y no veo por qué no habría de hacerlo), a esta película no hay con que darle. El tema es apasionante. La relación cambiante y ambivalente entre el viejo y querido Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), con el agregado de una coprotagonista de lujo, Sabina Spielrein (Keira Knightley) y un secundario que no le va a la zaga, Otto Gross (Vincent Cassel).

Como se ve un elenco de aquellos, en plena forma y dispuesto a dar lo mejor de sí en personajes únicos. Viggo Mortensen entrega una notable caracterización de Freud. Keira Knightley brinda la actuación más audaz e histriónica de su carrera y sale con todos los laureles reverdecidos. Michael Fassbender confirma que es un actor envidiable. El hombre es de muy buen ver, tiene una fotogenia inexpugnable y un talento a prueba de escépticos. El gran Cassel está en su salsa y destella comme d’habitude.

El guión de Christopher Hampton (El cónsul honorario, Relaciones peligrosas, Carrington, El fuego y la sombra, El americano, Expiación – deseo y pecado, ¡hay que tener ese currículo!) concibe un guión (basado en su propia obra de teatro, basada a su vez en un libro de John Kerr) con el que se podrían dar clases. Es preciso, contundente, claro, fluido, con detalles certeros, situaciones arteras y con toques de humor tan bien puestos que se equiparan a la famosa cereza de lo postres.

David Cronemberg, alejado al parecer definitivamente del despanzurramiento de cuerpos con fines metafísicos y/o terroríficos del pasado, como en las recientes Una historia violenta o Promesas del Este (protagonizadas también por el amigo Viggo) se dedica con elocuencia y elegancia a desmenuzar secretos y viviseccionar almas.

Sin embargo, a pesar de tanto nombre de lustre y fuste, tanta profusión de talento, tanto tema intrigante y revelador, me pasé toda la película insuflándome el entusiasmo y aventándome el interés. Las tres veces que la vi. Y… soy de insistir.

La primera vez la vi a poco de su estreno en Europa, en algún momento del año pasado. Como suele suceder, rondó por la web primero en versión Cam, o sea filmada con una camarita en una función de cine. La bajé y la vi porque me daba mucha curiosidad. El sonido era impecable y la imagen un poco opaca. Supuse que con una copia mejor la disfrutaría más. Cuando llegó la temporada de premios, apareció un ripeo del DVD. Lo bajé y volví a verla. La reacción fue parecida a la de la primera vez. Me dije lo que me digo siempre: a las películas hay que verlas en el cine. Y ahora que la estrenaron fui. Y sigo como la primera vez. Hay algo que no me funciona. Conmigo esta película es como esas chicas que de tan pero tan lindas no son atractivas. Me parece demasiado impecable, controlada, medida, estudiada.  Sin esa coma fuera de lugar o ese adjetivo discutible que le da vida repentina o belleza imprevista a las cosas.

Pero no me lleven el apunte. Para nada. Véanla. El problema soy yo, no la película. Como dije en un principio, objetivamente no hay con que darle.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 27 de junio de 2010

La carretera

El mundo finalmente se ha ido al carajo. Todo es devastación, desolación. Una incognoscible catástrofe ha tenido lugar. Los alimentos escasean. Nadie produce nada. Sólo se trata de sobrevivir. Como era de esperarse, surge lo peor de la especie humana y los más hijos de puta son los que más sobreviven y mejor. No se privan ni del canibalismo. La esperanza parece estar en la costa, hacia el sur. O no, pero al menos es un incentivo para seguir tirando. En este paisaje gris y ceniciento, un padre y un hijo de unos 10 años conservan un dejo de decencia.


La carretera es una historia de supervivencia, de aprendizaje y la crónica de una desesperada relación padre-hijo. El padre idealiza al hijo, lo diviniza. Es su manera, más que de celebrar, de conservar la vida. Él puede morir, pero el hijo debe vivir. Lo que él es o ha sido, su vida o la de cualquiera, perdurará en el hijo. Como suele suceder, sobre el final, los términos se invertirán y el hijo, al menos moralmente, conducirá al padre.


La película, más allá de sus muchas virtudes, no termina de levantar vuelo. Quizá porque como todo relato de camino es episódico. (En estos relatos no hay progresión dramática; la anécdota, un viaje, se nutre de los episodios sueltos que se van sucediendo.) O quizá porque insiste en una simbología religiosa que le da mucho lastre. (Conviene siempre que los símbolos surjan de lo que se cuenta y no que se sobreimpongan a lo narrado.)


Pero si nunca abandonamos el interés en las terribles cosas que van pasando es gracias a Viggo Mortensen. El padre que encarna conmueve a cada instante. Una gran actuación injustamente olvidada en la pompa y fasto de las premiaciones.


Se basa en una novela de Cormac McCarthy, de quien ya se llevaron al cine Espíritu Salvaje (por Billy Bob Thornton, 2000) y Sin lugar para los débiles por los hermanos Coen, 2007). McCarthy tiene una pésima opinión del género humano. No es para menos, vive en Texas.


La carretera es un film maldito por excelencia. Sus productores lo odiaron porque lo hallaron invendible. Los críticos se dividieron. El público le dio la espalda. Y le está costando la carrera a su director, el australiano John Hillcoat. Hollywood es como el caprichoso niño rico, si algo sale mal comercialmente, la culpa la tiene otro, generalmente el director. Si se estrena en cine y no pasa directo a DVD, es por la popularidad de Viggo Mortensen por estos lados. Es justo que así sea, su labor es descollante y cimentará aun más el cariño y el respeto de su público.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una historia de violencia

De vez en cuando a propósito compro golosinas que ya existían en mi tierna y lejana infancia (galletitas Rumba, Tita, alfajores Jorgito, pastillas D.R.F., caramelos Media Hora, etc.). Lo hago para comprobar si tienen el mismo gusto que tenían en la antigüedad. Inútil y frustrante ejercicio de memoria emotiva. No saben cómo sabían. No porque mi memoria sea quisquillosa o amnésica sino por la sencilla razón de que las firmas que las producían fueron absorbidas por compañías multinacionales a las que les importa un bledo y tres pepinos el sabor, la calidad y la tradición.


Me va mejor cuando hago el mismo ejercicio con películas que en su momento me gustaron mucho. De tanto en tanto vuelvo a verlas para comprobar si están envejeciendo bien.


A history of violence de David Cronenberg sigue tan perfecta y potente como en su estreno en el 2005. Es un cóctel delicioso del western del héroe misterioso y el policial negro retinto del pasado turbulento que vuelve.


Sam Stall (Viggo Mortensen) es un padre de familia irreprochable que atiende un bar. Cuando dos maleantes llegan a asaltarlo, revela una pericia inusitada para matar gente. Este hecho acabará con su bajo perfil y la fama hará que enfrente algunas deudas pendientes.


La clave está en el título porque no es una story sino una history. Ambas pueden traducirse como historia, pero story en su primera acepción es cuento mientras que history en su primera acepción es historia. Esto viene a cuento no porque tenga un ataque de etimología pelotudo sino porque en este relato cinematográfico hay un recorte de tiempo con principio y final. Un círculo, válgame la redundancia, redondísimo entre la escena familiar de apertura (la pesadilla de la nena) y la escena familiar de cierre (la cena). Más un perturbador prólogo que delimitará magistralmente el ámbito en el que se desatará la violencia.


Es una parábola ejemplar que no nos dejará indiferentes y que más allá de su simpleza suscitará tantas interpretaciones como espectadores tenga. Porque cuando las ideas son claras, no hay nada más profundo que lo simple.


Los caballeros confirman su derecho a portar todos los adjetivos admirativos que les han tributado. Viggo Mortensen es el candidato ideal para retratar a este hombre que es tanto un padre soñado como un asesino implacable. A Ed Harris le bastan tres o cuatro escenas para ratificar su estatura de actor inmenso. Y un audaz William Hurt camina por el precipicio de la sobreactuación sin desbarrancarse jamás, regocijándonos con su histrionismo sin par. Pero la sorpresa la da la dama, María Bello se revela como una actriz talentosísima y personalísima. Sincera, plena, segura, una auténtica maravilla. Muy hermosa, además.


Si no la han visto, no se la pierdan. Y si ya la han visto, vuélvanla a ver: vale la pena. La da ISAT, las próximas emisiones son el jueves 19 de noviembre (La Plata Day) a las 22hs y el domingo 29 a las 0:00 y a las 22.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 12 de octubre de 2008

Entre la vida y la muerte

Pasé mi niñez en Catamarca. Entonces estaban de moda las películas de cowboys. Sólo que no las llamábamos así, correctamente. Les decíamos películas de “conbois” que era como creíamos que se pronunciaba.

Íbamos a la escuela normal Gobernador José Cubas, que era una escuela granja. A la mañana, hacíamos la primaria común en un edificio colonial muy bonito, de espaciosas galerías con grandes arcadas que daban a un patio central custodiado por macetones de barro. Almorzábamos en nuestras casas. Y a la tarde íbamos en bicicleta a la granja que quedaba pasando la ermita de la Virgen en San Isidro. En la granja, hacíamos almácigos de verduras y hortalizas, cuidábamos árboles frutales y aprendíamos sobre las abejas. Después nos llevaban a un quincho enorme con una larguísima mesa de roble en la que hacíamos los deberes. Nos daban mate cocido con leche y rodajas de pan cacho untadas con manteca y espolvoreadas con azúcar. Y quedábamos libres para jugar a los “conbois” hasta que oscureciera o el portero se cansara y nos echara. El pedregal, los cactus y las montañas agrestes se prestaban como el escenario ideal para que nos perdiéramos en nuestra fantasía. Nuestros juegos se desarrollaban en una jeringoza que remedaba el inglés. Lo único que pronunciábamos con fidelidad era “come on”. Pero a mí no me bastaba, por eso comencé a molestar con que me mandaran a inglés porque yo quería hablar como en las películas.

Con el tiempo dejaron de interesarme las películas de cowboys, a mí y a mucha gente más, por eso dejaron de hacerlas. De vez en cuando vuelven, como ahora.
Jeremy Irons y sus secuaces aterrorizan el pueblo de Appaloosa, cuyos representantes contratan a dos pistoleros (Ed Harris y Viggo Mortensen) para que impongan la ley y el orden. Jeremy es un villano con recursos y les complicará bastante la vida. Aparecerá en escena una viudita (Renée Zellweger) que deparará más de una sorpresa y conquistará el corazón de uno de los pistoleros.

Ed Harris en su segundo film como director (antes hizo Pollock, sobre la vida del gran pintor norteamericano Jackson Pollock) muestra destreza narrativa y un buen manejo de la puesta en escena. Su actuación es sólida como siempre. A Viggo Mortensen le sientan bien los héroes que hablan más con la mirada que con las palabras. Jeremy Irons en un personaje no muy definido por el guión, como no tiene mucho de donde agarrarse le aporta misterio a su villano. Renée Zellweger juega hábilmente a su viudita y expone lo difícil que les resultaba a las mujeres sin dinero, marido y familia sobrevivir en un mundo de hombres. Su sentido de la lealtad es volátil, pero ¿qué otro remedio le quedaba? Ariadna Gil como una prostituta aparece poco, pero ilumina la pantalla con su sensibilidad y belleza. La fotografía y en especial la música son de primer nivel.

El western más que ningún otro género fue cargándose de significación lo que quizá aceleró si no su deceso, al menos, su alejamiento de las pantallas. John Ford lo transformó en un espacio metafísico en el que el bien y el mal se sobredimensionaban. Clint Eastwood, Fred Zinnemann y John Huston trasladaron al oeste la tragedia griega con todas sus reglas y fundamentos. Sergio Leone llevó la ópera italiana al Far West y especuló con grandilocuencia sobre los caprichos del destino.

Los tres últimos intentos de revitalizar el género: éste, Pacto de justicia de Kevin Costner, y El tren de las 3:10 a Yuma de James Mangold son excelentes films, pero cargan sobre sus espaldas la impronta de imponer trascendencia y resignificación a lo que se cuenta, lo que les quita soltura y fluidez.

Los dos pistoleros de Entre la vida y la muerte (Appaloosa en el original) hablan poco, pero lo hacen con claridad y elocuencia. Pero el guión los carga con tantos psicologismos que este film bien podría llamarse Ingmar Bermang va al oeste.

En los viejos tiempos, los westerns tenían alegría, enjundia, desfachatez, espontaneidad y una profunda vitalidad. La trascendencia y significación surgía de lo que contaban, no se superponían a la historia para fuera sólo un reflejo de ideas rectoras importantes.

Las viejas películas de vaqueros fluían con la alegría del arroyito que salta entre las piedras.

Las nuevas películas del viejo oeste fluyen con la pesadez de un río helado.

Entre la vida y la muerte gusta, y mucho, pero no invita a jugar a los “conbois”.

Un abrazo

Gustavo Monteros