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viernes, 16 de octubre de 2026

Digger


 

Digger

 

Me sumo al debate sobre Digger (Iñárritu, 2026) más cerca de la cacareada equidistancia que de la adhesión descontrolada y el desdén infundado. Porque no soy ni su seguidor incondicional ni me comporto con su cine como un detractor profesional.

 

Alejandro G. Iñárritu es un autor que respeto, aunque su obra no siempre me entusiasme. Me gustaron Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) 2014 y Revenant El renacido, 2015. Me gustó hasta por ahí nomás la consagratoria Amores perros, 2000, más o menos 21 gramos, 2003. Vi hasta el final Babel, 2006. No me interesó ver Biutiful, 2019 y no la vi. Aprecié Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022. Y no por hacerme el interesante ni llevarle la contra a nadie, me gustó mucho Digger.

 

El debate ratifica que se trata de una pieza singular, audaz, ineludible.

 

En esencia, Digger es una sátira distópica (para no enredarnos y manejar los mismos conceptos, establezcamos que, según el diccionario de la Real Academia, “sátira” es “una composición en verso o prosa cuyo objetivo es censurar o ridiculizar a alguien o algo”; y “distópica” es referido a la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana).

 

Es muy rica visualmente, de un humor muy oscuro, demandante desde lo intelectual (nada de andar pensando en qué vamos a comer después, mejor concentrarse en lo que se está viendo, que es una película seria, qué joder y no mero contenido audiovisual para ignorar a gusto).

 

Tiene una estructura compleja, pero de fácil seguimiento (no abusa de las elusivas complejidades de los años sesenta como 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968) o Blow-Up (Antonioni, 1966) ni apabulla con las complejidades elípticas de los años setenta como Matadero 5 (Slaughterhouse-Five) Roy Hill, 1972 o Asesinos S.A. (The Parallax View) Pakula, 1974). No, si se le presta debida atención su planteo es claro y no requiere pensar sobre su armado a la salida.

 

Digger trata sobre las devastadoras consecuencias que provoca la codicia de un magnate sin límites ni controles.

 

Para no delatar ni caer en espóileres, digamos que tiene dos planos, el de la realidad y el de la representación, lo que posibilita tener un retrato completo del personaje principal, al que se puede llegar a comprender a pesar de despreciarlo u odiarlo.

 

Como toda película que se hace en la actualidad, se inscribe en la historia de la cinematografía y dialoga voluntaria o involuntariamente con obras creadas con antelación. Hablo de las famosas referencias.

 

Esta tiene muchas, pero dos son evidentes. Uno, el magnate de Digger tiene el sombrero que usa el actor Slim Pickens cuando “cabalga” la bomba atómica en Dr. Insólito o cómo aprendía a no preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Kubrick, 1964). Y dos, cuando dice su descarga ante la asamblea europea remite al discurso de James Stewart en el clásico de Frank Capra de 1939, Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington).

 

Y, claro, este magnate (Rockwell es su apellido) es otro self made man destruido, como los que creó literariamente Sinclair Lewis, uno de los primeros autores en advertir que el capitalismo es un sistema corrupto que idealiza codiciosos imperdonables.

 

Tom Cruise, pala en mano (“digger” es cavador en inglés) se despacha con una actuación muy premiable que, más allá del fracaso en las boleterías, no debería pasar desapercibida a la hora de los trofeos. Sorprende con una exuberancia arrolladora, un histrionismo inusitado. Se permite la misma audacia que exhibe la película. Lo secundan muy bien John Goodman, Michael Stuhlbarg, Burn Gorman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Pip Torrens y Mercedes Hernández.

 

Queda entonces por cubrir las preguntas del millón: ¿por qué sus detractores son tan virulentos?, y ¿por qué hay espectadores que se retraen ante la posibilidad de verla?

 

Quizás (no hay respuesta categórica, en líneas generales, el éxito se explica con facilidad, el fracaso es hijo de múltiples razones) se deba a que interpela con verdades incómodas.

 

Los que no tenemos poder nos hemos escudado siempre en que no somos los que decidimos y que, por lo tanto, no tenemos responsabilidad en la ruina o destrucción de los recursos naturales del planeta.

 

En una escena clave, el personaje principal cuestiona si es tan así.

 

Porque no solo no nos hemos opuesto con fuerza a la codicia de los poderosos, sino que pasivamente usufructuamos de ella.

 

Porque (no lo dice así la película, sino que lo digo yo) no hicimos de las “greenpeaces” corporaciones poderosas, ni nos volvimos anacoretas, ni fundamos comunidades que viven cercanas a la naturaleza, ni dejamos de consumir los últimos teléfonos, las últimas computadoras, los últimos artefactos inútiles que ni mejoran nuestra comodidad ni nos hacen más lúcidos.

 

Los dejamos destruir todo sin tirarles ni un cuete, menos que menos una bombita o quemarles una oficinita. No conformamos células terroristas para secuestrarlos preventivamente para asustarlos, no matarlos. Ni nos organizamos en el supremo castigo al capitalismo: negarnos a consumir lo que se produce con tanto daño.

 

Somos muchos los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida sin celulares ni internet ni “alexas” que prendan la luz porque se lo decimos, y no moríamos ni enfermábamos por no contar con esos supuestos bienes.

 

Como toda sátira tiene una intención moral: denunciar qué está mal e invitarnos a modificarlo. Nos reitera que el mundo se está yendo al carajo todos los días un poquito más.

 

Advertencia que los magnates que más daño hacen ignoran y que los que no somos magnates, también, porque elegimos que nos entretengan.

 

Los de a pie tenemos la disculpa adicional de que nos manipulan, de que somos víctimas de las versiones de la realidad que imponen los poderosos, de consolarnos con que somos inermes. Aunque siempre fuimos y somos y estamos advertidos.

 

Los efectos de la destrucción del equilibrio natural están a la vista y los padecemos ya, hoy, en este momento. Mañana, dentro de un rato, de inmediato serán peores. ¿Hacemos algo? ¿Haremos algo antes de que sea muy tarde? No sé. No creo. Ojalá.

Gustavo Monteros


jueves, 11 de julio de 2019

Black Earth Rising


El showrunner, guionista y director inglés Hugo Blick parece haber descubierto una vertiente que no va a parar de explotar hasta secarla. La empezó con The honourable woman (2014) y la sigue ahora con Black Earth Rising (2018).


La fórmula consiste en elegir algún conflicto mundial irreconciliable (Israel-Palestina en The honourable woman) (el genocidio tutsi a manos de los hulus en Ruanda en Black Earth Rising), colocar en el centro de la escena a una mujer (Maggie Gyllenhaal en The honourable woman, Michaela Coel en Black Earth Rising) cercarla de secretos que irá develando de a poco y dar sobre el final un giro sorpresivo.


La cosa le salió bien en The honourable woman porque en la trama había negocios turbios que se prestan siempre para alianzas inesperadas y traiciones de último momento, en cambio a Black Earth Rising que transcurre entre abogados de juicios internacionales se le nota mucho los saltos y las trampas del argumento.


Por ejemplo: un personaje muy importante para la historia muere en circunstancias harto sospechosas y nadie se pregunta quién lo mató y por qué, no, siguen con sus vidas como si tal cosa y cerca del final recién saben quién fue el asesino y dicen algo como ¡Ah! Después el famoso secreto central es postergado más por razones de argumento que por lógica de los personajes. Por política deciden guardarlo, pero humanamente no se entiende por qué no se lo contaron a la interesada desde que era chica y evitarle posibles traumas y listo, no, se lo callan para el momento oportuno en que el argumento lo necesite. Si no se lo analiza mucho, no es traído de los pelos, pero exige una gran postergación de nuestra incredulidad.


De todos modos, creo que debe verse, porque los hallazgos ocasionales son brillantes y porque la protagonista. Michaela Coel es de una belleza rara, única, verdaderamente hipnótica. Sus ojos, tan inmensos como sus labios, parangonan una presencia arrolladora también en talento. Esta miniserie de ocho episodios tiene además la virtud de convertir a un veterano y prostático John Goodman en un galán factible.


Black Earth Rising puede verse en Netflix

Gustavo Monteros

viernes, 1 de abril de 2016

Regreso con gloria

El macartismo no sólo es uno de los momentos más vergonzosos de la historia norteamericana, desnuda también miserias irredimibles del género humano. Dice Wikipedia: “El macarthismo (mccarthismo, maccarthismo o macartismo) es un término que se utiliza en referencia a acusaciones de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a un proceso legal justo donde se respeten los derechos del acusado. Se origina en un episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956 durante el cual el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un extendido proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas. Los sectores que se opusieron a los métodos irregulares e indiscriminados de McCarthy denunciaron el proceso como una «caza de brujas» y llevó al destacado dramaturgo Arthur Miller a escribir su famosa obra Las brujas de Salem (1953) (...) Por extensión, el término se aplica a veces de forma genérica para aquellas situaciones donde se acusa a un gobierno de perseguir a los oponentes políticos o no respetar los derechos civiles en nombre de la seguridad nacional.”


Dalton Trumbo, uno de los guionistas más talentosos que ha dado el cine fue una víctima conspicua del macartismo. Trumbo la película cuenta los daños profesionales, personales y familiares que padeció durante la persecución macartista. Arranca en 1947 y termina en 1970 con un homenaje que le tributó el sindicato de guionistas. Por suerte no intenta contarnos, como en una típica película biográfica, todo el macartismo o toda la vida de Trumbo, ni le atribuye su combativo temperamento a algún significativo trauma de infancia. No, se concentra en el lapso entre los años mencionados y deja que los hechos, las circunstancias y los comportamientos ante los mismos hablen por sí solos. Y así la película fluye, es elocuente y no se desbarranca en melosidades y hasta el final demasiado reparador (perdón por la intransigencia, que por lo visto ni la edad mengua, pero hay cosas que pueden analizarse, comprenderse, superarse, pero nunca disculparse) tiene el perdón de haber sido sacado del discurso que dio Trumbo ante sus pares.


El elenco comandado por el gigantesco Bryan Cranston, (el padre de Malcolm in the middle y el inolvidable Walter White de la ya mítica Breaking bad, uno de los actores más flexibles, dúctiles y versátiles del mundo) es impecable. Helen Mirren (Hedda Hopper) y el propio Cranston (Dalton Trumbo, of course) salen indemnes confrontados en los títulos finales con fotos y videos de las personas que recrean. Al igual que David James Elliott (John Wayne), Dean O’Gorman (Kirk Douglas) y Christian Berkel (Otto Preminger) con los originales. El grandote Louis C.K. conmueve con su Arlen Hird de triste destino y Alan Tudyk con su testaferro nada más ni nada menos de La princesa que quería vivir (Roman Holiday). Diane Lane, Elle Fanning y John Goodman, estupendos como siempre. En off se oyen las voces de Gregory Peck y Lucille Ball que ratifican su heroísmo y que contextualizadas adquieren un coraje épico. Había que tener mucho valor para ser una voz discordante en aquellos momentos. Y es obvio que Michael Stuhlbarg más que una caracterización de Edward G. Robinson elige dar una impresión.


Lo más curioso de Este regreso con gloria (Trumbo a secas en el original) es como dialoga con la realidad argentina actual. Ejemplo, compárese el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos con los entresijos (nombramientos de jueces entre gallos y medianoche, corrimiento de fiscales, cambios constantes de carátulas para atenuar la ilegalidad) que llevaron a la detención de Milagro Sala, o las histerias que desata una única voz mediática, monopólica y fustigante, verbigracia, los ofuscados que no podían vivir con las “mentiras” del Indec y que ahora viven de lo más tranquilos con la no existencia del mismo, porque el tipo que antes hacía el índice Congreso con cuatro computadoras, ahora no puede hacerlo con todos los medios del estado a su disposición. Dirigió Ray Roach.

Gustavo Monteros

 

lunes, 25 de febrero de 2013

Argo



Argo se estrenó el 18 de octubre de 2012 en Argentina. Como ustedes saben no escribo sobre todas las películas que se estrenan, en su momento debo haber privilegiado otro film y Argo quedó sin su crónica. Esto viene a cuento porque ahora ganó el Oscar a la Mejor Película y fieles seguidores del blog me preguntan si no dejé de comentarla por algún motivo en especial. Ninguno, salvo la casualidad. La vi con mi amigo Horacio cuando ya casi bajaba de cartel, después de disfrutar de varias semanas de permanencia en cartel. Fue un lunes de fin de semana largo y diluviaba (literalmente). No haré más suspenso, salvo algunas salvedades que detallaré, nos gustó y la disfrutamos.

Desde su concepción, Argo levantó un poco de polvareda porque por fin Hollywood blanqueaba su colaboración con la CIA, secreto a gritos, no a voces, que conocían hasta los más desprevenidos. Pero, en fin, una cosa es saberlo de atrás y otra que te lo reconozcan. La acción se centra en la llamada Crisis de los Rehenes de Irán de 1979. El 4 de noviembre de aquel año, los iraníes tomaron la embajada estadounidense de ese país y retuvieron a más de 50 empleados. Seis lograron escapar y refugiarse en la embajada canadiense.

El film es la ficcionalización del rescate que emprendió Tony Méndez, un agente de la CIA, claro. Argo es el título de una película ficticia de ciencia ficción decididamente B, que Méndez (Ben Affleck) fingirá filmar en Irán como mascarada para cubrir el rescate. De allí que deba recurrir a curtidos profesionales (John Goodman y Alan Arkin) de Hollywood para lograrlo.

La peli arranca bien arriba. La toma de la embajada está filmada como los dioses y uno le sigue poniendo fichas al bueno de Ben Affleck, que es medio zapallo como actor, pero que es un director de primera. Sus dos películas anteriores son excelentes, sobre todo Desapareció una noche, aunque Atracción peligrosa tiene también lo suyo. Después pasamos al conflicto personal de Méndez, que suena a película Hallmark, más como está tratado que por el conflicto en sí que es muy atendible: su demandante trabajo lo hizo separarse de su mujer y ahora su pequeño hijo sufre también su desatención. Viene a continuación otra parte muy pero muy lograda, una descripción irónica y deliciosamente cínica del mundillo hollywoodense. Volvemos después a Irán y parece que caemos en el túnel del tiempo, en el tradicional thriller de aventuras muy 70 que tanto quisimos. Y ya cerca del final aparece el sapo que nos tenemos que tragar: la glorificación de la CIA, que nunca te deja en la estocada y que supera con sus leales hombres (Bryan Cranston a la cabeza) la burocracia y la mezquindad política. Entonces uno dice: ¿qué se le va a hacer?, el pobre de Ben Affleck no puede dejar de ser otro yanqui al que le han hecho la cabeza.

En resumen, está narrada como los dioses, el elenco es impecable, la recreación de época es gozosa, se sigue con interés de principio a fin y si no fuera por el ataque final de patrioterismo, se disfrutaría sin culpa. No nos hizo arrepentirnos para nada el habernos empapado para verla. En lo personal, después la recordé con simpatía porque por un rato me devolvió la endorfina de las buenas películas de acción que veíamos en las matinées de la adolescencia.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Argo  puede verse en el CINEMA OCHO - SALA DIGITAL 2D
a las 12:00 - 14:10 - 16:25 - 18:40 - 20:55 - 23:15 - SABADO TRASNOCHE 01:30

viernes, 23 de noviembre de 2012

Curvas de la vida

Si los hombres pequeños nos desdecimos ¿por qué no habrían de hacerlo los grandes? Hace unos años, Clint Eastwood anunció que se retiraba de la actuación, pero una buena mañana se levantó y dijo: Quiero volver. Los que lo queremos y lamentamos que se hubiera retirado y hasta derramamos un lagrimón, no nos íbamos a quejar por la incoherencia y su vuelta. Todo lo contrario. Reprimimos un expresivo ¡Iupi!  por infantil y femenino y emitimos un estentóreo ¡Bueno, carajo!, más en consonancia con su perfil hipermaculino y testosterónico.
 

Primer día de exhibición, primera función y ahí estaba yo con una botellita de agua y un cuaderno de 24 hojas como eventual abanico, porque últimamente en los cines locales no prenden el aire acondicionado a menos que reúnan 200 espectadores sudorosos y al borde del motín. (El domingo pasado vimos la excelente Infancia clandestina mientras nos cocinaban a fuego lento, salimos agradecidos y ¡muy transpirados!).
 

Bueno, la cuestión es que ahí estaba yo y ahí estaba de vuelta Clint Eastwood con su personaje de estos últimos años, el viejo gruñón, mal arriado pero con un buen corazón oculto detrás de cinismos y amarguras varias. Esta vez era Gus, un cazatalentos de beisbol con serios problemas de vista, que debe ir a Carolina del Norte a espiar a un gordito prometedor. Uno de sus jefes y un amigo de toda la vida, Pete (John Goodman), ve que ya no puede arreglárselas solo y así se lo dice a la hija de Gus, Mickey (Amy Adams) una abogada a punto de ser nombrada socia en el bufete para el que trabaja. Mickey tiene unas cuantas cuentas pendientes con su padre, entre otras la de haber sido enviada con unos tíos a sus seis años cuando su madre murió. En Carolina, padre e hija se toparán con Johnny (Justin Timberlake), un ex hallazgo de Gus, al que una lesión dejó fuera del beisbol y que espera le den un trabajo de relator deportivo, entonces…
 

No sé si por la botellita de agua, o por qué otra cosa, la cuestión es que mientras veía la película me vino a la mente esa propaganda de una gaseosa en la que una chica en un cine chupetea un sorbete, ríe y llora por lo que ve en pantalla, y en off se oye la voz de un crítico que está haciendo bosta el film que ella tanto disfruta. En mi caso la voz de la conciencia me decía: No podés estar disfrutando esta historia más previsible que la sucesión de las estaciones, con trucos más desmontables que los de un torpe aprendiz de mago. Al rato la voz se calló porque yo disfrutaba más que un perro callejero al que le acarician el lomo. Si el viejo Hollywood todavía existiera, ésta sería una historia de típica película B, una excusa para lucir los talentos de actores en personajes probados y aprobados por el público. Y era por eso que yo compraba todo lo que me vendían, por la simpatía de Justin Timberlake, por la sensibilidad de Amy Adams, por la humanidad de John Goodman y por el magnetismo de Clint Eastwood. Suspendía toda pretensión y gozaba a lo grande. Eastwood le cedió esta vez la dirección a Robert Lorenz, su asistente de dirección en los últimos 15 años. Lorenz respetaba el clasicismo de Eastwood y subrayaba la pertenencia de la historia al viejo cine B.
 

Todo termina como corresponde o sea bien. Tampoco era cuestión de arruinar un amable cuento tradicional con rispideces de la realidad ramplona.
 

Ah, los hados estaban de nuestra parte y nos pusieron el aire acondicionado, aunque como el cine es medio grandecito, la atmósfera se volvió respirable cuando la película casi terminaba. No me importó, ni con la calefacción al mango hubieran empañado mi reencuentro con Clint. Cuando uno se reencuentra con un amigo después de algunos años ¿a quién carajo le importa la temperatura de la escenografía?
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 17 de febrero de 2012

El artista





El artista de Michel Hazanavicius es de esas películas de las que uno se enamora a los tres minutos de empezada y uno sonríe porque sabe que será un amor que durará toda la vida y no nos deparará sino dicha. Y no porque uno sea un cinéfilo empedernido; aunque si uno lo es, el amor se retroalimenta porque está llena de guiños. Aunque incluso si uno no sabe nada de la historia del cine, si es la primera o segunda película que ve en la vida, uno se enamora igual.

Primero saquémonos la cinefilia de encima, así podemos hablar con libertad. Es una película muda, sí, muda, en blanco y negro. Sí, otro tributo a ese artilugio narrativo llamado cine. La historia es una reformulación de Nace una estrella, con más de un punto de contacto con Cantando bajo la lluvia. El protagonista, Georges Valentin, cuyo nombre remite a Rodolfo Valentino, es una mezcla de John Gilbert, Gene Kelly y Douglas Fairbanks, de quien se toma prestada una escena de La marca del Zorro. La protagonista es una Clara Bow, aunque tiene cosas de la primera Barbara Stanwyck y de Louise Brooks. De El ciudadano, la obra maestra de Orson Welles, toman el montaje de las comidas para evidenciar el deterioro de una relación. Usan el tema principal que Bernard Herrmann compusiera para Vértigo de Alfred Hitchcock con similares intenciones que el inglés,  o sea para subrayar la transformación de una vida. Como Greta Garbo, la protagonista en un momento quiere estar sola. Hay más, pero estos son los principales homenajes.

El artista transcurre en Hollywood entre 1927 y 1933. Es una historia de amor entre un actor de cine mudo en pleno esplendor y una extra. Nada pasa porque él está casado y, cosa rara, es fiel. Llega el cine sonoro y los roles se invierten. El actor entrará en una incontenible decadencia y ella se convertirá en una estrella arrolladora. Entonces…

Corrijamos ahora una impresión que puede llevar a equívocos. Por lo expresado anteriormente se puede suponer que El artista es una película para iniciados, para entendidos. Nada más lejos de la realidad. El artista puede llegar a ser un film altamente popular. No requiere otra decodificación que la de comprender que es una película muda, que en vez de diálogos, tiene gestos e inter títulos cuando la pantomima no alcanza. Puede que los nuevos públicos no tengan el entrenamiento que tuvieron nuestras generaciones, expuestos a una televisión más flexible, que nos mostraba cortos mudos de Chaplin o de El gordo y el flaco y nos sumergía en las incongruencias absurdas de Yo quiero a Lucy o Los tres chiflados, pero hoy siguen dando El chavo y tenemos a Capusotto, o sea que si de decodificar se trata, hay entrenamiento.

No será dificultad entonces decodificar el cambio en la banda de sonido por la mitad, en que los silencios o los ruidos reemplazan a la bella partitura orquestal. Este cambio,  que tiene lugar en el hermoso Edificio Bradbury de Los Ángeles, refleja dos cosas, el cambio de los tiempos, el paso del mudo al sonoro y la imposibilidad de que el amor se concrete. No es menor ni menos evidente que ella suba y él baje las escaleras.

Pero si la película alcanza trascendencia y empatía, como todas, mudas, semi habladas o muy habladas, es gracias a los actores. Jean Dujardin es una estrella en Francia por derecho propio y por esta película lo será en todos lados. Es un actor expresivo de gran magia y seducción. No le va a la zaga Bérénice Bejo, argentina sólo de nacimiento. NO fue formada aquí ni tiene NUESTRO bagaje cultural. Como odio los chauvinismos a la galleta, por las mayúsculas anteriores, para mí es tan francesa como La Marsellesa. Poner al inmensamente humano James Cromwell como el chofer (el actor que tuvo la suerte para beneficio del mundo de ser elegido como el dueño de Babe, el chanchito valiente (1995)) es un regalo que se agradece. Que John Goodman sea el productor es otro presente que merci beaucoup. La recuperada Penolepe Ann Miller está a la altura de sus méritos, lo que no es poco. Malcolm Mcdowell siembra misterio y expectativa con su aparición.

Y como un personaje fundamental, el inmenso, a pesar de su tamaño, e inolvidable Uggie, el Jack Russell terrier, que interpreta al fiel perrito que acompaña a Dujardin. Es tan o más expresivo que el resto del elenco. Una pena que no haya alcanzado el estrellato de más joven. Su dueño y adiestrador ya expresó que ésta sea quizá su última aparición en la pantalla (nació en 2002). No importa ya está en nuestra memoria para siempre. El artista no habría alcanzado tantos premios, tanta fidelidad, tanta adhesión sin su presencia. Puede que muchos sonrían o enarquen una ceja cuando lean esto. Pero cuando vean la película, discútanmelo si pueden. No en vano se ganó el Palm Dog Award en Cannes el año pasado. Desde que Liza Minnelli se trepara a la silla para cantar Mein Herr, no se veía a una presencia apoderarse de la pantalla tan seductoramente. (Si Liza vio El artista no creo que se ofenda, más bien todo lo contrario). ¡Guau! Perdón, aunque no me vean, en este instante hago el gesto perruno de mover la cola y acezar porque es una película muda.
Un abrazo, Gustavo Monteros