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domingo, 4 de octubre de 2015

Hombre irracional



Como ante todo estreno de Woody Allen, no solo se desatan los ríos de tinta, sino que reverdecen las posturas encontradas de los dos bandos en pugna. Sí, a esta altura de la velada, Woody es cosa juzgada, o en homenaje a las inminentes elecciones, un voto cantado. De un lado, los que están a favor a ultranza (entre los que me encuentro, creo y juro sobre siete Biblias que el peor de los Woody es más atendible que todo el promedio de la producción yanqui en cadena) y los que están en contra (incluso ante sus aventuras más lograda e indiscutibles). (Si existe una postura intermedia, la dejamos de lado por aburrida y poco pasional).

Como no vi aún Un hombre irracional y no tendré por ahora tiempo para verla, me propongo ponerme a la última moda e “intervenir” un reportaje de Diego Battle para La Nación, que se publicó el domingo 27 de septiembre en dicha insoportable, hipócrita, mentirosa y berreta “Tribuna de doctrina”. Se intitula: Woody Allen: "Lo único que me separa de la genialidad soy yo mismo" Y lleva como subtítulo: “El director habla sobre su nuevo film, Hombre irracional, de sus "ritos" laborales y de su admiración por Relatos salvajes”.

El crítico devenido cronista en esta ocasión arranca presentándonos al personaje y poniéndonos en tiempo y espacio: “Si Woody Allen construyó, tanto dentro como fuera de la pantalla, un estilo de persona(je) bastante fóbico y torturado, ya es tiempo de desmitificar esa imagen. En la entrevista a solas con LA NACION, en una suite del tradicional y lujoso Hotel Martinez de Cannes, el director, guionista y actor neoyorquino ratificó que es un verdadero experto en las relaciones públicas y que, con casi 80 años, es capaz de sostener la sucesión de reportajes con un profesionalismo, simpatía y dedicación que muchos jóvenes colegas envidiarían.” (…) “Cuando recibe a este cronista (es nuestro cuarto encuentro en Cannes) ya tiene su speech introductorio preparado: "Quiero decirle que la mejor película extranjera que vi en el último año es argentina: Wild Tales (Relatos salvajes). No sólo es una notable muestra de talento narrativo sino que además rompe con los estereotipos que los norteamericano tenemos respecto del cine de Argentina o Brasil, que debería ser seductor, pintoresco, romántico. No hay tango, ni escenarios llenos de colores ni ninguno de esos clichés ligados al exotismo. Sé que Buenos Aires en varios sentidos es más europea que latinoamericana y esa fuerza cosmopolita se percibe en algunos de los episodios urbanos del film de Szifron, a quien he felicitado públicamente cuando estuvo nominado al Oscar". Bien, más que en los estereotipos esperables en el cine de Argentina o Brasil, Woody parece referirse a los lugares comunes de las producciones yanquis ambientadas en dichos países, sin ir más lejos: Focus: maestros de la estafa, la película que filmó en estas tierras el bueno de Will Smith, porque como nuestras películas se venden al exterior más por accidente que por intención, no abusan de pintoresquismo ni color local alguno. El bueno de Woody no puede evitar ser yanqui y creerse el dueño del mundo, ya que nos caracteriza no por lo que somos, sino por la idea de lo que él cree que somos. Nos atribuye “sus” lugares comunes, no los nuestros.

A continuación el cronista ataca el tema central: “Tras ese prólogo, Woody propone pasar, claro, a su obra y, más precisamente, a Hombre irracional, su 45º largometraje y 13º que estrenó en el Festival de Cannes desde que en 1979 presentara allí Manhattan. El film que el próximo jueves 1º de octubre se lanzará en los cines locales reunió a Allen con Emma Stone y Parker Posey y significó su primer trabajo con Joaquin Phoenix como protagonista.”

Y no solo da una síntesis sino que adelanta una opinión, ¡bravo por él!: Hombre irracional es de esas películas en apariencia ligeras, pero con un sustrato decididamente oscuro y pesimista. Debajo de la gracia de sus gags, del tono liviano con que se retrata la dinámica de un campus universitario, de la sonrisa encantadora de Stone o la locura salvaje de Posey y de los hermosos paisajes de Newport fotografiados en pantalla ancha por el talentoso Darius Khondji, se esconde una película ácida y perturbadora sobre la condición humana y el sentido de la vida.” (…) “Plagada de referencias intelectuales (desde Heidegger hasta Dostoievsky, pasando por Kant, Freud y la dupla Sartre-De Beauvoir), Hombre irracional tiene como perfecto antihéroe a Abe Lucas (Phoenix), un profesor de filosofía alcohólico, traumado, depresivo y en plena crisis creativa que llega a una universidad de Rhode Island, donde no tardará en despertar un interés cercano a la obsesión por parte de una de sus alumnas (Stone) y de una colega casada (Posey).” (…) “La película arranca como una previsible comedia de enredos amorosos, pero da una decisiva vuelta de tuerca cuando trabaja sobre una de las cuestiones favoritas de Allen: el crimen perfecto.”

Y transcribe una cita del director: "Mis héroes de siempre eran grandes escritores como Eugene O'Neill, Tennessee Williams o incluso Ingmar Bergman, pero a nadie le interesó cuando traté de seguir esa línea. Nunca quise ser comediante, pero me fueron empujando y nunca más pude salir"

Y le pregunta: Nunca se muestra demasiado eufórico con los resultados de sus películas ¿Por qué es tan exigente consigo mismo?

A lo que Woody responde: “En verdad soy bastante haragán cuando trabajo. Estoy muy lejos del perfeccionismo de (Martin) Scorsese o (Steven) Spielberg. Uno siempre quiere hacer El ciudadano o Ladrones de bicicletas, pero eso nunca ocurre. Ya no quiero frustrarme más. Me conformo con tener continuidad de trabajo porque filmar sigue siendo una opción bastante mejor que otros oficios. Con Match Point estuve bastante cerca de conseguir lo que quería, y lo mismo ocurrió con Crímenes y pecados, que justo son dos películas con claras conexiones con Hombre irracional en la exploración de los dilemas morales, la muerte o la culpa.”

Obviamos la pregunta sobre cómo mantener la productividad a los casi 80 años porque no nos importa y porque la respuesta es poco reveladora. (Después de todo estoy interviniendo el texto y no simplemente copiándolo).

Agrega luego el cronista: ¿Y el proceso de elección de los intérpretes cómo es?

A lo que Woody responde: “Mi directora de casting, Juliet Taylor, lee el guión y dos días después me trae una lista de 5, 10 o 20 intérpretes para cada papel. Me dice: "El protagonista podría ser Joaquin Phoenix". Yo no tengo idea quién es, pero me trae los videos de Paul Thomas Anderson, los veo y luego apruebo o rechazo. En este caso, me gustó. Y cuando me llevo bien con alguien suelo repetir, como ocurrió con Scarlett Johansson o ahora con Emma Stone, que es como una nueva Diane Keaton con una impronta de estrella clásica. A veces escribo el guión con el actor o la actriz ya en mente, que es lo mejor, pero muy pocas veces ocurre.” (Joaquin Phoenix si lee este reportaje, no va a tirar cohetes de alegría, el hombre no es ningún primerizo, con más de 30 años de carrera, comenzó medio chico en 1982, había nacido en 1974, que le digan todavía que no lo conocen, que no saben quién es, debe ser un baño de humildad inesperado y medio cruento). (A la divina de Emma Stone, que Woody ya conoce por haber trabajado con él en el film anterior a éste o sea Magia a la luz de la luna, le va mejor, que Woody te compare con Diane Keaton es como ganarte un camión con acoplado de Óscars).

A continuación el cronista le pregunta sobre cómo se siente por no haberle mostrado jamás un guión a un financista, pregunta que también obviamos por los motivos aducidos para obviar la pregunta que dejamos afuera antes: no nos interesa y la respuesta no es muy rica.

Pero sí nos interesa la pregunta siguiente: Su próximo film será el primero que hará íntegramente con tecnología digital. ¿Cómo se siente frente a semejante cambio?

Woody dice: “Soy un dinosaurio. No cambio fácilmente. Piense que uso la misma máquina de escribir de toda la vida para redactar mis guiones. Pero el director de fotografía de mi nueva película, el italiano Vittorio Storaro, me convenció. El tiempo ha llegado, no tiene sentido resistir más, no podés ir contra el futuro, que en verdad ya es el presente. Hace tiempo acepté abandonar la moviola y editar en la computadora, lo que me permitió montar una película en apenas 6 o 7 días. También me di cuenta de que la proyección digital es muy linda, casi igual que en 35mm. Pero nunca filmé en digital. En la próxima entrevista le cuento cómo me fue con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.” (¡Lo convenció Vittorio Storaro! Vittorio, entre otros directores, fue fotógrafo de casi todas las películas de Bernardo Bertolucci (incluidas El último tango en París, Novecento, y El último emperador) Francis Ford Coppola (juntos en Apocalypse now) o Warren Beatty (juntos en el demandante desafío de Dick Tracy))

Le sigue una pregunta que parece destinada a los “contreras” que lo odian: Se lo nota incansable. ¿Piensa a veces en dejar de dirigir? No consignamos la respuesta, que peca de obviedad.

Entonces llega el final, una reflexión que habría que memorizar, encuadrar y hasta bordar en almohadones: "No me interesa en absoluto cómo es la industria del cine hoy con sus blockbusters de acción, sus sagas, secuelas y remakes, adaptaciones de comics, acumulación de superhéroes y esa obsesión enfermiza por la taquilla. Para mí el cine es el que me legaron maestros europeos como Truffaut, Godard, De Sica o Fellini. Un arte hecho con amor. No una actividad industrial y mercantil. Ojalá alguna vez vuelvan aquellos tiempos esplendorosos".

Ojalá. Amén.

Gustavo Monteros

sábado, 19 de marzo de 2011

Un despertar glorioso

¿Puede una película con Diane Keaton, Harrison Ford y Rachel McAdams (una actriz joven, bella y talentosa con hambre de gloria) salir mal? No subestimemos a Hollywood. El cine industrial contemporáneo no conoce límites: siempre puede hacerlo peor.


Becky Fuller (McAdams) es una productora televisiva con la obligación de levantar el rating de un programa de noticias tempranero que está último en la lista. Entre otros problemas, deberá lidiar con que sus conductores (Keaton y Ford) se odian. Un inicio promisorio que se queda en eso. Un despertar glorioso padece del peor mal que puede sufrir una comedia: es insulsa, anodina.


A su favor tiene (literalmente) un par de chistes buenos y sus estrellas. Diane Keaton, no hay quien lo niegue, puede hacer divertida hasta la lectura de un catálogo de clavos, remaches y grampas. Como en otras malas comedias en que le tocó estar, nos arranca una sonrisa con líneas y situaciones áridas como un desierto. Harrison Ford, lo ha probado, es una estrella carismática por excelencia. Haría llevadero hasta un trámite en IOMA. Y Rachel McAdams no pasará a la historia con este trabajo, pero se hace querer porque se carga la comedia sobre los hombros y rema contra viento y marea. No llega a buen puerto, pero ni los navegantes del Kon-Tiki lo harían. Patrick Wilson ratifica su talento hallándole matices a un galán que en el guión es sólo estólido y monocorde. Jeff Goldblum y John Pankow (el primo de Paul Reiser en Mad about you/Loco por ti) celebran con dignidad su oficio.


Debo confesar, eso sí, que me conmovió el giro final del personaje de Harrison Ford, por más que fuera convencional y esperable. No porque esté siempre dispuesto a comprar lo que me venda (lo cual es cierto, después de todo el hombre es la cara de lo mejor del cine industrial de la última parte del siglo pasado: Han Solo, Indiana Jones, Blade Runner), sino porque se prueba los zapatos que dejó vacante Walter Matthau, los de los personajes cínicos y gruñones, pero con una bondad inmanente e indestructible. Todavía le quedan grandes, aunque no por mucho.


Tiene apuntes laterales de algo que se discute en estos días (la traición a la noticia por intereses o rating, la conversión de noticieros en shows ficcionados efectistas y grotescos, la compulsión televisiva de propalar bosta constante y el consumo irrestricto de los telespectadores de cuanta basura se lo pone en frente), pero que no profundiza ni ironiza.


En resumen, si como a mí, sin importar lo desperdiciados que estén, les emociona ver en un mismo cuadro a Diane Keaton y Harrison Ford, véanla. Pero si esto los tiene sin cuidado, óbvienla sin culpa.


Dirigió Roger Michell (Notting Hill, Fuera de control, Venus).

Un abrazo,
Gustavo Monteros