Digger
Me sumo al
debate sobre Digger (Iñárritu, 2026) más cerca de la cacareada equidistancia
que de la adhesión descontrolada y el desdén infundado. Porque no soy ni su
seguidor incondicional ni me comporto con su cine como un detractor profesional.
Alejandro G.
Iñárritu es un autor que respeto, aunque su obra no siempre me entusiasme. Me
gustaron Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) 2014 y Revenant
El renacido, 2015. Me gustó hasta por ahí nomás la consagratoria Amores
perros, 2000, más o menos 21 gramos, 2003. Vi hasta el final Babel,
2006. No me interesó ver Biutiful, 2019 y no la vi. Aprecié Bardo,
falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022. Y no por hacerme el
interesante ni llevarle la contra a nadie, me gustó mucho Digger.
El debate
ratifica que se trata de una pieza singular, audaz, ineludible.
En esencia,
Digger es una sátira distópica (para no enredarnos y manejar los mismos
conceptos, establezcamos que, según el diccionario de la Real Academia, “sátira”
es “una composición en verso o prosa cuyo objetivo es censurar o ridiculizar a
alguien o algo”; y “distópica” es referido a la “representación ficticia de una
sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana).
Es muy rica
visualmente, de un humor muy oscuro, demandante desde lo intelectual (nada de
andar pensando en qué vamos a comer después, mejor concentrarse en lo que se
está viendo, que es una película seria, qué joder y no mero contenido audiovisual
para ignorar a gusto).
Tiene una
estructura compleja, pero de fácil seguimiento (no abusa de las elusivas
complejidades de los años sesenta como 2001: Odisea del espacio (Kubrick,
1968) o Blow-Up (Antonioni, 1966) ni apabulla con las complejidades
elípticas de los años setenta como Matadero 5 (Slaughterhouse-Five)
Roy Hill, 1972 o Asesinos S.A. (The Parallax View) Pakula, 1974).
No, si se le presta debida atención su planteo es claro y no requiere pensar
sobre su armado a la salida.
Digger trata sobre las devastadoras
consecuencias que provoca la codicia de un magnate sin límites ni controles.
Para no
delatar ni caer en espóileres, digamos que tiene dos planos, el de la realidad
y el de la representación, lo que posibilita tener un retrato completo del
personaje principal, al que se puede llegar a comprender a pesar de
despreciarlo u odiarlo.
Como toda
película que se hace en la actualidad, se inscribe en la historia de la
cinematografía y dialoga voluntaria o involuntariamente con obras creadas con
antelación. Hablo de las famosas referencias.
Esta tiene
muchas, pero dos son evidentes. Uno, el magnate de Digger tiene el
sombrero que usa el actor Slim Pickens cuando “cabalga” la bomba atómica en Dr.
Insólito o cómo aprendía a no preocuparme y amar la bomba (Dr.
Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Kubrick,
1964). Y dos, cuando dice su descarga ante la asamblea europea remite al discurso
de James Stewart en el clásico de Frank Capra de 1939, Caballero sin espada
(Mr. Smith goes to Washington).
Y, claro,
este magnate (Rockwell es su apellido) es otro self made man destruido, como
los que creó literariamente Sinclair Lewis, uno de los primeros autores en
advertir que el capitalismo es un sistema corrupto que idealiza codiciosos
imperdonables.
Tom Cruise,
pala en mano (“digger” es cavador en inglés) se despacha con una actuación muy
premiable que, más allá del fracaso en las boleterías, no debería pasar
desapercibida a la hora de los trofeos. Sorprende con una exuberancia
arrolladora, un histrionismo inusitado. Se permite la misma audacia que exhibe
la película. Lo secundan muy bien John Goodman, Michael Stuhlbarg, Burn Gorman,
Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Pip Torrens
y Mercedes Hernández.
Queda entonces
por cubrir las preguntas del millón: ¿por qué sus detractores son tan
virulentos?, y ¿por qué hay espectadores que se retraen ante la posibilidad de
verla?
Quizás (no hay
respuesta categórica, en líneas generales, el éxito se explica con facilidad,
el fracaso es hijo de múltiples razones) se deba a que interpela con verdades
incómodas.
Los que no
tenemos poder nos hemos escudado siempre en que no somos los que decidimos y
que, por lo tanto, no tenemos responsabilidad en la ruina o destrucción de los
recursos naturales del planeta.
En una escena
clave, el personaje principal cuestiona si es tan así.
Porque no
solo no nos hemos opuesto con fuerza a la codicia de los poderosos, sino que pasivamente
usufructuamos de ella.
Porque (no
lo dice así la película, sino que lo digo yo) no hicimos de las “greenpeaces”
corporaciones poderosas, ni nos volvimos anacoretas, ni fundamos comunidades
que viven cercanas a la naturaleza, ni dejamos de consumir los últimos teléfonos,
las últimas computadoras, los últimos artefactos inútiles que ni mejoran nuestra
comodidad ni nos hacen más lúcidos.
Los dejamos
destruir todo sin tirarles ni un cuete, menos que menos una bombita o quemarles
una oficinita. No conformamos células terroristas para secuestrarlos preventivamente
para asustarlos, no matarlos. Ni nos organizamos en el supremo castigo al
capitalismo: negarnos a consumir lo que se produce con tanto daño.
Somos muchos
los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida sin celulares ni internet
ni “alexas” que prendan la luz porque se lo decimos, y no moríamos ni
enfermábamos por no contar con esos supuestos bienes.
Como toda
sátira tiene una intención moral: denunciar qué está mal e invitarnos a
modificarlo. Nos reitera que el mundo se está yendo al carajo todos los días un
poquito más.
Advertencia que
los magnates que más daño hacen ignoran y que los que no somos magnates,
también, porque elegimos que nos entretengan.
Los de a pie
tenemos la disculpa adicional de que nos manipulan, de que somos víctimas de las
versiones de la realidad que imponen los poderosos, de consolarnos con que
somos inermes. Aunque siempre fuimos y somos y estamos advertidos.
Los efectos
de la destrucción del equilibrio natural están a la vista y los padecemos ya,
hoy, en este momento. Mañana, dentro de un rato, de inmediato serán peores.
¿Hacemos algo? ¿Haremos algo antes de que sea muy tarde? No sé. No creo. Ojalá.
Gustavo
Monteros

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